Capítulo 15 #2
Su pulgar, áspero por el roce del volante y la vida, se posó en mi labio inferior.
Justo en la pequeña grieta que yo mismo había abierto.
Otra vez. Un dolor agudo y brillante, como un relámpago en la oscuridad, me atravesó.
Un gemido escapó de mi garganta, involuntario, y mis ojos se anegaron al instante.
No por el dolor físico, que era un mero pinchazo, sino por la crudeza brutal del gesto.
Por la intimidad violenta de tocar mi dolor autoinfligido, de reclamarlo como suyo.
—Esto —susurró, su voz un ronquido cargado de desprecio, presionando con más fuerza hasta que sentí el sabor metálico de mi sangre manchando su piel— es lo único que haces bien. Destruirte.
Mis manos volaron a sus brazos, aferrándose para empujarlo, o tal vez para sostenerme, porque las piernas empezaban a flaquearme. Él lo notó. Una chispa de algo oscuro y triunfal encendió su mirada gris, transformando el hielo en algo más peligroso, más voraz.
Y en ese momento, mientras el sabor de mi propia sangre se fundía con el fantasma del tabaco en su piel, algo dentro de mí hizo click.
Una rendija se abrió en la fortaleza de mi negación.
Porque él tenía razón. Esto, esta danza de autodestrucción, era lo único que ejecutaba a la perfección.
Destruirme para él. Ofrecerle en bandeja de plata mis pedazos rotos, para que él los examinara, los juzgara, los pisara.
Y la parte más enferma, la más podrida y genuina de mi alma, se regodeaba en ello.
No era solo que no pudiera alejarlo.
Era que, en el fondo más profundo y vergonzante, no quería .
Cada regla absurda, cada «favor» que era una cadena, cada mirada cargada de un rencor que ya no sentía como un cuchillo en las costillas sino como un cable a tierra, como la única verdad en un mundo de mentiras corteses…
Todo era prueba de que aún existía para él.
Que no me había borrado del mapa de su obsesión.
Que su necesidad de destrozarme era el reflejo torcido, el gemelo malvado, de mi propia necesidad de ser destrozado.
Y ahora, con su pulgar manchado de mi esencia escarlata presionando contra mi labio, con su cuerpo tan cerca que podía sentir el calor animal que desprendía a través de la fina capa de algodón, esa verdad me embistió con la fuerza brutal de un camión a toda velocidad.
El miedo no se había ido. Latía, agudo y gélido, en cada taquicardia, en cada palpitación de mi corazón acorralado.
Pero ahora se había fundido con otra cosa, algo viscoso, ardiente y profundamente vergonzante: deseo.
Un deseo retorcido que se alimentaba no de caricias, sino de sumisión; no de igualdad, sino del control que cedía voluntariamente; de la crudeza con la que él manejaba los pedazos rotos que yo le ofrecía.
Él no me quería. Lo sabía con una certeza que me helaba y me calentaba a la vez.
Esto, para él, era poder. Era la culminación de todos esos favores pendientes, la prueba final de su dominio sobre el caos que yo representaba.
Pero a mí… A mí me prendía fuego por dentro.
Me hacía sentir más vivo, más real, que cualquier podio, que cualquier victoria efímera bajo el arco de meta.
Porque en la pista éramos iguales, rivales esculpidos en el mismo molde de ambición.
Pero aquí, en esta habitación ahogada en sombras y secretos, con mis defensas bajas y su pulgar hurgando en mi herida, la jerarquía era clara, primordial.
Y mi cuerpo, el gran traidor, respondía a ella con una lealtad humillante y absoluta.
Mis manos, que se aferraban a sus brazos, no lo empujaron. Mis dedos, en cambio, se enredaron en la tela de su camiseta, anclándome a él como un náufrago a los restos de su propio naufragio.
Porque en el fondo del abismo, lo que más temía no era su crueldad, ni siquiera su desprecio.
Era una posibilidad mucho más aterradora: que un día se aburriera.
Que mi destrucción dejara de ser un espectáculo interesante, que mi caída perdiera su sabor.
Y que me dejara aquí, intacto y olvidado, condenado a una calma que no sería paz, sino la ausencia definitiva de su tormenta.
—Estás sobrepensando —gruñó, apretando su ceño mientras su boca se acercaba peligrosamente a mi oído—. Tal vez mi error es dejarte demasiado tiempo a solas. Tomaré el primer favor. Dime qué te pasó exactamente hoy en la pista.
Quería hurgar en la herida expuesta, en el momento de pánico puro que me hizo olvidar que era un profesional y me redujo a un niño asustado, paralizado ante la misma tela roja que le arrebató a su mejor amigo.
—¿Cuál es tu objetivo? ¿Oír de mí algo que ya sabes? —logré escupir, en un susurro ronco que se quebró al final.
—¿Acaso te pedí que cuestiones mi favor? —Rydell se alejó lo justo para clavarme una mirada cortante, un movimiento controlado y peligroso como el de un depredador midiendo la distancia.
Tragué en seco, devolviéndole el desafío aunque cada fibra de mi ser gritara por huir.
Que patético me había vuelto.
