Capítulo 19 #2
—No es un juego —respondió Rydell, y su sonrisa fue tan gélida que me heló hasta los huesos—. Es competición. Hacemos nuestro trabajo, recopilamos datos para el equipo y sumamos puntos. Lo que haga el otro coche es asunto del otro coche.
La periodista parpadeó, desconcertada por la respuesta tan técnica, tan fría, tan vacía de la calidez que las redes esperaban. Se volvió hacia mí con una sonrisa expectante, como si yo fuera a compensar lo que él no había dado.
—Nicola, ¿y tú? ¿Crees que esa «competición» es la chispa que necesitan?
Abrí la boca, pero las palabras de Rydell aún resonaban como un golpe.
Lo que haga el otro coche es asunto del otro coche.
Dos coches. Dos entidades separadas.
—Eh... Sí, claro —tartamudeé, y mi sonrisa se sintió como una máscara a punto de resquebrajarse—. La competencia interna siempre... empuja a dar lo mejor de uno.
Mi voz sonó hueca, incluso para mis propios oídos.
Rydell ni siquiera me miró. Permaneció impasible, con la mirada perdida en algún punto más allá de la cámara, como si mi respuesta fuera el rumor lejano de una conversación que no le concernía.
Como si yo fuera un extraño incómodo al que habían sentado a su lado por error.
Pero el golpe maestro, el que me dejó sin aire, llegó al final de la entrevista. La periodista, en un intento de cerrar con algo ligero que endulzara la tensión acumulada, preguntó con una sonrisa afable:
—Para terminar, una rápida. Rydell, hemos visto que solías ser bastante activo en redes, pero últimamente estás más tranquilo. ¿Algún hobby nuevo que te esté absorbiendo el tiempo?
Rydell se inclinó hacia el micrófono. Por un segundo, su mirada barrió la sala, los focos, el equipo, hasta posarse, gélida y deliberada, sobre mí.
—He estado reevaluando prioridades —dijo, y su voz sonó clara, cortante como un escalpelo—. Limpiando mi círculo de elementos distractores. A veces, para avanzar, hay que saber dejar atrás lo que te frena. Incluso si durante un tiempo creíste que era... significativo.
No dijo mi nombre. No hizo falta.
El mensaje flotó en el aire como una sentencia, tan transparente que casi se podía leer en las expresiones del equipo de producción que intercambiaron miradas incómodas.
Yo era el «elemento distractor». Lo que «frenaba».
Lo que había que «dejar atrás». Lo que, después de todo, no era «significativo».
Me encontré mordiendo el labio —ese gesto que creí haber enterrado para siempre— mientras sostenía la mirada de Rydell.
Él no dijo nada. Rydell, que siempre me había detenido con un roce o una advertencia apenas mis dientes rozaban la piel, hoy permaneció en un silencio que pesaba más que cualquier reprimenda.
El silencio incómodo que se instaló entre nosotros fue peor que cualquier grito.
La periodista nos observaba, alternando la mirada, con una confusión que se palpaba en el aire.
Le ofrecieron ver el resultado de la entrevista, pero él asintió con agradecimiento y simplemente dijo que tenía que retirarse a otro compromiso.
Yo me quedé allí, pegado a la silla, sintiendo el calor de la humillación subiéndome por el cuello hasta las orejas. Las cámaras aún estaban encendidas. Todos habían visto. Todos habían oído.
Esa noche, en el hotel de Austria, no pude contenerme. Desbloqueé el teléfono desafiando esa regla no escrita que me imponía a mí mismo, y busqué. Los titulares ya estaban allí, creciendo como hongos tras una tormenta.
«¿Fin de la era? Falken deja caer una bomba sobre su relación con Ravelli».
«Falken: 'Hay que dejar atrás lo que te frena'. ¿Se refiere a su compañero de equipo?»
«Guerra fría en Auronox: la dupla explosiva se congela».
Cada palabra era un clavo más en el ataúd de lo que creía que estábamos construyendo, o destruyendo, o lo que fuera que llevábamos dos años haciendo.
Lo peor no era el odio —eso al menos habría sido limpio, habría sido una respuesta—.
Lo peor era la condescendencia. La forma en que sus palabras me reducían a un obstáculo, a un error de cálculo en su hoja de ruta.
Apagué el teléfono y lo arrojé sobre la cama.
El golpe sordo contra el edredón fue tan patético como yo me sentía.
Me apoyé en la ventana, dejando que el vidrio frío me devolviera a la realidad, y miré las montañas austriacas: sólidas, inamovibles, ajenas a las pequeñas tragedias humanas que se desarrollaban a sus pies.
Sentí una envidia agria, un veneno que me corroía desde dentro.
Yo era todo lo contrario: un terremoto constante, un desastre en ciernes, un volcán que alguien había decidido tapar con tierra para que dejara de molestar.
Y ese alguien había sido Rydell. O quizá siempre fui yo. Ya ni lo sabía.
¿Qué demonios había pasado? La pregunta se repetía en mi cabeza como un tambor obsesivo.
El teléfono vibró sobre el edredón. Tardé unos segundos en decidir si merecía la pena levantarlo.
