Capítulo 23 #2
Cuidadosos. Odiaba esa palabra. Odiaba lo que implicaba: miradas furtivas, mentiras por omisión, el miedo constante a que alguien viera demasiado.
Un escalofrío me recorrió la espalda a pesar del calor de la tarde.
¿Era eso lo que nos esperaba? ¿Una versión en público de nuestra tregua, otra capa de mentira tejida sobre las anteriores, solo que esta vez para ocultar algo bueno?
Esas últimas noches en la cabaña tuvieron una cualidad distinta. Más intensas. Más desesperadas. Cada beso, cada caricia, cada minuto de silencio compartido sabía a despedida, un vino agridulce que bebíamos hasta las heces, almacenando calma para la tormenta que se avecinaba.
La mañana de nuestra partida, mientras empaquetaba mis cosas, Rydell entró en la habitación, listo para salir. Su mirada recorrió el armario vacío y, por un instante, vi la misma nostalgia y el mismo miedo que me corroían reflejados en sus ojos.
—¿Listo? —preguntó, su voz neutra como una lámina de hielo.
Asentí. No confiaba en mi voz.
Cerró la puerta de la cabaña con un clic que sonó a sentencia. El ruido me atravesó el corazón como una bala. El coche nos esperaba, la puerta abierta como la boca de un túnel que nos devoraría de vuelta a nuestra otra vida.
Nos subimos. El motor arrancó, un rugido estridente después de semanas de silencio casi monástico.
Mientras el coche se alejaba por el camino de tierra, no miré hacia atrás. No habría podido soportarlo. En su lugar, miré a Rydell. Sus manos sostenían el volante con firmeza, su perfil era una línea de determinación contra la ventanilla empañada.
Y supe, con una certeza que me calmó y me aterrorizó a partes iguales, que no importaba lo que nos esperara allá afuera, en el ruido y la guerra. Lo que habíamos construido allí, en el silencio, era real.
Podría haber temblado ante la idea. Ante la emoción que ya no podía seguir escondiendo en un corazón que le había quedado pequeño.
Incliné la mano y la apoyé sobre su muslo, sobre la tela gastada de sus jeans. No dijo nada. Pero una de sus manos se separó del volante y cubrió la mía, apretándola con una urgencia silenciosa.
Una corriente de ansiedad me recorrió la espina, pero la escondí torpemente, como se esconde una carta marcada.
Estaba enamorado de Rydell Falken.
Y con esa realidad, empezó el problema.
La transición fue brutal.
El silencio de la Toscana fue devorado por el zumbido metálico de los simuladores, un ruido que se colaba en mis sueños y me arrancaba de ellos con el corazón galopando.
El aire, que olía a pino y tierra húmeda, fue reemplazado por el aroma a café que se enfría y el aliento artificial del aire acondicionado en las entrañas del equipo.
Volver fue como ponerse un traje que ya no te pertenece.
Las costuras apretaban en lugares incómodos.
Rydell y yo éramos, una vez más, «compañeros de equipo».
En público, recuperamos el guion: conversaciones técnicas, sonrisas medidas para las cámaras, una distancia calculada al milímetro que nadie más notaba, pero que para nosotros era un abismo insondable, una trincherea.
«Ser más cuidadosos», había dicho. Y lo estábamos siendo.
Demasiado. Cada mirada sostenida un segundo de más, cada roce accidental de manos al pasar una tableta de datos, era una chispa que apagábamos de inmediato por miedo a que ardiera todo.
La tensión ya no era la de antes, la del odio y el deseo en guerra perpetua.
Era la de un secreto demasiado grande, demasiado frágil, guardado en un lugar lleno de ojos indiscretos.
En el simulador, mis tiempos fueron erráticos.
Inconsistentes. La ansiedad, esa vieja bestia que había estado adormecida bajo el sol italiano, despertó con hambre de lobo.
Empezó con un nudo en el estómago cada vez que me ajustaba el casco.
Luego, con la sensación de que los arneses me comprimían el pecho, de que no podía respirar.
En Spa, durante los entrenamientos libres, en la temible curva de Eau Rouge, sentí por un segundo que el mundo se inclinaba de forma antinatural.
Un vértigo repentino que me hizo levantar el pie del acelerador una fracción de segundo, regalando décimas preciosas al asfalto.
—¿Todo bien, Nico? —preguntó Dylan por la radio, su voz teñida de una preocupación que intentaba disimular.
—Sí. Un bache —mentí, sintiendo el sudor resbalar por mis palmas dentro de los guantes.
