Capítulo 25 #5
Y entonces, a través de los datos en una de las pantallas, leí lo que estaba jadeando contra la radio del equipo. Mi ceño se frunció al leer la transcripción.
—¿Dónde está Nicola?
La pregunta, simple y directa, cortó todo el ruido a mi alrededor. No era «¿cómo estuvo?» o «¿dónde terminó Conrad?». Era mi nombre.
Mi madre se giró a verme, quizás más de uno lo hizo, pues la radio estaba sonando literalmente en plena transmisión global.
El ingeniero, con una calma profesional, respondió:
—En el muro de boxes, Rydell. Con su madre.
Hubo un silencio. Luego, su voz de nuevo, cargada de una intensidad que me traspasó.
—Bien. Él sabe lo que tiene que hacer.
La transmisión se cortó. Me quedé allí, el zumbido estático llenando mis oídos. El mundo a mi alrededor estallaba en la rutina post-carrera, pero para mí, todo se había detenido.
Me quité los auriculares con manos que apenas sentía. El rugido del circuito volvió a llenar el aire, pero ahora era un sonido de fondo, lejano. Mi madre me miró, con una comprensión profunda y silenciosa en sus ojos. Ella sabía. Sabía más de lo que yo nunca conté.
—Ve —dijo suavemente, soltando mi brazo—. Él te espera.
Asentí, sin confiar en mi voz. Di media vuelta y caminé hacia el garaje, esquivando mecánicos y periodistas con una determinación que no sabía que tenía. Cada paso era un latido más rápido de mi corazón, un eco de las palabras de Rydell.
Llegué al garaje justo cuando su Auronox negro y dorado entraba, rodando lentamente, seguido por el alboroto del equipo. El humo y el olor a combustible caliente me envolvieron. Y allí, en medio del caos controlado, estaba él.
Se estaba bajando del coche, con movimientos cansados pero seguros.
Se quitó el casco y, como si una brújula lo guiara, su mirada se encontró con la mía a través del gentío.
El sudor le empapaba el cabello, tenía las marcas de la balaclava en las mejillas rojas, y sus ojos...
Sus ojos ardían con un fuego que no tenía nada que ver con la pista.
No dijo nada. Solo caminó hacia mí, apartando a la gente con una leve inclinación de cabeza, su mirada fija en la mía como un láser.
—Delli… —empecé a decir, con una sonrisa suave en mis labios, pero él me interrumpió dándome un abrazo que me dejó sin aliento.
No fue un abrazo de celebración. Fue un abrazo de regreso.
De reafirmación. Sus brazos, fuertes y firmes a través del traje ignífugo, me rodearon con una intensidad que silenció el mundo a nuestro alrededor.
El rugido del circuito, los vítores del equipo, las felicitaciones...
todo se desvaneció en un zumbido lejano.
Enterré mi rostro en su hombro por un instante, inhalando el olor a sudor, a combustible, a él.
Era el olor de la batalla, del esfuerzo, de la victoria que no era mía pero que sentía como propia.
Porque en ese momento, no se trataba de puntos en el campeonato.
Se trataba de que él había cruzado la línea, había luchado, y lo primero que había hecho era buscarme a mí.
No me importó quién viera. No me importó nada.
—Lo lograste —susurré contra su cuello, mi voz apagada por la tela del traje.
Él no respondió con palabras. Su abrazo se apretó aún más, un gesto tan elocuente como cualquier discurso. Lo sentí respirar hondo, como si mi simple presencia fuera el oxígeno que necesitaba después de la carrera.
Finalmente, se separó lo justo para poder mirarme. Sus manos se posaron en mis brazos, firmes, anclándome a la realidad. Sus ojos, brillantes e intensos, escudriñaron mi rostro buscando algo. ¿Aprobación? ¿Alivio? ¿O simplemente la confirmación de que yo seguía allí, entero, esperándolo?
—Todavía te debo esa conversación —dijo, su voz un susurro ronco que solo yo podía oír en medio del bullicio.
Un nudo de anticipación y un miedo sutil se formó en mi estómago. Asentí, sin confiar en mi voz. Sabía de qué hablaba. Esas palabras pendientes que había lanzado como un salvavidas antes de la carrera.
—Sí —logré decir—. Me debes una conversación.
—Sabes lo que voy a decirte.
No dije nada, pero tenía razón.
Él sostuvo mi mirada un segundo más, un destello de esa determinación feroz que lo hacía imparable en la pista brillando en sus ojos. Era la misma determinación con la que ahora se enfrentaba a esto, a lo nuestro.
Luego, la máscara del piloto regresó levemente. Una palmada en el hombro de un ingeniero, una palabra de agradecimiento a otro. Me soltó.
Me alejé unos pasos, dejándole espacio para cumplir con sus obligaciones, pero su mirada me siguió. Cada vez que levantaba la vista, allí estaban sus ojos, asegurándose de que no me hubiera evaporado.
Mi madre me rodeó el brazo y respiré hondo su perfume. Se veía orgullosa. Se veía feliz.
Y supe, con una certeza que calentó el vacío que Monza había dejado en mí, que quizás estar fuera la siguiente temporada no iba a matarme como creí que lo haría a principio de año.
Por primera vez en mucho tiempo, el futuro no se sentía como una amenaza, sino como una promesa.
Y estaba bien.
Yo lo estaría algún día.