La línea que no cruzamos Capítulo 14
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Capítulo 14

«Respirar el aire que él había envenenado con su miedo»

RYDELL

La rabia es un líquido frío en mis venas.

No arde, no quema. Se congela. Se instala en el fondo del estómago como una losa de acero y desde ahí emite un zumbido sordo y constante, un tañido fúnebre que ahoga cualquier otro sonido.

Es el único lamento que escucho mientras el Auronox avanza en formación tras la bandera roja, un cortejo de fantasmas a treinta kilómetros por hora.

Acabo de recibir la noticia por parte de Lorien, mi ingeniera. Nicola quedó fuera de competencia.

Basta con girar ligeramente la cabeza para verlo. Está justo en la pantalla.

Su monoplaza, escorado de forma obscena, inmovil junto a los pianos de la recta principal. La parte baja, destrozada. Un espectáculo de derrota íntima, expuesto a la vista de todos.

Mis manos se ajustan sobre el cuero del volante. No fue un choque con otro rival. Fue un error estúpido. Un error de principiante asustado.

Y yo sé exactamente de qué se asustó.

El pensamiento me golpea con la fuerza de un impacto real.

En la repetición, se ve con una claridad brutal: Nicola pierde el control tan pronto ondean las banderas rojas.

El mundo entero puede ver ahora lo que ocurre dentro de su cabeza.

Es demasiado transparente. No fue un rival quien lo sacó de la carrera.

Fue el fantasma que yo mismo alimento cada día.

Fue el miedo a repetir la historia que yo le recuerdo en cada mirada, en cada silencio.

Su fracaso lleva mi firma, está manchado con mi veneno.

Y eso no me produce satisfacción. Me inunda una furia glacial, insoportable.

Porque es débil. Porque se dejó quebrar. Porque, en el momento crucial, en vez de clavar los dientes y luchar, se dejó arrastrar por el pánico. Por mi culpa.

Mientras pasaba lentamente junto a su coche averiado, sentí el peso de su mirada.

Aun a través del visor cerrado y la distancia, supe que me observaba.

Imaginé sus ojos, seguramente nublados por esa autocompasión que tanto detesto.

Y algo en mi pecho se retorció, no con lástima —nunca es lástima con él—, sino con una rabia posesiva, la misma que consumiría a un escultor al ver su obra maestra resquebrajarse por una falla en la piedra.

Llegué a los boxes. No bajé del coche. Solo es una bandera roja; debo permanecer. El equipo era un hervidero de murmullos y miradas furtivas. No hacía falta preguntar. La decepción estaba pintada en cada rostro. Dylan, su ingeniero, parecía haber envejecido diez años en un instante.

—¿Está bien? —pregunté. Mi voz sonó plana, metálica, como salida de una máquina.

—Sí. Físicamente, está bien —respondió Lorien por el radio, comprendiendo el verdadero significado de mi pregunta—. Fue el piano. Un error de cálculo...

—Lo vi —corté en seco.

No necesitaba más explicaciones. Cerré los ojos, bloqueando el caos a mi alrededor, incluso cuando percibí el paso de Nicola por su garaje.

No quise verlo. No ahora, con la carrera aún suspendida, porque conozco mis impulsos; sería capaz de bajarme de este coche, de atravesar el paddock y sacarle los demonios de la cabeza con mis propias manos.

Bandera verde. De regreso a la pista.

Terminé en la decimosegunda posición. Un lugar sin gloria, sin eco.

Escuché por encima los halagos vacíos de Lorien mientras dejaba el casco tras el pesaje.

Mis ojos escanearon la habitación y se clavaron en la pantalla a un costado.

Nicola estaba hablando para la prensa, explicando el error.

La habitación quedó en silencio; solo el sonido de mi respiración, más acelerada de lo normal, y la imagen de él, moviéndose con una inquietud palpable.

Frustrado. Esquivaba la cámara, bajaba la mirada, perdía el foco. Su profesionalismo, hecho trizas.

Neiva estaba a su lado, pero ni siquiera ella podía ordenarle que enderezara la espalda o que dejara de hablar como si las palabras le quemaran los labios.

—Nicola, un error tan inusual para ti... ¿Puedes explicarnos qué pasó por tu mente en ese instante? —preguntó el periodista, y vi cómo la garganta de Nicola se contraía al tragar. Seguí el movimiento con una atención enfermiza.

—Fue una combinación de factores —mintió, con una voz que quería sonar técnica y solo sonaba quebrada—. El viento lateral fue traicionero hoy y, justo en ese momento, perdí un poco de carga aerodinámica. Son cosas que pasan.

