La línea que no cruzamos Capítulo 16
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Capítulo 16

«Mi maldito paréntesis en forma de persona»

RYDELL

Había perdido la cabeza.

En algún punto entre lo razonable y la caída libre hacia los peores errores que un humano puede cometer, incliné la balanza hacia el abismo.

Porque Nicola Ravelli ejercía ese poder sobre mí: el magnetismo adictivo de la imprudencia, la satisfacción perversa de lo incorrecto, la vulnerabilidad brutal de lo desconocido.

Al cerrar la puerta de mi habitación del hotel, apenas diez minutos después de haberlo reducido a gemidos contra mi palma, sentí el peso de una resaca mental que nada tenía que ver con el alcohol.

Sería reconfortante decir que ahí terminó mi arrebato impulsivo, pero la tensión en mis pantalones era un dolor sordo y persistente, y el recuerdo de su aliento caliente en mi oído estaba demasiado vívido, demasiado crudo, como para ahogarlo en el olvido.

Cerré los ojos, bajé la mano y, sin moverme del umbral, me deshice repitiendo la escena bajo mis párpados como un adicto hambriento de su propio veneno.

Y ahora me tocaba masticar las consecuencias, pero el plomo en mi garganta tenía un sabor amargo, sin rastro de dulzura.

Cuando regresé a este deporte, buscando demostrar algo —lo que fuera—, sabía que el supuesto rencor era solo una fachada; un motivo disfrazado con la ropa de otro.

Anhelaba la ilusión de que nada había cambiado, porque la comodidad de lo conocido siempre es el anzuelo más tentador para un corazón predecible.

Pero al pisar este mundo, dos años después, en medio de esta batalla individualista, este teatro de egos y mentiras pulidas, supe de inmediato que era imposible.

El deporte había cambiado. Los pilotos habían cambiado.

Y Nicola, sobre todo, era distinto. Lo cual no me dejaba a salvo, ni invicto.

Y ahora, aquí estaba, muriendo por descifrar una dinámica que nunca antes habíamos vivido.

Una línea que cruzamos a ciegas, sin mapas ni brújula para lo que había al otro lado.

Mi razón para meterme bajo su piel durante todos estos meses era simple: destruirlo.

Reclamar un espacio en su vida, aunque fuera como una cicatriz.

Ahora que lo había tenido, que lo había reducido a jadeos y entrega, mi brújula moral se había desmagnetizado por completo.

¿Qué hace el verdugo una vez consumada la ejecución?

¿A dónde mira cuando el hacha ya ha caído?

¿Y por qué, de pronto, me sentía aún más adictivo a esta imprudencia?

Quería más. Y eso asustaba como el eco de un disparo en la noche.

Nunca me detuve a diseccionar mi sexualidad; nunca tuvo un peso relevante en la narrativa de mi vida.

Mis relaciones pasadas fueron todas con mujeres y, dado el carácter explosivo y focalizado que tenía en esos años, nunca duraron mucho.

Si no era por mi negativa a apartar la vista de cualquier cosa que no fuera el asfalto y los datos, era por mi incapacidad congénita para los compromisos a largo plazo.

No solía levantar la mirada del tablero de telemetría porque mi novia entrara a la habitación.

A veces olvidaba responder mensajes durante días, absorto en el simulador.

Eso, comprensiblemente, no les hacía mucha gracia.

Merecían una atención que yo nunca supe —o quise— darles. Creí que sería así hasta el día en que me bajara del coche para siempre. Creí que jamás cambiaría, porque en el fondo era un adicto y mi droga tenía cuatro ruedas y olía a gasolina de alto octanaje.

Y heme aquí, repitiendo el mismo declive. Mi maldito paréntesis en forma de persona.

Nicola Ravelli.

En cuanto crucé el umbral del motorhome de Mónaco, todo pensamiento coherente se desvaneció. Él tenía mi atención por completo. Y, joder, cómo disfruté sintiendo el peso de la suya sobre mí.

Seguí el movimiento de su garganta al tragar y la forma fugaz en que sus ojos me siguieron mientras cruzaba la sala de estar, deteniéndome frente a la mesa de bebidas.

Cyra, su psicóloga deportiva, le hablaba en voz baja, señalando algo en su teléfono.

Noté el instante preciso en que ella se giró hacia mí, al darse cuenta de que había perdido por completo la atención de Nicola. Una sonrisa casi se me escapa.

Dejé caer un sobre de azúcar en mi té y me retiré de la sala común. Fingí, con cada sorbo, que no me crispaba la facilidad con la que podía ignorar el universo entero si él estaba en el mismo espacio.

Incluso si me pusiera a buscarle un nombre a esto, no querría escucharlo.

No hasta estar seguro de que no iba a estallarnos en la cara, solo porque yo soy un impulsivo y Nicola un imán demasiado dócil para mi campo magnético.

Hay verdades que no detonan al nacer, sino al ser nombradas en voz alta.

