CAPÍTULO 5
Elena vivía encima de una gestoría, en un piso estrecho donde las persianas cerraban mal y las plantas sobrevivían por pura terquedad.
El portal tenía un espejo junto a los buzones.
Sara se vio de pasada antes de subir: cara de no haber dormido, abrigo arrugado, una carpeta apretada contra el costado.
No le gustó lo que la imagen sugería. Parecía una mujer que iba a pedir algo, no una que venía a escuchar.
En el buzón de Elena había dos apellidos. El de Ana no estaba.
Elena abrió antes de que Sara llamara por segunda vez. Llevaba el pelo sujeto con una pinza y una camiseta vieja debajo del jersey. No se había preparado para recibirla. Eso convirtió la visita en algo más difícil.
No quiso que Sara se sentara en el comedor.
La llevó directamente a la cocina. Había una mesa de formica, dos sillas, un frutero vacío y una radio pequeña apoyada junto al microondas.
La casa olía a detergente y pan tostado.
Todo estaba limpio sin parecer cuidado. Sara pensó que algunas personas ordenaban para vivir y otras para no ponerse a romper cosas.
Elena sacó una caja de galletas del armario. No había galletas dentro.
—Mi madre la guardó veinte años.
La dejó sobre la mesa y no la abrió.
La caja tenía las esquinas abolladas y una mancha de aceite en la tapa. Sara reconoció la marca de galletas porque su abuela compraba las mismas cuando ella era niña. Le molestó esa asociación.
Elena pasó un paño por la mesa antes de abrirla. No hacía falta. La mesa estaba limpia. Pero el gesto le dio tiempo. Sara no la interrumpió.
—Mi madre decía que guardar cosas de Ana era darle cuerda al pueblo —dijo Elena—. El pueblo no necesitaba ayuda para hablar mal.
—¿Y tú?
—Yo las guardé para llevarle la contraria. Durante años esa fue toda mi justicia.
—¿Qué hay?
—Cosas que no sirven.
—A veces sirven precisamente por eso.
Elena soltó una risa seca.
—Eso lo dirías tú.
Abrió la caja. Dentro había una goma roja endurecida por el tiempo, dos fotografías, un recibo de autobús, una etiqueta de vino doblada y una servilleta con números escritos. La letra era irregular, inclinada hacia la derecha.
—Ana apuntaba lo que le debían —dijo Elena—. Mi madre decía que era de desconfiada. Que por eso se metía en líos.
Sara miró la servilleta. Cantidades pequeñas. Jornales. Habitaciones. Una palabra: Tomàs.
—¿Tomàs Brull?
—Supongo.
—¿Lo conocía?
—Todos lo conocían.
Elena preparó café sin preguntar. Hizo ruido con las tazas. El ruido no era torpeza, sino una forma de ocupar el aire.
—Ana era mi hermana mayor. Cuando desapareció, yo tenía dieciséis. La gente venía a casa a decir que seguro que había conocido a alguien. Que era muy libre. Así lo decían. Libre. Y con eso pretendían explicar que dejara la ropa, el dinero y a mi madre sentada cada noche junto al teléfono.
Sara abrió una de las fotografías. Ana estaba en una fiesta, con un vestido claro y el pelo recogido de cualquier manera. No sonreía a la cámara. Miraba a alguien fuera.
—¿Tenía pareja?
—Tenía hombres alrededor. No es lo mismo.
—¿Rafa?
Elena dejó la cafetera en el fuego con demasiada fuerza.
—Rafa era un crío de familia buena con complejo de culpa.
—¿La conocía?
—La vio.
—Eso no es lo mismo.
—No.
Elena se apoyó en la encimera.
—Pero una vez vino a casa. Después de que Ana desapareciera.
Mi madre no quiso abrirle. Yo lo vi por la mirilla.
Traía la cara partida y una carpeta debajo del brazo.
Dijo que tenía que hablar con nosotras. Mi madre se quedó detrás de la puerta sin respirar.
Yo no abrí porque era una niña y porque en mi casa ya nadie hacía nada sin miedo.
Elena se calló. No fue un silencio limpio; fue una pausa ocupada por el ruido de la cafetera, por una moto que pasó en la calle, por el ascensor viejo subiendo hasta el tercero.
