La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El audio llegó a las tres y doce de la madrugada.

Esa hora tenía algo de derrota. A las tres y doce ya no se podía fingir que una estaba trabajando tarde. Era insomnio. Era obsesión.

Sara tenía abiertas tres ventanas en el portátil: una hoja de cálculo con nombres, un mapa viejo de caminos y el correo del colectivo.

En la hoja había celdas en rojo para datos sin verificar y celdas en amarillo para testimonios pendientes.

La clasificación la avergonzaba. Ana Beltrán: amarillo.

Samira Haddou: rojo. Rafa: sin color todavía.

Reducirlos a celdas era horrible. No hacerlo era peor. El caos también borraba.

Sara no dormía. Llevaba una hora sentada en el suelo del salón, con el ordenador abierto sobre la mesa baja y las copias de Elena repartidas alrededor. Había intentado meterse en la cama dos veces. En las dos había visto la etiqueta de vino con las iniciales A.B., S.H., R.M. detrás de los párpados.

El mensaje entró en el correo de No se Fueron desde una dirección sin nombre. Asunto: Samira.

Dentro solo había una frase y un archivo adjunto.

Mi hermana no se fue.

Sara no abrió el audio inmediatamente. Se levantó, bebió agua del grifo y volvió al salón con el vaso en la mano. El archivo duraba cuarenta y nueve segundos.

Sara colocó el cursor encima del triángulo de reproducción y tardó un poco más en pulsar. Cuarenta y nueve segundos era poco para una vida y demasiado para una noche sin defensas. En las investigaciones, la duración de un archivo parecía un dato técnico.

En el salón seguía encendida una lámpara pequeña.

La pantalla tenía una mancha de polvo en el borde y proyectaba una luz amarilla sobre las copias de Elena.

Sara vio, juntas, la letra de Ana y el asunto del correo de Samira.

Dos mujeres que quizá nunca habían sido amigas, quizá apenas se habían cruzado, quizá habían compartido una habitación sin saber que años después sus nombres iban a acabar sobre el mismo suelo.

El vaso de agua le sudaba en la mano. Lo dejó en una revista vieja. Se formó un círculo oscuro sobre la portada. No lo limpió.

Primero se oyó viento. Después una respiración muy cerca del micrófono. Luego una voz de mujer, joven, hablando en un castellano rápido, con las erres suaves y la rabia contenida en cada palabra.

—Leila, escúchame. No me pagan todo. Dicen que mañana. Siempre mañana. Y Tomàs dice que si sigo hablando me voy a la otra finca, pero sin papeles, sin nada. Yo no quiero ir de noche. Aquí hay una chica que dice que mejor callar. Yo no vine para esto.

Un golpe. La voz bajaba.

—Si no te llamo el domingo, llama tú. Pero no a este número. A este no.

El audio se cortaba ahí.

Sara lo escuchó tres veces. A la cuarta dejó de oír la voz y empezó a oír lo que faltaba. La respuesta de Leila. El domingo que no llegó. La llamada que quizá alguien hizo al número equivocado. El silencio administrativo.

Llamó a Laia.

—¿Estás despierta?

—Ahora sí.

—Ha llegado un audio de Samira.

Laia tardó un segundo en entender.

—¿Lo subo a la carpeta?

—Lo guardas sin compartir. Sin reenviar. Sin nube abierta. Sin nada.

—Vale.

—Laia.

—He dicho vale.

—Y busca a Leila Haddou. Puede ser hermana, prima, no lo sé. Pero no la contactes en frío con el audio. Primero localiza.

—Entendido.

Sara colgó y escribió a Lucas. No el audio. Solo tres palabras: Samira menciona a Tomàs.

No esperaba respuesta hasta la mañana, pero el móvil vibró casi al momento.

¿Dónde estás?

En casa.

No abras a nadie.

Aquello le molestó. No por miedo. Por reflejo. Lucas todavía tenía formas de hombre educado que cree que proteger y mandar son gestos distintos siempre que use una voz baja.

Sara escribió: No empieces.

Él respondió: Ya han empezado ellos.

A las nueve, Leila Haddou estaba en una videollamada con Sara y Laia. Vivía en Reus, trabajaba en una residencia y tenía la cara de quien había repetido la misma historia a demasiadas personas que tomaban notas sin entender nada.

—Samira llamaba todos los domingos —dijo—. A veces dos minutos. A veces veinte. Nunca fallaba.

—¿Qué pasó ese domingo?

—No llamó.

—¿Llamaste tú?

—Sí. El número no existía.

Laia dejó de escribir.

—¿No apagado? ¿No fuera de cobertura?

—No existía.

Sara anotó la diferencia.

—¿Denunciasteis?

Leila sonrió sin humor.

—Fuimos. Nos dijeron que era mayor de edad. Que quizá había cambiado de trabajo. Que esas campañas eran así. Que mucha gente se movía.

—¿Conservas algo más?

Leila miró hacia un lado. Fuera de cámara se oía una televisión baja.

—Tengo una caja.

Sara notó la repetición física de las cajas. Las familias pobres y las familias ricas guardaban el pasado de forma distinta, pero al final todo acababa en cartón, metal o galletas.

—¿Qué hay?

—Etiquetas de vino. Samira las guardaba porque decía que cada finca tenía una diferente y así sabría dónde no volver.

Laia levantó la vista.

—¿Puedes enseñarlas?

