Capítulo 20
«Papel de mártir»
RYDELL
El silencio era un lujo.
Un espacio vacío y precioso entre el zumbido de los motores y el ruido constante de Nicola Ravelli en mi periferia. O, más bien, lo que solía ser el ruido constante de Nicola.
La suite en Austria olía a limpio, a aire de montaña filtrado por un sistema de climatización de alta gama.
Nada de sudor, nada de ansiedad, nada de esa colonia barata que él usa cuando quiere pasar desapercibido y solo consigue clavar mi atención en él con la fuerza de un imán.
Lo había erradicado. De mi espacio, de mi campo visual, de mi radio de preocupación inmediata.
O eso le hacía creer a Kyle.
Tras la carrera de hoy, demostré dos cosas: que en este deporte ganan los que transforman el miedo en combustible, y que Nicola era perfectamente capaz de volver a amar esto sin que nadie le sostuviera la mano.
Terminé noveno. La parada en boxes me perjudicó; no fue la mejor estrategia entrar cuando lo hice.
Pero Nicola terminó quinto. Y yo me encontré sonriendo bajo el casco porque él volvió a celebrarlo como si fuera un podio.
Mi sonrisa se ensanchó cuando él se giró a verme con esa mirada presumida, igual de penetrante que las últimas que me ha regalado.
Parece haber pasado de la desesperación a la venganza fría, y eso me alivia. Este Nicola me vuelve jodidamente loco.
Lo único que me detuvo de tomarlo del brazo y empujarlo a la primera habitación vacía para ponerme de rodillas y celebrar sus puntos fue el plan que había trazado esa noche en Mónaco.
Así que me limité a retirarme de su celebración, ignorándolo apenas lo suficiente para que las cámaras lo exageraran luego.
Dejé mi teléfono sobre la mesita de mármol.
La pantalla mostraba un hilo de mensajes con un número no identificado.
Kyle era predecible. Ansioso. Como un niño que cree haber ganado un juego de adultos y no puede esperar para cobrar el premio.
Sus mensajes eran sondeos torpes, intentos de reafirmar su nueva y falsa posición de poder.
Encendí un cigarrillo, apoyando el antebrazo en el marco de la ventana, mientras releía sus últimos mensajes.
Kyle era el tipo de persona que convierte la manipulación en un arma de doble filo.
Tras nuestra conversación en Mónaco, me aseguré de sacarle la ficha al instante.
Un trepa de medio pelo con contactos en revistas de pacotilla y una habilidad envidiable para oler la debilidad ajena.
Pero los trepas cometen un error: subestiman a su presa.
El día que acepté verlo en ese hotel de Mónaco, él fue directo a mi cuello con la amenaza, pero descuidó mis manos.
Mientras se pavoneaba con su supuesto «as» —el vídeo, los rumores que podría esparcir—, yo ya estaba recogiendo la basura que dejaba tirada: el nombre de su contacto clave en una revista sensacionalista, su obsesión con figurar en todas partes, su enamoramiento unilateral con Nicola, el desespero por el dinero que transpiraba por cada uno de sus poros.
Fingí considerar su propuesta. Él me dio los detalles en bandeja de plata.
Quería alejarme de Nicola, era una obviedad.
Yo se lo entregué, y por un momento temí que Nicola fuera carnada fácil —después de todo, Kyle había estado con él esos años que yo me perdí—.
Pero confié lo suficiente para confirmar que Nicola seguía siendo el mismo en el fondo.
Podía estar roto, pero nunca necesitó una mano que lo levantara; solo creyó que sí. Yo me aseguré de eso durante un tiempo.
Kyle me dijo en ese café del hotel monegasco que podía mandar el vídeo a las redes.
Hacer fortuna, arruinar una imagen, dos carreras…
Fue extenso en esa parte. Me aburrí a mitad de la amenaza.
Le dije, con un filo que cortaba, que yo de Nicola solo quería venganza.
Eso iluminó sus estúpidos ojos. Él lo quería a Nicola; un crush que nunca soltó.
Me imaginé golpeando su cabeza contra la mesa del café mientras él hablaba, con la boca llena de ambición barata. No era solo sobre destruirlo. Era sobre reconfigurar el tablero a mi favor.
Me ofreció un trato. No publicaría el vídeo, y yo, a cambio… Destruiría un poco más a Nicola, y así nos beneficiaríamos los dos, según él. Yo obtendría mi venganza, él tomaría las grietas de Nicola para que volviera a él.
La idea era tan patéticamente transparente que casi me río en su cara. Kyle quería que yo fuera el martillo que abriera las grietas para que él, el pobre consolador, pudiera colarse y recoger los pedazos. Creía que estábamos en una competencia por un trofeo roto.
Asentí con la cabeza, con la seriedad de un hombre que considera una oferta de negocios.
—Tiene sentido —dije, mientras en mi mente ya trazaba los primeros pasos para asegurarme de que Kyle nunca volviera a acercarse a lo que es mío.
