Capítulo 19 #3
No eran fotos de mala calidad ni capturas robadas con sigilo.
Eran imágenes profesionales, tomadas varios días atrás en un café de un hotel en Mónaco.
Allí estaban, sentados a una mesa como dos cómplices en un pacto silencioso.
Kyle, con esa sonrisa de zorro satisfecho que tantas noches me había perseguido en pesadillas, inclinado hacia adelante como si compartiera un secreto que solo ellos dos merecían conocer.
Y Rydell. Escuchando. Con una expresión seria, concentrada, la misma que usaba en los debriefings técnicos cuando diseccionaba la telemetría de un rival.
No parecían amigos. Parecían... socios. Dos personas negociando el valor de algo que yo aún no comprendía.
—¿Los ves? —La voz de Ainara sonó pequeña y lejana, como si llegara desde el fondo de un pozo.
No podía responder. Mi garganta estaba sellada, mis cuerdas vocales atrapadas en un nudo de horror y rabia incipiente. Deslicé el dedo por la pantalla, devorando titulares, publicaciones de «fans» que especulaban con la voracidad de buitres sobre un cadáver.
«¿Nueva amistad? Rydell Falken fue visto en una reunión privada con Kyle Kaur, periodista y amigo cercano de Nicola Ravelli».
«Algo se cocina entre Kyle y Rydell. ¿Estará Kyle Kaur haciendo un dos por uno con los chicos de Auronox?»
«¿Intercambio de información? La misteriosa reunión que tiene a todos hablando».
Mis dedos temblorosos ampliaron una de las fotos. Podía ver la tensión en la mandíbula de Rydell, la forma en que sus dedos rodeaban la taza de café con la misma firmeza con la que sujetaban el volante. No era una conversación casual. Era una transacción.
Y de repente, todas las piezas encajaron con un crujido ensordecedor.
El cambio abrupto.
La frialdad calculada.
El desprecio profesional disfrazado de «enfoque».
Las palabras en la entrevista: «Limpiando mi círculo de elementos distractores».
Kyle. Con su sonrisa de víbora y su obsesión malsana por coleccionar vulnerabilidades ajenas. Kyle, que me había chantajeado con el video de mi noche más expuesta. Kyle, que sabía cosas que nadie más sabía porque las había extraído de mí gota a gota, como sangre de una herida abierta.
¿Qué le habría dicho? ¿Qué mentiras habría fabricado? ¿Le mostró el video? ¿Le contó una versión retorcida de nuestra historia, pintándome como un manipulador, como un mentiroso?
Todo este tiempo, Rydell había estado pidiéndome todas mis grietas, cada una de mis fracturas, prometiendo —con cada roce, con cada palabra a media luz— que sería el único capaz de sostenerlas.
Y ahora, la verdad me golpeaba con la fuerza de un accidente a más de trescientos por hora: se había aliado con uno de los verdugos que me habían condenado.
De repente, todo encajó con una claridad devastadora y nauseabunda.
No era que Rydell se hubiera aburrido. No era que lo nuestro hubiera sido una transacción fría.
Kyle le había mostrado el video.
Kyle le había envenenado la mente con mis propias palabras, sacadas de contexto, distorsionadas por el alcohol y la desesperación de quien ya no tenía nada que perder.
Kyle le había contado su versión de la historia, pintándome como un obsesivo, como un mentiroso, como alguien que había chocado a propósito por...
¿qué? ¿Por amor? ¿Por despecho? ¿Por la necesidad enfermiza de retenerlo?
Y Rydell se lo había creído.
Se lo había creído tan completamente que no solo me estaba castigando con el desprecio más afilado. Se estaba aliando con mi verdugo. Le había dado a Kyle exactamente lo que siempre quiso: un asiento en la mesa, una validación, la oportunidad de convertir mi derrumbe en su espectáculo.
El sonido que escapó de mi garganta fue un cruce entre una risa amarga y un sollozo ahogado. Dejé caer el teléfono sobre el sofá, donde Ainara seguía llamando mi nombre, su voz convertida en un pitido agudo en el vacío que se expandía dentro de mí como una grieta en el hielo.
Me levanté y caminé hacia el baño con pasos tambaleantes, como si el suelo se hubiera vuelto inestable bajo mis pies.
Me apoyé en el lavabo, mis manos temblorosas aferrándose al borde frío de la porcelana como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba.
Levanté la vista y me enfrenté al espejo.
Parecía un extraño. Ojos hundidos en cuencas que parecían cavadas a golpes, piel pálida como la de un hombre que llevaba días sin ver la luz del sol, el labio inferior rojo e hinchado de tanto morderlo sin descanso.
El reflejo de alguien que se desmoronaba no por un accidente en la pista, no por un error de pilotaje, sino por las palabras de otro hombre.
Por la manipulación de un tercero que había logrado lo imposible: convertir la tóxica obsesión que Rydell y yo compartíamos —ese veneno mutuo que nos mantenía atados— en algo aún más sucio, más unilateral.
Había conseguido manipular al manipulador.
Él creía que yo era un mentiroso. Creía que todo, desde Suzuka hasta aquella terraza en Mónaco donde las palabras se nos escapaban entre copas de champán, había sido un juego mío, una estrategia fríamente calculada.
Y en lugar de confrontarme, de gritármelo a la cara, de estrellar sus puños contra mí y obligarme a defenderme...
eligió esta tortura silenciosa. Eligió humillarme donde más dolía: en mi profesión, en mi orgullo, en el único lugar donde siempre había sido invencible.
Eligió sentarse a tomar un café con la serpiente que me había mordido, con el hombre que había susurrado las mentiras que ahora llevaban su voz.
La rabia que surgió entonces no tenía calor.
No ardía. Era un glaciar, una masa de hielo milenario que avanzaba lenta e inexorable, aplastando todo a su paso.
Una furia tan fría y absoluta que calmó de repente todos los temblores, que apagó todas las dudas como se apaga una vela con el pellizco seco de los dedos.
Enderecé la espalda. En el espejo, mis ojos ya no mostraban confusión ni dolor. Mostraban una determinación oscura.
Si Rydell quería creer las mentiras de Kyle, estaba en su derecho.
Si prefería escuchar a un extraño antes que preguntarme a mí, si decidió que era más fácil condenarme sin juicio que mirarme a los ojos y pedir la verdad, entonces que así fuera.
Si quería tratarme como un «elemento distractor», como una pieza prescindible en su tablero, perfecto. Yo también sabía jugar solo.
Él había trazado una línea. Y al hacerlo, me había liberado.
Tomé una toalla y me sequé la cara con movimientos lentos, deliberados.
La persona que veía reflejada en el espejo ya no era la víctima.
Era el piloto que le había cerrado el paso en Mónaco con una maniobra tan limpia como implacable, obligándolo a reconocer que ya no estaba solo en la cima.
Era el hombre que había sobrevivido a su abandono una vez, que había reconstruido sus huesos rotos y su nombre manchado, y que lo haría de nuevo si era necesario.
Si la guerra era lo que quería, la guerra sería lo que obtendría.
Y que Dios —o el diablo en el que nos habíamos convertido los dos, en el que nos habíamos transformado mutuamente— se apiadara de cualquiera que se interpusiera en mi camino. Incluido él.
Si esta era la única forma de existir en su mundo, entonces así sería.