La línea que no cruzamos Capítulo 26
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Capítulo 26

«Ya no quiero controlarlo»

RYDELL

El impacto más grande de mi vida no fue Suzuka o la posterior retirada obligatoria de la categoría. Fue saber que, en un coche a trescientos kilómetros por hora, era capaz de pensar en algo más que no estuviera dentro de la pista.

Pensé que quizás mi manía de preguntar por Nicola en la radio era solo para comparar datos con mi igual en el asfalto; lo lógico en una escudería.

Pero tras Monza, me di cuenta que ese pensamiento era otro error incontrolable que venía del producto que ese hombre esperándome afuera había causado tras el terremoto de su existencia ondeando mi vida.

Nicola Ravelli era la imperfección en mi necesidad de control.

El hombre que yo juré hundir, vengarme, y devolverle lo que me causó el día que la obsesión cruzó una línea irreparable.

Solo para volver y encontrarme con que él mismo, sin ayuda externa, fue su propia destrucción.

No había nada que romper. Nada por hundir.

Nicola era la definición propia de la palabra autodestrucción.

Y eso, sorprendentemente, me enojó aún más.

Porque yo no formaba parte activa de esa ecuación.

Él era el enemigo, su cabeza de antagonista y yo de detonante absurdo, sin control alguno.

No podía controlar nada que tuviera que ver con él, porque ya no abarcaba solo lo lógico, sino lo emocional.

El sentimiento. La primera y única vez. Nicola Ravelli era todo aquello que indicaba peligro y aún así, me atraía como la luz a una polilla.

Quería eso. Quería su destrucción, sus miedos, sus inseguridades, el pánico que lo corroía, y darme cuenta que yo no podía controlarlo, pero si ayudarlo a tomar las riendas.

Y eso, en un idioma simple… me jodió la cabeza.

Porque estaba irremediablemente entregado a la posibilidad de perderme a mí mismo también en el proceso.

Estaba resignado a amarlo incluso si él se odiaba.

Tras las felicitaciones, la foto con el cartel de los puntos, las entrevistas eternas y el análisis posterior de datos…

llegué al hotel de Monza el domingo tras la carrera.

Había una fiesta de celebración, pero metí la excusa de que necesitaba hacer una llamada y me desaparecí hasta la zona tranquila del vestíbulo.

Le había mandado un mensaje a Nicola con el número de mi cuarto, pero realmente no sabía a qué hora iba a estar libre. Su madre lo había invitado a cenar.

Y entonces, cuando las puertas del ascensor amagaron con cerrarse, una mano las detuvo antes, apretando el botón para impedirlo.

Abrí los ojos con curiosidad, y maldita mi sonrisa fácil al ver que era Nicola, vestido con una camisa blanca entreabierta que me dejó maquinando un sin fin de pensamientos inapropiados.

—¿Otra vez escapando de una fiesta, Falken? —dijo, y su voz tenía ese tono bajo y ligeramente ronco que solo usaba cuando estábamos solos, un sonido que me recorría la columna como un voltaje—. Yo tengo excusa, ¿cuál es la tuya?

—Tú —respondí, apoyándome contra la pared del ascensor mientras las puertas se cerraban, encerrándonos.

Recorrí su cuerpo sin vergüenza alguna cuando él se acercó a mí, deteniéndose solo a un paso de distancia. Moría de ganas de deslizar mis manos por su cintura y atraerlo hacia mí de una vez por todas, y esa era exactamente la razón por la que necesitaba hablar con él.

—Una excusa deficiente.

Asentí, apartandome de la pared para encargarme personalmente de acabar con esa distancia.

—Tienes razón, no eres una excusa. —Me acerqué a él, lo suficiente para que mi respiración roce su nariz—. Eres la razón.

Mis manos encontraron su cintura a través de la fina tela de la camisa, tirando de él contra mí. Él no opuso resistencia. Al contrario, un suspiro casi imperceptible escapó de sus labios, y sus propias manos se aferraron a mis brazos, anclándose.

—Explayate —replicó, su voz un susurro cargado de ese desafío que siempre me volvía loco.

El suave zumbido del ascensor subiendo llenó el espacio reducido, un contrapunto a los latidos acelerados de mi corazón.

—Te prometí que te diría algo —respondí, hundiendo los dedos en su cintura—. Y no soy un hombre que rompa sus promesas.

El ascensor se detuvo con un suave ding. Las puertas se abrieron, revelando el pasillo desierto y alfombrado de mi piso.

—Ven —dije, tomando su mano y tirando de él.

Lo guié fuera del ascensor, sin soltarlo, caminando hacia la puerta de mi suite. Introduje la llave con una mano, manteniéndolo cerca con la otra, como si temiera que fuera a escapar si lo soltaba un instante.

La puerta cedió. Empujé y entré arrastrándolo conmigo hacia la penumbra de la habitación. La puerta se cerró de golpe a nuestras espaldas, sumiéndonos en un silencio solo roto por nuestra respiración.

La habitación estaba a oscuras, solo la luz de la luna se filtraba entre las cortinas, pintando franjas plateadas sobre la cama y el rostro de Nicola.

Lo empujé suavemente contra la puerta, el sonido sordo de su espalda contra la madera resonó en el silencio.

