Capítulo 21 #3
Él no dijo nada. Su silencio era un abismo sin fondo.
Podía sentir el latido de su corazón acelerado a través de la tela de la sudadera, un ritmo caótico que hacía eco al mío.
Su cuerpo seguía tenso, pero ya no era la rigidez de la defensa, sino la de un hombre aguantando la respiración, esperando un impacto que sabía que era inevitable.
—Y sé que también mentiste —continué, porque era incapaz de creer en su indiferencia—. Pensaste en esa noche. Lo hiciste, más de una vez. No puedes mentirme ahora.
Finalmente, uno de sus brazos se movió. Lento, tentativo, como quien se acerca a un animal herido que podría huir o morder.
Su mano encontró mi barbilla, no con la posesión brutal de antes, sino con una pesadez abrumada, como si cada movimiento le costara un esfuerzo titánico.
Sus dedos se apoyaron en mi piel, en un punto de calor y ancla en medio del naufragio.
Me obligó a levantar la cabeza, a separar mi frente de su hombro y a enfrentar su mirada.
Sus ojos ya no tenían la desesperación de hacía un momento. Ardían con un fuego familiar, ese fuego oscuro y posesivo que me había consumido durante años. Pero ahora no había un plan detrás. Solo hambre. Una necesidad cruda que reflejaba la mía.
—No —dijo, y su voz era un susurro áspero, cargado de una verdad que cortaba más que cualquier mentira—.
No la olvidé. Ninguna de las dos. Te mentí cuando te alejé, y te mentí cuando dije que fue un descargo.
Lo sabes. Y sabía que lo sabrías, tarde o temprano.
Contigo no puedo contener lo que me pasa.
Su pulgar recorrió mi labio inferior con una lentitud deliberada, como si trazara el mapa de un territorio que ya conocía de memoria.
—Pensé en esa noche. En cómo temblabas. En cómo me mirabas cuando te tenía contra el vidrio. Y pensé en la terraza, en tu mano en mi pelo, en el sonido que hiciste cuando…
Se interrumpió, su respiración entrecortada como si las palabras mismas fueran un peso insoportable. La intensidad en sus ojos era casi insoportable, un calor que amenazaba con consumirlo todo.
—Pensé en eso —susurró, su aliento caliente contra mi piel, marcándome—.
En el sonido que hiciste. En cómo me miraste cuando te toqué.
Lo pensé hasta que me volví loco. Porque era mío.
Ese momento era mío. Fueron mis ojos los que te vieron, mis manos las que te tocaron, y mi nombre el que salía de tu boca.
La crudeza de sus palabras debería haberme aterrado.
Debería haber sido una advertencia, un límite que mi instinto de supervivencia me ordenara cruzar.
En cambio, algo dentro de mí se aquietó.
Esta era la verdad. La única que conocíamos desde el principio.
Brusca, posesiva, y más real que cualquier cosa que hubiéramos dicho frente a las cámaras.
—Entonces deja de fingir —lo desafié, mi voz apenas un hilo de sonido—. Deja de fingir que puedes encajonar esto en una de tus estrategias. Esto no es parte de tu plan, nunca lo fue.
Un sonido gutural, algo entre la frustración y la rendición, surgió de lo más profundo de su garganta. Su mirada se desplazó de mis ojos a mi boca, y la tensión en la habitación se volvió eléctrica, peligrosa, como el momento previo a un accidente que sabes que no puedes evitar.
—¿Qué quieres, Nicola? —preguntó, y era una demanda, no una súplica.
Un veredicto esperando ser pronunciado—.
¿Quieres que te pida perdón? No lo haré.
Fue la única forma. ¿Quieres que te diga que no lo volveré a hacer?
Te estaría mintiendo. Siempre voy a hacer lo que sea necesario para que sigas siendo mío.
Sus palabras no eran una disculpa. Eran una declaración de guerra renovada, pero esta vez sin máscaras, sin el disfraz de la indiferencia que tanto le costaba mantener. Eran el sonido de cadenas siendo aceptadas, no rotas.
—No quiero tus mentiras —dije, y mi propia voz sonó ronca, desafiante, un espejo del fuego que devoraba sus ojos—. Y no quiero tus disculpas. Ya sé lo que eres.
—Entonces lo sabes —afirmó, su pulgar ejerciendo una presión casi dolorosa en mi labio, reabriendo la herida con una delicadeza cruel—.
Sabes que si me acerco, es para consumir todo a mi paso.
Si te toco, te va a doler. Y si te tengo…
—Su mirada era un abismo de obsesión pura, un agujero negro del que nunca había querido escapar—. No voy a soltarte. Esta vez no.
Era una promesa y una condena. Y en el centro de ese huracán de toxicidad, en medio de esa tormenta que nos había arrastrado durante años, era la única verdad que me había sostenido cuando todo lo demás se desmoronaba.
—Lo sé —susurré, y era la rendición más honesta de mi vida.
Fue todo el permiso que necesitó.
