Capítulo 22 #2
Conocía la curva de su labio inferior, la forma en que jadeaba levemente justo antes de que mi lengua encontrara la suya, el temblor casi imperceptible que lo recorría cuando mis dedos se deslizaban por su nuca, bajo el suave cabello.
Mi otra mano se movió dentro de su camiseta, recorriendo su piel desnuda mientras mordía su labio inferior.
Él arqueó la espalda y yo aproveché para quitarle de una vez esa prenda.
Su torso desnudo y bronceado me volvía un poco menos cuerdo.
—Esto es raro —murmuró él, y una sonrisa torcida asomó en sus labios hinchados.
—¿Qué? —pregunté, moviendo mi boca hasta su clavícula, dejando pequeños besos sobre su piel caliente.
—Esto. No estar... a la defensiva.
Un gruñido de acuerdo surgió de mi garganta.
—Podríamos practicar. Hasta que se sienta menos raro.
Su risa esta vez fue un suspiro, un sonido cálido y privado.
—Eso suena como otro de tus planes elaborados, Falken.
—Lo es —admití sin vergüenza, mis dedos encontrando el elástico de sus pantalones cortos de algodón color crema—. El plan es no tener ninguno. Por estas cuatro semanas.
Esto era desmantelar el arsenal y caminar desarmado hacia él.
Él lo entendió. Lo vi en sus ojos, en la forma en que su respiración se contuvo un instante. Su mirada recorrió mi rostro con una intensidad que me desnudaba más que cualquier prenda.
—Suena peligroso —susurró, pero sus manos ya tiraban de mi camisa, desabrochando los botones con una urgencia que delataba su aceptación.
—Lo es —confirmé, ayudándole a quitármela—. Para los dos.
Lo empujé con una brusquedad que le arrancó un gemido, el cual me tragué uniendo mi boca a la suya.
Mis manos no tardaron en bajar sus pantalones y él ayudó a quitarlos moviendo sus piernas.
Dejé caer mi cadera y nuestras erecciones se rozaron a través de su ropa interior y mi pantalón de pijama, arrancando un sonido similar de ambos.
Sus ojos se cerraron por un instante, largas pestañas oscuras recortadas contra su piel sonrojada.
Yo me detuve, apoyándome sobre mis codos a su lado, observándolo.
Quería grabar esto. La expresión en su rostro, porque ambos sabíamos que esta vez quería ir hasta el final. Marcarme para siempre en su piel.
—Abre los ojos —ordené, mi voz un susurro áspero contra sus labios—. Quiero que veas.
Él obedeció, y su mirada verde era un mar en calma, sin tormenta a la vista, solo la profundidad tranquila y aterradora de lo que estábamos a punto de hacer.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó, y no era un rechazo. Era una verificación. El último chequeo antes de saltar al vacío juntos.
—No me hagas esa pregunta —murmuré, enterrando mi rostro en su cuello, inhalando su esencia mezclada con el aroma a pino que entraba por la ventana—. No cuando ya estamos aquí.
Era la verdad más honesta que podía darle. La certeza era algo difícil de existir para nosotros. Existía este precipicio, y la decisión mutua de saltar.
—Necesito tu seguridad, Rydell. Mírame a los ojos y dime que quieres seguir hasta el final.
Sus palabras me detuvieron en seco. No era una súplica, era una exigencia.
Alejé mi rostro de su cuello y me apoyé sobre mis manos, obligándome a sostener su mirada. El verde de sus ojos ya no era un mar en calma, era un bosque antiguo, uno ansiando una mísera luz para mantenerse allí, de pie.
—Acordamos que las palabras pueden estropear esto.
—No esta vez —susurró, y una de sus manos se elevó para tomar mi rostro, sus dedos presionando con una suavidad que no admitía evasivas—. No para esto. No para nuestra primera vez. Necesito oírlo.
Respiré hondo, sintiendo cómo cada una de las paredes que me quedaban se resquebrajaban bajo la intensidad de su mirada. Mi orgullo luchó por un instante, un último y patético intento por mantener el control. Pero mirarlo allí, debajo de mí, vulnerable y a la vez imbatible, lo hizo añicos.
—Sí —la palabra escapó como un suspiro, un sonido quebrado que entregaba más de lo que cualquier discurso habría podido—. Lo quiero. Te quiero a ti. Así. Ahora. Hasta el final.
El efecto en él fue instantáneo. La tensión en sus hombros se disolvió, reemplazada por una aceptación tan profunda que parecía tocar hueso. Un suspiro tembloroso escapó de sus labios, y algo en su mirada se suavizó, como si una última barrera, sostenida durante años, hubiera caído por fin.
Sus manos se apretaron en mis hombros, sus uñas clavándose levemente a través de la tela de mi camisa.
—Entonces no pares —jadeó, y era una súplica y una orden al mismo tiempo, un contraste que solo él podía sostener—. Rydell... por favor.
Ese «por favor» fue el último hilo de mi control desvaneciéndose en la nada.
