Capítulo 18
«No es normal, pero es nuestro. No suyo»
RYDELL
Me prometí no darle vueltas a esto, pero me es imposible no repasar una y otra vez el hecho de que juré volver para retomar el control de mi vida, para expulsar el rencor de mis venas y demostrar que merezco este lugar.
Y ahora mismo, me importa más Nicola con su mano a un centímetro de mi erección que haber sumado cuatro puntos en la carrera de hoy.
Así que sí, le estoy dando vueltas.
Me gusta. Joder, probablemente sea lo mejor que he sentido en meses. ¿Puede Nicola estar por encima del coche, del deporte que ha rodeado mi vida entera y controlar esto que se suponía que yo controlaría en primer lugar?
La respuesta asusta. Pero es obvia.
Era algo físico, lo sabía. Necesitaba comprobar que mi presencia aún le raspaba la piel, que seguía siendo la astilla clavada en el centro de su rutina.
Para reafirmarlo, la estrategia era simple: golpear justo donde residía su fragilidad, esa intimidad celosamente guardada a la que pocos accedían. Era suficiente. No quería más.
Excepto que eso era una mentira.
Porque en el fondo quería más. Quería hundirme en esos temblores que preceden al gemido, en la piel que se eriza con una palabra susurrada al oído, en el aliento que se quiebra con un solo roce.
Quería ser dueño de los hilos de esta marioneta, ignorando el hecho obsesivo de que la mano que los manejaba, desde el comienzo, había sido irrevocablemente la suya.
Sus manos no vacilaron. Encontraron mi cinturón bajo el agua turbia del jacuzzi, sus ojos verdes, con las pestañas húmedas y brillantes, miraban hacia abajo mientras su pecho desnudo subía y bajaba en un ritmo errático.
Iba a volverme loco. El metal cedió y ni siquiera se molestó en retirarlo del todo.
Me bajó la cremallera, la tela empapada se deslizó con una pesadez obscena, y entonces, su mano me encontró.
El agua caliente no era un lubricante, era un elemento hostil.
Una resistencia deliberada. Sus dedos se cerraron alrededor de mí con una urgencia febril, pero el movimiento no era suave.
Era una fricción áspera, casi brutal, potenciada por ese medio acuático que lo entorpecía todo.
Y sin embargo —o quizás precisamente por eso— resultó electrizante.
El sonido quedaba ahogado por el burbujeo incesante, creando una intimidad violenta y sellada, un secreto a voces que solo nosotros dos escuchábamos.
Apoyé la frente contra su hombro, un gesto de debilidad que no pude contener.
Mi respiración se quebró en algún punto entre mi garganta y sus clavículas.
Mis propias manos treparon por sus caderas bajo la superficie, las uñas clavándose en su piel en un intento desesperado por anclarme a la realidad.
La sensación era abrumadora, pero también incómoda.
Una tensión que crecía en la dirección equivocada, como un motor forzado más allá de sus revoluciones.
—No —el gruñido me salió rasgado, un mandato dirigido tanto a mí mismo como a él—. Detente.
Mis manos atraparon las suyas, deteniendo su movimiento en seco. Por un instante, vi el destello de confusión y dolor cruzar sus ojos. Pero luego, con una fuerza que le arranqué de la nada, lo empujé hacia arriba, hacia el borde del jacuzzi.
—El agua me molesta —dije entre dientes, mi voz áspera como lija, la respiración hecha trizas.
Él entendió. Salió del agua con el cuerpo escurriendo, su silueta recortada contra el tapiz de luces de la ciudad que parpadeaban al fondo.
Yo lo seguí, empujándolo con una mano en el pecho hasta el borde del jacuzzi, el agua resbalando por mi cuerpo y cayendo sobre él.
Ahora, sin la resistencia incómoda del agua, apoyé una palma a un lado de su cabeza y, con la otra, me encargué de liberar su erección sin permiso ni preámbulo.
El gemido ronco que soltó al contacto me hizo esbozar una sonrisa feroz contra su cuello.
Bajé mi cadera y ambos nos encontramos en una fricción que nunca imaginé que podría hacerme sentir tan jodidamente bien.
Tomé su muñeca y obligué a su mano a descender.
Él obedeció sin resistencia; a estas alturas, estaba seguro de que, incluso si le pidiera una locura, lo haría sin dudar.
Nos tomó a ambos. Sus dedos, empapados y cálidos, se cerraron alrededor de nuestras pieles con una fricción perfecta, limpia, directa.
El sonido que brotó de su garganta entonces fue diferente.
Más profundo. Más rendido. Un gemido largo y desgarrado que no intentó contener, que se derramó por sus labios como un vino oscuro.
Sus dedos se enterraron en mi cabello, no para guiarme, sino para aferrarse, para no caer, mientras su cuerpo se arqueaba hacia delante como un arco tensado hasta el límite.
Un gruñido primitivo ascendió por mi garganta mientras empujaba mi cadera contra su mano, buscando más, siempre más.
