Capítulo 19
«Yo también sabía jugar solo»
NICOLA
La caída fue tan abrupta que me dejó sin aire.
Una semana. Solo una semana separaba el calor húmedo y electrizante de la terraza en Mónaco del gélido vacío que ahora envolvía a Rydell.
Era como si alguien hubiera apagado un interruptor dentro de él.
O, más precisamente, como si hubiera cambiado de canal mientras yo seguía atrapado en la misma frecuencia.
Por más que intenté contactarlo, acercarme de algún modo, él me empujaba hacia afuera como si de pronto yo fuera el enemigo número uno del mundo. Una maldita plaga.
Y comenzó a molestarme más que quedar fuera de carrera.
El vuelo desde Mónaco a Italia lo hizo sentado lo más lejos posible de mí en el avión.
Si hubiera podido, seguro se colaba en la cabina con los pilotos.
Intenté detenerlo del brazo cuando íbamos a bajar, y me respondió con un «ahora no es buen momento» tan brusco que me dejó la mano suspendida en el aire, como un idiota.
El problema fue que, de pronto, ningún momento era buen momento.
La mirada gélida que me dedicaba era como un martillazo a los cimientos bajo mis pies, desestabilizándolo todo.
Justo cuando lograba enfrentar la posibilidad de que aquella dinámica íntima me gustaba más de lo que debería, él aparecía para empujarme de nuevo fuera de los límites del juego.
¿Fue algo que dije esa noche? ¿Lo hice mal?
¿Le asustó que se me escapara aquello de «una próxima vez»?
¿Solo le gustaba esto si era después de una carrera, con el sudor aún en la piel y la adrenalina bombeando?
Con su silencio, el ruido de adentro volvía. Y sabía que se me escapaba de las manos, pero, mierda, me molestaba. ¿Qué mierda le había pasado?
En Italia, en las instalaciones del simulador, la transformación fue aún más evidente.
Donde antes había miradas cargadas de electricidad contenida, ahora había un vacío profesional.
Donde antes sus hombros rozaban los míos con deliberada casualidad, ahora mantenía una distancia de un metro, calculada y fría.
No era el odio antiguo, ese fuego familiar que al menos me confirmaba que existía en su paisaje emocional.
Esto era algo nuevo. Esto era la indiferencia.
Y era mil veces peor.
Durante las sesiones en el simulador, su voz por el radio interno era un informe técnico, desprovisto de toda emoción, como si lo transmitiera un ordenador.
—Tu trazada en la curva 7 es demasiado lenta, Ravelli. Estás perdiendo tres décimas.
No era «Nico». No era un susurro cargado de doble sentido. Era «Ravelli». Un piloto más. Un error en la telemetría.
Yo, por mi parte, era un desastre. Cada vez que su voz impersonal sonaba en mis auriculares, mis manos sudaban sobre el volante.
Cometí errores estúpidos, me pasaba de los límites de la pista, mi concentración se desvanecía como humo en el aire.
Dylan, mi ingeniero, no dejaba de preguntarme si me sentía bien.
—Estoy bien —mascullé por enésima vez, mientras en la pantalla mi coche se salía en la curva 4 por quinta vez consecutiva—. Lo siento. Voy a concentrarme.
Distraído. Esa era la palabra más estúpida para describir el terremoto interno que estaba viviendo.
Estaba enojado. Tan molesto como cuando se fue y, después de su salida, solo vino el silencio.
Nada más que un muro. ¿Eso era todo? ¿Así sería siempre?
Llega, remueve todo, y cuando se le da la maldita gana, me deja arrumbado como un coche averiado.
Le estaba dando demasiadas vueltas. Lo sabía. Pero no podía parar.
En la sala de control, rodeados de pantallas que escupían datos en tiempo real, intenté acercarme.
—Rydell, sobre la curva 7, ¿no crees que...?
Él ni siquiera volvió la cabeza. Su respuesta fue dirigida a uno de los ingenieros, como si mi voz fuera interferencia de radio, ruido blanco sin importancia.
—James, ¿puedes ajustar el diferencial en la salida? Siento demasiado subviraje.
Me quedé allí, con la palabra muriéndose en mis labios, sintiéndome invisible. Un fantasma en mi propia vida.
Lo intercepté en la salida, ya sin paciencia.
—¿Qué mierda te pasa? —le espeté, arrinconándolo en el pasillo que llevaba a los vestuarios. Mi voz sonó desesperada, quebrada, ajena a mí mismo. Yo era el único que parecía no haber leído el guión de esta nueva y horrible obra.
Rydell se detuvo. Por fin, sus ojos se posaron en mí. Pero no había nada en ellos. Ni odio, ni deseo, ni el triunfo del cazador. Solo un fastidio leve, como si yo fuera una mosca persistente en un día de calor.
—Estoy trabajando, Nicola —dijo, y mi nombre en su boca sonó a distancia infinita, a un abismo que no sabía cómo cruzar—. Algo que deberías intentar. Los resultados en el simulador hoy son patéticos.
Sus palabras me atravesaron como un cuchillo de hielo. No era el insulto lo que dolía, era la frialdad clínica con la que lo pronunciaba, como si estuviera evaluando el rendimiento de un componente defectuoso del coche, listo para ser reemplazado.
