La línea que no cruzamos Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Mi corazón latió con fuerza bruta contra el encierro de mis costillas.

La furia fría y gloriosa de la carrera se había disipado por completo, reemplazada por una ansiedad familiar, pegajosa y antigua.

No era el miedo a lo que dijeran de mí. Era el pánico helado a lo que destaparían de él y a la tormenta que desataría cuando se sintiera acorralado.

Él me había apartado de las redes para protegerme de la basura.

Y ahora, yo estaba aquí, atestiguando cómo se gestaba una tormenta que tenía su nombre por epicentro.

Una tormenta que, en parte, yo había sembrado con cada mirada cargada, cada roce calculado en la pista, cada «duelo al límite» que solo era nuestro torpe alfabeto para deletrear verdades que no nos atrevíamos a pronunciar.

Cerré el navegador con un dedo tembloroso. La pantalla se oscureció, pero las palabras seguían ardiendo en mi retina como brasas.

¿Profundo en el closet? ¿Una novela romántica?

El mundo no tenía la más remota idea. No había romance aquí, solo la danza tóxica de presa y depredador.

Una simbiosis envenenada de culpa y control, redención y dominio.

Rydell no era el tipo de hombre que perdía el sueño por etiquetas o escrutinio; su identidad era un acero templado al que la opinión ajena no rayaba.

Lo que me aterraba era la fractura. Que esta exposición pública, este circo montado alrededor de nuestro fuego cruzado, terminara por quebrar algo en su carrera, en su camino de regreso.

Lo único que me faltaba era ser la razón, por segunda vez, por la que él abandonara esta parte fundamental de su ser.

Lo que más me helaba la sangre no era el escándalo. Era lo que Rydell podría hacer cuando se sintiera acorralado, cuando las paredes se cerraran.

Después de la carrera, esa misma noche, se celebró una fiesta con un patrocinador para festejar los puntos conquistados. En un yate, por supuesto. Un evento del que me escabullí tras las primeras cincuenta fotos que Neiva, con la eficiencia de un general, se encargó de que me tomara.

No me refugié en mi habitación, que olía a encierro y derrota, sino en el único rincón del hotel que prometía una tregua a esta hora: la terraza privada con jacuzzis, reservada para suites de lujo y, por alguna cláusula dorada, para los pilotos.

Era un espacio íntimo, escondido tras una mampara de cristal esmerilado, abierto al abismo estrellado de Mónaco.

El aire salado del Mediterráneo se fundía con el vapor que ascendía del agua en ebullición.

Me despojé de la ropa, dejándola en un montón desordenado sobre una silla, y me hundí en el agua caliente con solo el boxer pegado a la piel.

El contraste con el agotamiento gélido de la carrera fue instantáneo, un suspiro profundo que desanudó mis músculos uno a uno.

Cerré los ojos, permitiendo que el zumbido monótono del hidromasaje ahogara el eco persistente de los motores y el murmullo venenoso de internet.

Extrañaba los climas fríos, la crudeza honesta del invierno. Pero esto, al menos, compensaba un poco mi resentimiento eterno hacia el calor asfixiante de la temporada.

La presión de la carrera, el zumbido de los periodistas y el peso de aquellas palabras malditas en mi teléfono formaban una jaula de hierro alrededor de mis pulmones. Necesitaba silencio. O ahogarme en él.

El chasquido sutil de la puerta al abrirse casi se perdió entre el burbujeo del agua.

No necesité abrir los ojos. Lo supe. La atmósfera cambió, se saturó de esa electricidad estática, densa y familiar, que solo él traía consigo.

No quería mirar. No lo deseaba aquí, pero sería un mentiroso patético si negara que dejé caer todas las pistas a propósito.

Una parte enferma, hambrienta y desesperada de mí, lo quería aquí.

Lo necesitaba cerca con la misma urgencia con que necesitaba empujarlo al vacío.

Abrí los ojos.

Rydell estaba allí, de pie junto a la mampara, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de fiesta, en el límite mismo de la penumbra, como un espectro materializado a partir de mis pensamientos más oscuros.

Llevaba una camisa de lino clara, entreabierta en un descuido estudiado que observé más de lo debido, y un pantalón negro de un corte impecable.

La escudería nos crucificaría al saber que sus dos pilotos estrella habían huido de su celebración dorada.

Su cabello rubio estaba revuelto por el viento o por sus propias manos, y en sus ojos no quedaba rastro del triunfo efímero.

Solo una intensidad oscura, inquisitiva, que escarbaba en mí.

—Huyendo. De nuevo —dijo. Su voz era baja, áspera por el cansancio de la carrera y algo más. Tal vez el whisky, tal vez la ira contenida.

No me moví. No podía. El agua, que un instante antes era un consuelo, ahora me rodeaba como una trampa líquida.

Él avanzó con lentitud deliberada hacia el borde del jacuzzi, sus pasos silenciosos sobre la madera de teca.

Se detuvo, mirándome desde su altura, y durante un latido eterno, solo el sonido de las burbujas llenó el abismo entre nosotros.

—Tampoco te quedaste a brindar por el séptimo puesto —repliqué, pasando la lengua por mis labios resecos al verlo quitarse los zapatos con gesto negligente.

