CAPÍTULO 4
La cooperativa olía a café recalentado, uva vieja y desinfectante barato.
A Sara le molestó que el olor le resultara agradable durante un segundo.
Había algo limpio y antiguo en aquella mezcla, algo que recordaba a almacenes de pueblo, a manos trabajando, a mañanas que empiezan antes de que el sol termine de salir.
Luego vio la primera lista de jornaleros clavada en un corcho, con apellidos escritos a mano y teléfonos sin prefijo, y el olor cambió.
Ya no era rural; era contable. Cada nombre podía ser una persona o una línea de coste, dependiendo de quién lo leyera.
En recepción, una mujer de unos cincuenta años levantó la cabeza al ver a Lucas.
Dijo su nombre sin el don, y por eso a Sara le cayó bien de inmediato.
Luego vio cómo miraba a los lados antes de preguntar qué necesitaban y corrigió esa impresión.
Allí todo el mundo sabía que incluso la amabilidad podía quedar registrada por alguien.
En la entrada había un tablón con anuncios de poda, una oferta de seguros agrarios y la convocatoria de una comida de hermandad.
Sara se detuvo delante de una foto amarillenta de una cuadrilla.
Los hombres estaban en primera fila, con los brazos cruzados; las mujeres, detrás, inclinadas sobre cajas.
La imagen parecía haberlas sorprendido trabajando, no posando.
No había nombres debajo. Solo una fecha y un lema: La fuerza de nuestra tierra.
Lucas siguió andando. Sara entendió que para él aquel pasillo no era decorado; era infancia, jerarquía, saludos de hombres que le habían dado caramelos y después habían firmado papeles que ahora no quería leer. Venían con anécdotas, con motes, con gente que recordaba la comunión de tu primo.
Una mujer salió de una oficina con un taco de facturas y se apartó al verlos.
No mucho. Lo justo para que Lucas pudiera pasar sin pedir permiso.
Él lo notó y apretó los labios, pero no redujo el paso.
Sara se preguntó cuántas veces había atravesado ese mismo pasillo sin ver ese movimiento automático.
Lucas caminaba medio paso por delante de Sara, no por superioridad sino por hábito. Allí todavía abrían puertas cuando lo veían llegar. Un hombre con chaleco gris lo saludó con un “don Lucas” que hizo que Sara levantara la vista. Lucas no corrigió el tratamiento.
Joan Queralt los esperaba en una oficina con archivadores metálicos y una fotografía enmarcada de una vendimia de 1996. Tenía manos grandes, nudillos deformados y camisa planchada con demasiada rigidez. En la mesa había dos vasos de agua. Solo dos. Para Sara no.
—No sabía que venías acompañado.
Lucas se sentó sin pedir permiso.
—No viene acompañando. Viene a preguntar.
Joan miró a Sara como se mira a una humedad en la pared.
—Entonces habría sido mejor pedir cita.
—La hemos pedido tres veces —dijo ella—. Por correo. Por teléfono. Por registro.
—Estamos en campaña de preparación.
—Estamos en mayo.
—Precisamente.
Lucas dejó sobre la mesa una copia de la fotografía de Ana Beltrán.
—Queremos saber de qué campaña es.
Joan no tocó el papel. Le bastó una mirada.
—Eso puede ser de cualquier año.
—Hay una pancarta detrás —dijo Sara—. Festa de la Verema, edición veintidós. No es cualquier año.
El hombre tomó la foto entonces. La sostuvo por los bordes con una delicadeza que no iba dirigida a la imagen, sino a sí mismo.
—No guardamos todas las listas.
—¿Cuáles sí?
—Las que exige la normativa.
—¿Y las otras?
Joan se reclinó en la silla.
—Señorita…
—Sara.
—Sara. Esto no era una empresa de Barcelona con departamentos y sellos para todo. Eran campañas. Gente que venía, trabajaba y se iba. A veces ni siquiera pasaban por nosotros.
—Ese es el problema.
Lucas miró los archivadores.
—Necesitamos las listas del 96 al 2001.
Joan soltó una risa breve.
—Necesitas muchas cosas últimamente.
—No me hables con el tono que usabas con mi padre.
La oficina perdió temperatura. Sara vio el gesto de Joan: una mano sobre el teléfono, no para llamar, sino para recordar que podía hacerlo.
—Tu padre entendía que una cooperativa no sobrevive a base de escándalos.
—Mi padre entendía demasiadas cosas.
Joan se levantó. Fue hasta un armario y sacó una carpeta. No la entregó. La dejó sobre su lado de la mesa.
—Esto es lo que hay público.
Sara leyó el lomo: campañas. El plural estaba escrito con rotulador negro, ya descolorido.
