Capítulo 21 #2
—¿Sabes lo que es despertar y ver tus propias heridas expuestas como si fueran...
evidencia en un juicio? —mi voz se quebró, pero no por la tristeza: por la furia, por la incredulidad—.
Esos mensajes, esos correos, los datos...
eran míos, Rydell. Mi vergüenza. Mi debilidad.
Mi alma en carne viva. Y tú... Tú las recogiste, las catalogaste, las archivaste y las usaste sin siquiera mirarme a la cara para preguntar: «Oye, Nico, ¿te importa si destrozo a tu acosador convirtiéndote en el espectáculo principal? »
—No fue así —logró decir, su voz un ronquido que apenas salía de su garganta—. Me aseguré de que tu nombre no estuviera en ninguna parte. Nadie supo que eras tú. Nadie lo sabrá nunca.
—¡No se trata de si el resto lo sabe o no!
—estallé, la presa finalmente rota, el agua desbordándose sin control—.
¡Se trata de que tú lo sabes! ¡Se trata de que ahora tú tienes un maldito dosier de cada vez que me dejé pisotear!
¡Tú viste el vídeo! ¡Tienes mis palabras borrachas y patéticas grabadas en tu cabeza, cada sílaba, cada sollozo!
¡Esa... Esa confesión! ¡Tú, que eres la última persona en el mundo que debería tener eso!
Mi respiración era un caos, un torbellino que me ahogaba. Lo señalé con el dedo, como si mis palabras pudieran alcanzar más hondo si las dirigía con precisión quirúrgica.
—Usaste lo más vulnerable que tengo como carnada para tu puto plan.
Y lo peor no es siquiera eso. Lo peor es que ni siquiera lo hiciste por maldad.
Lo hiciste porque en tu cabeza retorcida, eso era «protegerme».
Porque para ti yo nunca he sido una persona, he sido...
He sido tu proyecto. Tu obsesión. Algo que arreglar, que poseer, que controlar.
Un rompecabezas al que le faltaban piezas y tú decidiste que eras el único que podía encajarlas.
Me acerqué otro paso, hasta que pude ver las diminutas grietas en su fachada de calma, la desesperación que asomaba en sus ojos como agua filtrándose por una presa a punto de ceder.
—Me manipulaste para que me rompiera. Luego me manipulaste para que me levantara.
Y luego, para rematarlo, me manipulaste para «salvarme», hurgando en mis heridas sin mi permiso, sin preguntarme si quería que las vieras, si quería que las tocaras, si quería que las usarás para alimentar tu ego de héroe.
¿Qué sigue, Rydell? ¿Qué otro giro tienes preparado para tu marioneta?
El silencio que siguió fue más denso que cualquier palabra.
Rydell no se movió. Sus manos, antes inertes, ahora temblaban ligeramente a los costados, y vi cómo su mandíbula se tensaba, cómo sus ojos —esos ojos que siempre parecían saberlo todo— se empañaban con algo que no sabía si era rabia o un dolor tan antiguo que ya no tenía nombre.
—¿Y qué querías que hiciera? —estalló él, y su voz perdió por primera vez todo control, rasgándose con una rabia que era un espejo deformado de la mía—.
¿Dejarlo que siguiera chantajeándote? ¿Que usara ese video para destrozarte cuando se le diera la gana?
¿Esperar a que viniera a por más, una y otra vez, porque tú nunca tienes las agallas para defenderte de gente como él?
—¡Sí! —le grité, y fue la verdad más liberadora y estúpida que había pronunciado en mi vida—. ¡Sí, era mi problema! ¡Mi mierda! ¡Y yo me la hubiera arreglado!
—¡No, no te la hubieras arreglado! —rugió, dando un paso al frente hasta que apenas unos centímetros nos separaban.
Su calor, su furia, me envolvían como una llama que amenazaba con consumirme—.
Te hubieras dejado devorar, como siempre.
Te hubieras arrastrado, te hubieras disculpado, te hubieras mordido el labio hasta sangrar en un rincón tan débil como crees que eres.
—¿Quién te dio el derecho de elegir por mí? —jadeé, y mi voz ya no era un grito, sino un hilo de voz cargado de todo el agotamiento del mundo—. ¿Quién te nombró mi guardián, mi verdugo y mi juez?
—¡Tú! —Su grito resonó en la habitación, crudo y devastador como un impacto de frente—.
¡Tú me lo diste cuando preferiste mi odio a mi olvido!
¡Tú me lo diste cada vez que me mirabas con esos ojos de perro apaleado, esperando que te diera una razón para seguir!
¡Tú me lo diste en Suzuka, Nicola! ¡Me convertiste en esto! Yo te dejé hacerlo.
El aire se nos cortó a los dos. Sus palabras, la confesión más brutal que había escuchado de sus labios, colgaban entre nosotros como un humo tóxico que nos asfixiaba por igual.
Sus pulmones se movían con violencia, sus puños estaban apretados a los costados, las venas de sus manos marcadas como ríos bajo la piel.
Yo me quedé mirándolo, el mundo reducido a la tormenta en sus ojos y al eco de su acusación.
Me convertiste en esto.