Ignoró mi comentario. En un movimiento fluido y desafiante, se sentó en el borde, justo frente a mí. Luego, sin el menor reparo, hundió las piernas en el agua, el fino tejido de su pantalón oscureciéndose al instante.

El espacio, que parecía amplio un segundo antes, se contrajo hasta volverse claustrofóbico. El calor del agua ya no era lo único que me quemaba la piel.

—¿Qué te pasa? —preguntó. Su voz carecía del filo habitual. Era directa, casi clínica, como si estuviera analizando una pieza rota.

—Cansancio —mentí, desviando la mirada hacia las burbujas que ascendían en espirales entre nuestras piernas. Nuestros pies, bajo el agua azulada e iluminada, estaban a un centímetro de distancia. Un territorio peligroso e inexplorado.

—Respuesta incorrecta —refunfuñó, con un dejo de impaciencia—. Inténtalo de nuevo. Sin mentiras. En el debriefing estabas en otro planeta. Y ahora aquí, escondido como un animal herido que lame sus heridas a solas.

—No me estoy escondiendo. Estoy descansando. Corrí durante una hora y media, solo reclamo mi premio por los seis malditos puntos.

—Estás huyendo —cortó, su voz afilándose al final, como un cuchillo que se desenvaina. Un escalofrío me recorrió la espalda—. De mí. De lo que pasó en la pista. De lo que la gente está empezando a decir.

Sus palabras me golpearon con la fuerza de un impacto. Lo miré, la alarma tensando cada músculo de mi cuello. ¿Lo sabía? ¿Había visto los mismos rumores?

—No sé de qué estás hablando —forcejeé, sabiendo que sonaba débil, a la defensiva.

Él llevó una mano a su camisa y comenzó a desabrochar los botones. Mis ojos siguieron el movimiento con la fascinación hipnótica de un adicto. Botón por botón. Lento, deliberado, una ceremonia privada. Me tenía atrapado en la palma de su mano.

—Sí lo sabes —susurró, y el sonido se mezcló con el vapor—. Lo leíste, ¿verdad? Esas estupideces en internet.

Se liberó de la camisa y sus hombros, marcados y pálidos a la luz tenue, me hicieron tragar saliva con fuerza.

Pero entonces, mi mirada se clavó, inevitable, en la cicatriz.

Una línea antigua, plateada por el tiempo, que le cruzaba el costado.

Un recordatorio envenenado, un jeroglífico de dolor que solo nosotros dos podíamos descifrar.

—Les estás dando carnada —murmuré, incapaz de apartar los ojos de aquella marca—. ¿Es parte de tu juego sádico? ¿Alimentar al monstruo para sentir que tienes el control?

Un jadeo se me escapó cuando él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus muslos, acortando la distancia hasta que nuestro aliento se entrelazó en el aire húmedo.

El vapor se enroscaba alrededor de su cabeza como una corona espectral cuando su mano surgió del agua para tomarme bruscamente de la barbilla.

—¿Quieres que me detenga, Nico? —susurró, y su aliento, cargado de whisky y desafío, me rozó los labios—. ¿Te estás quejando o simplemente constatando lo obvio? Ellos están vislumbrando la verdad. Algo pasó. ¿Quieres hablar de eso? ¿De nosotros ?

El corazón se disparó en mi pecho, un tambor de guerra contra mis costillas. No podía articular prudencia, ni mentiras elaboradas. No bajo esa mirada que parecía disolver todas mis capas, una a una, hasta dejar al descubierto el núcleo tembloroso.

—No, no quiero hablar de eso —logré articular, la voz ronca—. Y tú tampoco.

—No —reconoció él, con una calma aterradora—. Porque no me sirves cuando pierdes la cabeza. Necesito al piloto, no al fantasma.

—Estás obsesionado.

—Y tú eres un cómplice activo.

Su pulgar se movió, rozando la línea de mi mandíbula con una presión que no era ni una caricia ni una amenaza, sino una simple constatación de su dominio. Un recordatorio táctil de que, sin importar lo que el mundo murmurara, esta dinámica seguía siendo de su propiedad.

—Ya no te debo favores —advertí, pero mi voz fue un traidor temblor contra el vidrio. Él esbozó una sonrisa de lado, breve y peligrosa como el filo de un cuchillo.

—Ambos sabemos que no necesitas una deuda para dejarme hacer lo mismo que hice esa noche contigo.

—Dijiste que no hablaríamos de esa noche. —Mi voz se quebró, una súplica débil que se perdió en el vapor y en la arrogancia de su mirada.

—Y no lo haremos —susurró, y su pulgar se deslizó desde mi mandíbula hasta mi labio inferior, presionando con una suavidad brutal el lugar que siempre muerdo—. Solo fue un pequeño prólogo. Porque de esta noche tampoco vas a querer hablar.

Su otra mano se hundió en el agua, entre mis piernas. No me tocó donde ardía, donde ansiaba. Solo se posó en mi muslo desnudo, un apretón caliente y de advertencia a escasos centímetros de mi entrepierna, una promesa y una amenaza suspendidas en el agua turbia.