—¿Y lo que no es público?
—No existe.
Sara no discutió de inmediato. Miró los armarios. Había etiquetas nuevas pegadas sobre etiquetas viejas. Algunas cajas tenían dos fechas, una encima de otra, y en una esquina se acumulaban carpetas con el lomo vencido. Lo inexistente ocupaba mucho espacio para no existir.
Sara pidió ver el libro de entradas de personal externo. Joan dijo que no era pertinente. Lucas repitió la petición con una voz más baja y entonces apareció otro archivador, más estrecho, con el lomo roto. La diferencia no la marcó el derecho. La marcó el apellido.
El libro tenía páginas arrancadas. No muchas.
Tres. Las ausencias estaban demasiado bien alineadas entre septiembre y octubre del 98.
Alguien había retirado la hoja con cuidado y había dejado el hilo visible junto al margen.
Joan dijo que eso podía pasar con el uso.
Sara pasó el dedo por la fibra levantada y no contestó.
El uso no arrancaba exactamente las semanas que empezaban a repetirse en los sobres.
Lucas miró el hueco. Parecía enfermo. Sara entendió que aquella era otra forma de prueba para él: no lo que aparecía, sino lo que alguien de su mundo había considerado suficientemente peligroso como para quitarlo y suficientemente impune como para no ocultar el roto.
—Entonces no le importará que pidamos acta de destrucción documental —dijo.
Joan parpadeó. Muy poco. Lucas sí lo vio. Sara también.
—No todo tiene acta —dijo Joan.
—Lo apunto.
Desde el pasillo llegó el golpe de una báscula industrial. Después risas. La vida de la cooperativa siguió funcionando detrás de la puerta mientras allí dentro se abría una lista de mujeres que habían trabajado para ese mismo engranaje sin dejar más huella que una inicial en un margen.
—Las cosas que no existen suelen ser las que mejor se esconden.
Joan la miró con una lástima ensayada.
—Tú puedes permitirte hablar así. Mañana coges el coche y te vas. Nosotros nos quedamos con los trabajadores, con los proveedores, con los bancos. Con los hijos de la gente que tú señalas sin pruebas.
—Estoy pidiendo documentos.
—Estás buscando culpables.
—Estoy buscando mujeres.
Lucas no la miró, pero Sara sintió que aquello también le pasaba por encima a él.
Joan abrió la carpeta. Había listas mecanografiadas, hojas con membretes antiguos, recibos, anotaciones a mano. Sara empezó a fotografiar cada página. Joan quiso protestar, pero Lucas le sostuvo la mirada hasta que no lo hizo.
En la lista de 1998 apareció Ana Beltrán. No en la primera página. En un anexo. Su nombre estaba escrito con boli, añadido al margen, junto a una inicial: T.B.
—¿Tomàs Brull? —preguntó Lucas.
Joan no respondió.
Sara amplió la imagen en el móvil.
—¿Era encargado?
—Hubo muchos encargados.
—No tantos con esas iniciales.
Lucas pasó a la hoja siguiente. El papel era más fino. En la parte inferior, casi cortado por una fotocopia mal hecha, aparecía otro nombre: Samira Haddou. Sin segundo apellido. Sin número de documento. Al lado, una marca. La misma inicial.
T.B.
Joan cerró la carpeta de golpe.
—Ya basta.
Sara mantuvo el móvil encima de la mesa.
—No he terminado.
—Sí.
Lucas puso la mano sobre la carpeta.
—Abre.
—No confundas culpa con autoridad, chico.
La palabra chico le golpeó más de lo que Joan esperaba. Lucas sonrió apenas. Una sonrisa fea, sin alegría.
—Tú sí que no has entendido nada. Mi autoridad venía de ellos. Mi culpa también. Así que abre.
Joan tardó unos segundos. Luego levantó la mano.
Sara siguió fotografiando. En otra hoja apareció una factura de transporte. Víctor Mallén. Ruta nocturna. Tres desplazamientos en septiembre. Origen: alojamiento Les Comes. Destino: varias fincas.
Les Comes.
Lucas no dijo nada al leer el nombre. Pero Sara vio cómo se le tensaba un músculo en la mejilla.
Les Comes no era solo una finca en una factura; era una palabra que empezaba a aparecer en sitios distintos, escrita por manos que no se conocían entre sí: en el sobre de Rafa, en la boca de Inés, en las etiquetas de Samira, en los papeles de la cooperativa.
—¿Quién gestionaba ese alojamiento? —preguntó Sara.
Joan cerró la carpeta un poco más, apenas un centímetro.
—Eso no era alojamiento; era una casa cedida en campaña.
