La línea que no cruzamos Capítulo 15
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Capítulo 15

«Ese abismo nos recibirá a los dos»

NICOLA

Las fotos con Ainara tras la carrera se convirtieron en el foco de todos los fanáticos obsesionados con la vida privada de los pilotos.

Sus manos en mis mejillas, mi mirada clavada en el suelo —una imagen de frustración y consuelo público—.

No es que su gesto no fuera genuino en ese momento, pero la gente tejía narrativas más grandes que la verdad.

Palabras que supuestamente leyeron en sus labios, que ella nunca pronunció.

Psicología de sillón, análisis de nuestros movimientos, un supuesto lenguaje corporal que solo existía en sus pantallas. El mundo hablaba demasiado.

Y aún así, no iba a detenerlos. Lo necesitaba. El equipo lo necesitaba. Hasta Rydell lo necesitaba. Si mi sexualidad se volvía un arma, era mejor enterrarla un poco más, hasta que las cámaras perdieran interés o, al menos, la explosión no alcanzara a quienes estaban a mi alrededor.

Cerré la laptop con un golpe seco. Era la única forma de ver algo en redes; Rydell había desinstalado todas mis aplicaciones del teléfono. Y aunque sabía que podía reinstalarlas en un instante, algo me lo impedía.

Mierda. Era demasiado fácil controlarme. ¿Cuándo me había vuelto tan patético?

Y como si todo esto fuera poco, Kyle volvió a comunicarse. Un número desconocido apareció en mi buzón hace unos días. Por el tono de los mensajes, supe al instante que era él. Estuve tentado de bloquearlo otra vez, pero seguía asustándome el poder que tenía sobre mí.

La noche del domingo, justo después de la carrera, llegó otro.

Desconocido

Seguro tuviste un día difícil.

Avísame si necesitas descargar.

Ya sabes dónde encontrarme.

Incluso sonreí, con una ironía amarga. ¿Era posible tener tanto descaro?

Apagué el teléfono y lo dejé caer sobre el sofá verde ceniza de la habitación del hotel.

El avión saldría temprano al día siguiente.

Y así era como celebraba mi gran DNF en la última carrera: apoyado en el brazo del sofá, en una habitación a oscuras salvo por la luz cálida de una lámpara de pie junto a la entrada y el gran ventanal con Barcelona como telón de fondo, mirando hipnotizado —quizás un poco borracho— el intrincado patrón de la alfombra bajo mis pies descalzos.

Ainara me ofreció salir, perderse por las calles nocturnas de Barcelona, pero tenía un pequeño problema llamado Rydell Falken.

Ese era su truco: cada crujido del suelo, cada murmullo lejano en el pasillo, hacía que mi corazón saltara hasta la garganta.

Tontamente, lo estaba esperando como un cachorro espera a su dueño.

Y él lo sabía. Me llenaba de rabia, pero de esa que nunca es suficiente.

Sabe lo destructiva que es mi cabeza, el ruido que hace cuando pierde el control, y aún así, sigue buscando a toda costa exponerme a esto.

Quiere ser quien gobierne mi maldita mente y lo peor es que ni siquiera yo estoy seguro, a estas alturas, de que no lo logre.

¿Cuándo había escalado todo esto?

Quizás siempre habíamos estado en la cima de este abismo, solo que yo no quise verlo.

¿Cuándo empecé a sentir que mi cuerpo temblaba si su respiración rozaba mi piel?

¿Cuándo comenzó esta estúpida obsesión por dejar que tomara los hilos de esta marioneta que yo mismo me ofrecí a ser?

¿Cuándo él dejó de ser la víctima y se convirtió en el victimario?

¿Cuándo dejé de ser el culpable para convertirme en un cómplice activo?

¿Cuándo dejó de importarme?

De nuevo, ninguna respuesta. Porque en el fondo, sentía que no existía una en concreto. Simplemente… sucedió.

Un culpable que busca castigo. Un herido que se recompuso mal.

Estábamos destinados a fracasar de nuevo.

Y de alguna manera, ese impacto final ya no me daba miedo.

No podría esquivarlo. No ahora que estaba tan atrapado en esto.

Ensuciado en un campo que antes fue una amistad inocente y que ahora era un pantano oscuro, demasiado denso para dos adictos a la oscuridad.

La cuarta copa de whisky ya no ardía. Solo entibiaba el vacío que se expandía en mi pecho, un eco sordo de cada minuto que pasaba mientras la puerta permanecía inmutable.

Las dos de la madrugada. El silencio del hotel era una losa de plomo. Había dejado de sobresaltarme con cada ruido del pasillo hacía una hora. Ahora solo existía una resignación tensa, una vigilia forzada frente a la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad se apagaban una a una.

Apoyé la frente en el cristal frío. Barcelona brillaba abajo, indiferente. El hielo tintineaba en mi vaso, un sonido solitario. Mi respiración empañaba el vidrio.

No va a venir.

La idea debería haberme aliviado. En vez de eso, una punzada de decepción amarga se enredó en mis entrañas. Era patético. Lo sabía. Esperar al verdugo con la ansiedad de un amante abandonado.

