La línea que no cruzamos Capítulo 23
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Capítulo 23

«Rydell Falken no confía en las cosas rotas»

NICOLA

El sonido que me despertó no fue el zumbido de un motor ni la alarma estridente de un hotel.

Fue el canto de los pájaros y el susurro de los pinos meciéndose en la brisa matinal, un rumor antiguo y paciente que invitaba a quedarse.

Abrí los ojos, desorientado por un segundo, hasta que la memoria regresó con la fuerza de una marea cálida.

Así habían sido cada mañana de las últimas tres semanas.

Una cabaña. Italia. Rydell.

Giré la cabeza en la almohada. Su lado de la cama estaba vacío, las sábanas revueltas y frías. Un pellizco de ansiedad, viejo y familiar, se apretó en mi pecho antes de que lo ahogara. Ya no. Esas reglas habían cambiado.

Me senté y me estiré, sintiendo el leve dolor en músculos que no sabía que existían.

Un recordatorio físico de la noche anterior, de la semana anterior, de todo este paréntesis veraniego que se sentía como un sueño suspendido entre el tiempo y el espacio.

Un sueño en el que Rydell Falken era simplemente la persona con la que compartía el café por las mañanas y las sábanas por la noche.

Lo encontré en la pequeña cocina, de espaldas a mí, vertiendo agua hirviendo en dos tazas.

Llevaba solo un pantalón de pijama de algodón —no usaba más que eso o el bañador, a decir verdad— y la luz del amanecer se posaba en la curva de sus hombros, iluminando las marcas rojas que mis uñas habían dejado en su espalda.

Una oleada de calor me recorrió, una mezcla de vergüenza y de una posesividad tan feroz que tuve que apartar la mirada.

—Te levantaste sin mí —dije, apoyándome en el marco de la puerta.

Él se volvió, y en sus ojos no había rastro de la frialdad estratégica ni de la tormenta controlada de antes. Solo una calma profunda, un poco somnolienta.

—El café sabe mejor solo —respondió, con un leve encogimiento de hombros—. Y tú roncas.

Una sonrisa se escapó de mis labios. —Mientes.

—Un poco —admitió, entregándome una taza. Nuestros dedos se rozaron, y esa chispa diminuta seguía siendo suficiente para hacerme contener la respiración.

Así habían sido estas semanas. Una sucesión de días lentos, bañados en sol, llenos de silencios que no pesaban y de conversaciones que se alargaban hasta altas horas de la madrugada, cuando las sombras se volvían cómplices y las palabras brotaban sin filtro.

Hacíamos la compra en el pueblo cercano, donde la dueña de la tienda nos sonreía y le lanzaba preguntas en un italiano rapidísimo que Rydell intentaba descifrar buscando mi mirada para que le tradujera con paciencia.

Caminábamos por los senderos de tierra, y él me señalaba los lugares donde se había refugiado durante aquellos dos años perdidos: la roca plana junto al arroyo donde pasaba horas leyendo, el sendero empinado que subía a la colina y desde el que se veía el valle entero.

Dormíamos tarde, leíamos en la cama con las piernas enredadas, y nos tocábamos con una frecuencia y una naturalidad que aún me parecía milagrosa.

Nos bañábamos en el arroyo cercano, el agua helada mordiendo nuestra piel caliente, y las risas hacían eco entre los árboles como una melodía nueva y frágil. Eran sonidos que tratábamos con cuidado, como si un movimiento en falso pudiera espantarlos para siempre.

Fueron tres semanas que opacaron toda mi vida anterior.

Y aunque eso debió asustarme —porque era mucho, porque era él, porque nunca había sido bueno recibiendo cosas buenas—, decidí dejar esa inquietud para más tarde.

Principalmente porque Rydell había aprendido a leerme con una precisión quirúrgica, y él no estaba de acuerdo con mi manía de sobrepensar hasta la felicidad.

Era divertido cuando fruncía el ceño y me pellizcaba el brazo para arrancarme de un pensamiento.

Y se extendía un sentimiento cálido por todo mi pecho cuando giraba mi cabeza con sus dedos y me robaba un beso, como quien corta una madeja enredada, para que me concentrara solo en él.

Una de las últimas tardes, mientras esperaba a que se cocinaran las verduras que habíamos metido al horno —apoyado en la mesada, con el vago aroma a romero flotando en el aire—, sonó mi teléfono con un mensaje. Ainara.

La llamé por videollamada, con una punzada de culpa. Estaba en algún lugar de Grecia, el mar Egeo haciendo de fondo a su sonrisa cansada pero genuina, esa que siempre me recordaba que había alguien fuera de este paraíso que seguía existiendo.

—¿Sigues vivo, Ravelli? —preguntó, sus ojos escudriñándome con esa perspicacia que siempre me desarmaba—. Porque los únicos mensajes que me mandas son fotos de paisajes y platos de pasta. Empiezo a pensar que Rydell te tiene secuestrado y usa tu teléfono para despistar.

Una sonrisa se escapó de mis labios. —Algo así.

Su sonrisa se desvaneció, volviéndose más seria, más honda. —En serio, Nico. ¿Estás bien?

