La línea que no cruzamos Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Estaba al borde. A un segundo de perder la maldita cordura. Y, Dios, no era suficiente. Necesitaba más, anhelaba que esa mano se moviera, que terminara lo que había empezado, pero al mismo tiempo, un pánico primitivo me gritaba por huir de esta llamarada que prometía consumirme por completo.

—¿Sigues creyendo que me doy demasiado mérito? —preguntó, su voz un susurro áspero y caliente justo dentro de mi oído—. Yo causé esto. De tu cuerpo me encargo yo. Solo me falta tu cabeza.

Su inmovilidad era más devastadora que cualquier caricia apresurada. Era una demostración de poder puro, una afirmación silenciosa de que cada jadeo, cada temblor que recorría mis miembros, existía solo por su voluntad. Por su permiso tácito.

—¿Y sabes cuál es la mejor forma de controlar la cabeza de alguien?

—continuó, su boca descendiendo por mi mejilla, rozando mi mandíbula tensa, hasta detenerse en el punto donde mi pulso salvaje golpeaba contra la piel de mi cuello—.

Haciéndote necesitar algo que solo yo puedo darte.

Ya sea el perdón que anhelas en secreto…

o la destrucción que crees merecer. Y como a tu cuerpo ya lo tengo… esto va a ser sencillo.

Su pulgar, por fin, se movió. Un solo gesto. Una fricción lenta, brutal, sobre la punta ya húmeda y sensible. Fue una descarga eléctrica pura que me hizo arquearme violentamente, mi nuca golpeando el vidrio con un crujido sordo.

—Quieto —ordenó, y su otro brazo, el que no estaba ocupado en sostener mi ruina, se cerró como una banda de acero alrededor de mi cintura, inmovilizándome por completo entre la dureza del cristal y la fuerza implacable de su cuerpo.

Era inútil. Mi cuerpo ya no me obedecía. Era un instrumento de cuerda tensado hasta el límite, afinado exclusivamente para la mano que lo pulsaba. El alcohol en mi venas era ahora un eco lejano, irrelevante frente al incendio específico y devastador que él, y solo él, sabía cómo avivar.

Su puño comenzó a moverse entonces. No con la ternura de un amante, sino con la precisión implacable de un técnico que conoce cada tuerca, cada cable, cada punto de fallo en la máquina que desarma.

Un ritmo lento, profundo, que no buscaba mi placer, sino mi rendición.

Cada recorrido de su mano era una caída controlada, un descenso calculado al vacío.

Mis ojos se cerraron, incapaces de sostener la mirada de dominio absoluto que debía estar ardiendo en los suyos. Mi boca se abría en jadeos mudos; mi aire era suyo, robado y devuelto a su antojo.

—¿Por qué? —logré jadear, apoyando mi frente contra la dureza de su hombro, desesperado. Su aroma, a sudor limpio y algo metálico, me mareaba.

¿Por qué este control? ¿Qué victoria gana en esta derrota? ¿Satisfacción?

¿Por qué se sentía tan jodidamente bien cruzar una línea que, con cualquier otra persona, ni siquiera se habría dibujado en el mapa?

¿Por qué con él, mis defensas se desvanecían como humo ante el viento?

—Sabes las respuestas, Nico —gruñó, y sentí su mandíbula apretarse contra mi sien—. Deja de pensar. El ruido que hace tu cabeza me distrae. ¿Quieres esto? Concéntrate en mí. Y responde.

Forcé mis párpados a abrirse. La habitación era un borrón de sombras, pero su silueta, recortada contra la luz fría de la luna que se filtraba por la ventana, era nítida como una cuchillada. Sus ojos, oscuros y fijos en los míos, no parpadeaban. Eran un pozo sin fondo en el que ya me había hundido.

Su ritmo cambió. Se volvió más rápido, más urgente, pero nunca, ni por un segundo, perdió ese control meticuloso, esa posesión absoluta. Su respiración se quebró en un susurro áspero junto a mi oído, un sonido que se mezcló con los gemidos ahogados que yo ya no podía contener.

