La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2)
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CAPÍTULO 1
La persiana del bajo se quedó atascada a medio metro del suelo.
Sara apoyó el hombro en el metal, empujó hacia arriba y notó el tirón en la espalda, justo entre los omóplatos.
La cerradura había empezado a fallar la semana anterior, pero nadie había querido gastar dinero en arreglarla.
No se Fueron tenía una cafetera barata, tres archivadores donados, una impresora que se tragaba los folios de dos en dos y una lista de nombres que ya no cabía en una pared. La cerradura podía esperar.
El bajo olía a papel húmedo y café de ayer.
Antes había sido una tienda de ropa infantil.
Aún quedaba, medio borrado en el cristal, el dibujo de un pato amarillo.
Laia había querido rascarlo el primer día.
Elena dijo que no. Dijo que aquel pato ridículo recordaba mejor que cualquier cartel que allí también habían existido vidas normales, negocios que cerraban, madres comprando calcetines, niñas con los tobillos al aire. Sara no discutió.
Encendió el fluorescente. Parpadeó tres veces antes de quedarse fijo. Sobre el suelo, debajo de la ranura de la puerta, había cuatro sobres.
Lo peor fue que no le sorprendió.
El día anterior, la madre de Marta había ido al bajo por primera vez desde que colgaron el nombre en la pared.
No avisó. Apareció a media tarde, con una bolsa de farmacia en una mano y una chaqueta de punto abrochada hasta el cuello, aunque hacía calor.
Sara estaba sola, intentando que la impresora aceptara tinta reciclada.
La mujer se quedó en la puerta sin entrar del todo.
—¿Es aquí?
Sara supo que no preguntaba por la dirección.
—Sí.
La madre de Marta no miró los archivadores ni las sillas.
Miró la pared. La foto de su hija seguía arriba, pequeña, demasiado joven, con la sonrisa torcida por una mala copia.
Durante un rato no dijo nada. Sara apagó la impresora porque el ruido le pareció una falta de respeto.
La máquina siguió haciendo un zumbido pequeño antes de rendirse.
—La habéis puesto muy alta —dijo la mujer.
Sara se acercó a la pared.
—La bajamos.
—No. Déjala. Siempre quería verlo todo desde arriba.
No sonó tierno. Sonó práctico: Marta dejando los vasos en el alféizar, Marta subiendo a una silla para coger una caja, Marta queriendo saber quién entraba en la plaza antes que los demás. La madre señaló la cinta de carrocero que sujetaba la hoja.
—Eso se va a caer.
—Compraremos chinchetas.
—No pongáis chinchetas en su cara.
Sara tragó saliva.
—No.
La mujer abrió la bolsa de farmacia. Dentro no había medicinas. Había una foto envuelta en papel de cocina y un peine de plástico marrón con tres púas rotas.
—Esto no sirve para nada —dijo—. Lo sé.
Sara no extendió la mano.
—¿Quiere que lo guardemos?
—No lo sé. Por eso lo he traído.
Se sentó en la silla más cercana a la puerta. La silla cojeaba y cada vez que movía un pie hacía un golpe seco contra la baldosa. La madre de Marta dejó el peine sobre la mesa con cuidado. No lo trató como una reliquia. Lo dejó allí porque en su casa ya mandaba.
—Encontré el peine en una caja de costura. Llevaba años allí. Yo creía que lo había tirado.
Sara esperó.
—Me enfadé al verlo. Fíjate qué cosa más tonta. Me enfadé porque seguía existiendo. Como si me hubiera engañado.
Sara había escuchado muchas formas de dolor desde que volvió al pueblo, pero aquella le pareció más áspera: el enfado con un peine por haber sobrevivido mejor que una hija. No lo escribió. No lo archivó. Solo apartó un vaso sucio de la mesa para que la mujer pudiera apoyar el codo.
—¿Lucas ha venido por aquí? —preguntó la madre de Marta.
—Sí.
—¿Y cómo entra?
Sara no entendió.
—¿Cómo entra?
—Con vergüenza o como si siguiera siendo de los Montiel.
La pregunta no tenía respuesta limpia. Lucas entraba con las dos cosas. A veces hacía lo contrario. A veces Sara no sabía cuál de las dos cosas le molestaba más.
—Entra mal —dijo al fin.
La madre de Marta soltó un sonido pequeño, casi una risa.
—Bien. Entonces algo ha aprendido.
Antes de irse, pidió ver la lista de nombres nuevos. Sara se la enseñó sin acercarla demasiado. La mujer leyó Ana Beltrán despacio, moviendo los labios. Luego Samira Haddou. Luego Dolores. Cuando llegó a una hoja en blanco donde Laia había escrito “pendientes”, se detuvo.
—No pongáis a Marta como si fuera la primera de todas.
—No lo hacemos.
—Sí lo hacéis. Sin querer, pero lo hacéis. Porque es la vuestra. La que os abrió la puerta.
Sara notó la corrección en la nuca.
—Tiene razón.
—Ya lo sé.
La mujer se puso de pie y dejó el peine encima de la mesa.
—Mi hija no tiene que tapar a las otras. Pero tampoco me la escondáis ahora para ser justas.