Sara imaginó a la chica de dieciséis años mirando por la mirilla.
El ojo deformado de Rafa al otro lado, su boca hinchada, la carpeta contra el pecho.
Una puerta normal, una puerta de piso, convertida en frontera entre dos tipos de cobardía.
—Mi madre dijo que, si abríamos, Ana iba a estar más muerta —añadió Elena.
—¿Más muerta?
—Sí. Más sucia. Más metida en bocas. Mi madre hablaba así cuando tenía miedo. Creía que cerrar la puerta podía proteger lo que quedaba de ella.
Sara no escribió eso. Ni siquiera movió la mano hacia la libreta. Elena lo vio y, por primera vez en toda la tarde, no pareció desconfiar de ese gesto.
En la nevera había un imán de una farmacia y una foto pequeña de una niña en una playa. Sara miró sin querer. Elena siguió su mirada y dijo que era su hija, cuando aún preguntaba por qué la abuela se ponía mala si alguien decía Ana en la mesa. Ahora la niña ya era mayor y no preguntaba.
—Mi madre todavía guarda el vestido que Ana dejó en la silla —añadió—. No el bonito. Uno feo, de estar por casa. Ese es el que no quiso tirar. Decía que, si guardaba el bonito, parecía que Ana se había ido a una fiesta. El otro demostraba que pensaba volver.
Sara no supo qué hacer con esa información. No servía como prueba ni como pista. Uno de esos detalles que no entran en un informe, pero sostienen la vida de una desaparecida mejor que cualquier titular.
Sara sintió el golpe de la escena con retraso. Rafa ante una puerta cerrada. Vivo. Con algo bajo el brazo. Buscando una casa donde quizá tampoco lo querían escuchar.
—¿Qué día fue?
—No lo sé.
—Elena.
—No lo sé. Si lo supiera, te lo diría.
—¿Antes o después de que muriera?
Elena la miró con cara de haber oído una estupidez.
—Antes. Si hubiera sido después, me habría asustado más.
El café empezó a subir. Elena apagó el fuego.
—Mi madre quemó algunas cosas de Ana. Cartas, creo. Decía que la gente lo usaba todo contra ella. Yo guardé esto porque me dio rabia. No porque supiera hacer justicia. Por rabia.
Sara tocó la etiqueta de vino. En el reverso había tres iniciales: A.B., S.H., R.M.
R.M.
Rafa Montiel.
—¿Sabías que estaba esto?
—No. Nunca lo miré bien.
—¿Puedo llevarlo?
Elena cerró la caja con una mano.
—No.
Sara no discutió al principio. Era una caja de galletas. Era la hermana de Elena. Era una prueba. Las tres cosas a la vez.
—Necesito analizarlo.
—Necesitas muchas cosas.
—Si esto conecta a Ana con Rafa…
—A mi hermana ya la conectaron bastante con hombres.
Sara encajó el golpe. Se la merecía a medias.
—No quiero hacer eso.
—Pues aprende a no hacerlo —dijo Elena.
Sara bajó la vista a la servilleta. Había una cantidad subrayada dos veces: 18.
000 pesetas. La cifra no era grande. Por eso ofendía más.
Algunas vidas no se rompían por grandes secretos, sino por cantidades pequeñas que alguien decidía no pagar porque podía permitirse no pagar.
Ana había apuntado cada jornal, cada descuento, cada deuda.
Era una mujer haciendo cuentas en una servilleta mientras el mundo se preparaba para llamarla conflictiva.
Elena abrió un cajón y sacó una bolsa de plástico transparente.
—Mi madre decía que Ana tenía mucho carácter. Lo decía como reproche. Ahora todas decimos que una mujer tiene carácter cuando queremos no decir que no se dejaba pisar.
Sara lo copió en la libreta. Elena la vio.
—Eso tampoco era para tu reportaje.
Sara cerró la libreta.
—Tienes razón.
—Ya llevas dos. Cuidado, engancha.
—Pero lo haces. Cada vez que preguntas si tenía pareja, si conocía a Rafa, si se fue con alguien. Todo vuelve al mismo agujero. Una mujer desaparece y lo primero que se busca es qué hombre explica su desaparición.