Me separé de él lo justo para deshacerme de mi propio pantalón, y luego, con un tirón brusco que dejaba clara mi impaciencia, le quité su ropa interior.
Quedó completamente expuesto bajo mí en el sofá, bañado por la luz dorada del atardecer que entraba a raudales por la ventana, hermoso y vulnerable de una manera que me robaba el aire de los pulmones.
Su erección, dura y palpitante, se elevaba entre sus muslos, un recordatorio tangible de que esto no era un sueño tejido por mi imaginación, ni una estrategia calculada.
Tomé el pequeño frasco de lubricante que, con una previsión que ahora me parecía tanto patética como necesaria, había dejado en el estante bajo la mesa de café cuando Nicola aceptó pasar aquí el parate de agosto.
Como si hubiera sabido. Como si, en algún rincón oscuro de mi conciencia, hubiera estado esperando este momento desde que pronunció su nombre la primera vez.
Al verme con el frasco, una sombra de sorpresa cruzó su rostro, seguida de algo más cálido, más profundo, que hizo que sus pestañas revolotearan.
Extendí el líquido sobre mis dedos, sintiendo su textura resbaladiza, y luego, sin romper el contacto visual —porque no permitiría que se escondiera de mí, no ahora—, busqué su entrada.
El primer contacto lo hizo estremecerse por completo.
Un gemido ahogado, un sonido de vulnerabilidad absoluta, se escapó de sus labios entreabiertos.
Sus ojos se clavaron en los míos, verdes y enormes, dilatados por una mezcla de deseo y un miedo antiguo, mientras mi dedo se deslizaba dentro con una lentitud agonizante.
Era estrecho, cálido, y la sensación de estar entrando en él, de ser la primera persona en hacerlo de esta manera, desató una ola de posesividad tan brutal que por un momento me cegó por completo.
—Está bien —murmuré, aunque no estaba seguro de a cuál de los dos me lo decía. Mi voz sonaba extraña, como si viniera de muy lejos—. Relájate, Nico.
Él asintió, tragando saliva con un movimiento visible de su garganta, y dejó que su cabeza cayera contra el respaldo del sofá, sus músculos cediendo gradualmente bajo mi tacto como un puño que se abre con paciencia.
Añadí un segundo dedo, y esta vez su quejido fue más largo, más cargado de placer que de dolor.
Sus caderas se arquearon instintivamente, buscando más fricción, más de algo que aún no sabía nombrar.
—Así —lo alenté, mi voz ronca por la necesidad que me carcomía—. Eso es.
Cuando sentí que estaba listo, cuando sus músculos se abrieron a mi tacto sin resistencia y su respiración era un jadeo constante y desesperado, retiré mis dedos.
La pérdida le arrancó un sonido de protesta, un quejido bajo que vibraba en su garganta.
Nos miramos, y en ese instante no había pasado, no había futuro, solo este presente carnal e irrevocable, suspendido en la luz ámbar del ocaso.
Vertí más lubricante en mi propia longitud, embadurnándome con manos que apenas sentía, y luego me posicioné entre sus piernas abiertas.
Apoyé la punta en su entrada, y un escalofrío nos recorrió a ambos como una corriente compartida. Su respiración era un jadeo rápido y superficial. La mía, un rugido contenido en mis oídos que amenazaba con desbordarse.
—Mírame —le ordené, y fue la última orden que sería capaz de dar esa noche.
Él obedeció. Sus ojos verdes, nublados por el deseo y una emoción tan cruda que no podía nombrar, se encontraron con los míos. Y entonces, me hundí.
Fue lento. Una invasión deliberada, un territorio conquistado milímetro a milímetro, como quien cruza una frontera que ha mirado desde lejos durante años.
La sensación de estar dentro de él, de ser envuelto por su calor y su tensión, fue tan abrumadora que una maldición salió de mis labios, ronca y reverente, una palabra que no recordaba haber pensado.
Él gimió, un sonido desgarrado que parecía venir del centro mismo de su ser, y sus manos se aferraron a mis brazos como anclas en medio de un naufragio.
—Dios... Delli... —jadeó, y su voz quebrada por la sensación era la cosa más erótica que había escuchado en mi vida, más que el rugido de cualquier motor, más que el silencio de una victoria.
Me detuve cuando estuve completamente dentro, dándole tiempo, dándonos tiempo a los dos para acostumbrarnos a la realidad de esto. Estábamos conectados, fundidos en el punto más íntimo posible, un solo cuerpo dividido en dos mitades que por fin encontraban su ensamblaje. No había vuelta atrás.
—¿Estás bien? —pregunté, y mi voz era apenas un susurro.
Él asintió, incapaz de hablar, sus ojos brillando con una película de lágrimas que no se derramaron, que quizás nunca se derramarían. Luego, sus caderas se movieron, un pequeño y tentativo ajuste que fue como una descarga eléctrica recorriendo mi columna vertebral.
Este hombre iba a ser mi jodida ruina.