Mis manos, que aún sujetaban su cintura, lo mantenían firme contra mí.

—Rydell —susurró él, con impaciencia—, si sigues haciéndome esperar, juro que mi cabeza…

Mi boca encontró la suya antes de que pudiera seguir hablando.

No fue un beso suave, ni una pregunta. Fue una afirmación.

Un sello de fuego sobre todo lo no dicho que llevaba semanas, meses, años, pudriéndome por dentro.

Sabía a desafío y a rendición, a la sal de su sudor y a la promesa de una verdad que ya no podía contener.

Fue la antesala de lo que iba a admitir esa noche.

Cuando me separé, jadeante, apoyé mi frente contra la suya, mis dedos se aferraron a su camisa como a un salvavidas.

—Cuando crucé la línea de meta —mi voz sonó ronca, quebrada contra sus labios—, lo único que quería hacer era esto. No celebrar con el equipo, no analizar los datos. Quería encontrarte y hacer exactamente esto. Besarte.

Sus ojos, verdes y enormes en la penumbra, me miraban con una intensidad que me desarmaba. Podía sentir el latido furioso de su corazón contra mi pecho, un ritmo desquiciado que se sincronizaba con el mío.

—Y cuando pasé la meta, séptimo, un resultado mediocre para cualquier otro… —una risa amarga se escapó de mis labios—, lo único que importaba era que había terminado. Que podía bajarme y buscarte, porque estabas allí. Sabía que lo estabas.

Mis manos se movieron de su cintura a su rostro, sosteniéndolo como si fuera la cosa más frágil y preciada que jamás había tocado. Necesitaba que viera la verdad en mis ojos. Que no había ningún plan, ninguna estrategia detrás de esto.

—Ya no quiero controlarlo —susurré, y las palabras sonaron a rendición, a la capitulación más dulce y aterradora de mi vida—.

No quiero controlar tu miedo, ni tu ansiedad, ni tu maldita autodestrucción.

Quiero estar allí cuando suceda. Quiero ser la mano que agarras cuando el pánico te ahoga, el nombre que maldices cuando todo se va a la mierda, la persona a la que le importa si te muerdes el labio o no.

Una suave risa sacudió su cuerpo. Sus manos se aferraron a mis muñecas, no para apartarme, sino para anclarse.

—Quiero las mañanas en la cabaña y las noches en cualquier maldito hotel del mundo. Quiero tu rabia y tu paz. Quiero tu desastre y tus piezas rotas. —Incliné la cabeza hasta que nuestros labios volvieron a rozarse—. Quiero todo, Nicola. Lo bueno, lo malo, y todo lo jodido que hay en el medio.

Sus ojos se cerraron, como si las palabras fueran demasiado para soportar. Cuando los abrió, brillaban con una luz que no había visto antes, una mezcla de asombro y un miedo que reflejaba el mío.

—¿Qué estás diciendo, Rydell? —susurró, su voz cargada de una emoción que me desgarraba—. Me estás entregando un arma.

—Ya lo sé —admití, sin apartar la mirada—.

Toma mi control, mi obsesión, mi maldita cordura.

Haz con ella lo que quieras. Pero no me pidas que finja que esto es otra cosa.

No después de Monza. No después de verte allí, esperándome.

Porque lo que estoy diciendo, Nicola Ravelli, es que estoy enamorado de ti.

El silencio que siguió a mis palabras fue más elocuente que cualquier grito.

Podía sentir el temblor que recorría su cuerpo, la forma en que su respiración se cortaba.

Sus dedos se aferraban a mis muñecas con una fuerza desesperada, como si yo fuera lo único sólido en un mundo que acababa de volverse del revés.

Durante una eternidad, solo nos miramos en la penumbra.

—Eres un idiota —susurró él al final, y su voz era áspera, quebrada por una emoción demasiado grande para contener—. Un idota arrogante y controlador...

—Lo sé —interrumpí, acariciando sus pómulos con los pulgares.

—...y has arruinado todo —continuó, una lágrima escapándose por fin y trazando un camino plateado por su mejilla—. Has arruinado mi odio, mi culpa, mi paz... Has convertido todo lo que se supone que debía sentir hacia ti en esto.

—¿En qué? —pregunté, mi voz un hilo de sonido.

—En esto —repitió, y entonces sus labios encontraron los míos.

Este beso no fue como los demás. No fue una batalla. Fue una respuesta. Una aceptación. Era lento, profundo, tembloroso. Sabía a lágrimas y a verdad, a miedo y a un valor desesperado. Cuando nos separamos, ambos jadeábamos, aún apoyados en la puerta.

—Te amo —dijo, y las palabras sonaron tan simples, tan devastadoramente ciertas, que por un segundo creí que el corazón se me detenía—. Te he amado desde que tenía doce años y eras un idiota presumido que me ganaba en el karting. Te amé cuando me odiabas, y te amo ahora que... Que dices esto.

Una liberación, tan violenta y dulce que casi me dobló por la mitad, me recorrió. Enterré mi rostro en su cuello, inhalando su esencia, sintiendo el latido de su vida bajo mis labios. Mis brazos lo rodearon, apretándolo contra mí hasta que no supe dónde terminaba yo y empezaba él.