Capítulo 20 #2
Las prácticas fueron una batalla campal silenciosa.
Nicola ya no era un espectro desorientado.
Era un rival. Su coche trazaba líneas limpias y agresivas, su radio era conciso, profesional.
No buscaba mi mirada. No reaccionaba a mis provocaciones en la pista.
Era como esculpir en granito: duro, impasible, brillante.
Y cada vez que lo adelantaba o me cerraba el paso con una precisión que me erizaba la piel, no sentía rabia.
Sentía... fascinación. Este era el piloto que siempre supe que podía ser.
El que había estado enterrado bajo capas de culpa y necesidad.
Se había liberado. Y al hacerlo, me había creado el oponente más peligroso posible.
En la qualy, logró la décima posición. Yo quedé décimo tercero. Cuando salió del coche, los periodistas se abalanzaron sobre él en la alfombra de prensa. Yo me quedé al margen, fingiendo ajustar mi relato patrocinador, escuchando cada palabra como quien bebe veneno a sorbos pequeños.
—Nicola, un resultado espectacular. ¿A qué atribuyes esta mejora?
Él se secó el sudor de la frente con una toalla, y por un segundo, sus ojos barrieron la multitud y se clavaron en mí. No fue un destello de triunfo. Fue un reconocimiento. Un ajuste de cuentas silencioso, un pacto sellado en la distancia.
—Trabajo en equipo —dijo, su voz firme, proyectada hacia las cámaras con una seguridad que nunca antes había tenido—. Y concentración. He aprendido a eliminar... distracciones.
La palabra fue un dardo perfectamente lanzado. Distracciones. El mismo término que yo usé. Me lo devolvía, transformado en un arma de filo perfecto.
Sonreí por lo bajo, sabiendo que las cámaras lo captarían luego como una burla o una provocación. No me importaba.
Eso es, Nico. Devuélvemela. Demuéstrame que valió la pena.
Fue entonces cuando supe que tenía que acelerar el plan.
Kyle era una mosca molesta que ya había cumplido su propósito.
Había servido para darle a Nicola el empujón final, pero ahora su persistencia era un riesgo.
Si se daba cuenta de que no estaba logrando su objetivo, podría soltar el video por despecho.
Y aunque yo tenía las piezas para destruirlo, el daño colateral a Nicola sería inaceptable.
La noche antes de la carrera, en la soledad de mi suite en Silverstone, hice la llamada.
No a Kyle. A mi contacto en una firma de seguridad privada con la que Auronox ocasionalmente trabajaba para temas de protección de datos.
La información que había recopilado sobre Kyle era jugosa: un historial de acoso sutil a otras figuras semi-públicas, especialmente a Nicola, intentos de extorsión fallidos que dejaban un rastro digital, y, lo más delicioso, su conversación conmigo en el chat, admitiendo toda la verdad.
El dosier que les había proporcionado era exhaustivo.
Para la mañana, los correos anónimos habrían llegado a los editores jefe de las publicaciones con las que Kyle solía trabajar, y a los departamentos legales de los equipos de la F1.
No una acusación estridente, sino una fría compilación de hechos, capturas de pantalla, patrones de comportamiento.
Un perfil de un individuo con tendencias obsesivas y métodos cuestionables.
La muerte profesional, lenta e impecable.
No lo haría por venganza. Lo haría para cercenar un tumor. Para proteger lo mío.
El alivio fue instantáneo, pero venenoso.
Había lanzado el dado. Para mañana, Kyle Kaur sería pasto de los buitres digitales, expuesto como el acosador y extorsionador que era.
Su credibilidad se haría añicos. Cualquier intento de publicar el video sería visto como el berrinche de un hombre desacreditado y vengativo.
Y realmente esperaba que lograran quitarle sus dispositivos para entonces.
O hackear su teléfono, me daba igual. Ese video debía morir ahí, en mi memoria, donde tenía una habitación exclusiva.
Era difícil dejar ir esas palabras borrachas cuando todos estos años creí que Nicola no había pensado en mí ni una sola vez.
Que me había soltado tan fácil como nos agarramos del otro.
Ese fue el error: creer que alguna vez nos soltaríamos.
Nicola, para mañana, estaría a salvo. La amenaza, neutralizada.
Y entonces... ¿Qué?
