Capítulo 24 #2
Se pasó una mano por el cabello, desviando la mirada hacia la pared blanca del pasillo. Evitándome. Como si no pudiera soportar el peso de mis ojos sobre él.
—Es… todo —susurró, y cada sílaba parecía costarle un esfuerzo sobrehumano—.
Se me está acabando el hilo, Ry. Me estoy quedando sin nada.
Los patrocinadores esperando que sonría, el equipo esperando que rinda, los fans esperando un héroe.
Es subirme al coche y sentir que… que ya no soy quien debería estar allí.
Que es la última temporada y, en vez de sentir que es un final glorioso, siento que es una sentencia.
Que todo el mundo me mira, esperando que falle para decir: «ya lo veíamos venir».
La palabra «última» resonó en el pasillo como un disparo en una catedral vacía. El mundo se detuvo. El zumbido de fondo, las voces lejanas, todo desapareció. Solo existía esa palabra, flotando entre nosotros, envenenando el aire que compartíamos.
—¿Vas a retirarte? —pregunté, y mi voz sonó extraña, como si no fuera mía, como si escapara de otro hombre.
Nicola palideció. Sus ojos se abrieron de par en par, el blanco rodeando el verde como un grito silencioso. Se dio cuenta demasiado tarde de la bomba que había soltado. Tragó saliva, un movimiento nervioso que recorrió su garganta y que yo seguí con una atención enfermiza.
—No… No es seguro —murmuró, evasivo, como si pudiera recoger las palabras del suelo y volver a tragarlas—. Solo es… una opción. La presión, todo esto… a veces pienso que no puedo con ello otro año más.
Mentía. Lo sabía con cada fibra de mi ser, con cada latido de mi pecho. No era una «opción». Era una certeza que llevaba cargando en silencio, un peso que había ocultado bajo la piel, y que ahora, en su agotamiento, se le había escapado entre los dedos como arena.
Un dolor agudo y frío se expandió en mi pecho, como si alguien hubiera clavado un cuchillo de hielo entre mis costillas. Se iba. Se iba a ir. Después de todo, después de todo esto, él planeaba desaparecer.
—¿Desde cuándo? —pregunté, y la pregunta salió como un latigazo, como una hoja desenvainada.
Él se encogió, hombros hundidos, derrota en cada línea de su cuerpo. —No importa.
—¡Claro que importa! —casi le grité, ahogando el volumen en el último segundo por miedo a que nos oyeran, a que alguien más fuera testigo de este colapso—. ¿Esto es lo que te tiene así? ¿El saber que es tu última temporada? ¿Por qué no me lo dijiste?
—¡Porque no quería esta reacción! —estalló él, susurrando con una furia tan contenida que parecía a punto de incendiarlo por dentro—. No quería tu lástima, o tu… ¡Tu intento de arreglarlo! Es mi decisión.
—Por supuesto que es tu decisión, joder —espeté, y mi voz se convirtió en un hilo de hielo, cortante y afilado—. Solo que podías habérmelo informado, tal vez. ¿Ibas a decírmelo el último día, cuando ya tuvieras las maletas hechas y la puerta cerrada?
—¿Qué hubiera cambiado entonces, Rydell?
—El significado del puesto que ocupo en tu vida —respondí, y mi voz se quebró en el final, un susurro cargado de una desesperación que odiaba mostrar—.
¿Qué fui? ¿El entretenimiento de tu último año?
¿El último desvío antes de que te bajes del tren y desaparezcas en la niebla?
¿Eso fuimos en la cabaña? ¿Un adiós con ventajas?
El dolor en su rostro fue genuino, un destello de pura angustia que me hizo retroceder un paso por dentro, aunque mis pies no se movieron.
—No —susurró, y su voz se quebró como una rama seca—. No lo digas. No lo conviertas en eso.
—¿En qué otra cosa podría convertirlo, Nicola? —espeté, la amargura inundándome la boca como hielo—. Me ocultas esto. La cosa más importante. Te estás desmoronando ante mis ojos y, en lugar de aferrarte a mí, me empujas… ¿Por qué? ¿Por qué no puedes aferrarte a mí?
Nicola me miró, y fue como si por un instante se desprendiera de todas las capas, de toda la fachada de guerrero que había construido durante años. El agotamiento, la tristeza, la rabia y algo más, algo profundo y aterrador, brillaban en sus ojos verdes sin filtro, sin protección.
—¿Aferrarme a ti? —repitió, y su voz era un susurro roto, cargado de una ironía tan amarga que me hizo daño físico, un punzón en el centro del pecho—. Rydell, yo… me estoy ahogando en ti.
Las palabras me golpearon con la fuerza de un impacto a trescientos por hora. No eran lo que esperaba. No eran lo que quería oír.
—¿Qué? —logré articular, mi mente luchando por procesar el significado, por encontrar un asidero.
—¡Esto! —exclamó, haciendo un gesto vago entre nosotros dos, susurrando con furia para no ser oído, pero sus manos temblaban—.
¡Todo esto! Es… Es demasiado. Es abrumador.