Miré por la ventana de la cocina. Rydell estaba en el porche, hablando por teléfono con alguien del equipo, su espalda ancha hacia mí y su brazo libre cruzado sobre el pecho mientras miraba el suelo con atención.

Bajo la luz dorada del atardecer, parecía…

en paz. Como si la guerra dentro de él hubiera declarado una tregua.

—Sí —dije, y la palabra sonó verdadera, sólida, como una piedra bien colocada—. Estoy bien, Nara. De verdad.

Ella estudió mi rostro un largo momento, y luego asintió, lentamente. —Se te nota. Tienes una luz en los ojos que no te veía desde… bueno, desde hace mucho.

—Es este lugar —musité, esquivando un poco, pero ella no era tonta.

—Si eso te ayuda a dormir por las noches…

—Solo cuéntame de Grecia —la interrumpí, buscando cambiar el rumbo antes de que sus preguntas dieran en el blanco. Y ella lo entendió, porque siempre lo hacía.

La oí hablar por diez minutos enteros sobre el mar, las sesiones de fotos y el perfume que estaba promocionando ahora.

Saqué la comida del horno —las verduras humeantes, el queso fundido en los bordes— y le eché un par de miradas furtivas a Rydell, que había sacado la computadora y ahora estaba en el sillón del porche, con el teléfono pegado a la oreja y revisando algo en la pantalla con el ceño ligeramente fruncido.

Hablamos también sobre cómo las redes sociales ya no nos mencionaban tanto, cómo todo el drama se había desplazado hacia Kyle.

Mi nombre nunca fue pronunciado directamente, pero las especulaciones no tardaron en llegar y muchos estaban seguros de que ese piloto al que Kyle había acosado durante tanto tiempo era yo.

La gente, a veces, es más perspicaz de lo que uno desea.

Pero estas últimas semanas, la atención se había llevado a otro puerto.

Laziel Borovac de Kurogane, fotografiado de vacaciones en Ibiza con una cantante de pop internacional.

Bastien Kohr, el piloto de Zenith Racing, visto en una reunión muy cordial con el jefe de equipo de Eclíptica en un restaurante de Mónaco —las fotos eran turbias, borrosas, pero los rumores estallaban sobre una posible cláusula de salida o un acuerdo para la próxima temporada.

Incluso Finn Fowler, el piloto de Adler, que se había vuelto viral no por su rendimiento, sino por sus extravagantes y muy bien producidos vlogs de vacaciones.

Todo eso acaparaba la conversación digital.

Mi nombre quedaba enterrado bajo esa nueva avalancha de rumores y titulares, y esa era la única bendición de todo este asunto problemático: desde que se enciende la primera cámara y se abre la primera boca desinformada, el circo siempre encuentra un nuevo payaso.

—Noruega, según el último rumor —respondí cuando Ainara preguntó sobre Kyle—. Su nombre es veneno en cualquier redacción o equipo medianamente serio. Se acabó.

—Bien —dijo ella, con una simpleza final, como quien cierra una puerta—. Merecido. Me alegra que haya acabado, Nico. De verdad. Pero si ese hijo de puta te vuelve a hacer algo…

—No lo hará —la interrumpí, con una certeza que me sorprendió a mí mismo—. Rydell se encargó de eso.

No necesité dar más explicaciones. Ella lo entendió al instante. Colgamos con la promesa de vernos en Monza, y sentí que otro peso, uno que ni siquiera sabía que seguía cargando, se levantaba de mis hombros.

Cuando la comida estuvo lista y Rydell cerró la computadora con un suspiro cansado, me dejé caer a su lado en el sillón de mimbre. Él, automáticamente, apoyó su sien en mi hombro y exhaló, todo su cuerpo relajándose contra el mío.

—¿El equipo? —pregunté, cerrando los ojos cuando el viento trajo un aire caluroso y perfumado de pino hasta mis mejillas.

—Simulador. La semana que viene. Hay que volver.

Las palabras cayeron entre nosotros como una losa de hormigón.

Volver. La palabra sonaba a traición, a despertar de un sueño demasiado hermoso.

Significaba horarios, entrevistas, cámaras acechando en cada esquina, el olor a combustible y la presión constante del rendimiento.

Significaba sacar las armaduras del ropero —las que habíamos guardado bajo llave— y ver si aún nos quedaban, si aún sabíamos usarlas.

—Sí, era esperable —murmuré, suspirando. Mis músculos se habían tensado debajo de él sin que me diera cuenta.

Rydell giró la cabeza y su sien abandonó mi hombro, dejando un vacío frío. Cuando abrí los ojos, él me sostuvo de la barbilla con sus dedos, con una firmeza suave que me obligó a mirarlo.

—No tiene por qué cambiar nada —murmuró, pero su voz carecía de la convicción de sus palabras. Era un deseo, no una certeza.

—Todo va a cambiar —susurré, porque era verdad y porque nunca había sido bueno en las mentiras piadosas—. Allá afuera no somos esto.

—Podemos serlo —insistió, sus dedos apretándome con más fuerza, como si pudiera retener la verdad con la presión de sus yemas—. Solo tenemos que… ser más cuidadosos.