—No me vengas con esa mierda de los datos —repliqué, con el pecho apretándose en una jaula invisible—. ¿Qué pasó? ¿Fue lo de la terraza?
Una ceja se alzó, ligeramente. Un gesto mínimo que hizo que me ardieran las manos con ganas de golpear la pared.
—Fue hace días, Nicola. Ni siquiera he pensado en eso. Tenemos la presión del equipo encima, estoy tratando de concentrarme aquí. Te sugiero que hagas lo mismo.
—¿Desde cuándo te importa? —Mi voz se quebró, la rabia y la humillación hirviendo en mi sangre como ácido—. ¿Y todo lo que dijiste? ¿Las reglas, el monstruo, esa mierda de que no había que nombrarlo? ¿Toda esa basura de «no quiero parar»? ¿Que no ibas a parar?
Finalmente, se movió. Dio un paso hacia mí, y por primera vez en días, la proximidad no fue eléctrica. Fue opresiva. Su mirada me desnudó de arriba abajo, despectiva, como si inspeccionara los restos de algo que un día valió la pena.
—¿En serio, Nicola? —Su voz goteó veneno—.
¿Vas a ser tan patético como para aferrarte a las palabras de un hombre que estaba con la polla en la mano?
Dije lo que había que decir para conseguir lo que quería.
Y lo conseguí. Fin de la historia. Ahora, deja de arrastrarte y ponte a trabajar.
Tu rendimiento de hoy es una vergüenza para la escudería.
Me quedé paralizado, clavado al suelo como un árbol alcanzado por un rayo.
Sus palabras eran puñaladas colocadas con una precisión quirúrgica, diseñadas para hundirse justo donde más dolía: mi profesionalismo, mi orgullo, esa verdad retorcida de que él siempre había sostenido las riendas y yo solo había sido un títere al que dejaba bailar.
—Estás mintiendo —susurré, pero mi voz tembló en el último instante. Ya no estaba seguro de nada.
—Lo que estoy —dijo él, rozándome al pasar con la frialdad de un cuchillo que no se digna a cortar—, es ocupado. No tenemos nada más que hablar, Ravelli.
Me quedé allí, pegado a la pared, escuchando cómo sus pasos resonaban en el pasillo vacío como martillazos contra el frágil cristal de mi cordura. Uno, dos, tres. Cada eco una grieta nueva. ¿Qué había pasado? ¿Qué demonios había cambiado entre la noche en Mónaco y esta mañana en Italia?
¿Era eso todo? ¿Un ardid? ¿Una mentira calculada para…
? ¿Para qué? La explicación era tan simple, tan cruel, que resultaba casi creíble.
Era el tipo de cosa que el Rydell que yo creía conocer sería capaz de hacer: jugar conmigo hasta llevarme al borde del abismo y luego soltarme, aburrido del espectáculo.
Pero algo no encajaba. Algo en la frialdad absoluta de sus ojos, en la precisión quirúrgica de su desprecio, me decía que esto era distinto a su odio habitual. Eso —el odio de siempre— al menos tenía pasión. Esto... Esto era como ser ignorado por un muro.
El resto del día fue una niebla densa, de esas que te envuelven los huesos y no te dejan ver más allá de tu propia respiración.
Cumplí con las sesiones del simulador como un autómata, mi cuerpo ejecutando los movimientos mientras mi mente giraba en un bucle infinito, atrapada en la repetición de sus palabras, en la forma en que había dicho mi apellido como si escupiera algo amargo.
Ravelli.
La siguiente carrera fue en Austria. Una semana después. Siete días que se estiraron como siglos, cada hora un recordatorio de su ausencia y de mi propia impotencia.
Ainara no pudo acompañarme en esa fecha.
La necesité como nunca, pero la agenda no lo permitió.
No quería hablar de Rydell con Cyra, la psicóloga del equipo; ella estaba allí para ayudarme con lo relacionado a la pista, con el rendimiento, con la cabeza en carrera.
Rydell tenía que ser otra historia, un capítulo aparte que yo debería poder cerrar sin ayuda.
Excepto que no era un capítulo aparte. Rydell era el hilo que atravesaba cada página, cada curva, cada latido. Pero yo no quería aceptarlo. No podía.
Eso no significó que los medios no notaran la tensión nueva que flotaba entre nosotros como un muro de cristal: invisible, pero imposible de atravesar.
Las excusas vagas de Rydell, los silencios donde antes había provocaciones calculadas...
todo apuntaba a lo mismo: de pronto, éramos enemigos jurados.
Y estaba empezando a resultarme absurdamente molesto.
¿Qué quería demostrar con todo esto? ¿Esta era su venganza, después de todo? ¿Confundirme? ¿Humillarme?
La primera estocada llegó en una entrevista con ambos pilotos, de esas que el equipo de marketing nos mete para contentar a los patrocinadores.
Nos sentaron juntos frente a una cámara, lo suficientemente cerca para que sintiera el calor de su brazo, lo suficientemente lejos para que el abismo entre nosotros fuera palpable.
—Rydell, Nicola —comenzó la periodista, con una sonrisa de manual—, han mostrado una química fascinante en la pista, con ese duelo en Mónaco. ¿Creen que este juego interno puede convertirse en la fuerza que lleve a Auronox de vuelta a lo más alto?