CAPÍTULO 3
A las siete de la tarde, la sede estaba llena y seguía pareciendo vacía.
Sara llegó la primera y colocó las sillas en círculo.
Luego las descolocó. Un círculo parecía terapia.
Y aquello no iba de terapia. Al final las dejó como cayeron, con pasillos estrechos y una silla casi pegada al radiador frío.
Esa torpeza le pareció más honrada. No tenían una forma para aquello porque nadie les había dejado ensayarla.
En una esquina, Laia había pegado un calendario con turnos para abrir la sede.
Ya estaba lleno de tachones. La gente llegaba cuando podía, no cuando tocaba.
Una madre venía antes de limpiar una casa.
Maribel pasaba a dejar papeles y se iba antes de que alguien pudiera preguntarle demasiado.
Elena entraba siempre con algo de comida que nadie le pedía. Inés no tenía turno.
Había ocho personas en la sala, pero el bajo no perdía su aspecto de tienda cerrada.
Las sillas no combinaban. La mesa larga se hundía un poco por el centro.
En la pared, los nombres estaban pegados con cinta de carrocero porque no tenían dinero para un corcho decente.
Algunos escritos a ordenador. Otros a mano.
Marta Barrancs tenía una fotografía pequeña, en blanco y negro, que alguien había traído después del entierro.
Ana Beltrán no tenía foto hasta esa tarde.
Laia imprimió la imagen de vendimia y la puso junto al nombre sin preguntar.
Elena la arrancó de la pared.
—Así no.
Laia se volvió.
—¿Qué haces?
—Mi hermana no se cuelga como un cartel.
—No era eso.
—Ya sé lo que era. Por eso lo quito.
Sara estaba junto a la mesa, con las manos apoyadas sobre una carpeta.
Había pasado la última hora clasificando los sobres.
Lo había hecho mal. Lo sabía porque no conseguía recordar dónde había dejado la lista original y porque cada vez que veía el nombre de Rafa su cabeza calculaba cómo decírselo a Lucas sin convertirlo en herramienta.
—Necesitamos un protocolo —dijo.
—Necesitamos publicar —contestó Laia.
—Necesitamos no equivocarnos.
—Mientras no nos equivocamos, ellos desaparecen papeles.
Maribel Querol, que hasta entonces no había hablado, soltó una risa baja.
—Los papeles buenos ya los hicieron desaparecer hace años, niña.
Laia la miró con un brillo de impaciencia.
—Pues por eso hay que presionar.
—Presionar no es gritar más fuerte.
Maribel llevaba un abrigo demasiado fino y un bolso grande sobre las rodillas.
Había trabajado media vida entre casas, oficinas y recados de otros.
Conocía familias enteras por la basura que dejaban en la cocina y por las llamadas que no querían hacer desde su propio teléfono.
No se consideraba valiente. Se lo había dicho a Sara el primer día: “Yo vengo a ayudar un poco, no a que me rompan la vida.”
Inés Roca no se había quitado la bufanda. Tenía las manos en los bolsillos y una forma de mirar que no se detenía en nada.
—¿Qué hacemos con Rafa? —preguntó Laia.
Lucas aún no había llegado. Sara notó la pregunta más alta de lo necesario, aunque Laia no hubiera subido la voz.
—Nada hasta verificar.
—¿Y si verificamos tarde?
—Entonces llegaremos tarde, pero no vamos a manchar a un muerto porque alguien nos haya dejado una fotocopia.
Elena dobló la foto de Ana con cuidado. La dejó sobre la mesa, no en la pared.
—Los muertos ya están manchados —dijo—. A mi hermana la mancharon para no buscarla.
Nadie supo responderle.
Teresa Sánchez había venido por primera vez.
Sara la había visto entrar con una carpeta azul bajo el brazo y una expresión seca, casi administrativa.
No había saludado con besos. Había dicho su nombre, el de su hija y la fecha de la última llamada.
Luego se había sentado al lado de Elena y no había tocado el café.
—A mí no me interesa vuestro protocolo —dijo Teresa.
Su voz no subió. Por eso todos la oyeron mejor.
—Mi hija se llamaba Nadia. Me dijeron que se había ido por su cuenta, que era mayor de edad, que podía hacer lo que quisiera. Me lo dijeron en un despacho con una planta de plástico. Luego me lo repitieron por teléfono. Después dejaron de cogerlo. Yo quiero saber dónde está.
Laia bajó los ojos.
Sara abrió la boca, pero Teresa levantó una mano.
—No quiero una frase bonita. Quiero una fecha, un sitio o un hueso.
Nadie le corrigió la crudeza. Elena quería limpiar el nombre de Ana antes de morir su madre.
Laia quería que el pueblo dejara de fingir normalidad.
Maribel quería ayudar sin que la ayuda le costara la casa.
