La línea que no cruzamos Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Me volví y miré hacia el borde de la terraza, volviendo a colocarme el cinturón en su lugar con movimientos mecánicos, dejándole a mis espaldas el espectáculo de nuestra ruina compartida.

Las luces de Mónaco titilaban abajo, frías y distantes como diamantes falsos.

Un mundo entero de gente que no tenía ni idea de que aquí arriba, en este penthouse de vapor y locura, acabábamos de cruzar un punto de no retorno.

Uno de los tantos que cruzábamos constantemente.

Y sin embargo, este se sentía diferente.

Sentí su mirada clavada en mi espalda como una marca a fuego lento. Podía olerlo en mi piel, impregnado en cada poro; el sabor salado de su sudor mezclado con el cloro, con él. Con nosotros.

—¿La gente tiene razón? —preguntó su voz, emergiendo desde la penumbra detrás de mí—. En los foros, lo que dicen. No saben nada, pero... tienen razón, ¿verdad?

No me di la vuelta. Apreté los labios mientras apartaba mi cabello mojado hacia atrás, ganando tiempo. Gastándolo como quien quema dinero sabiendo que es la única forma de no llevárselo a la tumba.

—¿Sobre qué? —pregunté, aunque lo sabía con la misma certeza con la que conocía la presión exacta de sus dedos sobre mi piel.

Quería oírselo decir. Quería que pusiera palabras a ese monstruo que acabábamos de alimentar entre los dos, con las manos y los dientes y esa urgencia desesperada de quien se ahoga.

—Sobre esto —respondió. Un movimiento de agua, un oleaje contenido, me dijo que se estaba levantando—. No es normal.

Finalmente, me volví.

Estaba de pie, aún vestía solo su ropa interior, mi camisa arrugada colgando de su mano como un trofeo o una prueba del crimen.

No parecía avergonzado. Parecía... resignado.

Como si hubiera aceptado una verdad que a mí aún me quemaba en la garganta, incrustada como una espina que no podía tragar ni escupir.

—Por supuesto que no es normal —respondí, y mi voz sonó más cansada de lo que quería—. Pero es nuestro. No suyo.

—Rydell, la gente...

—La gente —corté, y esta vez el filo apareció, inevitable— siempre necesita ponerle nombre a las cosas que no entiende. Les asusta el vacío. Les aterra la idea de que dos personas puedan habitar un espacio que no tiene una etiqueta bonita, que no encaja en sus cajitas de cartón con moño.

Caminé hacia él, despacio. El agua goteaba de mi ropa y formaba un pequeño charco a mis pies, un territorio que se expandía con cada paso. Me detuve a solo un palmo de distancia, lo justo para ver cómo sus pupilas, ya dilatadas, se abrían aún más, devorando el iris.

—¿Quieres que te dé un nombre, Nicola? —Avancé medio paso, el agua lamiendo sus pies descalzos—. ¿Quieres que te diga que esto es amor? ¿O lujuria? ¿O probablemente odio? ¿O una mezcla patológica de las tres, un cóctel que ningún barman sabría preparar porque sus ingredientes no deberían mezclarse?

Su respiración se entrecortó, un pequeño jadeo que apenas rompió el silencio.

Pero mis palabras no lo asustaron. Lo vi claro en sus ojos: lo liberaron.

Porque le estaban dando permiso para no tener que explicarlo, para no tener que encajarlo en ningún molde que el mundo pudiera entender.

Para simplemente... ser. Conmigo. En este limbo que nos habíamos construido.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó, y su voz era apenas un suspiro, un hilo de voz que amenazaba con romperse.

—Ahora —dije, inclinándome ligeramente hacia adelante, invadiendo su espacio, su aire, su cordura— dejas de pensar tanto y te concentras en darles algo a ellos y esto a mí.

Les damos un espectáculo. Les damos duelos en la pista y miradas cargadas en el paddock.

Les damos suficiente material para que especulen, para que sueñen, para que escriban sus novelas baratas. Pero nunca, nunca, lo que me das a mí.

Me acerqué un paso más, y él no retrocedió. Su pecho casi rozaba el mío, la electricidad entre nosotros tan densa que podía saborearla en el aire.

—La confirmación lo mataría —susurré, mi voz convertida en algo grave, casi animal—.

Lo haría real. Demasiado real. Y esto...

—mi mirada recorrió su cuerpo desnudo, vulnerable, expuesto— esto no funciona en la realidad, Nicola.

Solo funciona aquí, en los bordes. En los márgenes.

En los sitios donde nadie más se atreve a mirar.

Su respiración se aceleró, entrecortada. Lo estaba llevando de vuelta a terreno conocido. Al juego. A nuestra danza infinita. No quería verlo perder la cabeza, no todavía. No cuando aún necesitaba que estuviera entero para seguir bailando.

—Así que es otra regla —murmuró, y no era una queja. Era una constatación. Una aceptación que dolía más que cualquier rechazo.

