Capítulo 17 #4
Con un gruñido que fue pura rendición, Rydell intensificó su ritmo.
Ya no era lento y tortuoso. Era feroz, voraz, un huracán que me empujaba sin piedad hacia el precipicio.
Sus manos se deslizaron desde mis caderas hasta mis nalgas, apretando con fuerza bruta, levantándome ligeramente del borde de piedra para hundirme más profundamente en su garganta.
El mundo se había reducido a esto: al calor líquido de su boca, al sonido de mi respiración convertida en jadeos entrecortados, al peso aplastante de su mirada, que me obligaba a mantener los ojos abiertos y verlo.
Ver cómo el gran Rydell Falken se arrodillaba en el agua y me devoraba con un hambre que reflejaba la mía.
Mis dedos se enredaron con más fuerza en su cabello, tirando sin querer.
Él no se quejó. Al contrario, un estremecimiento de puro placer recorrió su cuerpo, transmitiéndose a través de su boca hasta la raíz de mi ser.
Era un circuito cerrado de sensaciones, un feedback de deseo y dominio que nos fundía a los dos.
—Voy a… —logré gruñir, una advertencia desgarrada, mis uñas clavándose en su cuero cabelludo.
Esa fue la señal que él esperaba.
Se apartó con un sonido húmedo que me enloqueció, justo cuando mi cuerpo se tensaba como un arco.
Un gemido largo, desgarrado, se liberó de lo más profundo de mis pulmones.
Mi cuerpo se arqueó violentamente, las caderas empujándose hacia adelante en un espasmo involuntario, encontrando su mano, que había reemplazado a su boca con una presión firme y perfecta.
Mis propias manos se aferraron a los bordes del jacuzzi, agarrándome como si fuera el único punto fijo en un universo que se desintegraba en puro, blanco y cegador éxtasis.
La explosión fue silenciosa y ensordecedora a la vez.
Un torrente eléctrico que me atravesó como un rayo, sacudiendo cada músculo, cada nervio, cada átomo de pensamiento.
Cerré los ojos con fuerza, incapaz de soportar la intensidad, mientras mi cuerpo convulsionaba una y otra vez, entregándose por completo al abismo del placer.
Rydell se mantuvo allí, arrodillado en el agua, observando cómo me desarmaba por él, bebiendo cada último espasmo con ojos oscuros y hambrientos. Luego, su mano me soltó, y la ausencia de su contacto fue un vacío aterrador.
El silencio que cayó fue absoluto, roto solo por el burbujeo hipnótico del agua y el sonido áspero de mi respiración luchando por encontrar un ritmo. Abrí los ojos, la visión aún velada.
Él seguía allí, mirándome. Un rastro blanco había manchado su mejilla. Sin romper el contacto visual, pasó el dorso de la mano para limpiarlo. El gesto era a la vez íntimo y profanador. Dios, a este ritmo, volvería a endurecerme solo con mirarlo.
Me quedé expuesto, vulnerable, con las piernas temblando bajo el agua y el fantasma de su boca aún quemando en mi piel. Sabía, con una certeza que atravesaba los huesos, que nada volvería a ser igual. Que esta noche, finalmente, habíamos nombrado al monstruo que habitaba entre nosotros.
Lo vi levantarse del agua. Su pantalón, empapado, se pegaba a un bulto prominente e innegable. Tragué saliva, seca. Iba a irse. Lo supe en el instante en que mi brazo se extendió por puro acto reflejo. Y en un gesto patético, cerqué su muñeca con mis dedos y lo detuve.
—Aún me debes algo —le recordé, como si necesitara una excusa para lo que mi cuerpo ya ansiaba. Yo estaba libre de deudas, pero él aún me debía ese favor, ese último resquicio de deuda por el cigarrillo.
Él alzó una ceja. No fue sorpresa lo que cruzó su rostro, sino una expectación oscura y complacida. El aire cargado de vapor pareció contener la respiración conmigo.
—Bien —dijo, su voz un susurro ronco que se enredó con el burbujeo del agua—. ¿Y qué es lo que te debo?
Mi corazón martillaba contra mis costillas, no por el miedo de antes, sino por una determinación nueva, temeraria y desesperada.
—Equilibrio —dije y mi voz sonó más firme de lo que esperaba. Mis dedos no soltaron su muñeca. Era mi turno de clavarle un ancla—. Te toca a ti.
Su mirada se oscureció, pero no con enfado. Con un interés profundo, peligroso. Con hambre.
—¿Aquí? —preguntó y fue una provocación pura. Un desafío lanzado sobre las aguas turbias.
Miré a mi alrededor. La terraza desierta, el cielo nocturno de Mónaco como un manto de terciopelo negro, las burbujas del jacuzzi siendo nuestros únicos testigos mudos.
—Sí —respondí, deslizándome del borde de piedra y de vuelta a la profundidad caliente, tirando de él conmigo—. Aquí. Ahora. Para olvidar.
El agua cedió y se agitó, aceptando su peso. Su ropa oscura se empapó al instante, pegándose a cada línea y músculo como una segunda piel reveladora. Ya no había escapatoria. Para ninguno de los dos.
Y mientras mis manos, bajo el agua turbia y las miradas ciegas de la ciudad dormida, encontraban el cinturón de su pantalón, supe que esta rendición —la suya— no traería olvido, sino solo un respiro momentáneo antes del próximo arrepentimiento.
Pero vivir en la ceguera selectiva siempre fue más fácil.
Iba a reclamar una parte de él. No como un favor, sino como un derecho conquistado a sangre y gemidos. Él no tenía que saberlo.
Aunque, en el fondo, en la forma en que sus ojos me devoraban mientras el metal del cinturón cedía, sabía perfectamente que él ya lo sabía.