Era Ainara. Atendí la videollamada con la certeza de que estaría en medio de una sesión de fotos en Japón, a miles de kilómetros de este lodazal europeo.
No esperaba que me llamara, pero una parte de mí —pequeña, frágil, casi extinguida— agradeció ver su rostro al otro lado de la pantalla.
—Nara, son las seis de la mañana allí —dije, alejando un poco el teléfono para escapar de la luz solar que la envolvía. Ella estaba en un balcón, a medio maquillar, con el cabello recogido en un moño desordenado—. ¿Qué haces llamándome a esta hora?
—El jet-lag me está matando —respondió, y su sonrisa pícara se desplegó como un anzuelo—. Así que vas a acompañarme mientras intento no sucumbir por falta de sueño. Me lo debes.
Su expresión cambió antes de que yo pudiera articular una respuesta. La sonrisa se desvaneció, reemplazada por algo más agudo, más certero. Me vio. Y la odié siempre por saber ver.
—Dios mío, Nico —susurró, y en su voz ya no había rastro de broma—. Pareces un fantasma. ¿Qué pasó?
No pude sostenerle la mirada. Me dejé caer contra el respaldo del sillón, pasándome una mano por el rostro como si pudiera borrar lo que ella ya había visto. Como si pudiera borrar lo que Rydell había dejado al descubierto ante el mundo entero.
—Rydell —soltó mi voz, y el nombre sonó a derrota.
—¿Otra vez? —Ainara suspiró, pero no era fastidio lo que cargaba su voz, sino una preocupación tan genuina que me hirió más que cualquier reproche—. ¿Qué hizo ahora?
No me gustaba esta parte. Nunca me gustó.
La de abrirse, exponerse, poner sobre la mesa una verdad que hasta ese momento había logrado mantener a salvo en las grietas de mi pecho.
Me daba pánico descubrir al mismo tiempo que soltaba, como si las palabras tuvieran el poder de hacer real lo que hasta entonces solo era una sombra.
Pero era Ainara. Y yo estaba tan cansado.
De Rydell, de la prensa, de la falsedad que te impone una imagen que ni siquiera pediste tener.
De mi propia cabeza, que no dejaba de dar vueltas sobre sí misma como un animal atrapado en una jaula.
Le conté todo. La pared de hielo, el desprecio profesional, la entrevista.
Le repetí, palabra por palabra, lo de los «elementos distractores», lo del simulador, lo de Mónaco y lo que fue una temporada detestable para mi estabilidad emocional.
Mientras hablaba, pude ver cómo su incredulidad se transformaba en una furia silenciosa, contenida tras sus ojos de ámbar como brasas que aguardan el momento de prender.
—Espera —cortó, alzando una mano con la que había estado pintándose las uñas mientras fingía escuchar con calma—.
Déjame ver si entendí. Después de... lo del jacuzzi, después de que tú...
después de todo eso, él simplemente... apagó el interruptor.
¿Y ahora te trata como si fueras un mocoso que se le atravesó en el paddock?
—Sí —asentí, y cada letra de esa palabra pesaba como un lingote en mi lengua—. Es como si esa noche nunca hubiera pasado. O como si hubiera sido... una transacción. Y ahora la transacción está completa.
Ainara guardó silencio por un largo momento. Sus ojos ámbar me escudriñaban a través de la pantalla con esa intensidad quirúrgica que siempre supe que escondía una mente capaz de desenredar cualquier nudo.
—Esto no tiene sentido, Nico —dijo al final, apuntando a la cámara con el pincel de esmalte como si fuera un arma—. La gente no hace eso. No de la noche a la mañana. No después de... bueno, de eso. A menos que...
—¿A menos que qué?
—A menos que haya pasado algo más —concluyó, clavándome con la mirada—. Algo que tú no sepas. Algo que le haya dado una razón, en esa cabeza suya retorcida, para orquestar este... reinicio brutal.
—¿Cómo qué? —pregunté, y en mi voz había un filo de desesperación que me avergonzó. Pero ella era Ainara. Con ella no necesitaba máscaras.
—No lo sé —admitió, con un dejo de frustración que le tensó la mandíbula—.
¿Un comentario que hiciste y no recuerdas?
¿Algo que vio o escuchó y malinterpretó?
¿Alguien que le metió una idea en la cabeza?
—Hizo una pausa, y de repente vi cómo se enderezaba en su asiento, sus ojos abriéndose como si acabara de recibir una descarga—. Mierda. Lo olvidé. Nicola, fue Kyle.
—¿Kyle? —El nombre me supo a ceniza en la boca, a algo muerto que se resiste a desaparecer—. No. Él... él no tiene nada que ver con esto. Está fuera de mi vida. Lo dejé atrás.
Ella negó con la cabeza con una violencia que me heló la sangre.
—No, Nicola. Hay unas fotos. Las vi ayer en el vuelo y olvidé completamente mandártelas. Busca en redes su nombre y el de Rydell. Ahora.
Una punzada de pánico me atravesó el estómago, fría y precisa como una daga. Con manos que de pronto se sentían torpes, ajenas, salí de la llamada con Ainara y escribí los nombres en el buscador con dedos que apenas obedecían.
Los resultados aparecieron instantáneamente. Y el mundo se me vino encima como un muro de cristal haciéndose añicos.