Capítulo 20 #3
Cada vez que lo pasaba, sentía el eco de su mirada a través de los cascos y la fibra de carbono. No era el anhelo de antes. Era un desafío.
Y en el fondo, bajo la capa de adrenalina y la furia de la competencia, una parte enfermiza de mí se regodeaba.
Esto era lo que siempre había querido, ¿no?
Su fuerza completa. Su atención absoluta, incluso si era en forma de odio puro y concentrado.
Lo había liberado de su jaula de culpa y él había salido no como una paloma, sino como un halcón.
Y ahora volaba directamente hacia mí, garras desplegadas.
La carrera fue un torbellino. Una danza de agresión y réplica.
Luchamos por la misma posición, entre su salida espectacular y el choque absurdo de los dos pilotos que tenía delante.
Ambos peleábamos por el puesto ocho. Significaba todo y nada al mismo tiempo.
En la última vuelta, en la curva Stowe, vi un hueco.
Un espacio mínimo. El tipo de oportunidad que solo tomas cuando estás dispuesto a chocar.
Y por primera vez en mi vida, dudé.
Dudé porque al otro lado de ese hueco estaba él. No un rival cualquiera. No un obstáculo. Era Nicola. Y aunque mi instinto de piloto gritaba «¡Ahora!», algo más profundo, algo retorcido y posesivo, se aferró a mi muñeca.
Esa fracción de segundo de duda fue todo lo que él necesitó.
Cerró la puerta. No con pánico, sino con la frialdad de un general que ha anticipado cada movimiento de su enemigo. Nuestras ruedas no se tocaron, pero la derrota fue más sonora que cualquier choque.
Cruzó la línea de meta por delante.
Cuando apagué el motor en el parc fermé, el agotamiento no era solo físico. Era del alma. Me quité el casco, el aire frío golpeando mi rostro sudoroso. Y allí estaba él. Ya fuera de su coche, de pie, rodeado de su equipo. No estaba celebrando. Solo miraba en mi dirección.
Nuestras miradas se encontraron a través del humo y el bullicio. No creí que se acercaría. No cuando había tanto en juego.
—Corriste bien. Felicitaciones —me atreví a decir, con una sinceridad que me sorprendió a mí mismo.
—¿Qué hiciste, Rydell? —preguntó, mirándome con esa intensidad que me hacía sentir pequeño. Los roles, hacía rato, se habían desfigurado, y no me gustaba nada esta vulnerabilidad.
—Correr una carrera.
No era eso lo que estaba preguntando, claramente. Pero maldición, llevaba horas carcomiendo mi cabeza para entender qué era lo que pensaba realmente. ¿Qué vio? ¿Qué piensa? ¿Qué va a decir?
—Kyle —dijo, y el nombre cayó entre nosotros como un guante de desafío, en voz baja y casi inaudible, protegiéndose de las cámaras—. Está acabado. Su carrera. Sus contactos. Todo. Alguien filtró un dosier anónimo esta mañana. Un regalito envenenado.
Sus ojos no eran de triunfo. Eran de un desprecio tan frío que me quemó más que cualquier insulto. No era el rencor del rival herido, era el veredicto de un juez que había visto todas las pruebas.
Mi mente, un caos hacía segundos, se cristalizó en un instante de puro horror. Él lo sabía. Pero no sabía por qué. Había conectado los puntos, pero el dibujo que veía era mi condena.
Abrí la boca para negarlo, para explicar, para vomitar la verdad retorcida que me carcomía por dentro.
Pero antes de que un sonido saliera, él dio un paso al frente, lo suficientemente cerca para que las cámaras lo interpretaran como un gesto de compañerismo forzado, y susurró, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos:
—Qué cómodo debes sentirte en tu papel de mártir. —Su voz era un filo de hielo—. ¿Cuál de tus mil facetas le doy a la cámara, Delli? Digo, ya que tu único rol en mi vida, al parecer, es controlar lo que hago, digo y pienso.
Sus palabras no fueron un disparo quirúrgico preciso que encontró la juntura más débil de mi armadura. No hubo fuerza en su voz, solo un desgaste infinito, y eso la hacía mil veces más letal.
Me quedé paralizado. El rugido del circuito, los flashes, los vítores… todo se convirtió en estática. Solo existía el vacío helado en sus ojos y el eco de esa pregunta envenenada.
Él no esperó una respuesta. Dio media vuelta, y el movimiento fue tan final como el portazo de una tumba. Su espalda, ahora tan impenetrable como la mía solía serlo, se perdió entre el mar de overoles del equipo.
La victoria de hace unos minutos —su superación, haberlo forzado a ser mejor— se transformó en cenizas en mi boca. No había ganado nada. Había perdido todo. Y lo peor era que él ni siquiera me estaba castigando. Se estaba yendo.
Alguien me dio una palmada en el hombro.
Un ingeniero, sonriendo, diciendo algo sobre los datos de la carrera.
Asentí de forma mecánica, mis ojos clavados en el lugar donde Nicola había estado.
El «mártir». Eso era lo que él veía. No un estratega, no un protector.
Un farsante escondido detrás de una máscara de sacrificio autoimpuesto.
Un manipulador del que ya no sabía qué esperar, en quién confiar y hacia dónde iría.
Yo me había buscado esta jaula. Yo me encerré aquí.
No había creado un monstruo que ya no me necesitara.
Había creado un hombre que ya no me quería.