La línea que no cruzamos Capítulo 22
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Capítulo 22

«La decisión mutua de saltar»

RYDELL

Conocí un sinónimo de la calma al que me aferré como un sediento de suerte.

El silencio era de otra clase aquí. No era el vacío resonante de un hotel de lujo, ni la tensión cargada de electricidad del paddock.

Este silencio estaba vivo. Estaba tejido con el susurro de los pinos que rodeaban la cabaña, el crujido lejano de alguna rama al ceder, y el zumbido perezoso de los insectos en el calor denso del verano italiano.

Un silencio que se interrumpía, de vez en cuando, por el roce de unas páginas al voltearse o el suave clic de una taza al posarse sobre la mesa de madera.

La quietud era lo más extraño.

No el silencio, sino la quietud. La ausencia de un próximo movimiento que calcular, de una amenaza que neutralizar, de una mirada ansiosa que vigilar en el espejo retrovisor de mi vida.

Durante dos años, este lugar —la cabaña de piedra en lo alto de las colinas toscanas— había sido mi celda.

Ahora, de alguna manera retorcida, se sentía como el único rincón del mundo donde podía respirar sin ahogarme.

Y era por él.

Nicola estaba tumbado en el viejo sofá de lino blanco, la luz del Mediterráneo filtrándose por la ventana abierta y pintando su perfil con pinceladas de oro.

Un pie descalzo colgaba del brazo del mueble, balanceándose al ritmo de una canción que solo él podía oír.

Leía algo en su teléfono, el ceño ligeramente fruncido.

Tranquilo. Domesticado, habría pensado hace meses.

Ahora sabía que esa era una ilusión peligrosa.

No había domesticado a la fiera; había abierto la jaula y me había sentado dentro con ella, esperando a ver cuál de los dos mordería primero.

Yo estaba recostado en el mismo sofá, con la cabeza apoyada en una de sus piernas bronceadas, abrazando un almohadón contra mi pecho desnudo mientras hacía girar un encendedor entre mis dedos.

Una semana. Había pasado solo una semana desde Hungría, y ya estábamos inmersos en el receso veraniego de agosto.

Dos semanas desde aquella noche en la habitación del hotel donde finalmente dejamos de mentirnos sobre la guerra que libramos y, en su lugar, firmamos un armisticio intoxicante y frágil.

Hungría había sido una neblina. Una carrera donde nos rozamos en los garajes con la intimidad cargada de quien conoce el sabor del otro, donde las miradas ya no eran de acero, sino de un reconocimiento tan profundo como aterrador.

Sabía que Ainara hablaba con Nicola a menudo.

Y sabía que le había dicho poco, que habían «arreglado las cosas», a lo que ella había respondido con un elocuente «¿O las empeoraron para siempre?

», antes de tener que volar a Japón para otro compromiso.

Ya no me irritaba tanto. En parte, siempre fue bastante astuta.

Y luego, la pausa veraniega. Y mi pregunta, hecha con esa aparente casualidad que Nicola ya sabía descifrar: «Tengo un lugar. Lejos de todo. Si quieres».

Yo sabía que él entendería. Estaba hablando del lugar donde pasé los últimos años ocultándome un poco del mundo, de él.

Y ahora, él estaba aquí conmigo. Una cabaña de piedra y madera escondida entre las colinas de la Toscana.

Y ahora, el escenario de... una tregua física, un experimento de coexistencia en el vacío que habíamos creado.

—Si sigues mirándome así, voy a empezar a creer que tengo algo en la cara —murmuré, alzando la vista hacia Nicola, que había dejado el teléfono a un lado para pasar sus dedos por mi cabello.

—Solo estoy pensando.

—¿En qué? —pregunté. El viento hacía bailar las cortinas y la luz tamizada hacía aparecer y desaparecer el brillo de esos ojos verdes, tan adictivos como el veneno más lento.

—En que tu hermana te mandó un mensaje —dijo Nicola, señalando con la barbilla mi teléfono, que vibraba en silencio sobre la mesa de café—. Y que lo ignoraste. Otra vez.

Solté un suspiro, cerrando los ojos.

—Caila entiende.

—¿Entiende qué? —su tono era suave, pero tenía filo—. ¿Que estás escondido aquí conmigo en tu cueva personal en vez de... no sé, pasar el verano con tu familia que, por lo que sé, no te ve desde hace meses?

—No es una cueva —repliqué, frunciendo suavemente el ceño—.

Y simplemente… Aprendí a tener de ellos lo justo y a darles lo necesario.

Mi madre me llama, y sabe que estoy aquí, es suficiente para ella.

Está tranquila siempre que esté fuera de un auto a 300 km/h.

Y mi padre… sabes como es. Le gusta alzar la insignia del orgullo y a mi me basta con su apoyo.

El resto, no le importa mucho. Y Caila... Caila preguntaría demasiado.

Preguntaría por ti , pensé, pero no lo dije.

Y supe que él lo entendía igual. El mundo exterior era un ejército de preguntas para las que no teníamos respuestas presentables.