—Estoy intentando encontrar el patrón.
—Mi hermana no era un patrón.
Sara tardó en contestar. Las respuestas limpias eran peligrosas. Servían para parecer mejor de lo que una era.
—Tienes razón —dijo.
Elena la observó. Desconfiaba incluso de la disculpa.
—No me hables como en un reportaje.
—Tienes razón y aun así necesito la caja.
Esa vez Elena no sonrió, pero algo en la boca se le aflojó. Tal vez prefería la honestidad fea.
—Te daré copias. La caja se queda aquí.
—De acuerdo.
Mientras Elena buscaba bolsas transparentes, Sara miró por la ventana de la cocina. La calle estaba casi vacía. Un hombre paseaba un perro pequeño. Dos mujeres cruzaban sin mirar hacia el portal.
—¿Por qué ahora? —preguntó.
Elena no se giró.
—Porque vi a Lucas el otro día en la sede.
—¿Y?
—Y por primera vez parecía que uno de ellos podía perder algo.
Sara lo anotó mentalmente y se odió un poco por hacerlo.
Al salir, Elena la acompañó hasta la puerta.
—Sara.
—Dime.
—Si conviertes a Ana en una pieza para llegar a Rafa, te cierro esta puerta igual que mi madre se la cerró a él.
Sara bajó las escaleras con la caja de copias contra el pecho.
En el portal, antes de abrir la puerta, escuchó un clic. No supo de dónde venía. Miró hacia arriba. Nada. Miró al buzón. Nada.
Cuando salió a la calle, un coche arrancó al fondo y se perdió antes de que pudiera verle la matrícula.
Sara no corrió hacia el coche. Se quedó en la acera con la caja de copias contra el pecho, escuchando cómo el motor se alejaba por una calle lateral.
En el primer piso, una persiana se movió apenas.
En el portal de enfrente, una mujer fingió buscar llaves en el bolso mientras miraba demasiado tiempo.
Bajó la vista a la caja. Dentro no llevaba objetos originales, y aun así pesaba.
Pesaba la servilleta de Ana, la etiqueta con las iniciales, el recibo de autobús.
Pesaba el vestido feo que seguía en casa de la madre, aunque Sara no lo hubiera visto.
Ese vestido le molestaba más que la fotografía de vendimia.
La foto podía convertirse en prueba. El vestido solo decía que Ana había pensado volver a ponérselo para estar por casa, quizá después de ducharse, quizá con el pelo todavía húmedo.
En el coche, antes de arrancar, hizo una lista de lo que no podía usar. No podía usar a la madre de Elena. No podía usar la goma roja como símbolo barato. No podía llamar a Rafa puente, aunque lo fuera.
Llamó a Elena para decirle que había llegado bien al coche.
Elena no contestó. En su lugar entró un mensaje unos minutos después: mi madre pregunta si la foto se ve muy mal.
Sara miró la pantalla y se quedó bloqueada por lo pequeño de la pregunta.
No preguntaba si serviría, si acusaría a alguien, si abriría un expediente.
Preguntaba si la cara de su hija se veía mal.
Sara escribió tres respuestas y borró las tres. Al final puso: Se la reconoce. Y no la voy a enseñar sin vosotras.
Elena respondió solo: Bien.
Sara dejó el móvil en el asiento del copiloto. A veces una palabra corta era una tregua completa.
El mensaje de Elena siguió en la pantalla un poco más. Sara no lo borró. Tampoco lo archivó. Lo dejó ahí, como una cosa pequeña que todavía podía ensuciarse si la tocaba demasiado. En el asiento trasero, la caja de copias se movió cuando pasó un camión.
Antes de arrancar, Sara escribió en la libreta una frase que no pensaba usar: Ana tenía derecho a salir fea en una foto.
La tachó al instante porque sonaba a ocurrencia de periodista.
Pero la idea se quedó. Podían salir borrosas, despeinadas, con los ojos cerrados, comprando pan, equivocándose de hombre, reclamando pesetas, enfadándose por un jornal.
Si solo se las rescataba limpias, otra vez se les quitaba vida.