—Las palabras no cambian las puertas sin pestillo.
El hombre la miró entonces con algo parecido al desprecio verdadero, no el administrativo de antes.
—Tú vienes ahora a enseñarnos cómo se tenía que vivir hace treinta años.
—No. Vengo a preguntar quién decidió que ciertas mujeres podían vivir peor porque iban a irse pronto.
Lucas bajó la vista a las hojas. La respuesta de Joan no llegó. Tampoco hacía falta: estaba en el modo en que había dejado de tocar la carpeta.
La curva de la fotocopia.
Inés no había improvisado.
Al salir, Joan los acompañó hasta la puerta sin volver a hablar. En el pasillo, bajo la fotografía de una cuadrilla antigua, Lucas se detuvo.
En el segundo plano de la foto, medio tapado por un hombre con sombrero, estaba Rafa. Más joven. Vivo. Con los brazos cruzados y la cara torcida hacia alguien que no salía en el encuadre.
Sara levantó el móvil para fotografiarla.
Lucas le sujetó la muñeca.
—No.
—Lucas.
—He dicho que no.
Ella bajó la mano. No por obedecer. Porque vio que Lucas no estaba protegiendo una prueba. Estaba intentando respirar.
Entonces Joan habló desde detrás.
—Esa foto no debería estar ahí.
Sara se giró.
—¿Por qué?
Joan miró a Lucas, no a ella.
—Porque tu hermano vino a buscarla una semana antes de morir.
Lucas no preguntó nada durante unos segundos. Sara sí quiso hacerlo, pero la cara de Joan cambió de forma. No fue miedo; fue cierre.
—¿Vino solo? —preguntó Sara.
Joan miró hacia el pasillo.
—He dicho que vino.
—No es lo mismo.
—Aquí pocas cosas lo son y aun así os empeñáis en hacer preguntas de una sola pieza.
Lucas se acercó a la fotografía de la pared.
No la tocó. Rafa estaba al fondo, borroso, pero era Rafa.
Tenía esa forma de estar en las fotos familiares que ya parecía discutir con alguien fuera de plano.
Lucas pensó que su hermano había vivido así: siempre a medio salir de la imagen que los demás preferían conservar.
Una mujer de recepción pasó por detrás con unas carpetas. Sara reconoció la mirada: había oído demasiado. Al llegar a la puerta se le cayó un bolígrafo. Se agachó, lo recogió y dejó sobre el banco un papel pequeño que no llevaba antes. Luego siguió andando sin girarse.
Sara esperó a que Joan cerrara la oficina para cogerlo. Solo era una tira arrancada de un albarán, con dos palabras escritas en mayúsculas pequeñas: COCINA 98.
Lucas la leyó y no entendió al principio.
—¿Cocina?
Sara pensó en las mujeres que no aparecían en las listas de vendimia porque servían comidas, lavaban ropa, limpiaban habitaciones, recogían después. En las que no cortaban uva para la foto, pero sostenían la campaña igual.
—Estamos mirando demasiado las cuadrillas —dijo ella.
La nota de COCINA 98 los siguió hasta el coche con más peso que varias listas oficiales.
Sara la puso dentro de una funda y escribió la fecha, aunque no sabían si aquella fecha significaba algo.
Cocina era una palabra doméstica, pequeña, hecha para desaparecer detrás de lo importante.
Nadie preguntaba por las mujeres de cocina en las fotos de vendimia.
No salían con tijeras ni cajas de uva. Salían, si salían, cortadas por el encuadre, con un delantal mal atado, una bandeja en la mano, una puerta de servicio a la espalda.
Lucas tardó en entenderlo porque su infancia en la bodega había tenido comida apareciendo sobre mesas sin que nadie preguntara quién la traía.
Paellas para cuadrillas. Cafés. Bocadillos.
Vasos limpios. Manteles que se manchaban y volvían planchados.
Alguien lavaba, alguien recogía, alguien dormía peor para que los hombres pudieran discutir precios con la camisa limpia.
Él no había visto a esas mujeres porque nadie le había enseñado a mirarlas.
—Mi madre decía que en campaña la cocina era el sitio donde más se sabía —dijo la recepcionista, sin mirarlos directamente—.
Porque todos entraban creyendo que quien fregaba no entendía nada.
Luego se dio cuenta de que había hablado demasiado y volvió a sus carpetas.
Sara no la presionó. A veces una fuente no empieza declarando.
Empieza dejando una frase encima de una mesa y comprobando si la otra persona la rompe al cogerla.
Lucas guardó el papel en la carpeta, junto a la factura de Les Comes. Fuera, los trabajadores de la cooperativa seguían cargando cajas. Nadie se detuvo a mirarles salir.