Salió antes de que Sara encontrara una respuesta. En el cristal, el pato amarillo medio borrado quedó un momento junto al reflejo de su espalda. Sara guardó el peine en una funda transparente y escribió: objeto entregado por familia. Dudó antes de poner familia. Al final lo dejó.
Por eso, al ver los cuatro sobres en el suelo al día siguiente, Sara no sintió sorpresa. Sintió que alguien había esperado a que Marta dejara de estar sola en la pared para empezar a empujar desde debajo.
Antes de tocar nada, Sara hizo lo que ya había empezado a hacer con todos los objetos que llegaban: mirarlos sin hacerlos suyos. Distancia profesional, decía una parte de ella. Mentira.
En la pared, las hojas se ondulaban por la humedad.
Algunas esquinas se habían despegado durante la noche.
Marta seguía arriba, no por jerarquía, sino porque nadie se atrevía a moverla.
Debajo estaban los nombres que habían llegado después, unos con fecha, otros con un signo de interrogación, otros escritos a medias porque a veces el único dato era un apodo, una inicial, una mujer que una tía recordaba como “la de los pendientes verdes”.
Sacó una libreta de tapas blandas y apuntó la hora. Ocho y veintisiete. Después dibujó, de forma torpe, la posición de los sobres en el suelo. Le pareció ridículo, casi teatral.
Se quedó mirando el montón sin agacharse.
Hubo una época, hacía pocas semanas, en que cada sobre le habría acelerado la respiración.
Ahora lo primero que pensó fue que no tenían cajas limpias para clasificar más material y que si seguían aceptando testimonios sin protocolo acabarían haciéndole el trabajo sucio a cualquiera que quisiera contaminarlo todo.
Se quitó el abrigo. El forro estaba roto por dentro.
Lo dejó sobre una silla, fue hasta la mesa y volvió con una bolsa de papel.
Cogió los sobres sin tocar demasiado los bordes.
El primero llevaba escrito el nombre de Ana Beltrán con letras grandes y torpes.
El segundo, solo una fecha: 1998. El tercero estaba vacío por fuera.
El cuarto tenía una palabra en el centro, escrita con bolígrafo azul.
Rafa.
El nombre no entró en la sala como entraban los demás. Ana traía una historia rota, pero ajena a Sara en el sentido más práctico: una hermana, una madre, una caja, una fotografía. Rafa traía a Lucas. Traía su manera de callarse cuando algo lo dejaba sin defensa.
Mentira. Y de las viejas. Desde Marta, Lucas estaba en cada documento, aunque su apellido no apareciera escrito.
Sara dejó el sobre aparte, sobre una carpeta limpia. Luego lo movió otra vez. Demasiado cerca de Ana. Demasiado lejos. Aquella tontería la enfadó. Diez centímetros de mesa no decidían si un muerto pertenecía a la familia de Lucas o a la causa de todas.
Laia no vio el gesto. Seguía mirando el nombre con esa hambre de señal que tenía desde que el colectivo había empezado a crecer. A veces Sara la entendía. A veces la temía. Un nombre nuevo podía ser ayuda, pero también combustible. Y ellas todavía no sabían distinguir siempre una cosa de la otra.
Sara dejó de moverse.
Fuera pasó una furgoneta. El bajo vibró apenas, un temblor pobre en los cristales. Sara siguió con el sobre entre los dedos. Hermano muerto. Accidente. Dolor privado de Lucas. Algo que el relato tocaba de lado porque tocarlo de frente tenía otro coste.
Laia llegó diez minutos después, con el pelo recogido de cualquier manera y el móvil en la mano.
—¿Otra vez?
Sara señaló los sobres.
—Cuatro.
Laia se acercó de golpe.
—¿Los has abierto?
—No.
—Pues abre.
—Primero los registramos.
Laia bufó. Tenía veintinueve años, o decía tenerlos cuando le interesaba parecer adulta. Había vuelto a la comarca después de estudiar fuera y llevaba la rabia con la eficacia de quien sabe editar vídeos, escribir comunicados y montar una campaña en dos horas.
—Mientras registramos, ellos limpian.
—Mientras corremos, ellos nos meten basura.
Laia se quedó de pie, con el abrigo puesto, con el cuerpo todavía por delante.
En la pantalla del móvil tenía abierto el perfil del colectivo.
Había treinta y siete mensajes sin leer.
Algunos llegaban con nombres. Otros con insultos.
Otros con frases tan ambiguas que podían ser ayuda, burla o amenaza.
Laia los leía todos, incluso los que Sara le había dicho que archivara sin contestar.
Decía que el algoritmo no esperaba a que una tuviera cuidado.
—No podemos parecer muertas —murmuró.
Sara la miró.
—No estamos haciendo campaña.
—Todo es campaña cuando ellos tienen dinero para llamarlo reputación.
Sara pensó en los mensajes pendientes. Uno decía que su tía había trabajado en una finca y volvió distinta.
Otro preguntaba si podían investigar a una mujer que quizá se había marchado a Francia.
Ningún mensaje venía ordenado. Ninguno traía fecha completa, DNI, permiso para publicar, dolor en un formato manejable.
Sara había comprado tres carpetas de colores en el bazar de la plaza y se había sentido ridícula al pedir factura. La mujer del mostrador le preguntó si eran para el colegio.