—Es la única regla —corregí, mi voz un susurro áspero, como papel de lija—. La que siempre ha estado. No le des nombre al monstruo, porque el día que lo hagas, dejará de ser nuestro y será de todos ellos.

Señalé con un movimiento de cabeza hacia las luces de la ciudad que parpadeaban al otro lado del ventanal, hacia el mundo que esperaba devorarnos.

—Y entonces, te devora. Nos devora.

El silencio cayó entre nosotros, denso y húmedo como el aire de la terraza.

Mientras masticaba mis palabras, vi el conflicto en sus ojos: el deseo casi infantil de definir lo que sentía, de darle una categoría que pudiera entender, una casilla donde guardarlo ordenadamente; contra el instinto más profundo y perverso que ambos compartíamos, ese que nos unía como un pacto de sangre: el de preservar esto.

Este infierno privado. Esta condena a medida.

Lo único que nos hacía sentir algo en un mundo donde todo lo demás se había vuelto ceniza.

Levanté una mano y apoyé la punta de mi dedo índice justo en el centro de su pecho, sobre el esternón, sintiendo el latido acelerado y furioso bajo la piel, un pájaro enjaulado golpeando contra las costillas. A él se le cortó la respiración, un pequeño espasmo que recorrió su cuerpo.

—Esto no va a parar —dije. No era una pregunta. Era una profecía. Una maldición que nos echaba a los dos, un nudo corredizo alrededor de nuestros cuellos, atados por la misma soga.

Sus ojos se cerraron, las pestañas mojadas aún temblorosas.

Un temblor recorrió su cuerpo de pies a cabeza.

No era de miedo. Era de alivio. El alivio del adicto al que le confirman que su dosis seguirá estando disponible, que el camello no lo ha abandonado, que el infierno tiene una puerta giratoria y ambos estamos condenados a encontrarnos siempre en el centro.

—No —aceptó al fin, con una simpleza que lo volvía todo mucho más aterrador—. Yo no quiero que pare.

—Entonces no hablemos de ello —concluí, bajando la mano lentamente, sintiendo el calor de su piel incluso después de separarme—. Las palabras solo lo estropean.

Él apartó la mirada, y yo lo tomé como una señal de que esto había terminado. Al menos por ahora. Al menos hasta la próxima vez que el mundo nos empujara el uno contra el otro y decidiéramos, una vez más, arder juntos.

Me giré y caminé hacia la puerta que llevaba al interior del hotel, dejando atrás el vapor, el agua estancada y el olor a nosotros —a cloro, a sexo, a sudor, a algo que no sabía nombrar pero que reconocería en cualquier parte.

Cada paso era un esfuerzo consciente, como si el aire se hubiera vuelto denso, casi sólido, y tuviera que abrirme camino a codazos.

Mis dedos encontraron el pomo de la puerta, frío contra mi piel todavía caliente, ardiendo.

—Rydell.

Su voz me detuvo en seco, un látigo invisible enroscándose en mi tobillo.

Me quedé allí, con la espalda vuelta hacia él, inmóvil. Esperando. El silencio se extendió, interminable, tan pesado como la humedad en el aire, cargado de algo nuevo, algo que no había estado antes en esta ecuación.

—La próxima vez —dijo, y su voz era clara, firme, sin rastro del jadeo de hace unos minutos. Sin rastro de vulnerabilidad—. No va a ser en un jacuzzi.

Un latigazo de puro fuego me recorrió la columna vertebral, encendiendo cada terminación nerviosa.

No era una pregunta. Era una declaración de intenciones.

Una reclamación de territorio. Un «yo también pongo las reglas» dicho sin decirlo, con esa soberbia que solo él podía tener cuando estaba desnudo y mojado y oliendo a mí.

Casi me volví. Casi crucé la distancia de un salto y lo arrinconé contra la pared de azulejos para exigirle que explicara esa osadía, para castigarlo por tomarme por sorpresa, por robarme el control de la narrativa una vez más.

Por recordarme que, aunque él se rompiera, aunque él sangrara, aunque él temblara, seguía siendo Nicola Ravelli.

Y Nicola Ravelli nunca se entregaba del todo.

Pero no lo hice.

En su lugar, un sonido se escapó de mi garganta. No era una risa, era algo más oscuro, más primitivo. Un gruñido de reconocimiento. De aceptación. De ya era hora.

—No —respondí, sin volverme, la voz teñida de algo que podría haber sido aprobación o advertencia—. No lo será. Y lava mi camisa, Ravelli. Huele a ti.

Y entonces, sin esperar respuesta, abrí la puerta y crucé al otro lado.

El pasillo del hotel me recibió con su aire acondicionado, su olor a ambientador corporativo y su iluminación suave y anodina.

Caminé por el pasillo alfombrado, sintiendo la ropa empapada pegada a mi piel, la marca de sus uñas en mis caderas, el eco de sus palabras en mis oídos.

No me detuve a pensar. No quería repetir el error que acababa de señalar en Nicola: actuar sin control, dejarse arrastrar por el vértigo del momento.