La línea que no cruzamos Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

—¿Ves? —Su voz era un susurro áspero, un sonido privado que solo yo podía oír sobre el murmullo burbujeante—. No se trata de favores. Se trata de permisos. Y tú siempre me los das.

No pude negarlo. No moví un músculo. Mi cuerpo, traidor y hambriento, se inclinó hacia su mano como una planta hacia el sol agonizante. El pánico y el deseo se fundieron en un solo nudo ardiente en mi garganta, estrangulando toda protesta.

—Van a arruinarte —logré escupir, desviando la atención al único terreno seguro que me quedaba: su destrucción—. Esos rumores... si siguen, los patrocinadores...

—¿Te preocupa mi reputación, Nicola? —cortó, deslizando su mano por mi pierna hasta encontrar el elástico húmedo de mi boxer. Todo mi cuerpo se tensó, y sus dedos se deslizaron bajo la tela—. ¿O te preocupa que si me acorralan, me lleve por delante lo único que tenemos?

Su pregunta me dejó sin aire. Era el eco de cada pensamiento oscuro que había tenido desde que leí esos comentarios. ¿Me preocupaba por él o por esto? Por este espacio retorcido y adictivo que habitábamos, el único lugar donde ambos existíamos de verdad últimamente.

Sus dedos, bajo el agua turbia, trazaron un círculo lento y deliberado en la piel sensible de mi muslo interno. Un fuego eléctrico siguió su recorrido. Cada nervio en mi cuerpo estaba en alerta, gritando, rendido.

—Quiero… olvidar esta noche también. —La petición me arrancó los labios en un susurro, tan baja que casi se perdió en las burbujas. La necesitaba a un nivel vergonzoso, primitivo. Ya no quería hablar. No con el portador de cada bala capaz de perforar mi pecho desnudo.

Prefería esta tortura, este juego peligroso, a la perspectiva de un mundo sin el fuego de su atención.

Un sonido gutural, algo entre un gruñido y un suspiro de aprobación, surgió de la garganta de Rydell. Sus ojos, fijos en los míos, ardían con un fuego que no tenía nada que ver con el de un podio. Era el triunfo oscuro del cazador que ve a su presa ofrecerse voluntariamente.

En un segundo, sus manos abandonaron mi cuerpo y casi emití una protesta nacida de la desesperación, pero luego sentí el movimiento del agua, el desplazamiento de su cuerpo saliendo del jacuzzi.

La tela mojada y pesada de su pantalón rozó mi piel antes de que ese contacto también desapareciera.

Y entonces, en respuesta a mi deseo mudo, sus manos regresaron, posándose en mis caderas, firmes bajo el agua.

No eran caricias. Era un agarre de hierro.

Me levantó con una fuerza que me dejó sin aliento, rompiendo la superficie del agua.

El aire de la noche golpeó mi piel húmeda, erizándola con un millón de puntas de hielo.

No me dio tiempo a recuperar el equilibrio.

Me obligó a sentarme de golpe en el borde más alto del jacuzzi, en el escalón de piedra que bordeaba la pila.

La piedra fría contra mis nalgas desnudas, solo cubiertas por el boxer empapado, fue un shock eléctrico que me recorrió la columna.

Quedé expuesto, sentado a la altura de su cintura, con las pantorrillas aún sumergidas en el agua burbujeante.

Él se colocó entre mis muslos abiertos, el agua mojando la pesada tela negra de su pantalón hasta la rodilla.

Su sombra me envolvía, borrando las luces de Mónaco a su espalda.

No podía verle la cara, solo su silueta contra el cielo estrellado.

Mis manos, temblorosas, se aferraron al borde frío de la piedra a mis costados, buscando un ancla en un mar de sensaciones.

—¿Qué...? —empecé, pero la pregunta murió en mis labios cuando sus dedos se engancharon en la cintura elástica de mi boxer.

Con un solo movimiento brusco, lo bajó hasta mis muslos, liberando mi erección, que ya estaba dura, palpitante y dolorosamente sensible al aire de la noche. Un sonido ahogado, una mezcla de alivio y vergüenza, se escapó de mi garganta. La vulnerabilidad era total, obscena, gloriosa.