Todo el aire salió de mis pulmones. La rabia se apagó de golpe, dejando solo un vacío desolador, un silencio blanco donde antes había un volcán. Bajé la vista, mis ojos se clavaron en la alfombra, viendo las manchas borrosas a través de un repentino escozor que me quemaba los párpados.
¿Era cierto? ¿Había sido yo? ¿Mi necesidad enfermiza de su atención, mi incapacidad para dejarlo ir, mi patética elección de un odio ardiente sobre una indiferencia helada... había forjado al monstruo que ahora tenía frente a mí?
Todas sus manipulaciones, su control, su fría obsesión... ¿eran solo la respuesta retorcida a mi propia y desesperada adicción?
No. El accidente nos cambió a ambos. Todo lo que Rydell representaba era lo que yo mismo, inconscientemente, había querido que representara.
Porque estábamos rotos. Porque él se desarmó ese día y las piezas nunca volvieron a encajar.
Y porque yo me hundí en una culpa autoimpuesta, y lo alejé solo para quedarme con esta parte retorcida suya: la cruda necesidad de tenerme de regreso.
Así funcionamos. Así buscamos siempre encajar en la mierda del otro.
Éramos el centro de gravedad de esta tormenta que se desató dentro, donde nadie más mira.
El silencio que cayó entonces no era tenso. Era pesado, absoluto. Como el polvo que se asienta después de un derrumbe. Los escombros de lo que éramos, esparcidos por la habitación de hotel.
Levanté la vista lentamente. Las lágrimas no cayeron, pero nublaron mi visión, haciendo que su figura se volviera borrosa, una silueta temblorosa contra la luz tenue de la lámpara.
Rydell seguía allí, inmóvil, su respiración aún agitada.
La máscara del estratega, del hombre de hierro, se había hecho añicos.
Lo que quedaba era un hombre expuesto, tan vulnerable como yo me sentía.
No era el triunfador. Era otro náufrago en el mismo océano, convencido de que su única forma de mantenerse a flote era agarrándose a mí, aunque eso significara arrastrarme con él hacia el fondo.
—Necesito que dejes de mirarme como el villano de tu historia —susurró, y su voz era apenas audible, cargada de una fatiga que iba más allá de lo físico.
Era el sonido de una rendición—. Sé que lo que hice estuvo mal.
Fue asqueroso, y fue retorcido, y me despertaba todas las noches con sabor a mierda en la boca.
Pero, Nico… No sabía hacerlo de otra manera.
Después de que te fuiste... después de Suzuka...
solo sabía… poseer. Controlar. Era lo único que no me dejaba…
No terminó la frase. No hacía falta.
«Desaparecer». La palabra flotó en el aire entre nosotros. «Desaparecer de tu vida, de tu historia, de tu cabeza». Porque al final, siempre buscamos lo mismo de la manera más retorcida: volver al otro y lo que significó su presencia en nuestras vidas.
Todo el enojo, la rabia justificada, se desvaneció, reemplazada por una comprensión devastadora. No éramos victimarios y víctimas. Éramos dos fantasmas atrapados en el mismo bucle, chocando el uno contra el otro una y otra vez porque era la única forma que conocíamos de sentirnos reales.
Di un paso. Luego otro. La distancia que me separaba de él ya no era un campo de batalla. Era el espacio que siempre había existido, el abismo que ambos habíamos intentado cruzar a golpes, con mentiras, con sexo, con odio.
Me detuve frente a él. Cerré los ojos, agotado. El peso de mi frente encontró el calor de su hombro, apoyándose allí con un suspiro que era la última cosa que me quedaba por entregar. Un gesto de una intimidad desgarradora, desprovisto de todo juego, de todo cálculo.
Él se tensó al contacto, un estremecimiento que recorrió su cuerpo de los hombros a los dedos. Pero no se apartó. Sus brazos permanecieron rígidos a los costados, como si no supiera qué hacer con esta rendición, con este final que se sentía menos como una derrota y más como un colapso mutuo.
—Viste el video —murmuré, y si no fuera por el silencio de la habitación, no se habría escuchado mi voz.
No dije cuál. Solo afirmé, y él lo entendió. Oíste mis palabras. Sabes lo que dije y lo que creí en su momento. Lo que sentí.
—Estabas vulnerable —replicó, como si eso pudiera justificar mis palabras, o quizás como si necesitara justificar las suyas propias.
—Dije la verdad.
—Lo sé.
Lo oí tragar. Giré mi cabeza levemente solo para ver el movimiento y noté que tenía los ojos cerrados, como si mirarme fuera un lujo que no podía permitirse sin romperse del todo.
—Lo que pasó en Mónaco y en Barcelona… —La pregunta me costó más de lo que imaginaba—. ¿Dejarás de hacerlo por eso que dije?
Cerré yo también los ojos de nuevo, como si pudiera ocultar la vergüenza que sentí por mi tono de voz preocupado. ¿Cuándo una determinación firme de poner a Rydell en su lugar se había convertido de nuevo en yo rogando no quedar detrás de su visión? Era absurdamente patético.
—Creí que íbamos a olvidarnos de esas noches —murmuró, y pude oír la sonrisa en sus labios, esa curva que siempre usaba para protegerse.
—Te mentí. —Sonó como un suspiro, como una confesión que llevaba años esperando—. No las puedo olvidar.