La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Lucas pensó en todos los años en los que había creído que de Rafa no quedaba nada útil. Ropa, cuatro fotos, un reloj roto, una moto vendida sin preguntarle. Nada más.

Adela apretó la carpeta.

—No abras lo que no puedas cerrar.

Lucas cogió las llaves del coche.

—Ese consejo ya nos salió caro.

Cuando Adela se fue, el chico administrativo volvió al despacho con una excusa ridícula: buscar una grapadora que estaba encima de la mesa.

Lucas lo vio entrar, mirar la puerta, mirar el albarán roto en la papelera y agachar la cabeza.

Se llamaba Pau, tenía veinticuatro años y una novia embarazada.

Lucas lo sabía porque Noelia se lo había contado una tarde.

La información le llegó ahora como una acusación más.

—¿Quieres decirme algo? —preguntó Lucas.

Pau cogió la grapadora y tardó en contestar.

—Mi padre trabajó en campañas antiguas.

Lucas no se movió.

—¿Y?

—Dice que su hermano… Rafa… no estaba tan loco como decían.

Aquello abrió un hueco en la oficina. Pau se arrepintió en el mismo segundo de haberla dicho.

Se puso rojo, sujetó la grapadora contra el pecho, absurda, igual que si fuera algo robado y añadió que no sabía nada más, que su padre hablaba de cosas cuando bebía, que no quería problemas.

Todo lo habitual. La misma retirada de siempre.

Lucas no lo presionó. No porque no quisiera. Porque vio en la cara del chico una versión joven del mecanismo completo: un sueldo, una casa de alquiler, un hijo por nacer y una frase heredada de un padre que quizá había esperado veinte años para decirla en una cocina.

—Dile que, si quiere hablar, no tiene que venir aquí —dijo Lucas—. Que busque a Sara.

Pau asintió. No dijo que lo haría. Lucas tampoco se engañó. En aquella comarca, entre querer hablar y hablar cabían demasiadas hipotecas.

Lucas no salió enseguida hacia la sede. Bajó al archivo de la bodega con la excusa de buscar un contrato de distribución.

El sótano estaba más frío que la nave y olía a cartón húmedo, a tinta vieja, a madera de cajas reutilizadas.

Había archivadores nuevos en la primera fila, azules, con etiquetas limpias.

Detrás, los antiguos: lomos vencidos, años escritos dos veces, carpetas con nombres de fincas que ya no se usaban en las etiquetas comerciales.

Buscó Les Comes sin querer admitir que lo buscaba.

Pasó los dedos por los lomos: Montsagre, Corbera, Camí de Dalt, Camp de l’Era.

Nada. Luego, en una balda baja, encontró una carpeta sin etiqueta.

Dentro había folletos de rutas, invitaciones a catas, justificantes de patrocinios.

En una esquina apareció una factura de reparación de un camino rural, año 2002.

No decía Les Comes. Decía acondicionamiento acceso parcela auxiliar.

La firma de su padre estaba al pie, junto a otra que Lucas no reconoció al principio porque quería no reconocerla: Julián.

Le acudió la excusa de siempre, entrenada por años de familia: podía no significar nada. Lucas la guardó en una funda transparente. Descubrió con asco que ya pensaba como Sara: tocar poco, doblar nada, fechar. El método entraba en el cuerpo antes que la convicción.

Al subir, Noelia seguía junto al palé de copas.

Le preguntó si necesitaba algo. Lucas dijo que no.

Ella miró la carpeta que llevaba bajo el brazo y, durante un segundo, pareció querer hablar.

No lo hizo. Volvió a cortar plástico de burbujas con una cuchilla pequeña.

El sonido fue seco, repetido, casi doméstico.

Lucas pensó que en la bodega todo se seguía empaquetando para salir limpio, incluso mientras él bajaba del archivo con papeles que olían a camino tapado.

Antes de coger el coche, se quedó en el patio. El teléfono de Sara aún pesaba en el bolsillo, aunque la llamada ya había terminado. Rafa no murió donde dijeron. Lucas había respondido mañana hablamos. En su familia, mañana había sido siempre una palabra para enterrar.

Arrancó hacia la sede con la factura doblada dentro de una carpeta y la certeza incómoda de que ya no iba a poder fingir que solo acudía por Sara.

