Capítulo 24
«Una victoria que sabía a cenizas»
RYDELL
Nunca me había sentido tan impotente e inútil como ahora.
La imagen de Nicola, temblando en la cama de ese hotel de Spa, con la mirada perdida y las lágrimas silenciosas cayendo como cuchillos de hielo que me atravesaban el pecho, se había grabado a fuego en mi memoria.
Lo había sostenido, sí. Le había tendido mi mano como un ancla en medio del naufragio, pero sentía que se me escapaba entre los dedos.
Se hundía, y yo no tenía la fuerza para sacarlo a flote.
Y eso me estaba volviendo jodidamente loco.
¿Qué estaba pasando? ¿Qué maldito interruptor se había activado en su cabeza que yo no podía encontrar?
Creí, con una arrogancia digna de un mejor destino, que podía calmar sus tormentas.
Que después de la cabaña, después de haberlo tenido desnudo y vulnerable en todos los sentidos —el cuerpo y el alma—, conocía cada recoveco de su ser.
Pero esta ansiedad era un fantasma nuevo, más escurridizo y voraz que todo lo que habíamos enfrentado.
Se lo estaba devorando desde adentro, y a mí me dejaba fuera, observando desde el otro lado de un cristal, golpeando con los puños sin poder romperlo.
Lo había entendido desde la primera vez que lo hicimos.
Esa tarde en el sofá toscano, cuando grabé mi nombre en su piel con los dientes y él, con una descaro que aún me dejaba sin aliento, se había tatuado en mi alma para siempre.
Había caído en ese pozo, demasiado confiado de la caída porque era él.
Estaba malditamente enamorado. Y desde entonces, cada sonrisa suya, cada suspiro, cada mirada de esos ojos verdes que ya no me desafiaban sino que me veían —que me veían de verdad— había ido cavando más hondo en mí.
Quería decírselo. Esa última noche en la cabaña, con su cuerpo caliente contra el mío y el olor a pino impregnado en las sábanas, las palabras habían estado ahí, en la punta de la lengua.
«Te amo». Un trío de sílabas ridículas que, en mi boca, sonarían a una rendición total.
Pero él ya había comenzado a desviar la mirada, a huir de nuestras conversaciones profundas con una broma o un beso evasivo.
Así que me mordí la lengua. Esperé. Pensé que el tiempo, esta tregua que habíamos construido ladrillo a ladrillo, ablandaría el terreno.
Y ahora, el miedo me carcomía. Un miedo frío y racional que se filtraba en cada grieta de mi debilidad por Nicola.
¿Y si él ya lo sabía? ¿Y si podía verlo en mis ojos, sentirlo en mis manos cada vez que lo tocaba, y justamente por eso huía?
¿Era mi amor —esta cosa patética, devoradora, insoportable— el peso final que lo estaba empujando al borde?
¿Podía ser yo la causa de su hundimiento?
En algún punto, también comencé a sobrepensar.
¿Y si había cometido un error? ¿Y si al acercarme, al romper la barrera del odio y reemplazarla con esta...
esta verdad asfixiante, lo había condenado sin remedio?
Tal vez necesitaba el conflicto, el filo de nuestra guerra, para mantenerse alerta.
Tal vez mi «paz» era solo otra forma de presión, más silenciosa y por eso más dañina.
La semana entre Spa y Zandvoort fue una tortura metódica, un goteo constante de veneno en la sangre.
En el simulador, sus tiempos eran un espejo de su estado mental: brillantes por momentos, luego desastrosamente inconsistentes.
Lo observaba a través del cristal de la sala de control, mis manos apretadas en los bolsillos, mientras él luchaba contra fantasmas que yo no podía ver, ni nombrar, ni exorcizar.
A veces conseguía tiempos imposiblemente bajos, y luego, de repente, se salía de la línea ideal en la pantalla por algún error humano que olía a distracción, a dolor, a algo roto por dentro.
Lo intercepté a la salida de una reunión con el equipo.
Le apoyé un café en el pecho, y él lo tomó alzando la mirada con una confusión cansada.
Esperé a que el resto de los miembros del equipo se dispersaran para poder hacerle una seña, un gesto apenas perceptible, e ir hacia un costado más privado.
—Gracias —murmuró por el café, mientras lo llevaba a sus labios. Lo vi tragar, apoyado en la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho como una coraza.
—Parecías necesitarlo —respondí, midiendo cada palabra.
Una sonrisa cansada, tan frágil que dolía verla, se dibujó en sus labios.
—¿Tan predecible me volví?
—Hay cosas de ti que sé leer —dije, y fue cierto.
Y otras muchas que no, pensé, pero eso no lo dije.
Su sonrisa se desvaneció como un eco. Sus ojos verdes, nublados por la fatiga y algo más oscuro, se encontraron con los míos.
—Delli —susurró, y la crudeza de esa simple palabra —su nombre para mí, íntimo y prohibido— me partió el pecho por la mitad.
Ni siquiera me importó si alguien estaba cerca. Lo tomé de la nuca, con una firmeza que era más súplica que dominio, y lo atraje hacia mi pecho. Mi brazo libre rodeó su cuerpo, y un suspiro escapó de mis labios, un sonido que llevaba días contenido.