Rydell no dijo una palabra. Se hundió de rodillas en el suelo frente a mí.

El crujido de sus rodillas sobre la madera mojada de la terraza fue el único aviso.

Sus manos, fuertes y calientes como el sol del desierto, se cerraron alrededor de mis caderas, clavándome en el lugar.

No era un gesto de ternura. Era una sujeción. Una afirmación.

El primer contacto no fue su boca, sino su aliento.

Caliente, húmedo, una promesa tangible que me hizo arquear la espalda y aferrarme al borde de piedra con los dedos, blanqueándolos.

Luego, la punta de su lengua. Un lametazo largo, lento, desde la base hasta la punta, recogiendo el agua que goteaba y mezclándola con el líquido que ya asomaba, salado y propio.

Fue una caricia demasiado suave, demasiado deliberada, diseñada para volverme loco, para destrozar cualquier último vestigio de control.

Un gemido entrecortado, una rendición, se escapó de mi garganta. Cerré los ojos, incapaz de soportar la intensidad devoradora de su mirada.

—Ábrelos —ordenó, su voz un susurro ronco y cargado de una autoridad que resonó en mis huesos—. Quiero que veas.

Forcé los párpados a abrirse, una batalla perdida de antemano. Y lo vi. Con sus labios a centímetros de mi piel, sus ojos de un ámbar oscuro y absolutamente concentrados en los míos, como si estuviera leyendo cada espasmo, cada jadeo, cada latido acelerado de mi corazón en el mapa de mi expresión.

Entonces, finalmente, me tomó en su boca.

—Mierda —jadeé, incapaz de morder esa palabra, de contener el torrente.

Su boca se cerró alrededor de mí con una presión perfecta, brutal, que hizo que el mundo entero—las luces de Montecarlo, el murmullo lejano de la ciudad, el sonido del agua—se desvaneciera en un estallido de blanco puro contra el cielo negro.

Un gemido largo, gutural, se desgarró de lo más profundo de mi pecho, un sonido que no reconocí como mío.

Él no se movió. Solo sostuvo, igual que aquella primera vez en la habitación de Barcelona, pero ahora la realidad era mil veces más intensa: el calor húmedo de su boca, la textura viva que me envolvía.

Sus ojos no se apartaban de los míos, atrapándome en una red de fuego y dominio absoluto.

Podía sentir el pulso de mi propia sangre, un tambor salvaje, palpitando contra su lengua.

Luego, comenzó a moverse.

No con la urgencia de un amante, sino con la precisión calculada de un torturador.

Un ritmo lento, profundo, que desmantelaba cada último vestigio de mi cordura.

Cada descenso era un vaciamiento del alma; cada ascenso, una promesa de agonía exquisita.

Sus manos en mis caderas eran grilletes de carne, impidiendo que me arquease o huyese, forzándome a aceptar cada centímetro de esa boca que me consumía.

—Rydell… —su nombre escapó de mis labios como un ruego, una maldición, una plegaria desgarrada.

Él respondió con un sonido gutural, una vibración que recorrió toda mi longitud y me arrancó un gemido ahogado.

Sus pómulos estaban hundidos, sus labios estirados en un óvalo perfecto y obsceno.

La imagen era de una intimidad tan violenta, tan brutalmente sincera, que creí que mi conciencia se quebraría.

Entonces, mis manos se movieron.

Ya no podía contenerme. La necesidad de tocarlo, de arañar aunque fuera una ilusión de control en aquel torbellino, era un impulso primario más fuerte que el miedo.

Mis dedos, trémulos, se clavaron en su cabello oscuro, empapado por el vapor y el sudor.

No fue un gesto de caricia. Fue una sujeción desesperada, un anclaje en la tormenta.

Él se detuvo.

Por un segundo helado, temí haberlo ofendido, haber cruzado una línea invisible. Pero entonces, un nuevo sonido, más profundo y satisfecho, emergió de su garganta.

Le gustaba. Le gustaba mi desesperación, mi derrumbe, mis manos en él reclamando posesión. Ya no era solo él teniéndome a su merced; era yo arrastrándolo más hondo hacia mi abismo, una colusión tácita en nuestra mutua destrucción.