El plan era simple. Alejarme de Nicola de la manera más pública y cruel posible. Hacerle creer a Kyle que su veneno había surtido efecto. Que yo, Rydell Falken, había picado el anzuelo. Un hombre despechado es un hombre predecible, y un hombre predecible es un hombre descuidado.
Y mientras Kyle bajaba la guardia, celebrando su pequeña victoria, yo cavaría su tumba. Ya tenía los nombres. Los contactos. Los trapos sucios. Solo necesitaba el momento adecuado para tirar de la cuerda y ver cómo su frágil castillo de naipes se desmoronaba.
Pero había un efecto secundario en mi plan que no había anticipado por completo: ver a Nicola quebrarse.
Verlo en el simulador, palidecer cuando lo llamaba «Ravelli», notar cómo su concentración se desvanecía…
Cada pequeño espasmo de dolor en su rostro era un recordatorio de que esto no era un juego abstracto.
Era real. Y dolía. Dolía con una intensidad sorda y persistente, como un moretón en un hueso.
Apreté el cigarrillo contra el cenicero, apagándolo con más fuerza de la necesaria.
Esa tarde, en la pista, lo había visto cruzar la línea de meta. Quinto. Un resultado sólido. Impecable, incluso. Y luego, ese gesto. Ese giro buscándome con la mirada, no con la desesperación de antes, sino con un desafío helado. Un brillo de acero recién templado en sus ojos verdes.
Ese fue el momento. El instante en que supe que había funcionado.
Al alejarme de él, al quitarle mi obsesión como si le arrancara una muleta, no lo había debilitado.
Lo había forzado a encontrar su propia fuerza.
Le había dado el regalo más perverso y valioso: la indiferencia como catalizador.
Ya no corría por mi culpa, ni por mi perdón, ni por mi atención.
Corría por él. Y, Dios, era una vista magnífica.
Ese Nicola, el que me miraba con fría determinación en lugar de ansiosa sumisión, era mil veces más peligroso. Y mil veces más deseable.
Mi teléfono vibró de nuevo. Kyle.
Quería saber cómo iban las cosas por dentro. Había estado insistiendo todo el día y comenzaba a cansarme. No tardaría en darse cuenta de que su plan de usarme como un arma contra Nicola no estaba funcionando, pero yo ya estaba listo para su explosión.
Finalmente, lo agarré. No por él, sino por el fastidio.
Kyle
La entrevista fue un buen toque. Se lo está creyendo. Pero necesitamos más.
Tiene que estar destrozado, no solo enfadado.
¿No puedes ser más… convincente?
Una sonrisa fría se dibujó en mis labios. Mis dedos volaron sobre la pantalla. La calma que sentía era letal, un veneno de acción lenta.
Yo:
Paciencia, Kaur.
La desesperación no se fabrica en un día. Se cultiva.
Él está donde necesita estar.
Si aprietas demasiado, el cristal no se astilla: se pulveriza.
Y tú te quedas sin nada.
Yo no.
Apagué el teléfono y lo arrojé sobre el sofá como quien descarta un arma que ya no necesita.
El silencio de la suite se volvió de pronto opresivo, una presencia densa que se filtraba por cada poro.
Demasiado vacío. Demasiado limpio. Había purgado la habitación de cualquier rastro de él, y ahora el eco de su ausencia era más ensordecedor que su presencia lo había sido nunca.
Caminé hacia el minibar y serví un whisky. El líquido ardió en mi garganta, un dolor efímero y conocido, pero no logró calentar el frío que se había enquistado en mi pecho desde el mismo instante en que decidí iniciar esta farsa.
Lo extrañaba.
La admisión, silenciosa y brutal, resonó en el espacio vacío como una confesión ante un altar desierto.
Extrañaba el caos que traía consigo. La forma en que su ansiedad creaba una corriente eléctrica a mi alrededor, haciéndome sentir vivo con solo estar cerca.
Extrañaba el desafío en sus ojos, la forma en que se mordía el labio cuando se concentraba, incluso la patética y adorable manera en que intentaba defenderse cuando se sentía acorralado.
Alejarlo era la jugada correcta. La única jugada.
Para protegerlo de Kyle, para forzarlo a ser fuerte, para ganar esta guerra sucia que yo mismo había declarado.
Pero cada vez que lo veía, con esa nueva armadura de hielo que yo le había forjado a golpes de indiferencia, sentía un impulso casi violento de romperla, de arrastrarlo de vuelta a nuestro pantano familiar y ensuciarnos las manos juntos otra vez.
Había salido quinto hoy. Quinto. Con la cabeza fría y la mirada clara. Sin mí.
Un orgullo retorcido se enredó con la punzada de celos en mis entrañas. Porque no estaba allí para celebrarlo con él. Yo había creado a ese monstruo hermoso y competitivo. Y ahora tenía que sentarme en las gradas a ver cómo rugía sin necesidad de su domador.
Llegó Silverstone, Reino Unido. La catedral. El aire olía a hierba mojada, combustible de alto octanaje e historia. Un circuito que exige respeto, donde los fantasmas de los grandes te observan desde cada curva, desde cada metro de asfalto consagrado.
El lugar perfecto para que todo esto llegara a su punto de ebullición.