Leila desapareció de la pantalla y volvió con una bolsa transparente. Sacó varias etiquetas, algunas manchadas. Una llevaba el nombre del Celler Montiel, la bodega de los Montiel. Otra, una marca menor vinculada a la cooperativa. La tercera hizo que Sara se inclinara hacia el portátil.

Les Comes.

—¿Sabes qué significa esta? —preguntó.

—No. Ella dijo que allí no quería dormir.

—¿Por qué?

Leila apretó la etiqueta entre los dedos.

—Porque las puertas no cerraban por dentro.

Leila no lo dijo con dramatismo. Lo dijo como quien da una medida exacta: dos metros, tres jornales, una puerta sin pestillo.

Las puertas no cerraban por dentro significaba dormir vestida, colocar una silla contra la madera, mear con prisa, calcular qué hombre había bebido más esa noche, no ducharse sola si otra podía esperar en el pasillo.

—Samira me dijo que allí una aprende a no quitarse los zapatos —añadió Leila.

Laia dejó de teclear.

—¿Por qué?

Leila miró la etiqueta entre sus dedos.

—Porque si tienes que correr, no buscas sandalias.

Sara sintió que la investigación se le volvía física en los pies. No era una red abstracta: una mujer durmiendo con los zapatos puestos en una habitación que otros llamaban alojamiento temporal.

Sara lo escribió. No como literatura. Como hecho.

Después de la llamada, Laia se quedó callada en la pantalla.

—No lo vamos a publicar —dijo Sara.

—No he dicho nada.

—Lo has pensado.

—Claro que lo he pensado. Es un audio real, Sara. La gente necesita oírla.

—Su hermana necesita decidirlo.

—Su hermana lleva veinte años esperando.

—Precisamente.

Laia apartó la mirada. Parecía cansada y joven de golpe.

—Si esperamos a que todo esté limpio, solo vamos a contar lo que ellos no hayan podido ensuciar.

—Y si usamos a Samira sin permiso, hacemos lo mismo que todos: moverla de sitio sin preguntarle.

Laia cerró la boca. Esa vez entró.

Leila no cerró la videollamada después del relato.

Dejó la cámara encendida, enfocando mal una esquina de su cocina.

Sara vio una silla infantil, un mantel de hule con limones y una taza con el asa rota.

No veía a Leila, solo oía su respiración y el ruido de una cuchara golpeando un plato en otra habitación.

—No cuelgues todavía —dijo Leila.

Sara hizo un gesto a Laia para que no hablara.

—Estoy aquí.

—No quería enseñar esto con la cara —dijo Leila.

La cámara se movió. Durante un segundo apareció media mejilla, un ojo, el borde de un pañuelo. Luego la imagen enfocó una pared donde había varias etiquetas pegadas con cinta transparente. No estaban colocadas como pruebas.

—Mi hermana las pegaba aquí cuando venía a verme —dijo—. Decía que así se acordaba de dónde no volver. Yo le decía que parecía una cría guardando cromos.

Laia se tapó la boca con la mano. Por primera vez no parecía estar pensando en publicación. Parecía estar en una cocina ajena sin permiso.

Leila acercó el móvil. Una etiqueta del Celler Montiel tenía una esquina quemada. Otra, de una marca pequeña, llevaba una cruz hecha a boli. La de Les Comes no estaba pegada en la pared. La sacó de un cajón, dentro de una bolsa de congelados.

—Esta no la quiso dejar a la vista.

—¿Por miedo? —preguntó Sara.

—Por asco.

La palabra no necesitó más explicación.

Leila dejó la etiqueta sobre la mesa. La cámara tembló. Se oyó a alguien preguntar desde el pasillo si faltaba mucho. Leila contestó en catalán que sí, que un momento. La voz se le cambió al hablar con esa persona. Se volvió más doméstica, más viva. Después regresó al castellano de la llamada.

—Mi hijo no sabe nada de esto.

—No tiene por qué saberlo.

—Siempre decís eso. Luego sale una foto, un audio, una cosa, y la gente te pregunta en la panadería.

Laia bajó la cabeza.

Sara sintió la necesidad de defenderse antes de haber hecho nada. La mordió por dentro.

—No vamos a usar el audio sin tu permiso.

—No he dicho que no.

—Tampoco has dicho que sí.

Leila se quedó callada. Al fondo, el niño volvió a preguntar algo. Ella no contestó.

—Samira estaba enfadada conmigo la última semana —dijo al fin—.

Eso no lo pongo nunca en las denuncias. No queda bien.

Nos peleamos porque yo le dije que se volviera.

Ella dijo que no iba a volver debiéndole dinero a nadie.

Que no iba a ser la mora pobre que se va sin cobrar.

Así lo dijo. Mora pobre. Se reía cuando estaba furiosa.

Sara apuntó solo dos palabras: se reía.

—No quiero que la dejéis como una víctima buena —añadió Leila—. Era pesada. Mandona. Si le prestabas una chaqueta, te decía que la habías doblado mal al devolvértela. Una vez me tiró un arroz porque decía que estaba pasado. ¿Eso también os sirve?

—Sí —dijo Sara.

—¿Para qué?

Sara pensó en una respuesta y la descartó.

—Para no mentirla.

Leila resopló. No aceptaba. Aún no había colgado.

Laia se inclinó hacia la pantalla.

—Lo siento.

Leila no la miró. Laia se quedó con la disculpa en la boca, demasiado pronto, demasiado general. Sara no la corrigió. Leila lo hizo mejor.