La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Aun así, todo se mezclaba. Un sobre con insultos podía traer una fecha útil. Un mensaje sincero podía estar lleno de errores. Una fotografía podía salvar a una mujer o exponer a otra.

No se Fueron se había montado con cuatro sillas, una impresora vieja y rabia suficiente para abrir por la mañana. La realidad entró más deprisa: nombres, fotos, sobres, madres que no podían esperar otra semana.

Elena, que acababa de entrar, oyó aquello y dejó la bolsa de pan sobre una silla. Tenía harina en la manga del abrigo. Había comprado barras de cuarto antes de entrar allí. Las dejó junto a los sobres y no preguntó si alguien tenía hambre.

Laia iba a contestar, pero miró el cuarto sobre. La palabra Rafa le cambió la cara.

—¿Lucas lo sabe?

—Todavía no.

—Se lo tienes que decir.

—Primero tengo que saber qué hay dentro.

Elena, que ya había dejado el pan sobre la silla, vio entonces el nombre de su hermana en el primer sobre. No preguntó por los otros. Ni por Rafa. Ni por la fecha.

—Ana otra vez.

Sara no supo si era alivio o cansancio lo que había en su voz.

Abrieron los sobres con guantes. En el de Ana había una fotografía doblada en cuatro.

Vendimia. Años noventa, quizá. Gente joven, cajas de uva, pañuelos en la cabeza, una hilera de hombres detrás fingiendo que trabajaban para la foto.

En una esquina, marcada con un círculo rojo, una mujer miraba fuera del encuadre.

Sara no necesitó que Elena dijera el nombre.

—Es ella —dijo Elena.

No lloró. Apretó la mandíbula. Tenía arena entre los dientes, o eso parecía.

En el sobre de 1998 había dos recortes de prensa local. Fiestas, premios de vino, una cata solidaria. Nada evidente. En el tercero, una lista de nombres escritos a mano. Algunos ya estaban en la pared. Otros no.

Laia empezó a fotografiarlo todo.

—No subas nada.

—No soy idiota.

—A veces sí.

Laia levantó la cabeza. Elena hizo un ruido seco con la lengua, pero no intervino.

Sara abrió el sobre de Rafa al final. Dentro había una fotocopia de mala calidad, tan oscura que casi no se distinguía nada. Una carretera secundaria. Un coche detenido junto a una curva. Al fondo, una figura masculina inclinada hacia la ventanilla del conductor.

Rafa no murió donde dijeron.

Nadie habló.

Sara dejó la fotocopia sobre la mesa. El fluorescente zumbaba encima de ellas. Laia, por una vez, no tocó el móvil. Elena se sentó despacio, sin soltar la fotografía de Ana.

Elena pasó el pulgar por el borde de la foto de Ana, no por la cara. No quería tocarle la cara en una copia mala, con los píxeles rotos y la piel convertida en manchas grises. Sara lo vio y no dijo nada.

—Mi madre no va a ver esto —dijo Elena.

Laia tragó saliva.

—Todavía no.

—No. No todavía. No lo va a ver si yo no decido que lo vea.

Aquella precisión colocó un límite en la sala.

Sara lo agradeció y al mismo tiempo lo sintió como una advertencia.

No se Fueron había nacido con rabia, pero no todo lo que llegaba allí pertenecía al grupo.

Había cosas que seguían siendo de una hermana, de una madre, de una hija que podía levantarse una mañana y decidir que no quería volver a ver una fotografía convertida en material de investigación.

Fuera, alguien bajó una persiana en la calle. El golpe metálico les hizo levantar la cabeza. Ninguna lo comentó.

La puerta del bajo seguía sin cerrar bien. Por la rendija inferior entraba una línea estrecha de luz sucia.

Sara pensó en Lucas antes de querer pensarlo. En la forma en que se le endurecía la boca cuando alguien nombraba a su hermano.

—Ahora sí —dijo Laia—. Ahora ya no es solo Marta.

