Capítulo 17
«Nombrar el monstruo»
NICOLA
Una parte de mí había renunciado a ser de nuevo el Nicola que debutó en esta categoría, aquel al que Rydell empujaba más allá de toda zona de confort como ningún otro piloto lo haría jamás.
Pero me equivoqué. Esa parte de mí no se había perdido; se había marchado con él y solo él podía devolvermela.
Y no sé hasta qué punto esto es algo bueno. Pero, como todo lo que Rydell representaba últimamente, lo sensato y prudente se escurría entre mis dedos como arena fina.
Mónaco es un circuito enemigo. La clasificación aquí lo es todo; sobrepasar es un lujo que pocos pueden permitirse.
Lo sabía incluso antes de posar una rueda sobre su asfalto reluciente.
Pero hay una verdad que solo aprendes cuando el olor a combustible se funde con la brisa salada y la ansiedad se vuelve un sabor en la boca: Mónaco no solo no perdona los errores, sino que se alimenta de las tensiones que traes desde fuera.
Y la tensión con Rydell era tan espesa que podía saborearla en la balaclava, un regusto metálico y eléctrico.
Haber salido octavo en la clasificación, por delante de él, fue un triunfo agridulce.
Sabía lo que significaba tenerlo justo detrás en la parrilla, especialmente aquí, donde los frenos se ponen a prueba como en ningún otro lugar y la paciencia es un lujo que ninguno de los dos estaba dispuesto a concederse.
El rugido de los motores no es solo un sonido; es una presencia física. Te envuelve, te aplasta, rebota en los muros de contención y se te clava en los huesos. No hay lugar para respirar, ni en la pista, ni fuera de ella.
Desde que las luces se apagaron, sentí una sombra pegada a mi alerón trasero.
No era la persecución de un compañero, ni la de un rival buscando un rebase limpio.
Era un acoso. Sentía la turbulencia de su monoplaza sacudiendo el mío en cada frenada, un recordatorio constante, vibrante, de su presencia.
El silencio helado de los últimos días había terminado, reemplazado por esto: una furia activa, ruidosa y personal.
Entramos en la curva de la Piscina. Yo llevaba una línea limpia, defendiendo mi octava posición con la precisión de un relojero.
De repente, un destello de negro y dorado se coló por mi lado izquierdo, una maniobra suicida en un espacio que solo existía en su osadía.
Era Rydell, forzándose como si el asfalto fuera a partirse para darle paso.
Nuestras ruedas traseras rozaron. Un crujido seco, un estremecimiento que me recorrió los brazos hasta el volante.
Fue por milímetros, pero fue intencional.
Una tarjeta de visita escrita en goma y riesgo.
Y entonces, ese algo que dejé ir con su partida, regresó en un pestañeo. Él me lo estaba devolviendo. No con palabras, sino con la única lengua que ambos hablábamos a la perfección.
No era miedo. No era la ansiedad familiar que me nubla la vista.
Era otra cosa, más antigua, más visceral.
Era el rencor que creí enterrado bajo capas de culpa y deseo insano.
Era el eco de todas las preguntas de los periodistas, de las noches revisando obsesivamente su nombre en las pantallas, de su espalda dándome la espalda en cada pasillo.
No lo pensé.
En la salida del túnel, en esa recta breve y vertiginosa que precede a la chicane, no me moví.
Mantuve la línea interna, apretando hacia la izquierda justo cuando él se lanzaba por el exterior como un halcón.
No era un bloqueo reglamentario. Era un jódete escrito con ruedas y asfalto.
Lo forcé a levantar el pie, a enganchar sus neumáticos en la curva, perdiendo las milésimas cruciales que aquí valen oro.
Por el espejo retrovisor, lo vi corrigiendo el coche con un movimiento brusco, violento. No podía ver su rostro, pero mi mente pintó el cuadro perfecto: sus ojos, seguramente abiertos de par en par detrás del visor, no con enfado, sino con una chispa de reconocimiento salvaje.
Dylan me reprendió por la radio, una nota de alarma en mi oído. Pero yo sabía que, en algún lugar, más de un aficionado se habría inclinado hacia la pantalla, conteniendo el aliento.
Show. Y también que se joda.
El resto de la carrera fue un tira y afloja constante, un baile de viejos rivales que se conocen todos los pasos y todos los puntos débiles.
Él presionaba, yo defendía. Yo flaqueaba, él atacaba.
No era solo una lucha por una posición en el campeonato.
Era la continuación de nuestra guerra privada por otros medios.
Y por primera vez en semanas, sentía la sangre correr viva y caliente por mis venas.
El miedo había sido reemplazado por una furia fría y concentrada, una adrenalina que sabía a victoria, aunque fuera pequeña.
Terminamos séptimo y octavo. Yo por delante.
Ambos sumamos puntos, y una parte de mí, tonta y nostálgica, comenzó a acostumbrarse a la cómoda sinergia de un dúo que vuelve a funcionar, aunque sea a base de choques.