Ainara era una cosa; era su amiga, su pantalla de humo.

Pero la familia... la familia era el territorio donde las mentiras que nos contábamos a nosotros mismos se desmoronaban con más facilidad.

Nicola no insistió. Su silencio era una de las cosas nuevas que estaba aprendiendo a descifrar. Ya no era la carga pesada de lo no dicho, sino un espacio de respeto. O tal vez de resignación compartida.

Sus dedos no se detuvieron en mi cabello. Dibujaban círculos lentos en mi cuero cabelludo, un ritmo hipnótico que desarmaba mis defensas con más eficacia que cualquier confrontación.

—Mi madre también llamó —dijo al fin, su voz un susurro que se mezclaba con el rumor de los pinos—. Los nuevos medicamentos le sientan mejor. Dice que el dolor de espalda casi ha desaparecido.

Me quedé quieto, escuchando. Sabía lo que eso significaba. Su madre era su faro, la única constante en un mundo que siempre le había dado la espalda. Escuché el leve temblor de esperanza en su voz, tan frágil que daba miedo sostenerlo.

—Dice que tal vez… para Monza pueda hacer el viaje —añadió, y esta vez no pudo disimularlo. La esperanza estaba allí, clara y brillante como una moneda en el fondo de un pozo—. No sé si lo logrará. Por ahora me pidió que le mande fotos del lugar.

Volví a mirarlo, girando la cabeza para frotar mi sien contra la tela holgada de su camiseta. Ambos cargábamos con el peso de madres a las que, de alguna manera, estábamos decepcionando. La mía, por no dejar las ruedas. La suya, por no ser el hijo presente que una mujer enferma merecía.

—Puedes mandarle las que quieras —dije, mi voz más suave de lo que pretendía—. El lugar es… fotogénico.

Era un ofrecimiento pequeño, pero lo llevaba todo. Una invitación a hacer real esta tregua, a dejar que alguien —aunque fuera solo su madre— vislumbrara este mundo aparte que estábamos habitando.

Él se inclinó hacia delante, hasta que su aliento me rozó la oreja.

—¿Incluyéndote a ti en ellas, Delli? —susurró, y su tono tenía una nota de aquella vieja provocación, pero suavizada por la calma del lugar, por la luz que nos envolvía.

Una sonrisa lenta se dibujó en mis labios. Ahí estaba. El destello del viejo Nicola, el que se atrevía a morder la mano que lo alimentaba. El que nunca se rendía del todo.

—Eso podría requerir una explicación que ninguno de los dos quiere dar —respondí, girando la cabeza hasta que nuestros labios estuvieron a un suspiro de distancia—.

«Querida madre, este es Rydell, ¿te acuerdas de él?

Lo conociste cuando era un niño. Ahora es un adulto con el que casi arruinamos mutuamente nuestras carreras y con el que pasaré cuatro semanas, a solas, en su cabaña. ¿Cómo está tu espalda?»

Una risa, genuina y desprevenida, escapó de lo más profundo de su pecho.

Era un sonido que había escuchado tan pocas veces en los últimos años que me quedé paralizado, observándolo.

La luz del atardecer atrapaba las pequeñas arrugas que se formaban junto a sus ojos, la forma en que su cabeza se echaba ligeramente hacia atrás.

Era la imagen de una felicidad simple, no arrancada a través del dolor o la conquista, sino encontrada por accidente en un instante de tregua.

Esa risa era más desarmante que cualquier beso, más íntima que cualquier confesión bajo los efectos del alcohol.

—Tienes razón —concedió, aún con una sonrisa juguetona en los labios—. Tal vez solo le mande fotos del paisaje. —Su mirada recorrió mi rostro, y la diversión en sus ojos se tornó en algo más serio, más profundo—. Aunque es una lástima. Quedas bien con esta luz.

Dejé el encendedor a un lado y me incorporé, moviéndome con una lentitud deliberada. Ya no tenía la cabeza en sus piernas. Ahora estábamos cara a cara, arrodillados en el sofá, la luz del atardecer dorando sus pestañas y haciendo que el verde de sus ojos pareciera un bosque sumergido.

—¿Sí? —pregunté, mi voz un susurro ronco.

Él asintió, sin apartar la mirada. —Sí.

Antes de que pudiera responder, de que pudiera encontrar una manera de devolver el golpe o de guardar esa verdad como un arma para más tarde, me incliné y capturé sus labios con los míos.

Mis labios se movieron sobre los suyos con una calma que me sorprendió a mí mismo.

No había prisa. No había una batalla que ganar.

Solo este sofá, esta luz de verano, y el sabor familiar de su boca, ahora mezclado con el regusto dulce del café de la tarde.

Sus manos encontraron mi rostro, sus dedos se enredaron en mi cabello para anclarse.

Era aterrador. Esta ternura. Esta falta de urgencia. Era como si al quitarle el filo a nuestro conflicto, hubiéramos descubierto algo mucho más peligroso debajo: la simple y abrumadora intimidad de dos personas que se conocen demasiado bien.