Esto es como vivir en un estado constante de…
De vértigo. Y el hecho de que estoy… —Se interrumpió, tragando saliva.
Sus dedos se enredaron nerviosos en el dobladillo de su camisa, retorciendo la tela como si quisiera romperla.
—¿Estás qué, Nicola? —presioné, acercándome un paso. El espacio entre nosotros vibraba con todo lo no dicho, con todos los años de silencios y heridas abiertas.
Mi pecho se apretó de una forma dolorosa cuando no respondió. ¿Estaba qué? ¿Qué sentía? El corazón me golpeaba las costillas como un pájaro atrapado.
—Nicola. —Mi voz sonó peligrosamente calmada, pero por dentro era un incendio.
Él tragó saliva, visiblemente nervioso, y por un momento pareció un animal acorralado, buscando una salida que no existía.
—Es… mucho. Demasiado, a veces. Y en medio de todo este caos, a veces siento que… Que no puedo respirar.
No dijo «lo que siento por ti». Pero no hizo falta.
Lo vi en la manera en que se mordió el labio, en la vergüenza que teñía sus mejillas de un rojo cálido y doloroso.
Lo interpreté a través del lente de mi propio terror: nuestra relación era otra presión más.
Otro peso en una espalda que ya se estaba quebrando bajo el esfuerzo.
La confirmación que tanto había anhelado —la certeza de que él sentía algo, de que no estaba solo en este abismo— llegó como una puñalada directa al estómago. Él sabía que yo estaba enamorado de él. Y ese amor, en lugar de ser un refugio, era una losa más sobre su pecho.
La rabia que sentí no fue hacia él. Fue hacia mí mismo. Por ser tan ciego. Por no haberlo visto. Por haber añadido mi devoción enfermiza a la pila de mierda que lo estaba ahogando.
—Ya veo —dije, y las palabras salieron frías, planas, mientras me enderezaba, rompiendo el contacto físico entre nosotros, levantando un muro invisible.
Él me miró, alarmado por el cambio en mi tono, por la frialdad que debía reflejar mi rostro. —Rydell…
—Entiendo —lo interrumpí, poniéndome una máscara de profesionalismo que me sabía falsa pero que era lo único que me mantenía en pie, lo único que evitaba que me desmoronara allí mismo—. La presión es multifacética. Incluyendo las… dinámicas personales inesperadas.
Vi cómo palidecía. Había entendido mi mensaje. Lo había interpretado como un rechazo, como una retirada fría ante mi casi confesión, como un portazo en la cara de su vulnerabilidad.
—No… No es que me arrepienta —se apresuró a decir, y en su voz había un pánico sordo, una desesperación que me partió el alma.
—No importa —corté, dándole la espalda porque no podía seguir viendo el dolor en sus ojos sabiendo que yo era su causa, que mis palabras eran el cuchillo que lo hería—. Lo que importa es que estás al límite. Y necesitas ayuda profesional, Nicola. De la de verdad. No la mía.
Caminé hacia la puerta. Cada paso me alejaba de él y me acercaba a una decisión desgarradora, a un vacío que se abría bajo mis pies.
—Rydell —llamó, su voz un suspiro desesperado, un hilo que me tiraba desde el pecho.
No me volví. Si lo hacía, si veía sus ojos una vez más, todo este castillo de cartas se derrumbaría.
—Habla con Cyra —dije, refiriéndome a la psicóloga del equipo, la única que tal vez podría alcanzarlo donde yo ya no podía—. O con quien sea. Pero habla con alguien. Esa es mi única petición.
Y salí del pasillo.
El ruido de la puerta cerrándose a mis espaldas fue el sonido de mi propio corazón haciéndose añicos.
Porque en mi obsesión por protegerlo, en mi intento torpe de darle espacio, acababa de infligir la herida más profunda.
Le había hecho creer que su amor —el que apenas comenzaba a reconocer— era un problema que había que gestionar, un estorbo en su carrera.
Y lo peor era que, en ese momento, con la cabeza nublada por el dolor y el miedo, creí que era la única opción. Creí que alejarme era la forma más pura de amar a alguien que se ahogaba.
Éramos demasiado inexpertos todavía para prever el daño.
Las prácticas en Zandvoort pasaron más tensas que un alambre de púas.
A estas alturas, todo el equipo lo sabía: algo no andaba bien entre nosotros.
Pero parecían ignorar al elefante en medio de la habitación por el bien de nuestra posición en el campeonato de constructores.
No avivar el fuego. No arreglar algo que, a ellos, les convenía mantener roto.
Porque Zandvoort siempre tuvo esa atmósfera cargada de electricidad naranja, el rugido constante del mar de fondo y el olor a sal mezclándose con la gasolina.
Un circuito traicionero, de curvas rápidas que muerden al descuidado y barreras que esperan como fauces abiertas.
Un infierno para alguien con la cabeza en otro lugar, con el corazón hecho pedazos y pegados a la fuerza.
Y sin embargo, en las qualys, Nicola voló.