Capítulo 18 #4
Nicola negó de nuevo, un movimiento negado, como si la pregunta fuera demasiado grande para abarcarla.
Kyle le retiró la camisa, dejando al descubierto su piel pálida, y él ni siquiera pareció notarlo.
Su expresión era un mapa de rabia autodestructiva y vulnerabilidad brutal, una combinación que solo yo conocía. Que creía que solo yo conocía.
—¿Qué siento? —su voz fue un gruñido, roto por el hipo y la desesperación—. ¿Qué carajo puede importar lo que sienta? Lo arruiné. Le quité todo. Y lo peor... Lo peor es que lo volvería a hacer.
Sollozó, un gemido entrecortado cuando la mano de Kyle bajó por su abdomen y desapareció del encuadre, gracias a Dios. Pero mi mandíbula ya crujía, los dientes apretados hasta el dolor.
—Prefiero que me odie por siempre —continuó Nicola, con una claridad repentina y devastadora—, a ser solo un recuerdo borroso en su puta cabeza. ¿Eso te responde? ¿Entiendes ahora lo enfermo que está esto? Siempre fue él, mierda.
Se calló, la respiración entrecortada, el pecho subiendo y bajando en un ritmo errático.
Luego, miró fijamente a un punto por encima de la cámara —quizás a Kyle, quizás a un fantasma que solo él veía— y sus palabras siguientes salieron en un susurro devastador, cargado de un secreto que nunca debió ser contado, al menos no así, no a ese hombre:
—Tal vez una parte retorcida de mí… siempre estuvo un poco enamorada de él.
El vídeo se cortó ahí.
No me moví. No respiré. El agua seguía corriendo en el lavabo, un torrente inútil que llenaba el silencio con su rumor monótono. La pantalla de mi teléfono se apagó, devolviéndome un reflejo fantasmagórico de mi propio rostro.
Cada frase era un golpe directo al centro de mi pecho, desgarrando la frágil narrativa que había construido durante dos años.
No fue un accidente, y al mismo tiempo, lo fue siempre.
Fue un acto de posesión desesperado, el berrinche de un niño que había pasado toda su vida jugando al mismo juego con su mejor amigo, sin saber que el tablero era en realidad un campo de minas.
El rencor, ese pilar sobre el que había reconstruido mi identidad, se desmoronó como arena mojada.
No sentí rabia. No inmediatamente.
Lo primero fue un vacío. Un desgarro en el tejido de mi realidad, como si alguien hubiera tirado de un hilo y toda la trama se estuviera deshaciendo.
Todo, cada mirada de odio que le había dedicado, cada palabra afilada, cada castigo silencioso...
todo había sido basado en una mentira. O peor, en una verdad que yo me había negado a ver, enterrada bajo escombros de orgullo y miedo.
Mi reflejo en el espejo ya no mostraba a un vengador. Mostraba a un títere. Él me había estado moviendo todo este tiempo, incluso cuando yo creía firmemente llevar los hilos.
Entonces, la rabia llegó.
No fue un incendio repentino, sino una erupción contenida, lava a punto de desbordarse.
Respiraba con dificultad, como un animal acorralado, el pecho expandiéndose en busca de aire que no llegaba.
El mensaje de Kyle seguía ahí, en mi teléfono.
Un recordatorio obsceno de que esa verdad —una verdad que ni siquiera nosotros nos atrevíamos a nombrar en voz alta— estaba ahora en manos de un oportunista.
Un hombre que acababa de demostrar que conocía el precio de Nicola.
Y ahora, estaba cotizando el mío. Un hombre que había tocado a Nicola, que lo había visto vulnerable, que había escuchado sus secretos más profundos mientras sus manos recorrían su piel.
Y de repente, todo se aclaró.
La rabia encontró un canal. Un propósito nítido como el filo de un cuchillo recién afilado.
Una calma mortal descendió sobre mí. El tipo de calma que precede a un impacto a más de trescientos kilómetros por hora, cuando el mundo se ralentiza y solo existe el siguiente movimiento.
Me enderecé. El dolor en mis manos al apretar el lavabo era un latido constante, un recordatorio de mi humanidad, de mi fragilidad. La misma fragilidad que Nicola había confesado en ese video.
Cogí el teléfono. Mi pulgar se cernió sobre el teclado; el agua de mis dedos manchó la pantalla, pequeñas gotas que distorsionaban las letras.
Mi respuesta a Kyle fue corta, fría y perfecta:
«Mañana a las 11:00, entonces».
Apreté el teléfono con tanta fuerza que el cristal crujió bajo mis dedos, una queja mínima que apenas registré. Tal vez la furia en mi pecho no estaba dirigida al cien por ciento hacia Kyle. No aún.
Sino hacia Nicola. Por su debilidad. Por haber dejado que alguien más escuchara esto, por haberse desnudado ante el depredador equivocado. Por haber convertido nuestro monstruo —ese secreto a voces que siempre nos perteneció solo a nosotros dos— en un arma que otro podía usar contra nosotros.
Y hacia mí. Por haber creído, incluso por un segundo, que lo que pasó en esa terraza era un secreto a salvo. Por no haber previsto esto, por no haber visto más allá de mi propia sed de venganza. Por no haberlo protegido de sí mismo. Por no haberlo protegido de mí.
La próxima vez no sería en un jacuzzi, había dicho.
Miré mi reflejo en el espejo, los ojos ahora fríos y planos como el acero. La boca, una línea delgada y despiadada.
No. La próxima vez no sería en un jacuzzi.
La próxima vez sería en las ruinas que estaba por crear.