Capítulo 23 #3
Y mientras me quitaba el casco, viendo cómo el equipo de Rydell lo felicitaba con palmadas en la espalda, supe que esto solo estaba empeorando.
Y odiaba pensar que las cosas se me escapaban de la mano otra vez.
¿Cuándo fue? ¿Cuándo acepté que estaba enamorado de Rydell?
¿Después de volver a la pista tras el parate?
¿Después de lo de Kyle? Yo había mejorado.
Yo era un buen piloto. Yo merecía ese lugar.
¿Qué mierda pasó? ¿Por qué ahora? ¿Por qué siempre yo?
¿Por qué siempre volvía por más, como un perro a su propia vomitada?
El miedo no se había ido en la cabaña. Solo había estado de vacaciones, tomándose un respiro. Y ahora había vuelto, más fuerte y más hambriento que nunca.
Cada gota de lluvia que me golpeaba la cabeza se sentía como un martillazo. El ruido del agua contra el asfalto, los gritos amortiguados del equipo, el zumbido residual del motor en mis oídos... era demasiado. Demasiado ruido. Demasiado mundo.
Me metí en los boxes. Rydell caminó a mi lado, su silueta era una roca de calma en medio del caos líquido. No me tocó. No dijo una palabra. Pero su presencia era un cable a tierra, la única cosa que me impedía despegarme por completo y flotar hacia la ansiedad que me devoraba desde dentro.
Una vez dentro del hospitality, me derrumbé en la primera silla que encontré, enterrando el rostro entre las manos.
El olor a café y a ropa mojada me revolvía el estómago.
Duodécimo. Una mierda absoluta. Y lo peor era que no me importaba el puesto; me importaba la sensación de que las paredes se cerraban, de que el próximo ataque de pánico no estaba en el futuro, sino aquí, respirándome en la nuca.
—Nicola.
La voz de Rydell era baja, pero cortó a través del barullo en mi cabeza. Levanté la vista. Estaba de pie frente a mí, una toalla colgando de sus manos. Sus ojos recorrieron mi rostro, leyendo cada tic, cada espasmo, como si fuera un libro abierto.
—Estoy bien.
—No —refutó, sin alterarse. No era una acusación; era una sentencia. Lanzó la toalla hacia mí—. Sécate. Te estás enfriando.
La tomé con manos que no dejaban de temblar. Su atención seguía clavada en mí como un láser. Era la misma intensidad con la que me miraba en la pista, pero ahora estaba dirigida hacia mis fracturas internas.
—Dime que te pasa —dijo, arrodillándose frente a mí—. Quiero ayudar.
¿Cómo le explicaba? ¿Cómo le contaba que el miedo no era a una curva o a un rival, sino a la niebla densa que se apoderaba de mi cerebro, desconectándome del mundo hasta que solo quedaba el terror más puro, más primitivo?
¿Cómo le decía que cada vez que me subía al coche ahora sentía que me despedía de algo, de todo, de él?
—No puedo —logré escupir, la voz hecha trizas—. No con palabras.
Mis ojos ardían con esa humedad traicionera que siempre aparece cuando más la detestas.
Aparté la mirada, clavándola en la textura gris de la moqueta.
La vergüenza era un incendio en mis mejillas.
Él me había visto roto de muchas maneras, pero esta...
esta debilidad cognitiva, esta traición de mi propia mente, me hacía sentir más desnudo que cualquier acto físico que hubiéramos compartido.
Su mano, fría por la llovizna que aún mojaba su mono, encontró mi barbilla. No con violencia, sino con una firmeza que no admitía rechazo. Me obligó a mirarlo.
—Entonces no hables —susurró, sus ojos oscuros perforando los míos—.
Pero no me mientas. No me digas que estás bien cuando se te está cayendo el mundo a pedazos por dentro.
Te conozco, Nico. Conozco cada una de tus malditas expresiones, cada uno de los gestos con los que intentas engañar al mundo de que sigues entero.
—Rydell…
—Vas a decírmelo —murmuró, y en su voz no había rastro de duda—. No hoy. No aquí. Pero lo harás. Porque no voy a verte desmoronarte en la pista otra vez. No voy a permitirlo.
—¿Y si no puedo pararlo? —la pregunta escapó como un suspiro, como la rendición total de un hombre que ya no tiene fuerzas para seguir levantando sus propias murallas.
La mano de Rydell se deslizó de mi barbilla a mi nuca, una presión firme y extrañamente calmante. Como si quisiera anclarme a algo, como si supiera que estaba a punto de flotar lejos.
—Entonces yo lo haré por ti —susurró, acercándose hasta que su frente casi rozó la mía. Su aliento chocó contra mis labios, tibio y familiar—. Como siempre.
Cerré los ojos, dejando que su presencia me anclara a la realidad. El ruido del hospitality volvió a filtrarse, los pasos apresurados, las voces. El mundo seguía girando. Y yo seguía aquí, con su mano en mi nuca y su promesa envenenada resonando en mis oídos.
—Ve al hotel —dijo, apartándose cuando más gente comenzó a entrar—. Les diré que te dio dolor estomacal. O alguna mierda así. Descansa. Voy en un rato.
Asentí, incapaz de pelear con él. Pero incluso mientras me arrastraba hacia la pequeña habitación del hotel, una parte de mí, la parte que siempre esperaba la puñalada, susurraba una advertencia.
Él lo sabe. Sabe que te estás desmoronando. Y Rydell Falken no confía en las cosas rotas.
Me acosté en la cama estrecha, escuchando la lluvia golpear suavemente la ventana como dedos impacientes. Cerré los ojos, agotado hasta los huesos, y me aferré a mi propia osadía por creer que esto también pasaría.
Porque en ese momento, esa frágil certeza era lo único que me mantenía a flote.
Y la persona que me daba esas ganas de creerlo era la misma que más temía que me lo quitara todo.