Una sonrisa fría y torcida se dibujó lentamente en mis labios.

Vaya excusa de mierda.

Lo había visto todo a través de los datos, de la telemetría que nunca miente.

No hubo fallo mecánico, ni pérdida de carga.

Hubo una presión excesiva y repentina en el freno, la huella dactilar del pánico.

Luego, un giro brusco del volante, la firma de un piloto que no luchaba contra el asfalto, sino contra los fantasmas de su propia cabeza.

Había quebrado su fachada tan completamente que ahora, en vivo y frente al mundo, solo podía balbucear una mentira patética.

Y lo más retorcido de todo era que, al verlo ahí, tan vulnerable y mintiendo tan mal, lo único que sentí fue un impulso abrumador de ir y arrancarle la verdad a dentelladas. O de destrozar esa máscara de una vez por todas.

Pasé por la rueda de prensa como un espectro, esquivando preguntas con respuestas evasivas. Me escapé del equipo y lo alcancé justo cuando salía de los baños del motorhome, su refugio temporal.

No dije una palabra. Lo tomé del brazo con firmeza y lo empujé de vuelta al interior.

Él no opuso resistencia, aunque una confusión instantánea cruzó su rostro y emitió un quejido ahogado que ignoré por completo.

Lo solté una vez que estuvimos los dos dentro y me aseguré de que la estancia estuviera vacía. Su ceño se frunció al observarme.

—¿Necesitas compañía para usar el baño? —se quejó, cargando cada palabra con un sarcasmo cansado—. La gente normalmente pide permiso.

No le quedaba esa fachada de indiferencia. No conmigo.

—Son tres —le recordé, dándome la vuelta para enfrentarlo. El espacio entre nosotros era eléctrico—. Tres favores que me debes.

—Es imposible que lo hayas notado —musitó, con una incredulidad que sonaba a esperanza rota. Aunque, por la forma en que me miró, una parte de él sabía que yo lo notaría todo—. Tenía el maldito casco puesto.

Me acerqué. Disfruté —con una satisfacción oscura y punzante— la forma en que todo su cuerpo se tensó cuando mi mano se alzó.

Apreté su labio inferior entre mi pulgar y mi índice, no con crueldad, sino con una precisión clínica.

Él me miró con los ojos muy abiertos, una mueca de dolor torciendo su boca, y su mano se cerró instintivamente alrededor de mi muñeca.

Pero no me apartó. El muy masoquista no me apartó.

No tardó en rezumar la herida. Solté su labio solo para usar mi pulgar y limpiar esa gota de sangre, pequeña e insignificante. No pasé por alto cómo me miraba entonces: con una vulneración total. O cómo sus mejillas ardían mientras sus cejas delataban el dolor punzante.

—Esto —dije con una crudeza que cortaba el aire, alzando el dedo manchado a la altura de sus ojos—, es porque sucedió hace unas pocas horas.

Su respiración se cortó. Podía ver el torbellino en su mirada: la vergüenza, la rabia, y esa jodida vulnerabilidad que siempre se abría paso hacia mí como un río hacia el mar.

—No lo hice a propósito —susurró, y sonó tan débil, tan quebrado, que por un segundo tuve el impulso de sacudirlo hasta que los dientes le castañearan.

—No me importa si fue a propósito —mentí, bajando la mano pero sin romper el contacto visual.

Mi pulgar, manchado con su esencia, se cerró en un puño—.

Lo que me importa es que perdiste la cabeza.

Que viste una bandera roja y, en vez de ser el piloto que sé que puedes ser, te convertiste en un niño asustado mirando bajo la cama.

—¿Qué te hizo pensar que fue la bandera? —intentó, desviando la mirada hacia la pared, hacia cualquier lugar que no fuera yo.

Mi mano libre se movió rápida como un látigo, agarrándolo por la nuca y forzándolo a mirarme de nuevo. Él emitió un sonido ahogado, un cruce entre un jadeo y una protesta.

—Miénteme otra vez —corté, con la voz baja, grave y cargada de una promesa de violencia—. A ver si hasta tú te lo crees. Pensaste que era yo el que estaba en la grava, ¿verdad? Que la historia se repetía.

Calló. Ese silencio espeso, cargado de horror y admisión, fue toda la confirmación que necesité. La rabia helada en mis venas estalló en un hervor repentino, en un fuego blanco que me nubló la razón.

—¿Así de fácil es, entonces? —continué, invadiendo su espacio hasta que el aire entre nosotros se volvió escaso y compartido—.

Después de todos estos años, de todo ese odio que decías atesorar, solo hace falta un pedazo de tela roja ondeando al viento para que regreses a aquel día.