Y sin embargo, me corroía la ansiedad de recordar que una vez, antes de que todo se despeñara cuesta abajo, también fuimos buenos rivales. Tal vez hasta amigos.
Al salir del coche en el parc fermé, el calor y el agotamiento me golpearon como un muro.
Me quité el casco, aspirando el aire salino con avidez, como si fuera la primera bocanada de libertad.
Nuestras miradas se encontraron a través del bullicio de mecánicos, periodistas y el destello de las cámaras.
No hubo reproche en la suya. Hubo algo distinto: un destello de aprobación, mudo y retorcido, que hizo que un escalofrío me recorriera la columna vertebral. Un entendimiento peligroso.
Las horas siguientes fueron un torbellino. Debriefings técnicos, entrevistas interminables, el ajetreo constante del paddock. Sonrisas para las fotos, agradecimientos mecánicos, el zumbido lejano del podio que no era para nosotros.
En un momento de calma robada, hundido en un sofá del motorhome, desbloqueé mi teléfono.
Sí, Rydell había desinstalado mis aplicaciones conflictivas, pero el navegador seguía allí, y yo tenía internet y un nudo de ansiedad anudado en la garganta.
Así que lo hice. Técnicamente, no rompí sus reglas. Solo las doblé hasta que crujieron.
Las noticias deportivas ya destacaban nuestro «duelo al límite en Mónaco».
Hablaban de rivales que se reavivaban, de una llama que generaba titulares, y desenterraban con astucia videos viejos, fotos de archivo y, por supuesto, el accidente.
Pasé de largo sobre esos enlaces, la garganta seca.
No necesitaba verlo; mi memoria lo había retenido con lujo de detalles, una película de terror en bucle.
Mentiría si dijera que últimamente no entraba a las redes por mí, sino por él.
Revisaba sus perfiles, buscaba su nombre con la devoción obsesiva de un archivista.
Era un espectador sinvergüenza, enganchado a algo que nunca debió poseer: la intimidad fracturada con su ex mejor amigo.
¿En qué momento el rencor se había teñido de este deseo agrio?
Pero eso era un error de diagnóstico. Rydell solo sentía sed de poder, de control.
Quería mis riendas, no mi corazón. No había sentimientos tiernos de por medio.
Y ese simple pensamiento me hizo apretar los labios con fuerza, para no mordérmelos, como si Rydell pudiera verme a través de las paredes. Como si sus palabras—débil, patético, mío—pudieran aún hacerme sangrar.
Todo en mí estaba mal. Torcido.
No busqué mi nombre. Busqué el nuestro. «Ravelli Falken».
Los titulares eran los esperados, alimentados por el circo mediático:
«Auronox revive: la rivalidad que electriza la F1. Ravelli y Falken, fuego en Mónaco».
«Ravelli y Falken, ¿enemigos íntimos? El duelo que paralizó el principado».
Pero luego, al adentrarme en los foros especializados y en los hilos de redes sociales que el algoritmo me servía con premonitoria precisión, las conversaciones tomaban un giro distinto. Más íntimo. Más peligroso.
«Alguien más nota cómo Falken solo tiene esta intensidad con Ravelli? Con los demás pilotos es frío, calculador, casi robótico. Con Nicola parece que se le va la mano, que pierde la cabeza».
«Esa mirada que se echaron en el parc fermé no era de rivales. Lo siento, yo no me miro así con mi “enemigo”. Eso es tensión de otro tipo».
«Es obvio para quien quiera ver. Falken está deep in the closet y toda esta historia es una novela romántica en cámara lenta. Ustedes solo se hacen los distraídos».
«No es hate, pero desde que volvió, Falken no ha sido visto con ninguna mujer. Y antes, por lo menos, había rumores. ¿Vamos a seguir haciendo la vista gorda? Es más que obvio dónde está su interés».
Un nudo frío y pesado se formó en el fondo de mi estómago.
Esto no era la típica especulación tonta del paddock.
Era un murmullo persistente, un rumor que ganaba tracción con cada mirada cruzada, cada roce en pista, cada palabra cargada en una entrevista.
La gente estaba conectando los puntos que nosotros habíamos esparcido a propósito: la obsesión, la intensidad desmedida, la ausencia de vida romántica conocida de Rydell.
Estaban escribiendo la historia que nosotros nos negábamos a narrar.
Si ese rumor crecía, se convertiría en el tema.
Ya era bastante sofocante cargar con mis propios fantasmas; añadir los suyos, convertirlos en nuestro secreto a voces, sería insoportable.
En cada conferencia, en cada entrevista, sería la pregunta no hecha, la sonrisa cómplice, el titular entre líneas.
Le robaría a Rydell el control absoluto de su propia narrativa.
Lo reducirían a un chisme jugoso, al «piloto que vive obsesionado con su compañero». Lo desarmarían.