«Déjame entrar», quise gritar. «Déjame ayudarte a cargar con eso, aunque me aplaste a mí también». Pero las palabras se atascaron en la garganta, envenenadas por el miedo. ¿Cómo ofrecerle un arma cuando él mismo sentía que era el blanco?
—Habla conmigo —pedí, apenas un murmullo contra su cabello—. O al menos habla con alguien. Si es por mí, juro que no me importa si me ocultas lo que sea. Pero al menos... deja que alguien te ayude. Déjame ayudarte.
Su cuerpo se tensó por un instante, un reflejo antiguo, antes de derrumbarse contra mí. Sentí el peso de su frente en mi hombro, un gesto de agotamiento tan profundo, tan absoluto, que me heló la sangre.
—No es algo que se pueda arreglar hablando, Rydell —murmuró, su voz apagada por la tela de mi camisa, como si viniera de muy lejos—. Es como... una niebla. Aparece y ya está. No puedo razonar con ella. Solo tengo que esperar a que se vaya.
O ahogarte en ella, completé en silencio.
Apreté la mandíbula hasta que me dolió. La frustración tenía un sabor amargo en la boca, como bilis.
¿Cómo se lucha contra una niebla? ¿Cómo se protege a alguien de un enemigo que lleva dentro, que respira con sus pulmones y late con su corazón?
Mis armas —el control, la estrategia, la manipulación— eran inútiles aquí.
Peor que inútiles: eran contraproducentes.
Cada vez que intentaba acercarme, que intentaba arreglarlo, sentía cómo se alejaba un poco más, como si mi propia presencia fuera el viento que dispersaba lo poco que le quedaba de calma.
—No puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo esto te consume —confesé, y fue la verdad más cruda que le había dicho en semanas, quizás en meses.
La impotencia me corroía por dentro, transformándose en una rabia sorda que solo podía dirigir hacia mí mismo.
¿No era esto, al fin y al cabo, mi culpa?
¿No había sido yo quien, con mi obsesión tóxica, con mi necesidad de empujarlo siempre al límite, había activado cada uno de sus botones hasta dejar la máquina hecha añicos?
Él se separó lo justo para mirarme. Sus ojos verdes, velados por una tristeza que me desgarraba el alma, escanearon mi rostro como si buscaran una respuesta a una pregunta que no se atrevía a formular.
—No es tu trabajo arreglarme —susurró, y el golpe fue directo al estómago.
Me mordí el interior de la mejilla hasta sentir el sabor metálico de la sangre.
Quería, con una desesperación que rozaba lo enfermizo, tener ese puesto.
Quería que fuera mi trabajo. Porque si era mi trabajo, significaba que tenía el control.
Que podía encontrar la pieza defectuosa y reemplazarla, o repararla, o fundirla de nuevo hasta que fuera resistente.
Pero él no era una máquina. Era Nicola, y su «avería» era una parte de él —una parte orgánica, viva, dolorosa— contra la que yo no podía luchar sin destruir todo lo demás.
Quería ser su solución, no otro de sus problemas.
Pero las palabras se atascaron, envenenadas por la duda.
¿Y si yo era el problema? ¿Y si siempre lo había sido?
—No, no tengo ese poder —repliqué, y la voz me salió más áspera de lo que pretendía, cargada de una posesividad que ya no sabía ni quería disfrazar—.
Pero puedo ayudar. Puedes permitirme que tú también seas mi asunto.
Lo has sido desde que teníamos doce años.
Lo será hasta que uno de los dos se muera.
Así que deja de darme esa mierda de «no es tu trabajo».
—Esa es la parte que te asusta, ¿verdad? —murmuró, y sus ojos no se apartaron de los míos—. Que no puedes controlar esto.
El golpe fue directo, quirúrgico, certero. Me dejó sin aire, como un puñetazo en el diafragma. Porque era la verdad. La verdad escueta, desnuda y cruel.
—Sí —admití, sin poder evitarlo. La palabra salió como un suspiro forzado, una rendición que llevaba años postergando—.
Me aterra. Porque ni siquiera tú pareces controlarlo últimamente.
Esto es un muro contra el que me estrello una y otra vez.
Y ver cómo te golpeas contra él desde el otro lado, sangrando, mientras yo no puedo hacer nada más que mirar...
me está volviendo loco. Al menos dime qué... ¿Qué desencadenó esto otra vez?
Dime que no fui yo. Dime que no fue el accidente, volver a las cámaras, o darte cuenta de que caí rendido a tus pies, enamorado como un idiota de alguien que quizás no siente lo mismo. O que no quiere sentirlo.
El silencio que siguió a mi pregunta fue más elocuente que cualquier grito.
Nicola me miraba, y en sus ojos no había sorpresa, solo una tristeza honda, resignada.
Como si ya lo supiera. Como si llevara tiempo cargando con el peso de mi miedo además del suyo, una cruz doble que yo ni siquiera había notado.
—No eres tú —dijo al fin, y su voz era un hilo de sonido, pero firme, un ancla en medio del naufragio—. Nunca fuiste tú, Delli. Al menos, no de la manera que crees.