Antes de salir de la bodega, Lucas se cruzó con Noelia junto al muelle.

La trabajadora estaba separando cajas defectuosas.

Las apartaba con una rapidez seca, sin mirar las etiquetas.

Tenía las manos llenas de pequeños cortes de cartón y una tirita en el nudillo índice.

Al verlo, enderezó la espalda de inmediato.

—No hace falta —dijo él.

—¿El qué?

—Ponerte firme.

Noelia bajó la vista a las cajas.

—Costumbre.

Esa palabra le molestó. Últimamente todo lo que le molestaba parecía tener razón.

En el patio, dos proveedores esperaban junto a una furgoneta.

Uno fingía mirar el móvil. El otro miraba a Lucas sin disimulo.

En la puerta de administración, Pau hablaba con una mujer mayor que traía un sobre cerrado.

Lucas reconoció el apellido escrito a mano en la esquina.

No era de un proveedor; era de una familia del pueblo.

—¿Qué es eso? —preguntó.

Pau apretó el sobre contra el pecho.

—Lo han dejado para contabilidad.

La mujer mayor negó con la cabeza.

—No. Lo he dejado para usted.

Lucas se acercó. La mujer tendría setenta años, quizá más. Llevaba el pelo recogido con horquillas negras y una bolsa de tela del mercado. No parecía asustada.

—Mi marido trabajó tres campañas para su padre —dijo.

Lucas no cogió el sobre todavía.

—¿Quiere pasar?

—No. Ya entré demasiado en esta casa cuando no era mía.

Pau se quedó sin respiración. Noelia, desde el muelle, dejó de mover cajas.

—Ahí hay recibos —añadió la mujer—. Mi marido los guardaba en una lata de membrillo. Decía que algún día servirían. Luego se murió y yo pensé que ya no. Ahora no sé.

Lucas abrió la boca, pero no salió nada útil.

—No sé si tienen que ver con las mujeres esas —continuó ella—. Con las que decís en el local. Hay nombres. Pagos. Una cosa de cocina. Y una firma de Tomàs.

Pau miró al suelo. Noelia se secó las manos en el pantalón.

Lucas cogió el sobre con dos dedos. Pesaba poco. Menos que una factura normal. Más que una excusa.

—¿Por qué me lo da a mí?

La mujer lo miró de arriba abajo, sin odio.

—Porque a su padre no se lo puedo tirar a la cara.

El patio quedó inmóvil un segundo. Lucas sintió el impulso absurdo de disculparse por estar vivo. No lo hizo. La mujer ya había tenido bastante con hombres diciendo cosas que llegaban tarde.

—¿Quiere que conste su nombre?

—No.

—Si sirve, quizá tengan que llamarla.

—Entonces ya decidiré si contesto.

Se marchó sin despedirse. Pau se quedó con la grapadora todavía en la mano, olvidando para qué la llevaba.

Lucas abrió el sobre apenas un centímetro.

Vio papeles doblados en cuatro, una servilleta con números y una fotografía pequeña de una mesa larga llena de platos.

Mujeres sirviendo. Hombres sentados. En una esquina, una chica con el pelo tapado miraba hacia la cámara con mala cara.

—No lo abras aquí —dijo Noelia.

Lucas levantó la vista.

—¿La conoces?

Noelia negó demasiado rápido.

—Mi madre quizá.

—¿Puedes preguntarle?

—Puedo. Otra cosa es que conteste.

Lucas guardó el sobre dentro de la carpeta de la factura del camino auxiliar. Le habría gustado decir que iba a protegerla, que nadie perdería su trabajo por hablar. Habría sido mentira o, peor, una promesa de heredero. Noelia siguió apartando cajas. Al pasar junto a él, murmuró sin mirarlo:

—Mi madre decía que en las cocinas se oía todo. Que por eso las cambiaban tanto.

Lucas no respondió. Cuando llegó al coche, dejó el sobre en el asiento del copiloto y apoyó las manos en el volante sin arrancar. Hasta esa mañana, las pruebas llegaban desde fuera de la bodega: sobres, fotos, listas, gente que venía a pedirle cuentas.

No podía seguir diciendo que iba hacia la sede solo por Sara. Ni siquiera por Rafa. La bodega empezaba a escupir lo que había tragado, y él estaba sentado encima del primer vómito con el logo familiar en la fachada.