CAPÍTULO 2
Lucas Montiel firmó tres albaranes antes de darse cuenta de que llevaba escribiendo mal la fecha toda la mañana.
El encargado administrativo, un chico nuevo que evitaba mirarlo de frente, no dijo nada.
A Lucas le habría molestado más que lo corrigiera con respeto que si se hubiera reído.
Desde que el nombre de Marta había vuelto a circular por el pueblo, todo el mundo calculaba la distancia exacta a la que debía colocarse de él.
Los viejos lo saludaban con una educación que olía a entierro.
Los jóvenes bajaban la voz. Los socios de la bodega habían aprendido a pronunciar la palabra transición, limpia y cómoda, para tapar décadas de tierra pegada a los cimientos.
—Te has equivocado otra vez —dijo por fin el chico.
Lucas miró el papel.
21 de marzo. Había escrito 21 de marzo en mayo.
—Déjalo. Lo repito.
Arrugó el albarán y lo tiró a la papelera. Falló. El papel rebotó en el borde y cayó al suelo. Ninguno de los dos se movió a recogerlo.
El Celler Montiel estaba ordenado de una forma incómoda.
Desde que había decidido revisar archivos, contratos y facturas antiguas, todo el edificio parecía defenderse con limpieza.
Las cajas apiladas en el almacén habían sido etiquetadas.
Las estanterías se habían despejado. En las paredes habían retirado algunas fotos familiares porque nadie sabía ya qué hacer con las caras muertas.
Solo quedaba una imagen grande de Don Ricardo en la sala de visitas.
Quitarla habría parecido una declaración.
Lucas había ordenado la bodega con la ferocidad inútil de quien no puede ordenar otra cosa.
Mandó retirar cajas rotas, limpiar cristales, revisar albaranes antiguos, etiquetar archivos que nadie tocaba desde hacía años.
Los trabajadores obedecieron con esa mezcla de disciplina y miedo que antes reservaban para su padre.
A Lucas le repugnó reconocerlo. El apellido seguía funcionando, aunque él quisiera usarlo contra sí mismo.
En el pasillo de administración quedaba una marca clara en la pared donde antes colgaba una fotografía familiar.
La habían retirado después del reportaje de Sara.
En la imagen aparecía Don Ricardo entregando una placa a un hombre de Diputación, Lucas con quince años, Rafa con una camisa mal abrochada y cara de querer estar en cualquier otro sitio.
Nadie sabía dónde habían guardado el marco.
A media mañana, una empleada veterana le había dejado una carpeta sin mirarlo. Cuando Lucas le dio las gracias, ella respondió “faltaría más, señor Lucas”. Señor. A él le habría gustado pedirle que no lo llamara así. No lo hizo.
El móvil vibró sobre la mesa.
Antes de mirar la pantalla, Lucas esperó.
Había empezado a medir las llamadas por el efecto que le producían en el cuerpo.
Las de socios le apretaban la nuca. Las de Adela le ponían una rabia infantil en la mandíbula.
Las de números ocultos le daban una calma falsa, casi útil.
Las de Sara le movían el suelo. No siempre por deseo. No siempre por miedo.
En la pantalla apareció el nombre de ella. Sara. Sin apellido. Había intentado cambiarlo una vez por Sara — No se Fueron, para recordarse que aquella relación no tenía derecho a funcionar por impulsos privados. Lo borró al día siguiente. El gesto le pareció cobarde incluso a él.
Sara.
No contestó al primer tono. No porque no quisiera. Porque su cuerpo reaccionaba antes que él. Cada llamada de Sara abría una puerta que Lucas no estaba seguro de poder volver a cerrar. La dejó sonar dos veces.
—Dime.
—Han dejado un sobre en la sede.
Su voz venía plana. Eso lo asustó más que cualquier temblor.
—¿Sobre qué?
—Rafa.
Lucas miró la papelera. El albarán seguía en el suelo, blanco, ridículo.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Qué hay dentro?
—Una fotocopia. Una carretera. Un coche. Y una frase.
Sara calló. Lucas cerró los ojos.
—Dila.
—Rafa no murió donde dijeron.
Al otro lado, el silencio de Sara no pedía perdón. Esperaba.
Lucas salió de la oficina sin mirar al chico. Atravesó la nave, pasó junto a dos trabajadores que dejaron de hablar al verlo y se metió en el patio. Allí olía a madera mojada, gasoil y restos de vino en las juntas del suelo.
—Eso puede ser cualquier cosa.
—Sí.
—Puede ser alguien intentando hacernos daño.
—También.
—O intentando separarnos.
—Lucas.
La forma en que dijo su nombre le molestó. No sonaba a ternura; sonaba a advertencia.
—No me traigas a mi hermano convertido en una línea más de tu pared.
—Por eso te llamo antes de mover nada.
—Ya has movido algo. Me estás llamando.
Sara no respondió. Lucas oyó, de fondo, una impresora que hacía un ruido roto.
—Ven a verlo —dijo ella al fin.
—No ahora.
—Ahora sí.
—Tengo la cooperativa en una hora.
—Mejor. Puede que esto también tenga que ver con la cooperativa.
Lucas soltó una risa breve. No tuvo gracia.
—Todo tiene que ver con la cooperativa cuando quieres que tenga que ver.
