La línea que no cruzamos Capítulo 18 #3
51%

Capítulo 18 #3

Llegué a mi suite y la puerta se cerró tras de mí, sellando el silencio lujoso que siempre me había parecido un consuelo vacío.

Un ataúd forrado de seda. Ahora, ese silencio era ensordecedor, un zumbido blanco que amplificaba cada latido de mi pecho.

Me despojé de la ropa empapada, dejándola caer en un montón húmedo sobre el mármol frío.

Cada prenda liberaba el olor a cloro de la piscina, a la noche monegasca cargada de salitre y excesos, y debajo de todo, incrustado en las fibras como una maldición, el rastro fantasmal de su colonia, de su sudor, de él.

Un fantasma que se negaba a exorcizarse.

Encendí las luces del baño y el resplandor me cegó un instante, un fogonazo blanco que borró el mundo.

Cuando la imagen regresó, el espejo me devolvió la mirada de un extraño.

Ojos demasiado brillantes, un brillo febril que no recordaba.

El cabello alborotado, todavía con la marca de sus dedos.

La sombra de un cansancio que no era solo físico, sino una grieta más profunda, excavada capa tras capa durante años.

Me acerqué al lavabo, apoyando las palmas de las manos en el mármol.

Su frialdad se filtró en mi piel como un recordatorio.

No había marcas visibles que delataran lo ocurrido en la terraza, ninguna prueba física de su derrumbe o del mío.

Pero yo me estaba volviendo paranoico. O quizá siempre lo fui, y él era el único espejo donde podía verlo con claridad.

Tal vez ambas. La ironía era tan amarga que casi pude saborearla, un regusto metálico en la lengua.

Abrí el grifo y salpiqué agua fría en mi rostro, una y otra vez, intentando lavar la sensación de su piel bajo mis dedos, el sonido de su jadeo roto, el sabor de su rendición que aún flotaba en el aire que respiraba.

No funcionó. Era como intentar lavar una mancha que estaba debajo de la piel, no sobre ella. Algo incrustado en los huesos.

Y entonces, sonó mi teléfono.

El zumbido fue un tajo brusco en el silencio obsesivo de mis pensamientos.

No era el tono del equipo, ni el de mi manager.

Era uno genérico, el que asigno a los números no guardados.

Un periodista, probablemente. O algún adinerado aburrido del yate de esta noche, buscando prolongar la fiesta en la intimidad.

Casi lo ignoro. Casi lo apago y me meto bajo el chorro de agua hirviendo de la ducha, intentando disolver la noche a base de calor y vapor.

Pero algo —una punzada de intuición, ese sexto sentido que se agudiza cuando vives al borde del abismo— me hizo estirar el brazo y cogerlo.

La pantalla se iluminó. Un número desconocido. Y un mensaje de texto corto, precedido por un archivo de vídeo.

Número desconocido

(Archivo adjunto: video_privado_NR.mov)

Buenas noches, Rydell. Sé que es tarde. Disculpa la intrusión.

Soy Kyle. Quizás Nicola te haya mencionado mi nombre.

Fuimos… cercanos, durante un tiempo. Lo cuidé cuando tú no estabas.

Durante ese periodo, Nicola confió en mí cosas que estoy seguro nunca te ha dicho. Cosas sobre Suzuka. Sobre sus verdaderos sentimientos. Cosas que cambian por completo la historia que crees conocer.

El video adjunto es solo un fragmento. Una muestra de la verdad que él ha estado ocultando.

No te lo envío como una amenaza, sino como una advertencia entre caballeros.

Tú y yo somos los únicos que entendemos lo frágil que puede ser Nicola.

Los únicos que sabemos que la versión pública de él es una fachada.

La prensa haría picadillo esta verdad. Arruinaría la imagen que tanto le costó construir a él… y te pondría a ti en una posición insostenible. No quiero eso. De verdad.

Pero esta información es demasiado valiosa…

Entenderás mi posición en esto, ¿verdad? Sé que quieres algo de él. Y yo también.

Estaré en el bar del Hotel XX mañana a las 11:00. Ven solo. Hablemos sin rencor.

La sangre se me heló en las venas. No fue un enfriamiento gradual, sino un glaciar entero desplomándose en el centro de mi pecho, ahogando el calor residual de hacía solo minutos.

Mi pulgar, entumecido, se cernió sobre el archivo adjunto.

No quería pulsarlo. Quería arrojar el teléfono contra la pared de mármol y verlo estrellarse en mil pedazos, enterrar la evidencia bajo cascos de cerámica.

Pero la misma parte de mí que necesitaba control, que necesitaba saber cada uno de sus movimientos, cada pensamiento que cruzaba su mente, me obligó a hacerlo.

El vídeo era de mala calidad, grabado con un móvil en un entorno con poca luz.

Nicola, visiblemente borracho, los ojos vidriosos, la camisa desaliñada y medio desabrochada.

Estaba recostado contra una pared que no reconocí, hablando con alguien fuera de campo.

La misma persona que, con una parsimonia calculada, estaba desabrochando los botones de su camisa.

Casi aparté la mirada. Casi apagué el maldito teléfono. ¿Qué mierda estaba viendo?

La voz de Kyle, edulcorada y falsa como un caramelo envenenado, preguntó desde fuera de campo:

—¿Y Rydell? ¿En serio no sabes nada de él?

Nicola negó con la cabeza, un movimiento torpe, de alguien que ya ha perdido la batalla contra el alcohol. Su voz, cuando habló, salió arrastrada y entrecortada, pero cada palabra atravesó la pantalla como una daga.

—¿Cómo podría? A veces pienso... ¿y si lo hice a propósito?

No para lastimarlo... nunca para eso... sino para que...

Para que no me olvidara. Porque si se iba para siempre, era como si yo también dejara de existir.

Es retorcido, lo sé. Pero es él... Siempre fue él.

Desde que teníamos doce años. Y yo era tan estúpido que la única forma que encontré de que me mirara... fue rompiéndolo.

La calidad es mediocre. Nicola está borracho, realmente borracho. Sus ojos verdes están vidriosos y perdidos. Kyle está fuera de cámara, pero su voz se escucha, suave y empalagosa, como la de un domador hablando con una fiera herida.

—Nico, en serio... todo el mundo habla de eso. Dime la verdad. ¿Qué sientes por él?