Inés no quería nada, y quizá por eso era la que más sabía.
Teresa quería un resto. Un punto. Algo que pudiera ponerse en una bolsa, llevarse a un cementerio y llamar hija sin que la miraran como a una mujer obsesionada.
Sara entendió entonces que el nombre del colectivo podía ser también una mentira cómoda. No se Fueron. Sí. Pero ¿dónde estaban? Se apuntó mentalmente no decir nunca más «vamos a encontrarla» delante de Teresa. No se promete lo que la tierra no ha aceptado devolver.
Teresa no se quitó el abrigo en toda la reunión. Ese detalle acabó irritando a Laia, que le ofreció dos veces colgarlo en la percha. Teresa negó con la cabeza las dos veces. El abrigo era malo, de paño oscuro, con los puños dados de sí. Sara pensó que quizá Teresa no quería quedarse del todo.
Cuando Laia propuso crear una ficha para Nadia, Teresa preguntó quién tendría copia.
Cuando Sara dijo que de momento solo ellas, Teresa preguntó quiénes eran ellas.
Nadie respondió rápido. No se Fueron sonaba fuerte escrito en un perfil, pero en aquella sala eran ocho personas, una impresora vieja y una contraseña de correo que Laia había compartido con demasiada facilidad al principio.
Teresa no venía a entregar a su hija a una causa.
Venía a comprobar si la causa sabía cerrar la puerta.
El bajo se quedó con el zumbido del fluorescente.
Elena miró a Sara, y Sara entendió la acusación sin que nadie la dijera. Ella había entrado en todo aquello con palabras. Reportaje, memoria, verdad, reparación. Palabras necesarias. También insuficientes. Teresa no quería memoria. Quería un punto exacto donde dejar flores sin sentirse idiota.
Llamaron a la puerta.
Lucas entró sin esperar respuesta. Traía la cara cerrada y un sobre de papel marrón en la mano. La sala cambió. No mucho. Lo justo. Maribel se enderezó. Laia dejó el móvil sobre la mesa. Inés miró al suelo. Elena no apartó los ojos de él.
Lucas no traía barro en los zapatos, pero aun así el bajo pareció ensuciarse con su entrada.
No por él. Por lo que arrastraba. El apellido Montiel entraba siempre antes que su cuerpo: se sentaba, ocupaba una silla, rozaba las fotografías, obligaba a las mujeres a decidir si podían hablar delante de un hombre que quizá no había hecho nada y aun así venía de dónde venía.
Teresa lo observó sin curiosidad. Para ella, Lucas no venía como aliado ni como culpable; era otra persona del territorio, alguien que había sabido vivir mientras su hija seguía en ninguna parte.
Lucas dejó el sobre marrón sobre la mesa y no se quitó la chaqueta. Sara notó que no quería quedarse. También notó que, por primera vez, no sabía irse.
Lucas vio la fotografía de Rafa sobre la carpeta. No la tocó.
—¿Quién más la ha visto?
—Las que estamos aquí —dijo Sara.
—Eso no responde.
—Nadie fuera.
Laia apretó los labios. Sara lo vio y se lo guardó para después.
Lucas dejó el sobre marrón sobre la mesa.
—Mi tía dice que hay cajas de Rafa en la casa vieja.
Elena soltó aire por la nariz.
—Qué casualidad. Justo ahora.
Lucas la miró.
—No he venido a pedir perdón por mi familia cada vez que abro la boca.
—Pues igual deberías.
—Elena —dijo Sara.
—No, déjala —contestó Lucas—. Tiene derecho.
—No necesito que me lo concedas tú.
Lucas bajó la mirada. Esa fue la única concesión real.
Sara tomó la fotocopia de la carretera y se la puso delante.
—¿Reconoces el sitio?
Lucas tardó demasiado en responder.
—No.
—Has dudado.
—Porque estoy mirando una mancha negra y queréis que vea la muerte de mi hermano.
Era injusto. Comprensible también, pero injusto. Sara lo encajó sin defenderse.
Inés se movió al fondo. Apenas un paso.
—Esa curva está antes del camino de Les Comes.
Todos se giraron.
Inés parecía arrepentida antes de terminar.
—No estoy segura.
—¿La conoces? —preguntó Sara.
—He dicho que no estoy segura.
—Pero has dicho Les Comes.
Inés se cerró la bufanda alrededor del cuello.
—Y ahora digo que me tengo que ir.
Sara la siguió hasta la puerta.
—Inés, espera.
La mujer se volvió con una cara que no era miedo, sino cansancio acumulado durante años.
—No me uses para abrir una caja que después no puedes cerrar.
Salió.
La persiana metálica dejó pasar una línea de aire frío.
Lucas miró a Sara.
—Bienvenida a mi familia.
Sara no contestó. Encima de la mesa, el nombre de Rafa ya no parecía una pista.