Fue rápido, intenso y brutal. Un final mucho más visceral de lo que el agua habría permitido jamás. Unos pocos movimientos firmes y certeros, con el sonido húmedo de nuestra piel y su respiración jadeante como única banda sonora.
Y entonces, lo sentí. El temblor que recorrió su cuerpo no fue solo suyo.
Fue un terremoto compartido, una sacudida sísmica que partió desde donde nuestras pieles se frotaban sin pudor y estalló en mis propias terminaciones nerviosas con la fuerza de un impacto.
Un gemido ronco, desgarrado, se le escapó de los labios, y la nueva fricción contra sus espasmos involuntarios fue el detonante que necesitaba.
Mi mundo estalló en blanco.
No fue un éxtasis controlado, de esos que uno puede dosificar y guardar.
Fue una rendición total. Una capitulación de cada músculo, cada hueso, cada pensamiento que no fuera él.
Mi frente se aplastó contra su hombro, mis dientes se cerraron en su piel mojada sin llegar a ejercer presión real y un sonido que no reconocí como mío —un quejido profundo y gutural, casi animal— se liberó de lo más hondo de mi pecho mientras me vaciaba en su puño, en su piel, en este espacio maldito que habitábamos los dos.
Por un instante que se estiró como una eternidad, no hubo nada más. Solo el calor de su cuerpo contra el mío, el latido furioso de su corazón golpeándome a través de sus costillas, y el sudor húmedo y pegajoso que ya empezaba a enfriarse entre nosotros.
El silencio fue más ruidoso que cualquier motor.
Solo nuestro jadeo entrecortado, mezclándose con el burbujeo obscenamente alegre del jacuzzi, que seguía su ritmo ajeno a todo.
El vacío que siguió a la explosión no fue paz.
Fue el vértigo de haber saltado de un acantilado al que me había subido voluntariamente, con los ojos bien abiertos.
Mi frente seguía apoyada en su hombro, la piel salada por el sudor y el agua clorada.
Podía sentir cada latido de su corazón, un tambor salvaje y desacompasado que se estrellaba contra mis costillas.
Era el mismo ritmo caótico del mío. Por primera vez en años, estábamos sincronizados en algo que no fuera la destrucción mutua.
Mis manos, que aún se aferraban a sus caderas como a un salvavidas en medio del naufragio, lentamente fueron perdiendo fuerza.
La sensación pegajosa y cálida entre nuestros estómagos era la prueba física de nuestra locura compartida.
Un desastre que habíamos creado juntos, con las manos desatadas y los ojos abiertos.
Me separé.
El aire nocturno golpeó mi piel húmeda donde antes estaba el calor de su cuerpo, un recordatorio frío y brutal de lo que acabábamos de hacer. Mis ojos se elevaron para encontrarse con los suyos.
Nicola jadeaba, sus labios entreabiertos, sus pupilas dilatadas hasta casi borrar por completo el verde de sus ojos.
No había triunfo en su mirada. Tampoco culpa.
Solo un asombro raro, una vulnerabilidad tan absoluta que me hizo querer volver a hundir los dientes en su hombro solo para marcarlo, para certificar que esto era real y no un espejismo más de los muchos que poblaban mis noches.
Ninguno de los dos dijo una palabra.
¿Qué podía decir? ¿«Gracias»? ¿«Esto no volverá a pasar»? Ambas opciones eran una mentira tan colosal como la que me repetía cada mañana frente al espejo: que todo esto era por venganza, que él era solo un objetivo, un casillero más que tachar.
Sin romper el contacto visual —porque hacerlo habría sido admitir la derrota—, busqué a tientas mi camisa, empapada y arrugada en el suelo de piedra.
La usé para limpiarme con movimientos bruscos, prácticos, como quien restriega aceite de un motor con un trapo viejo.
La evidencia de nuestra rendición. Luego, con el mismo gesto desprovisto de ternura, se la arrojé a él.
Cayó sobre su pecho con un sonido húmedo y definitivo.
Él la tomó, sus dedos cerrándose automáticamente alrededor de la tela empapada. Seguía mirándome, como si esperara una orden, una explicación, un gesto que desentrañara el silencio.
No se lo di.
Mis ojos bajaron, sin querer, sin permiso, a la marca que mis dientes habían dejado en su hombro.
Un enrojecimiento tenue, una media luna imperfecta grabada a fuego en su piel.
No había sangre, pero era un sello. Más íntimo y perdurable que cualquier contrato firmado ante notario.
Algo primitivo en mi pecho se aquietó al verla, como un perro que finalmente encuentra su sitio junto a la chimenea.
El ruido del mundo empezaba a filtrarse de nuevo: el lejano zumbido de un yate en el puerto deportivo, una risa ahogada que ascendía desde alguna suite inferior, el tintineo lejano de copas en una terraza vecina. Ya no estábamos a salvo en nuestra burbuja de vapor y deseo.