Capítulo 25 #4
Sus palabras, dichas en el último segundo antes de sumergirse en la vorágine, se clavaron en mí con más fuerza que cualquier declaración grandilocuente.
Era una promesa de futuro. Un «queda algo pendiente después de esto».
Un hilo al que aferrarme más allá de las próximas dos horas de incertidumbre y ruido.
—Rydell —me quejé, y lo ví sonreír por eso—. No puedes decirme eso y hacerme esperar dos horas enteras.
—Sí, puedo —replicó, y el tono era el de siempre, ese que sabía exactamente cómo enredarme—. Y lo haré. Aguanta, Ravelli. No es la primera vez. Creo que es un buen entrenamiento.
—Tu entrenamiento es cruel —refunfuñé, cruzando los brazos.
La sonrisa detrás de su visor se hizo más amplia, un gesto que solo yo podía distinguir. —Y por eso vas a estar contando los segundos. Admítelo, ya estás enloqueciendo.
—Te odio un poco por esto, espero que lo sepas.
—Lo sé. Es lo que lo hace tan divertido —replicó, ajustándose los guantes—. Siempre muerdes el anzuelo.
Un mecánico le dio la señal. Era hora. El mundo comenzaba a reclamarlo. Pero por un segundo más, me sostuvo con la mirada.
—No te muevas de aquí —ordenó, y ya no había broma en su tono—. Quiero saber exactamente dónde estás.
—No soy un punto en tu mapa de carreras, Falken.
—Para mí, sí —dijo, y la crudeza de esa verdad me dejó sin aire—. Eres el punto más importante.
Asentí, sin confianza en mi voz para responder. Él sostuvo mi mirada un instante más, sus ojos oscuros eran un juramento silencioso a través de la visera aún levantada. Luego, bajó la protección, se hundió en el cockpit y se convirtió en el piloto. Falken, número 9 en la grilla.
Yo me quedé allí, al margen del bullicio, sintiendo el zumbido de los motores como un latido acelerado.
Luego, por órden, tuve que salir de allí.
Pasar por al lado del que debería ser mi garaje y el muro de ingenieros sin poder participar ni siquiera con esa parte, me partía un poco al medio.
Me sentía un muelle sin utilidad, al que ningún barco acudía porque hacía tiempo había dejado de funcionar correctamente.
Me quedé con mi madre, que apretó mi mano al verme llegar.
El rugido de los motores se encendió cuando me puse los auriculares, un trueno ensordecedor que vibró en mis huesos y me arrancó del momento.
El mundo se redujo a una cuadrícula de colores, humo y adrenalina pura.
Mi corazón, que había estado latiendo con una pesadez ansiosa, de repente se sincronizó con el ritmo frenético del circuito.
Ah, algún día iba a tener que acostumbrarme a esto. A estar fuera de esa pista. A ser alguien fuera del coche.
Vi el Auronox negro y dorado de Rydell, inmóvil en su posición, una bestia contenida. Debería estar viendo a Conrad con el mío, pero no podía despegar mis ojos del 9.
La impotencia era un alimento difícil de masticar, un sabor amargo en la parte posterior de mi garganta.
Estaba fuera. Era un espectador. Pero él estaba adentro, y en lugar de hacerme sentir que me quedaba atrás, me ponía jodidamente ansioso por verlo cruzar esa línea de meta con puntos.
Porque Rydell podía hacerlo. Quería que lo hiciera.
La luz roja... una eternidad. La tensión era una cuerda tirante lista para romperse.
Y entonces, las cinco luces se apagaron.
Un estallido. Un frenesí de metal y goma. Rydell se lanzó como un proyectil, esculpiendo un hueco entre sus rivales con una agresividad que me hizo contener la respiración. Era hermoso. Era aterrador. Verlo desde fuera era como observar una parte de mi propia alma desgarrándose por la pista sin mí.
La carrera fue un torbellino. Cada curva, cada adelantamiento, cada vuelta me arrancaba una reacción visceral.
Me encontré apretando mi labio inferior, conteniendo el aliento, maldiciendo en voz baja.
Era una tortura exquisita. Mi cuerpo recordaba cada bache, cada punto de frenada, cada línea perfecta.
Y él estaba allí, ejecutándolo todo con una precisión fría y despiadada. Brillante.
En la vuelta 12, forcejeó con un Zenith Racing por la novena posición.
Fue un duelo de centímetros, de nervios de acero.
Rydell cerró una puerta en la curva parabólica con una temeridad que me erizó la piel.
Por un instante, creí que lo perdería. Pero se mantuvo firme.
Siempre se mantenía firme. La sonrisa en mis labios fue capturada por la cámara, y sabía que estaba en la pantalla grande con la transmisión oficial, pero no podía importarme menos ahora.
Y entonces, en la vuelta 45, sucedió. Un safety car.
Una oportunidad. El equipo lo llamó a boxes.
Fue un movimiento arriesgado, undercut. Salieron perfectamente.
Cuando el pelotón se reagrupó, Rydell estaba octavo.
Y el coche de delante, el Ironclad de Kade Mayer, tenía neumáticos demasiado gastados.
—Ah, casi se tocan —dijo mi madre, mirando la pantalla con sus manos tapando sus labios, nerviosa.
Pestañeé confundido, y entonces lo noté. Ella estaba hablando de Conrad. Ni siquiera recordaba que estaba en la pista. Y eso me sacudió un poco.
Mi mundo se había reducido a un solo coche. A un solo hombre.
Pensé que la ansiedad iba a comerme vivo toda la carrera por no estar detrás de ese volante, y lentamente, encontré más comodidad viendo el desempeño de alguien que me importaba tanto como el mío propio.
Las últimas vueltas fueron una agonía. Mayer defendía su posición con uñas y dientes, pero Rydell era un depredador paciente.
Lo estudió, lo acosó, esperando su momento.
Y en la última vuelta, en la curva Ascari, encontró un hueco que no existía hasta que él lo creó.
Fue un movimiento de una audacia y una precisión que me dejó sin aliento. Limpio, brutal, perfecto.
Séptimo.
Cruzó la línea de meta en séptima posición. Un resultado sólido. Brillante, incluso, considerando la estrategia. Los puntos para el equipo. Para él.
Un alarido se me escapó del pecho, un grito de triunfo que no era mío, pero que sentí como si lo fuera. Mi madre me apretó el brazo, sonriendo con emoción. Por la belleza del deporte, por la hazaña de un hombre que habías visto desde pequeño luchando con uñas y dientes para ganarse un lugar.
—Siempre fue muy bueno para eso —comentó mi madre, como si hablara del niño que una vez corrió karts en nuestro pueblo.
—Sí —susurré, y la palabra sabía a verdad absoluta—. Siempre lo fue.