La pregunta flotó en la habitación, tan pesada como el humo de mi cigarrillo. ¿Qué pasaría cuando el muro que yo había construido entre nosotros ya no tuviera una razón de ser? ¿Cuando Kyle ya no fuera una excusa para mi crueldad?
¿Se derrumbaría entonces? ¿O se mantendría en pie, más fuerte que nunca, mirándome desde el otro lado con ese desdén recién adquirido que me volvía loco?
La incertidumbre era un veneno nuevo. Yo, que siempre había controlado cada variable, cada latido de esta danza, ahora me encontraba a la deriva, esperando la reacción de un elemento que ya no podía predecir.
Nicola ya no era el libro abierto de ansiedad y culpa que yo había leído durante años.
Se había convertido en un código cifrado, y la clave se me escapaba entre los dedos.
Apagué las luces y me acerqué a la ventana.
El circuito de Silverstone dormía bajo la llovizna inglesa, sus curvas bañadas por la luz anaranjada de los arcos reflectantes.
Mañana, cincuenta y dos vueltas de puro infierno.
De adrenalina. De él y yo, encerrados en esa jaula de asfalto, a trescientos kilómetros por hora, sin nada que nos separe salvo el rugido de los motores y los fantasmas que arrastrábamos desde la infancia.
Y por primera vez, no sabía quién saldría victorioso.
No en la pista. Eso era lo de menos, una anécdota en la historia más larga que estábamos escribiendo.
Lo que no sabía era quién ganaría la guerra que realmente importaba.
La que librabamos desde que éramos dos niños con karts y sueños demasiado grandes para nuestros cuerpos, demasiado voraces para nuestros corazones.
El silencio fue un juez implacable.
Y me quedé el resto de la noche con la misma idea dando vueltas en mi cabeza, como un tren que nunca llegaba a ninguna estación: lo extrañaba. Y tenía miedo de haber creado un monstruo tan perfecto que ya no me necesitara para existir.
Al día siguiente ni siquiera fui capaz de consultar las repercusiones en redes: llegaba tarde por haberme quedado dormido.
El paddock me tuvo de un lado a otro y luego, en un pestañeo, estaba en la línea de salida, a punto de entrar al monoplaza.
Busqué a Neiva con la mirada, pero no estaba.
Necesitaba información. Alguien que me dijera qué había pasado esa mañana con Kyle.
Y un escalofrío me recorrió la espalda cuando vi a Nicola ponerse el casco. Enganché su mirada justo antes de que entrara al coche.
Estaba… enojado. Era la primera vez que veía a Nicola Ravelli tan enojado.
Ese no era el resentimiento herido de las últimas semanas. No era tampoco la firmeza decidida de los últimos días. Esto era otra cosa. Era puro fuego, una furia tallada en hielo que atravesó la distancia entre el asfalto que nos separaba y me golpeó con la fuerza de un vendaval.
Sus ojos, verdes y despiadadamente oscuros, no se desviaron. Sostuvieron mi mirada por una fracción de segundo eterna, y en ellos no había una pregunta, sino una acusación. Una sentencia.
La certeza me atravesó como un rayo. No sabía qué sabía exactamente, pero sabía algo. Algo que había transformado su dolor en esta ira silenciosa y letal.
¿Fue lo de Kyle? ¿Alguna filtración? ¿El vídeo se había publicado y no llegué a tiempo? ¿O era solo la culminación de mi farsa, el momento en que su paciencia se agotaba y decidía dejar de ser la víctima?
No importaba. El daño estaba hecho. O, más precisamente, el cambio.
El Nicola que se metía en el Auronox número 28 no era el mismo que yo había empujado a la fuerza a encontrar su poder. Era una nueva evolución. Un depredador que había olido la sangre en el agua y había decidido que era su turno de cazar.
La luz del semáforo se encendió. El ruido ensordecedor de los motores llenó el mundo, ahogando todo pensamiento. Los neumáticos calientes mordieron el asfalto, la formación comenzó. Mi mente, por lo general un santuario de cálculo y anticipación, era un caos.
Cada curva de Silverstone se convirtió en un duelo privado.
Donde esperaba su sumisión, encontré resistencia.
Donde anticipaba un error por presión, encontré una precisión brutal.
Me cerró el paso en la curva Copse con una agresividad que me hizo contener el aliento; sus neumáticos rozaron los míos con un mensaje claro.
Era magnífico. Era aterrador.