Para que te desmorones como arena entre los dedos.

—No me derrumbé —replicó, pero su voz era un susurro sin convicción, una sombra de la rebeldía que una vez fue.

—Destrozaste el coche. Destrozaste tu carrera —espeté, soltando su nuca para clavar un dedo índice en su esternón, justo donde debía latir su corazón—. Todo porque tu mente te traicionó. Eres un caos andante, Nicola. Y lo más trágico es que arrastras a todos en tu caída.

—¿Y qué quieres que haga? —estalló de repente, apartando mi mano con un gesto brusco—. ¿Que te pida perdón otra vez? ¿Que me arrastre de rodillas? ¡Ya lo hice! ¡Llevo arrastrándome desde el día que volviste! ¿Qué demonios quieres de mí, Rydell?

Su pregunta quedó suspendida en el aire viciado del baño, un eco ensordecedor de todo lo nunca dicho, de todas las heridas nunca cicatrizadas.

Un silencio espeso y brutal cayó entre nosotros, roto solo por el sonido áspero de nuestra respiración.

Mis ojos, traicioneros, descendieron hacia su labio.

Hacia la pequeña grieta que yo había reabierto.

Hacia la sangre que empezaba a oscurecerse en los bordes.

Tomé una bocanada de aire, profunda y punzante, no para calmarme, sino para sofocar el deseo primitivo, visceral y completamente incorrecto que se encendió en mis entrañas al verlo así: vulnerable, ensangrentado, mío.

—Quiero que dejes de estropear lo que es mío —murmuré y sentí un estremecimiento recorrer su cuerpo, una reacción física a la propiedad que reclamaba—. Incluyéndote a ti mismo.

Antes de que pudiera formular una respuesta, una réplica, un grito, me separé. Di un paso atrás, rompiendo el hechizo tóxico que nos envolvía. La distancia fue instantánea, pero la marca de mis palabras permaneció.

—Tres favores —repetí y cada sílaba sonó a sentencia inapelable, a clavo en un ataúd—. Te cobraré uno ahora. Quiero las llaves de repuesto de tu habitación del hotel.

Se quedó mirándome como si acabara de declarar que el cielo era verde. Su respiración aún era agitada, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido no solo por el paddock, sino por el infierno entero.

—¿Por qué? —logró preguntar, al final. El ceño fruncido, la desconfianza nublándole la mirada—. ¿Qué estás tramando ahora?

—Lo que cobro es asunto mío. Tú solo entrega.

Lo vi luchar contra sí mismo, una guerra interna reflejada en el apretar de su mandíbula, en la forma en que exhalaba hondo, como si intentara expulsarme de su espacio vital con el solo aire de sus pulmones.

Me fulminó con esos ojos verdes, preciosos y llenos de ira, y sin embargo…

sin embargo, metió la mano en el bolsillo de su pantalón.

Sacó un llavero sencillo. Separó una de las dos tarjetas magnéticas y me la tendió.

El gesto fue rápido, casi violento, impregnado de una frustración que era casi tan palpable como el deseo que había en el aire un momento antes.

—¿Vas a entrar? —insistió, la voz cargada de una mezcla de desafío y algo más… ¿curiosidad? Mi sonrisa fue la única respuesta necesaria—. ¿Qué quieres de allí? ¿A qué hora irás?

Ignoré sus preguntas. Eso era lo fascinante, lo que electrizaba mi sangre: Nicola ya no tenía el control. La balanza se había inclinado, y él lo sabía. Deslicé la tarjeta en el bolsillo trasero de mis pantalones, sintiendo el plástico frío.

—Te veo luego —dije, con una simpleza que era en sí misma la mayor de las provocaciones. Él gruñó mi nombre, un sonido gutural de protesta insatisfecha.

Giré sobre mis talones y salí del baño, dejándolo solo en la penumbra, con el fantasma de mi contacto aún ardiendo en su piel y el peso de una deuda que, esta vez, intuía que no se saldaría con palabras o gestos vacíos. No sería un favor cualquiera.

No era un deseo lo que lo movía. Era un castigo.

Para él, por su debilidad. Y quizás, en el fondo más oscuro y honesto de mi ser, para mí también.

Porque necesitaba estar allí, en el santuario de su derrota.

Necesitaba ver de cerca el rastro de su fracaso, respirar el aire que él había envenenado con su miedo.

Necesitaba demostrarle, y demostrarme en el proceso, que incluso hecho añicos, incluso resquebrajado, seguía siendo mío.

Mío para observar, mío para juzgar, mío, si el impulso ganaba, para volver a despedazar.