—La bandera roja —murmuré, desviando la mirada un instante hacia la ventana oscura antes de volver a encontrarlo. No había escapatoria en sus ojos—. Tuve… un episodio. Hacía meses que no me pasaba. Fue como si mi cuerpo dejara de responder, como si las conexiones se fundieran.
—¿Es por ese día? Suzuka —insistió, sin piedad, su mirada escarbando en lo más hondo de mi memoria—. Yo me llevé el golpe, pero tú te quedaste con el trauma. Nunca entendí tu división de papeles, Nico.
—Había mejorado.
Mi voz sonó débil, como la de un hombre que intenta, desesperadamente, convencerse a sí mismo.
—No. Lo que hiciste fue ocultarlo momentáneamente. Barrer la mugre bajo una alfombra muy fina. Eso no es mejorar, Nicola. Eso es posponer el derrumbe.
—No puedo controlarlo —gruñí, la frustración haciendo que mi voz se quebrara—.
Si pudiera, no habría pasado el resto de la maldita temporada que te fuiste rogando que no se escuchara por la radio cómo perdía el control de mi cabeza, porque si perdía la oportunidad de subirme a un coche… lo perdía todo. Necesito esto.
Antes de que pudiera reaccionar, su mano libre se movió.
No hacia mi rostro, sino hacia mi estómago.
Su palma se aplastó contra mi bajo vientre, plana y firme, y me empujó hacia atrás con una fuerza brusca que me arrebató el aliento.
El vidrio frío de la ventana me golpeó la espalda, atrapándome entre la dureza implacable del cristal y el calor vivo, animal, de Rydell.
—¿Necesitas la velocidad, o necesitas el castigo?
—preguntó en voz baja, las palabras saliendo entre dientes como un siseo—.
Porque hay una línea delgada como una cuchilla entre el control que tu cabeza tiene sobre ti y el que me estás dejando tomar sobre ella.
Decídete. ¿Sigues retorciéndote en tu culpa, o me encargo yo del resto a partir de ahora?
Mi boca se abrió, pero solo escapó un jadeo ahogado. ¿Cómo se suponía que debía responder a eso? ¿Cómo admitir que ambas opciones me aterraban por igual?
—Te das demasiado mérito —me burlé.
Él no se inmutó. Su mirada gris no se apartaba de la mía cuando su rodilla se interpuso entre mis piernas, forzándome a abrirme, a ceder espacio. El contacto, a través de las capas de tela, fue un relámpago de vergüenza y deseo puro. Electrizante. Humillante. Excitante hasta la náusea.
—Cédeme el control —ordenó, su boca rozando ahora la curva de mi oreja. Su aliento, caliente y con un tenue regusto a tabaco, hizo que un escalofrío me recorriera la espina dorsal—. Ese es mi segundo favor.
Su mano en mi vientre comenzó a descender con una lentitud agonizante, deliberada. Los dedos se engancharon en el cinturón de mi pantalón. El clic del metal al ceder sonó obscenamente alto en el silencio cargado de la habitación.
El pánico, genuino y visceral, me atravesó como una lanza. Esto ya no era un juego de poder mental, un duelo de miradas y palabras envenenadas. Esto era físico. Real. Peligroso en un sentido nuevo y aterrador.
—Rydell… —su nombre salió de mis labios como un ruego, una súplica débil que detesté en el instante mismo en que la pronuncié.
Él hizo caso omiso.
—Cállate —murmuró contra mi sien y no había dulzura en el mandato, solo una férrea determinación.
Su mano apartó sin ceremonia el botón de mi pantalón y luego bajó la cremallera.
El sonido del metal deslizándose fue como un latigazo en la quietud.
Todo mientras su cuerpo me mantenía inmovilizado contra el cristal, y mis manos se aferraban a sus brazos, no para empujarlo, sino para anclarme a algo en el vértigo que ascendía.
Mi respiración era un caos y el alcohol en mi sangre parecía hervir, una excusa pobre para el incendio que me consumía por dentro.
—Para —jadeé, cuando sus dedos, fríos al principio, encontraron el elástico de mi ropa interior.
—No —refutó, su voz tan clara y fría como el cristal a mis espaldas—. Este va a ser mi tercer favor.
Su mano se deslizó dentro. No con prisa, sino con una lentitud devastadora, deliberada. Sus dedos, callosos por los guantes y sorprendentemente cálidos, cerraron su puño alrededor de mi erección con una posesión absoluta, sin ambigüedad.
Y entonces, todo se detuvo.
El sonido que solté fue vergonzoso, un quejido ahogado y vulnerable. Mi cuerpo se tensó de golpe, arqueándose ligeramente mientras apretaba los párpados con fuerza, como si al no verlo pudiera negar la realidad de su puño alrededor de mi carne, de mi rendición.
Él no se movió. Solo sostuvo. Su mirada era un peso físico sobre mi rostro, estudiando cada contracción, cada espasmo que le delataba.
Mi respiración era un descontrol absoluto.
Cada latido de mi corazón parecía martillar directamente contra su mano cerrada.
El mundo —el paddock, la carrera, el fracaso— se había desvanecido.
Solo existía esta habitación, la presión firme de su puño, y la batalla que había perdido mucho antes de que él cruzara la puerta.