Y no estaba preparado para esa explosión.

Las prácticas en Mónaco no fueron desastrosas; el auto se comportaba como un animal nervioso en los circuitos callejeros, pero sorprendentemente, ambos estábamos en posiciones decentes.

Lo que sí fue una tortura exquisita fue la tensión que electrizaba el aire cada vez que compartíamos el mismo oxígeno.

Lo veía venir. Lo sucedido aquella noche no se volvió a mencionar, pero el silencio hostil y cargado que se instalaba entre nosotros era más elocuente que cualquier palabra.

Habíamos pasado de ignorarnos, de provocarnos y huir, a esto.

No era un guión escrito. Nicola me miraba de reojo, como intentando descifrar el enigma de mi cabeza, y yo sabía que era así.

Al menos, por primera vez, su mirada no estaba anclada en el fantasma que fui, sino en el hombre que soy ahora.

Seguía teniendo el hilo entre las manos, pero ya no estaba perdido en el laberinto.

Quizás esta versión de Nicola sea mi favorita.

Mónaco no es el circuito predilecto de muchos pilotos, pero vaya si atrae muchedumbres y, sobre todo, dinero.

Es una trampa dorada y claustrofóbica. Un pasillo de hormigón donde los rugidos de los motores rebotan en las barreras y te persiguen como fantasmas, donde no hay margen para el error ni lugar para esconderse de uno mismo.

Todo aquí es un escenario. Un decorado obscenamente caro para que gente rica y vacía juegue a ser importante durante una semana. Los yates, apilados en el puerto como latas de sardinas bañadas en oro, compiten por un trofeo invisible: el de quién puede quemar más fortuna sin pestañear.

Se supone que esto es la cúspide. El Gran Premio.

Pero es una carrera de caracoles por un callejón asfixiante.

No puedes adelantar, apenas puedes respirar; solo seguir al de adelante y rezar por un milagro o una metedura de pata ajena.

Es aburrido. Predecible. Como las sonrisas plásticas de quienes vienen a verlo.

Lo único que respeto de este lugar es su falta absoluta de misericordia.

Los muros son el juez y el verdugo de cualquier piloto que dude un milisegundo.

Por lo demás, es un parque de atracciones para adultos que se creen dioses porque pueden pagar una botella de champán que vale más que el motor de mi primer kart.

Cuando salí a la sesión de prácticas, no solo busqué el límite del coche.

Busqué su coche. Lo localicé en los espejos, estudié sus líneas con una intimidad que rozó lo obsceno, anticipé sus movimientos con la certeza perturbadora de quien conoce cada grieta en el alma de otro.

Conocí sus debilidades mejor que nunca, porque fui yo quien las esculpió.

Y cuando lo adelanté en la salida del túnel, rozando el muro con una precisión suicida, no fue para humillarlo.

Fue para dejarle una marca sonora, para que el eco de mi motor le retumbara en los huesos y le recordara la vibración de mi voz cuando lo arrinconé.

Pero la marca se volvió contra mí. Porque cuando regresé a los boxes y me liberé del casco, mi mirada lo buscó de inmediato, un instinto más fuerte que la razón.

Lo vi emerger de su monoplaza, las manos temblorosas, el cabello oscuro pegado a la frente por el sudor.

Cyra se le acercó con una tablet, y él negó con la cabeza, un gesto brusco.

Sus ojos, por un segundo que se dilaté hasta la eternidad, se clavaron en los míos.

Y en lugar del sabor agrio del triunfo, sentí el pellizco cortante de algo que se pareció demasiado a la preocupación. La detesté.

Me di la vuelta, decidido a evitar otra colisión, pero mi camino se cortó con la visión de Ainara entrando al garaje.

Fue hipnotizante, sí, en el sentido en que un relámpago lo es: brillante, peligroso, pasajero.

Y me sorprendí observando la reacción de Nicola, lo cual fue absurdo.

Conocí sus gustos, su historial de suspiros fugaces, y eso me molestó aún más, porque entonces no hubo motivo para que la forma en que ella iluminó el espacio me produjera esa irritación sorda.

Lo que hice después fue simple: ignoré a Nicola por el resto del día.

Por la noche, la cena se celebró en uno de los puertos, en un yate blanco e impoluto que pertenecía a uno de los patrocinadores principales de Auronox.

Luces, champán que burbujea con falsedad, y sonrisas pegadas a los rostros como máscaras de cera.

El tipo de evento que desprecio, pero donde, para mi propia irritación, me desenvuelvo con una soltura que me resulta repugnante.

Antes era al revés: yo era la sombra en los rincones, y Nicola el epicentro de la luz, bebiendo su tercer champán directo de la botella con el cuello de la camisa desabrochado por el calor.

Siempre hubo algo admirable, incluso envidiable, en la facilidad con que se soltaba.

Ahora, él es el espectro del rincón. Aunque yo no he caído tan bajo como para beber directamente del pico de la botella.