—No me ataques a mí.
—Estoy intentando no hacerlo.
Se quedaron unos segundos sin hablar. A Lucas le vino la última discusión con Rafa, no la imagen del accidente. Eso le pasaba desde hacía años.
Tú no eres bueno, Lucas. Solo eres educado.
—Voy después de la cooperativa —dijo.
—No tardes.
Colgó.
Cuando volvió a la oficina, su tía Adela estaba esperándolo junto a la mesa. No había avisado. Entraba en la bodega como quien entra en una casa que todavía le pertenece, aunque los papeles digan otra cosa. Llevaba un pañuelo claro al cuello y una carpeta de piel en la mano.
—Tenemos que hablar.
Lucas recogió el albarán del suelo.
—No es buen momento.
—Nunca es buen momento desde que decidiste convertirnos en noticia.
—Yo no hice desaparecer a nadie.
Adela miró al chico administrativo. El chico entendió de golpe que tenía algo urgente en el almacén.
—No hables así aquí.
—¿Dónde quieres que hable? ¿En el comedor, debajo del cuadro de mi abuelo?
Adela cerró la carpeta contra el pecho.
—Van a hundir la bodega.
—La bodega no es una persona.
Adela dio un paso hacia la ventana. Desde allí se veía el patio de carga, los palés, los hombres con chaleco reflectante, las cajas que salían hacia restaurantes de Barcelona con etiquetas limpias y nombres de finca escritos en cursiva.
La bodega era piedra, acero, barricas, facturas.
También era una escuela pagada, una operación de cadera, un alquiler de invierno, una beca de comedor. Eso la volvía útil como escudo.
Una trabajadora pasó junto a la ventana con una caja de copas envuelta en plástico de burbujas.
Se llamaba Noelia y llevaba allí desde los diecinueve.
Lucas sabía que su madre había limpiado oficinas para Don Ricardo y que su hermano entraba cada septiembre en campaña, sin contrato fijo, siempre con la promesa de que ese año habría algo mejor.
Su padre lo había entendido siempre. Por eso hablaba de empleo cuando alguien hablaba de miedo.
De tradición cuando alguien hablaba de dinero sin declarar.
De familia cuando una mujer dejaba de volver.
Lucas había heredado también esa gramática.
Lo descubría ahora, tarde, en su propia boca.
Cada vez que decía trabajadores, a veces quería decir no me lo quites todo.
Lucas conocía la trampa porque la había usado durante años sin llamarla así.
Cuando un proveedor pedía cobrar antes, su padre hablaba de familias.
Cuando un trabajador se quejaba, hablaba de temporada difícil.
Cuando alguien preguntaba demasiado por una mujer que no había vuelto a la siguiente campaña, hablaba de movilidad laboral.
Las palabras cambiaban. La maniobra era la misma: poner vidas delante de otras vidas hasta que nadie supiera por cuál debía responder primero.
Adela hizo un gesto mínimo hacia las ventanas que daban al patio.
—No digas eso delante de quien come de ella.
Lucas miró al otro lado del cristal. Dos hombres cargaban cajas vacías en una furgoneta.
Uno de ellos tenía una hija en el instituto, el otro acababa de operarse de la rodilla y seguía trabajando porque la baja le dejaba menos dinero.
Lucas conocía esos datos. Su padre los usaba en las cenas familiares cuando quería recordar que la bodega era una responsabilidad y no un negocio.
—Precisamente por eso no quiero mentirles más.
—No seas ingenuo. La verdad no paga nóminas.
—La mentira tampoco. Solo lo deja para otro día.
Adela le sostuvo la mirada con una dureza cansada.
—Eso lo dices porque todavía no te han puesto a veinte familias delante.
Lucas pensó que tenía razón. Y que esa razón era parte del problema.
—No. Es veinte familias que cobran de aquí.
Lucas no contestó. Esa era la parte que Julián, Adela, los socios y hasta algunos trabajadores sabían usar mejor que él. Le ponían delante caras concretas. Nóminas. Hijos. Hipotecas. Gente que no había decidido nada y aun así podía perderlo todo si él tiraba de la cuerda.
—Han nombrado a Rafa —dijo.
Adela perdió color. Apenas. Lo suficiente.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Déjalo.
La rapidez de la respuesta le entró como una astilla.
—¿Perdona?
—A tu hermano hay que dejarlo en paz.
—Mi hermano lleva muerto años. La paz ya le llega tarde.
Adela se acercó a la mesa. Su voz bajó, pero no se ablandó.
—Rafa estaba mal.
Lucas sintió un golpe viejo en el estómago. La frase de siempre. El cierre perfecto. Rafa estaba mal. Rafa bebía. Rafa exageraba. Rafa veía fantasmas donde había cuentas, acuerdos, hombres haciendo lo que se había hecho siempre.
—No vuelvas a decir eso.
—Es la verdad.
—Es la versión que nos dejó dormir.
Adela no respondió. Miró la puerta. Podía haber alguien escuchando.
—Hay cajas de tu hermano en la casa vieja. Si empiezas por ahí, no vas a saber parar.
Lucas levantó la vista.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre.
La palabra cayó entre los dos con una naturalidad que daban ganas de romper algo.
Desde siempre.