Capítulo 16 #3
—Rydell, por favor. Un pasito. Solo uno.
Respiré hondo y el aire que entró en mis pulmones vino cargado con su colonia —notas cítricas de limón y bergamota, con un fondo a madera—. Esa fragancia me golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago. Di ese maldito paso.
Nuestros hombros casi se rozaron. El calor de su cuerpo fue una presencia tangible, un campo magnético que repelió y atrapó con igual fuerza.
—¡Eso es! Ahora, Nicola —continuó el fotógrafo, completamente ajeno al drama que orquestaba—, pon el brazo sobre el hombro de Rydell. ¡Hagan que se vea natural, como amigos!
Vi cómo Nicola palidecía ligeramente. Dudó. Fue una fracción de segundo, pero para mí fue una eternidad de indecisión expuesta.
Antes de que él pudiera moverse, yo levanté el brazo y lo pasé por su cintura, tirando de él hacia mí con una fuerza que no pude —ni quise— disfrazar de camaradería. Mi mano se cerró sobre su costado, apretando contra el hueso de la cadera. No fue un gesto de amistad. Fue una inmovilización.
Él se puso rígido como una tabla bajo mi brazo. Pude sentir el latido de su corazón, un martilleo frenético contra mis dedos, a través de la fina tela de su camisa. Un ritmo salvaje que delataba el pánico que su sonrisa tensa para la cámara intentaba ocultar.
—Eso es —dijo el fotógrafo, y el obturador comenzó a disparar, un click-clack mecánico y voraz.
Mi pulgar, escondido de las cámaras por el ángulo de nuestro abrazo forzado, se hundió contra su costilla, un recordatorio mudo y sádico de mi control.
Nicola forzó una risa, un sonido hueco que se quebró en la garganta antes de llegar a sus ojos.
—¿Podrías intentar no parecer que estás midiendo mi cadera para un ataúd? —susurró, clavando su sonrisa de dientes apretados hacia el cegador despliegue de flashes.
La insolencia, tan familiar, me electrizó. Era el primer destello del viejo Nicola, del que no se dejaba amedrentar sin lanzar un guanteño. La respuesta brotó de mí, baja y cargada de una amenaza que solo él podía descifrar.
—¿Prefieres que mida otra cosa? —le susurré al oído, con la boca todavía torcida en una sonrisa forzada para las cámaras.
Fingí apartar algo de su sien, como si me hubiera molestado uno de sus rebeldes cabellos castaños. Podía ser atrevido, pero aún teníamos una lente enfocándonos y demasiado en juego.
Un temblor involuntario lo recorrió, un estremecimiento que empezó donde mi mano se posaba y se propagó como un relámpago bajo su piel.
Los flashes estallaron en una sucesión ensordecedora, cegándonos, aislando nuestra burbuja privada en medio del alborozo del yate.
Para el mundo, éramos dos compañeros de equipo compartiendo un momento fraternal en la noche glamorosa de Mónaco.
Dentro de ese pequeño infierno de luz blanca y sombras danzantes, éramos un duelo antiguo, una danza conocida y letal en el borde del mismo abismo.
—¡Perfecto! —gritó el fotógrafo.
Pero yo ya no lo escuchaba. Todo mi mundo se había reducido a la geografía de su cuerpo tenso contra el mío, al calor que emanaba a través de las capas de tela, al olor a limón, bergamota y sudor nervioso que me nublaba la razón.
Un deseo primitivo y oscuro rugió dentro de mí: quería romperlo allí mismo.
Quería arrastrarlo lejos de las luces falsas y los ojos hambrientos, y reclamar lo que, por alguna razón retorcida y profundamente arraigada, sentía que me pertenecía desde hacía años.
—Ya está, chicos. Gracias —anunció Neiva, con un tono de alivio tan palpable que casi se podía tocar.
Mi brazo se separó de él como si su piel me quemara con fuego helado.
La pérdida de contacto fue un shock físico, una amputación brutal.
Nicola dio un paso atrás, tambaleándose levemente como si le hubieran quitado un sostén.
Sus dedos se elevaron instintivamente para rozar el lugar donde mi mano había estado, una caricia furtiva y confusa, como si comprobara que la marca de mis dedos aún ardía en su piel.
Nuestras miradas se encontraron. El aire entre nosotros, ahora libre de flashes, crepitaba con electricidad estática, cargado de cólera pura, de un deseo feroz y de esa maldita, innombrable cosa que siempre nos había unido y destrozado a partes iguales.
Sin una palabra, sin un gesto de despedida, giré sobre mis talones y me abrí paso entre la multitud perfumada y murmurante.
Me alejé del yate, del puerto iluminado, de él.
Cada paso sobre la cubierta de madera pulida fue una batalla contra el impulso primario de volver la cabeza.
Sabía, con una certeza que me heló la sangre, que si lo hacía, si capturaba esa mezcla de odio visceral y anhelo desesperado en sus ojos, todas mis reglas, todo mi férreo control, se harían añicos contra la barandilla de ese maldito barco.
Porque había comenzado a temer la verdad más aterradora de todas, una verdad que ahora resonaba en cada latido de mi corazón al unísono con el eco del suyo:
No quiero que Nicola se rompa.
Quiero ser la única persona a la que Nicola le permita romper.