¿Qué quería, de todas formas? ¿Que entrara y reclamara su favor con palabras?

¿Con más de esas frases cortantes que me dejaban sangrando por dentro?

Ya me había reprochado todo. Yo sabía cuánto le enfurecía que no diera el cien por ciento en la pista.

No iba a venir a repetir lo obvio. Yo inicié esta avalancha sobre mí; era el más consciente de mi ruina.

Y aún así, lo seguía esperando.

Me merecía estar así, un domingo por la noche, con una ciudad entera a mis pies y un vacío en las manos.

El cristal me devolvía un reflejo fantasmagórico: ojos cansados, el labio inferior mordido hasta la crudeza, el vaso de whisky sostenido con una mano que ya apenas sentía.

Cerré los ojos, dejando que el frío del vidrio penetrara hasta el hueso, deseando con todas mis fuerzas que apagara el bullicio interno que Rydell había encendido y luego abandonado a su suerte.

El sonido de la llave apoyándose en el lector de la puerta fue tan sutil que casi se perdió entre el latido acelerado de mi propio corazón. Pero lo oí. Lo había estado oyendo en mi cabeza durante horas, desde el momento en que le entregué esa maldita llave.

Abrí los ojos.

En el espejo oscuro de la ventana, la silueta se materializó.

No hubo ruido. Ni un suspiro. Solo la presencia, llenando el marco de la puerta que yo ya no vigilaba.

Mi cuerpo se tensó de golpe, cada músculo convertido en un cable de acero a punto de romperse.

No me di la vuelta. No podía. Mis ojos, abiertos de par en par, se clavaron en su reflejo en el cristal.

Su mirada, incluso en el reflejo distorsionado del vidrio, me taladró la nuca. No hizo ningún sonido. Solo observaba. Esperaba.

Mi respiración se detuvo. El vaso de whisky en mi mano pesaba como una roca.

Se había quitado la chaqueta del equipo.

Llevaba solo una remera negra ajustada y el pantalón de calle.

Un estilo demasiado urbano, demasiado despreocupado para la tormenta que traía consigo.

Su pelo rubio opaco estaba desordenado, como si se hubiera pasado las manos por él una y otra vez, luchando contra algún pensamiento intrusivo.

Y sus ojos… Sus ojos no se apartaban de mi nuca.

Los sentí recorriendo cada curva de mi espalda, mi postura derrotada contra la ventana, con la intensidad de un láser cortando a través de la penumbra.

No dijo una palabra. Cerró la puerta con un clic suave, definitivo. El sonido resonó en mis huesos, un eco de inevitabilidad. Echó el pestillo.

El alcohol en mis venas se evaporó, reemplazado por una lucidez aterradora. Esto ya no era un favor pendiente. Esto era otra cosa, algo antiguo y afilado que habíamos enterrado vivo y que ahora desenterraba con sus propias manos.

—¿Vas a quedarte ahí mirando? —logré articular, dándome la vuelta con torpeza. Mi voz sonó ronca, manchada por el whisky y la tensión que nublaba la habitación.

Me quedé junto a la ventana, el cristal frío contra mi espalda, pero al menos ahora podía confirmar que él era real y no una creación de mi culpa y mi nostalgia.

Él ignoró mi pregunta. En tres pasos silenciosos, como un depredador que conoce cada sombra de su territorio, estaba frente a mí.

—Pensé que no vendrías —musité. Era un desafío, pero sonó a rendición, a una confesión hecha con el último aliento.

—Esa era la idea —respondió. Su tono era liso como el mármol, pero yo lo conocía lo suficiente para detectar la nota de satisfacción escondida en la cadencia. Había ganado. Me tenía aquí, en vilo, esperándolo como un idiota, como siempre.

El aire que traía consigo olía a noche fresca y a esa colonia amaderada, a sándalo y a ceniza, que siempre lo envolvía. Un aroma que mi cerebro asociaba instantáneamente con la adrenalina pura, con el peligro. Y con el humo. Cigarro.

No lo pensé —ése es el veneno del alcohol, que desarma las barreras—. Me acerqué. Me incliné hacia el cuello de su camiseta, donde la piel se encontraba con la tela, y respiré hondo. Él no se movió. Era una estatua de voluntad.

—Fumaste —reproché, entrecerrando los ojos al retroceder.

—Tal vez —admitió, dando un paso adelante. Yo me tensé de inmediato. Irónico, considerando que acababa de invadir su espacio, de respirar su esencia como un animal rastreando una presa—. Tú, en cambio, te volviste a morder la boca.

Tragué saliva, apartando la mirada hacia la oscuridad tras el cristal. No era como si pudiera controlarlo; a veces, en el proceso tortuoso de la curación, era más fácil rasgar la costilla nuevamente.

Su mano se alzó entonces, fría por el aire nocturno que traía consigo, y me agarró de la barbilla con una firmeza que no admitía negociación. Me obligó a volver a sus ojos. Estaba furioso. No con el fuego de un arrebato, sino con el hielo de una decepción profunda.