Algo se quebró en su expresión. No fue suavidad —él nunca había sido suave, no conmigo, no con nadie—. Fue el colapso del último dique que contenía su control. Un gruñido áspero, un sonido de pura necesidad animal, surgió de su garganta como un rugido contenido durante demasiado tiempo.
Su mano en mi barbilla se convirtió en garra. Ya no fue un gesto de contención, sino de posesión absoluta. Me atrajo hacia él con una fuerza bruta que no admitía resistencia, que no dejaba espacio para el arrepentimiento.
No hubo delicadeza. No hubo pregunta.
Su boca encontró la mía con la fuerza de un impacto, con la misma violencia con la que dos autos chocan en una curva cerrada: inevitable, destructiva, hermosa.
No fue un beso. Fue una reclamación.
Era áspero, desesperado, lleno del sabor salado de nuestro sudor y la amargura de todas las palabras no dichas, de todas las noches en vela, de todos los rencores acumulados como polvo en un coche abandonado.
Sus dientes chocaron contra los míos, sus labios no acariciaron, devoraron.
Era el sabor del odio y la obsesión fundiéndose en algo más primitivo, más inevitable que cualquier cosa que hubiera conocido.
Una de sus manos se enterró en mi cabello, tirando hacia atrás con una urgencia que exponía mi garganta, mientras la otra me rodeó la cintura, apretándome contra él hasta que no quedó un milímetro de espacio entre nuestros cuerpos.
Cada línea dura de su torso se imprimió en la mía a través de la ropa, y sentí su corazón latiendo contra el mío como un tambor de guerra.
No me fui hacia atrás. Me rendí. Dejé que su boca saqueara la mía, que su lengua reclamara cada rincón como un territorio conquistado después de un asedio de años.
Un gemido ahogado se escapó de mi garganta, un sonido de derrota y de triunfo al mismo tiempo, el grito de alguien que finalmente deja de huir.
Era un beso que sabía a rabia y a culpa, a asfalto quemado y a lágrimas que nunca habíamos llorado, a todas las veces que nos miramos desde la distancia y nos odiamos por no atrevernos. Era el choque de dos estrellas de neutrones, destructivo e inevitable, el principio y el fin de todo.
Sabía, con una certeza que me heló y me calentó la sangre al mismo tiempo, que no había vuelta atrás.
Habíamos nombrado al monstruo, no con palabras, sino con este beso, con la violencia de nuestros cuerpos encontrándose por fin.
Y ahora, el monstruo tenía dueño. O tal vez, éramos nosotros, dos bestias enjauladas juntas, condenadas a destrozarnos y reconstruirnos la una a la otra por el resto de nuestras vidas.
Cuando finalmente nos separamos, jadeantes, el mundo entero era un zumbido blanco.
Su frente se apoyó en la mía, nuestros alientos se mezclaban, calientes y entrecortados, formando una nube empañada entre nosotros.
Sus ojos, a centímetros de los míos, ardían con un fuego negro que prometía una destrucción lenta y deliberada, un incendio que no cesaría hasta consumirlo todo.
—Ya no hay vuelta atrás —murmuró, y su voz era un eco de la sentencia que yo mismo había pronunciado en mi mente, la confirmación de lo que ambos sabíamos desde el principio—. Lo sabes, ¿verdad?
Asentí, un movimiento leve y fatalista. Lo sabía.
Habíamos cruzado la última línea, la que separa la obsesión de la entrega, el deseo de la devoción.
Ya no había espacio para el juego, para la estrategia, para la distancia que nos protegía de nosotros mismos.
Solo quedaba esto: la verdad brutal de nuestra ruina compartida, aceptada por fin.
—No la quiero.
Un destello de algo que no era triunfo, sino un reconocimiento sombrío, cruzó sus ojos. Su mano, que aún sostenía mi nuca con una posesión férrea, se tensó ligeramente.
—Entonces esto es lo que somos —declaró, y no era una pregunta. Era la formulación de una ley que ambos habíamos escrito con nuestras propias manos, con cada mentira, cada provocación, cada noche en la que el otro era lo único que podíamos ver.
—Esto es lo que somos —confirmé.
Su boca encontró la mía de nuevo, pero esta vez no fue un asalto.
Fue una posesión más profunda, más oscura, más lenta.
Un beso que sabía a resignación y a una promesa terrible de eternidad, a juramentos que nunca necesitaron ser pronunciados porque estaban escritos en la médula de nuestros huesos.
Sus dedos encontraron el borde de mi remera y se deslizaron por debajo, y el contacto de su piel contra la mía fue como un circuito que se cerraba, como un motor que finalmente encontraba su encendido después de años de intentos fallidos.
Se trataba de aceptar que el monstruo que habíamos creado juntos no iba a desaparecer. Nunca lo haría. Iba a vivir aquí, en el espacio entre nuestros cuerpos, en el aire que compartíamos, en cada latido que resonaba como un tambor de guerra, en cada mirada que prometía una destrucción mutua.
La batalla había terminado. No porque hubiera un ganador, sino porque ambos nos habíamos rendido al mismo tiempo.
Habíamos dejado de luchar contra la corriente y, en cambio, habíamos decidido ahogarnos juntos.