Miré el monitor. Rydell estaba a mi lado, su coche una mancha negra y dorada en mi periferia. No dijo nada, pero sentí el peso de su mirada a través de los cascos, pesada como el plomo fundido. Él lo sabía. Él siempre lo sabía.
Las noches ya no eran de conversaciones tranquilas y contacto fácil.
Ahora eran silencios cargados, llenos de todo lo que no podíamos pronunciar en voz alta.
Nos acurrucábamos en la cama de otro hotel impersonal, y yo sentía la rigidez en su cuerpo, el mismo alambre de tensión que habitaba en el mío.
Intentábamos aferrarnos a la calma que habíamos encontrado, pero se nos escapaba entre los dedos como arena mojada.
Tras terminar la segunda práctica de Spa-Francorchamps, me quedé sentado en el monoplaza, con el casco aún puesto, respirando el aire viciado que olía a plástico caliente y a mi propio miedo.
Una sombra cubrió mi cuerpo. No necesité mirar para saber quién era.
Su presencia llenaba el espacio incluso sin rozarme.
—Sal —dijo Rydell. Su voz no era un reproche. Era una orden clínica, fría como un bisturí.
Lo seguí a un pasillo vacío, lejos de las miradas curiosas, tras dejar el casco en un hueco de la pared. La luz fluorescente parpadeaba sobre nosotros como un corazón moribundo.
—¿Qué pasa? —preguntó, sin preámbulos. Sus brazos estaban cruzados, pero su mirada no era de impaciencia, sino de… evaluación. Como un cirujano frente a un síntoma que no le gusta.
—Nada. Estoy fuera de ritmo —mentí, desviando los ojos hacia una grieta en la pared, como si esa pequeña imperfección pudiera salvarme—. Son tres semanas sin correr.
—No me mientas. No después de la cabaña. Esto no es falta de ritmo. Es la ansiedad.
Me estremecí como si me hubiera vertido agua helada por la espalda. Él siempre lo sabía. Siempre. Era como si tuviera un radar enterrado bajo la piel, diseñado exclusivamente para detectar mi autodestrucción.
—Solo necesito un día —forcejeé, la voz más tensa de lo que quería—. Mañana estaré mejor.
—No se trata de un día, Nicola —susurró, dando un paso hacia mí.
Su proximidad ya no era un consuelo; era un recordatorio de lo mucho que había que perder, de lo frágil que era el cristal que sosteníamos entre los dos—.
Se trata de que si llegas a la carrera así, te vas a hacer mierda.
O, peor aún, por consecuencia de esa autodestrucción mental tuya, vas a hacerle mierda a alguien más.
Sus palabras me atravesaron como una lanza. Porque tenían razón. Y él era el único con la valentía —o la crueldad— suficiente para decírmelo en la cara.
—Puedo controlarlo —espeté, la rabia dirigida hacia mí mismo, pero descargándola en él como un puñetazo mal dado—. Lo hice durante dos años enteros. Se irá. Vuelve siempre a estas alturas del año. Puedo con esto.
El silencio que siguió fue denso, espeso como alquitrán. Su mirada se endureció, pero no con enfado. Con algo que se parecía peligrosamente al dolor.
—Quiero que sobrevivas —dijo finalmente, y su voz sonó extrañamente ronca, como si las palabras le rasgaran la garganta al salir—. A la curva. A la carrera. A esta maldita temporada.
—Puedo con esto —repetí, esta vez más para convencerme a mí mismo que a él.
Me miró en silencio, pero no dijo nada más. Asintió, y supe que se estaba guardando todo lo demás, tragándose las palabras para no generar otra discusión. Quería poder con esto. Realmente quería.
La carrera en Spa fue un suplicio. Un laberinto de verde y asfalto del que solo salí por pura fuerza de voluntad, por costumbre de no rendirme.
Terminé duodécimo. Rydell fue séptimo. En el parque cerrado, bajo una llovizna fina que empañaba los visores, nuestras miradas se encontraron por un segundo.
No hubo un gesto. No hubo una sonrisa. Solo un reconocimiento mudo de la batalla que yo estaba librando en mi interior y que él, desde la distancia que el mundo real nos imponía, solo podía observar como quien ve un incendio desde la otra orilla.
Al bajar del coche, las piernas me temblaban. No del esfuerzo físico, sino del mental. La ansiedad era un peso muerto en el pecho que no se iba, un zumbido constante bajo la piel, como un enjambre atrapado en una caja.