Parecía una deuda.
Cuando la reunión terminó, nadie se levantó de golpe.
Recogieron despacio, cada una fingiendo una tarea.
Maribel dobló vasos de plástico que no necesitaban doblarse.
Laia borró notificaciones sin leerlas. Elena metió la fotografía de Ana en una funda transparente y la guardó en su bolso, pegada al cuerpo.
La sede aún no era un lugar suficientemente seguro para dejar a su hermana.
Lucas se quedó junto a la puerta. Sara esperó a que dijera algo, pero no lo hizo.
Había venido con el sobre de papel marrón y se iba con algo peor: la certeza de que Rafa acababa de entrar en una habitación donde su apellido no mandaba.
Al salir, tuvo que agacharse para levantar un folleto que alguien había tirado en la acera.
Era de una ruta de vinos. En la portada, una mujer reía entre viñas con un cesto limpio en las manos.
Lucas lo dobló y lo dejó en la papelera sin mirarlo.
Sara lo alcanzó en la esquina. La calle olía a pan tostado y a humedad de persianas viejas. Lucas caminaba demasiado rápido, con las manos vacías y la mandíbula apretada. Ella no lo llamó por su nombre.
—No conduzcas ahora.
—Estoy bien.
—No he preguntado eso.
Él se detuvo junto a un contenedor de vidrio. Había botellas dentro, verdes y marrones, golpeándose con un ruido pequeño cuando pasó una furgoneta. Durante un segundo, Sara pensó que podía decirle algo sobre Rafa, algo preciso y no invasivo. No lo encontró. Lucas se adelantó.
—Lo peor es que quiero que sea mentira.
Sara no contestó.
—Quiero que ese sobre sea una trampa. Quiero que alguien esté usando a Rafa porque así puedo odiarlo sin abrir otra habitación de mi casa.
La confesión no lo hizo más noble. Lo hizo más humano, que era distinto y más incómodo. La amenaza al menos tenía forma. Lo otro no.
—Puede ser una trampa y aun así decir algo verdadero —dijo.
Lucas la miró entonces. No parecía agradecido.
—Esa es una frase muy tuya.
—¿Mala?
—Útil. Que a veces es peor.
Sara no volvió al bajo hasta que Lucas se marchó. Necesitaba treinta segundos sin su cara y sin el apellido de él llenando la calle. Cuando entró, Teresa estaba sola junto a la mesa, con el folio de Nadia entre las manos. No lo miraba como se mira un documento. Lo sostenía con miedo a arrugarlo.
—No quiero que la pongáis arriba —dijo Teresa.
Sara cerró la puerta despacio.
—No la pondremos donde tú no quieras.
—No me hables bonito. Solo dime quién decide.
La pregunta era sencilla y Sara tardó demasiado en contestar. Laia decidía de más cuando tenía el móvil en la mano. Elena decidía sobre Ana, pero no sobre las otras. Sara decidía cuando ordenaba carpetas. No había una autoridad clara.
—Deberíamos decidirlo contigo —dijo Sara.
—Deberíais o lo haréis.
—Lo haremos.
Teresa dobló el folio una vez. No para llevárselo, todavía. Para probar que podía hacerlo. Ese gesto enseñó a Sara más que una discusión. La pared no tenía nada de altar. Era un sitio prestado.
Laia apareció desde el fondo con una bolsa de basura y vio el folio doblado. Abrió la boca. Sara la miró y Laia la cerró. Fue un progreso mínimo, casi antipático. Teresa no se lo agradeció. Hizo bien.
Sara se quedó mirando la norma pegada junto al calendario cuando todas se fueron.
Ningún nombre se publica sin permiso. Era una norma básica, casi infantil, y sin embargo les había costado un robo, una bofetada y una mujer viva señalada por error empezar a entenderla.
Laia quiso enderezar el papel. Sara le dijo que lo dejara. Torcido se veía mejor.
Esa noche hicieron inventario de lo que todavía no sabían hacer.
No sabían custodiar pruebas sin discutir.
No sabían hablar con madres sin prometer más de lo posible.
No sabían cuándo una publicación era presión útil y cuándo era una piedra lanzada contra una ventana que podía estar llena de gente dentro.
Elena escuchó la lista con el abrigo puesto.
Al final dijo que aprender despacio también era un lujo.
Teresa contestó que sí, pero que aprender deprisa había matado a mucha gente. Las dos tenían razón.
Sara apuntó una segunda norma debajo de la primera: si hay duda, se espera.
Laia resopló. Sara no la corrigió. Esperar seguía pareciendo una palabra fabricada para favorecer a los de siempre.
Pero por primera vez Laia no discutió. Solo cogió un rotulador más grueso y escribió al lado: no publicar todavía. Esa sí la dejaron recta.