Sara miró la fotocopia. Aquella imagen podía ser una prueba, una trampa o una crueldad fabricada con una impresora mala.

Aun así, supo que el día había empezado a hundirse por otro sitio.

Sara no llamó a Lucas en seguida. Se quedó con el teléfono en la mano, mirando su nombre en la agenda, y sintió una resistencia fea.

Prudencia, no. Más bien egoísmo pequeño.

Durante unos minutos quiso seguir siendo la única persona que sabía lo que había dentro del sobre, porque en cuanto Lucas oyera el nombre de Rafa, el caso dejaría de estar bajo su control.

Y porque, aunque le avergonzara admitirlo, había una parte de ella que temía perder la posición que había ganado dentro del colectivo si Rafa desplazaba a Ana, a Samira, a todas.

No se lo dijo a nadie. Ni se lo dijo bien a sí misma.

Hizo lo que se hace con las cosas sucias cuando una todavía quiere parecerse a la versión decente de sí misma: las convirtió en procedimiento.

Dijo que había que escanear, guardar, fechar, verificar.

Laia la miró con impaciencia y Elena con algo parecido a gratitud.

Ninguna vio que Sara estaba ganando tiempo para no hacer una llamada.

Al final fue Elena quien la obligó sin saberlo. Guardó la foto de Ana en su bolso, se levantó y dijo que iba a comprar fundas transparentes. En la puerta, antes de salir, miró el sobre de Rafa.

—No tardes.

Cuando Elena salió, Laia cerró la puerta con el pie y se quedó mirando la cerradura.

Hasta entonces nadie había pensado de verdad en lo fácil que era entrar.

Durante un rato no dijo nada. Después pidió cambiar la contraseña del correo.

Lo pidió con una humildad rara en ella, sin hacer de aquello una iniciativa ni una batalla.

Sara le dio el portátil y la vio teclear una clave absurda, larga, llena de signos que ninguna de las dos iba a recordar sin apuntarla en un papel, que era justo lo que no debían hacer.

—Esto también es ridículo —dijo Laia, copiando la clave en una nota que luego rompió en ocho trozos—. Proteger muertos con una contraseña.

—Protegemos vivos. Los muertos ya no pueden recibir llamadas a las tres de la mañana.

Laia no contestó. Recogió los trozos de papel y los metió en el bolsillo de la chaqueta, no en la papelera. No arreglaba nada, pero mostraba una primera forma de cuidado: no dejar restos fáciles donde antes solo había dejado velocidad.

Sara abrió una hoja nueva en la libreta y escribió cuatro columnas: quién entrega, qué entrega, permiso, riesgo.

Aun así, siguió. Ana Beltrán. Fotografía.

Permiso familiar pendiente. Riesgo alto.

Rafa Montiel. Fotocopia. Permiso familiar inexistente.

Riesgo familiar y probatorio. Luego se detuvo.

La palabra permiso junto a Rafa le hizo sentir una vergüenza distinta.

Lucas no era dueño de su hermano, pero tampoco podía enterarse como se enteraba todo el mundo: por una pared, por un comunicado, por una frase de Laia pensada para arder.

Antes de llamar, Sara fue al baño del fondo.

La luz no funcionaba bien y el espejo tenía una grieta en una esquina.

Se lavó las manos, aunque llevaba guantes.

El agua salió fría. En el espejo se vio con cara de mujer que ya había aprendido demasiadas justificaciones.

Podía decir que esperaba por prudencia. Podía decir que necesitaba clasificar.

Podía decir que no quería precipitarse. Todo eso era cierto a medias.

La otra mitad era más pequeña y más fea: durante unos minutos había querido poseer la noticia antes de entregarla.

Volvió a la mesa. Laia había dejado el móvil boca abajo, un milagro breve. Sara cogió el suyo. No buscó una frase buena.

Pulsó llamar.

Al segundo tono, la llamada entró. Sara miró el sobre mientras esperaba que Lucas respirara al otro lado. No supo si estaba haciendo lo correcto. Supo solo que esperar más ya era otra forma de usarlo.