—¿Es esto? —murmuró, su voz cargada de una tensión que delataba que él tampoco era inmune—. ¿Esto es lo que querías?

Mi cuerpo era un arco tensado hasta el límite de su fractura.

El calor se acumulaba en mi bajo vientre, una presión insoportable y magnética que giraba en espiral, atada al movimiento de su mano.

Sabía lo que venía. Lo temía. Lo anhelaba con una desesperación que me aterraba más que cualquier accidente.

El sonido húmedo y rítmico de su piel sobre la mía, mis jadeos convertidos en súplicas, su aliento caliente en mi cuello. Todo me impulsaba, como un proyectil bien dirigido, directo al borde del precipicio. Yo mismo había forjado los barrotes de esta jaula. Yo mismo le había entregado la llave.

Ya estaba más allá del bien y del mal. Más allá de la conciencia, de la razón, de toda prudencia.

—Lo quiero —fue un gemido desgarrado, una rendición total. La vergüenza sería un huésped para después—. Por favor…

—La próxima vez que veas una bandera roja —ordenó, su ritmo acelerándose hasta ser casi brutal—, piensa en esto. Olvida el resto. Vuelve a este instante. ¿Me oíste?

Asentí con desesperación, un movimiento convulso de mi cabeza. En ese momento, le habría entregado mi alma con tal de alcanzar el final.

—Buen chico —gruñó y esas dos palabras, cargadas de una aprobación perversa, hicieron que un estremecimiento me recorriera de la cabeza a los pies.

Patético.

Él enterró su rostro en la curva de mi cuello, un gesto que por un latido fue casi tierno, antes de que sus dientes se cerraran en mi piel. Mordió con una fuerza que rozaba el dolor puro, anclándome a la realidad, asegurándose de que yo sintiera cada parte de mi propia destrucción.

Ese fue el detonante final.

El mundo estalló en un blanco cegador y silencioso.

Una descarga violenta, pura, me atravesó de la coronilla a los talones.

Mi cuerpo se convulsionó contra el vidrio frío, sostenido únicamente por el brazo de hierro que ceñía mi cintura y por la mano que me extraía hasta la última gota de voluntad, hasta el último átomo de control.

Fue un colapso total, un terremoto interno que no dejó en pie ni un solo muro.

Me dejó vacío, tembloroso, vulnerable de una manera nueva y aterradora.

Durante una eternidad suspendida, no existió nada más que el sonido entrecortado de nuestro aliento, el tambor furioso de mi corazón contra mis costillas y la humedad fresca y vergonzante en mi estómago.

Lentamente, con una deliberación que era en sí misma una tortura, su mano se retiró.

El aire frío de la habitación golpeó mi piel sensible, haciéndome estremecer con un escalofrío violento. Él se separó un paso, solo uno, permitiendo que el peso de mi cuerpo, súbitamente sin soporte, se derrumbara por completo contra la ventana. Mis piernas eran de agua.

Abrí los ojos, sin fuerzas ni siquiera para albergar vergüenza.

Él se limpiaba los dedos con un pañuelo de lino blanco, extraído de su bolsillo con la misma meticulosidad con la que revisa los datos de telemetría.

Su mirada, cuando se elevó para encontrarse con la mía, era impenetrable.

No había remordimiento, ni culpa, ni triunfo evidente.

Solo la quietud profunda y peligrosa de una misión cumplida.

—Tres —dijo, su voz recuperando la frialdad de acero, aunque un susurro ronco la atravesaba—. Ya no me debes nada.

Giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta. No miró atrás. La abrió y salió, cerrándola con un clic tan silencioso y definitivo como el de una trampa que se activa.

Y yo me dejé caer por completo contra el vidrio, derrotado, vaciado, y más ardientemente vivo de lo que había estado en años.

Estaba atrapado.

Pero él aún me debía dos favores. Había muchas líneas por cruzar.

Si su capricho era empujarnos al borde mismo de lo tolerable, hasta donde el vértigo nubla la razón, yo, con una calma espantosa que brotaba de las cenizas de mi dignidad, me aseguraría de una cosa: Cuando llegara el momento de caer, ese abismo nos recibiría a los dos.