La línea que no cruzamos Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Barcelona es el circuito que desnuda cualquier falla del coche.

Es un juez implacable, una máquina de la verdad.

Si hay un problema de equilibrio, de aerodinámica, aquí te arranca la máscara y te expone.

Por eso, cuando terminamos los entrenamientos libres en el Auronox, flotaba en el garaje un optimismo frágil, como cristal soplado.

El coche no era un proyectil, ni mucho menos, pero era consistente.

Predecible. Para un equipo como el nuestro, que lucha por arañar cada milésima, eso era un faro en la bruma.

Trabajamos en el ritmo de carrera, en la gestión de neumáticos…

esas cosas grises que, el domingo, se traducen en puntos.

Incluso Rydell y yo mantuvimos una distancia profesional, fría y pulcra, limitándonos a los datos y a los debriefings técnicos.

Por un instante, casi pude creer que éramos solo compañeros de equipo, dos piezas de la misma maquinaria.

Ignorando, claro, cómo su mano cerraba mi brazo hasta clavarme los dedos cuando me sorprendía arrancándome la piel del labio sobre los gráficos, justo antes de alzar esa misma mano para señalarme con gesto mudo cuántas veces lo había hecho ya.

Llevaba la cuenta, por supuesto. Siempre llevaba la cuenta.

Y aunque llevaba la cuenta de dos, es solo porque ya cumplí tres de sus «deseos».

Odiaba lo mucho que me prestaba atención.

Excepto que eso era una absurda mentira.

Pedí un café, y él gastó su primer favor obligándome a dejar que le diera el primer sorbo. Era una burla despiadada. Ni siquiera le gusta el café.

El segundo lo usó para que me sentara a su lado en una junta técnica. La mirada de los ingenieros cuando rodeé toda la mesa para acomodarme a su lado fue su verdadero premio. Su media sonrisa de suficiencia me lo confirmó. Yo me limité a suspirar, fingiendo fastidio.

El tercer favor lo cobró justo después de la última práctica.

Me tomó una fotografía, obligándome a sonreír con su casco de carreras entre las manos.

Le respondí con un dedo medio bien claro y aparté la vista, solo para molestarlo.

Pero él solo miró la imagen con una expresión divertida y luego la subió a sus redes como si no fuera a desatar el infierno.

Me quedé observando su sonrisa mientras revisaba la foto. Odié la forma en que la contempló, con un orgullo quieto y posesivo.

Y ahí estaba mi otra gran mentira.

Parecía disfrutar genuinamente de esta dinámica y, al menos a mí, me mantenía lejos de mis propios impulsos autodestructivos. Le di el crédito, a regañadientes.

Pero luego llegó la carrera.

El coche que se sentía estable en ritmo largo se volvió nervioso, huidizo, cuando lo llevabas al límite por una sola vuelta.

Luché contra el subviraje en la curva lenta diez y el tren trasero me traicionó en la rápida curva tres.

Cada error me costaba dos o tres décimas, pequeñas muertes que se acumulaban.

Y aunque en el fondo sabía que los puntos estaban al alcance, todo se desmoronó cuando vi ondear las banderas rojas. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que sentí como el pecho se me cerraba dentro del monoplaza, que llegué a creer, ingenuamente, que lo había superado.

Estaba equivocado.

El mundo se contrajo en un instante. El rojo. La bandera. Siempre el maldito rojo.

No fue el color lo que me paralizó, sino el recuerdo que desató: un fogonazo cegador del impacto, neumáticos patinando sobre el asfalto de Suzuka, el crujido catastrófico del carbono al romperse y, sobre todo, el silencio sepulcral en la radio que siguió. Suzuka. Rydell.

Solté algo entre un jadeo y un gruñido ahogado. No quería esto. No ahora. Intenté seguir, en orden, los ejercicios que mi psicóloga me había enseñado, pero mi mente era una tormenta estática. Quería concentrarme y olvidé que en esta herida en particular, el poder lo tenía la sangre, no la voluntad.

Mi respiración se atascó en el pecho, convertida en una losa de hormigón. Las manos en el volante comenzaron a temblar y un sudor frío empapó la balaclava bajo el casco. No podía ser. No otra vez.

No es Rydell , me dije. Podría ser cualquiera. No es tu coche, no es tu carrera, no es tu bandera roja.

Pero la pregunta surgió como un latigazo envenenado: ¿Y si sí lo es?

Envenenado por la historia que nos unía, no vi nada, no supe nada, solo el rojo flagrante y la certeza visceral de que él estaba en el centro del caos.

—Nicola, bandera roja —la voz de Dylan logró filtrarse por el caos mental—. Accidente en la curva cinco. Reduce velocidad y vuelve a boxes en formación.

Su voz llegaba distorsionada, como desde el fondo de un pozo profundo.

No reduje. Pisé el freno con más fuerza de la necesaria, y el coche protestó con un gemido. Los pianos a la entrada de la recta de meta se acercaron demasiado rápido. En un acto reflejo desesperado, para esquivar una sombra que solo existía en mi mente, giré el volante con brusquedad.

Fue un error.

Una sacudida violenta. Un crujido sordo, devastador, resonó en mis huesos. La parte baja del monoplaza rozó el piano con un sonido que me erizó la piel bajo el traje. Una luz de advertencia, sanguínea, se encendió en el volante.

—¿Nicola? —la voz de Dylan se agudizó con una nota de alarma—. Daño en el fondo plano. Parada inmediata. ¿Estás bien?

Tardé unos segundos en forzar las palabras. Y cuando lo hice, fue con un tono plano, un pobre disfraz para el naufragio interior.

—Bien —suspiré, la mentira pesando como plomo—. Lo siento. Estoy bien.

No había chocado con nadie. Solo con mi propio fantasma.

Apagué el motor, y la furia contra mí mismo ahogó, por un momento, el pánico helado.

Desde la cabina, vi pasar los monoplazas en su lenta procesión hacia los boxes.

Y entonces lo distinguí: el Auronox de Rydell, impecable, deslizándose junto a mi coche herido con una elegancia que me pareció un insulto personal.

No podía ver su rostro tras la visera tintada, pero me lo imaginé con una claridad dolorosa: una ceja ligeramente arqueada, quizás el rastro de una media sonrisa, porque una vez más, había caído por culpa suya.

Pero en el fondo, en ese lugar oscuro donde guardaba la verdad, sabía que no estaría sonriendo. Rydell probablemente herviría de ira silenciosa por esto. Y por alguna razón retorcida, me importaba más su decepción —su fría, feroz decepción— que la de todo el paddock junto.

A la mierda con intentar ocultarlo. Esa era la verdad desnuda.

Mi carrera había terminado. Un DNF estúpido, evitable, causado por un ataque de pánico y un trozo de goma blanca.

El silencio volvió a apoderarse de todo, roto solo por el zumbido lejano de los coches que regresaban.

El daño ya estaba hecho. Y en el profundo y avergonzado silencio de la cabina, con el olor acre a fibra de carbono fracturada y derrota, supe que la sexta vez que me mordí el labio hasta hacerlo sangrar, justo antes de perder el control, había pasado completamente desapercibida para todos.

Excepto, tal vez, para el único hombre que coleccionaba meticulosamente esas pequeñas autodestrucciones.

Y ahora, irremediablemente, le debía una más.