La línea que no cruzamos Capítulo 13
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Capítulo 13

«No es tu coche, no es tu carrera, no es tu bandera roja»

NICOLA

Ainara es una de las pocas personas en el mundo ante la cual, cuando diez cámaras apuntan a tu rostro, logras sentirte verdaderamente cómodo en una habitación.

La conocí a los veintiún años, cuando ambos posamos para un comercial de perfumes.

Es una de las mujeres más bellas que he conocido en mi vida; su sonrisa fácil y sus ojos ámbar son un imán para las miradas.

Y aún así, fue con ella que terminé de entender que quizás el problema no estaba en el sexo femenino ni en mi búsqueda exhaustiva por sentir algo, sino en mí y en mi obsesión por tapar el sol con un dedo.

Ainara es modelo reconocida, influencer y hasta actriz de comerciales.

Piel cálida, mirada entornada, cabello castaño y proporciones esculturales.

Pero jamás pude verla con otros ojos que no fueran los de una amistad leal.

Y quizás por esa misma razón, hoy somos buenos y viejos amigos.

De esos que se escriben en Navidad, Año Nuevo, cumpleaños, y alguna que otra vez para felicitar al otro por un trabajo nuevo o una carrera ganada.

Cuando le envié ese mensaje pidiendo ayuda, ella no dudó ni un segundo en atender la llamada, comprender mi situación y empatizar con ella.

Ainara es ese tipo de persona que no tiene pelos en la lengua, que no permitirá que ningún periodista intente difamarla o armar una polémica absurda.

Así que cuando le dije que necesitaba apagar un incendio en las redes, primero me reprochó mi silencio, pero terminó entendiendo que no serviría de nada desmentir algo que el mundo ya se había tragado.

Había que darles un nuevo alimento. Y así fue como terminamos encontrándonos, fingiendo una cita, y luego una supuesta relación totalmente creíble entre los dos.

Conti, el director del equipo, me citó a hablar el mismo día que el rumor se esparció como fuego en un campo seco: rápido e imparable.

Apenas recuerdo sus palabras por encima del martilleo de mi corazón mientras veía la noticia en una pantalla enorme.

Me sudaban las manos y me ardía la garganta.

Incómodo, ansioso, asustado. Todo mientras Conti me pedía claridad en el asunto, pues los patrocinadores no estaban contentos.

Vi en sus ojos comprensión, pero también advertencia.

Y yo sabía lo rápido que se pierde el equilibrio cuando este deporte te arroja a una cuerda floja mal sujeta.

En el desespero, uno es capaz de aferrarse a cualquier mentira con tal de no caer.

Mentí, como lo había hecho mil veces antes.

Pero por alguna razón, esta vez se sintió más pesado; más agotador.

Quizás eso tenía que ver con que estaba decidido a salvar el último año que me quedaba aquí.

Después de esta temporada, había decidido retirarme para siempre.

Después de todo, solo corría porque el fantasma de Rydell me perseguía entre la culpa y el remordimiento.

La velocidad ya no era suficiente y el corazón, desde que él volvió, había vuelto a escucharse por encima del motor. No podía seguir así.

Tenía que aceptar lo más difícil para un adicto a la velocidad, criado en el individualismo, la competencia feroz y la injusta suerte: saber cuándo parar.

Después de la mala carrera en Bakú, viajamos a Barcelona, dando inicio al tramo europeo. Viajé una semana antes para comenzar con los simuladores, seguir con mi novela ficticia junto a Ainara y huir de Rydell. No me enorgullecía, pero tampoco iba a mentirme a mí mismo.

Últimamente las cosas están raras.

No de una manera que me descoloque, me enfurezca o me entristezca, y esa es justamente la parte extraña del asunto: me gusta.

La dinámica posesiva de exigir atención, de buscar la mirada del otro en una habitación llena, de alzar la cabeza cuando escuchas su nombre.

La forma en que controla que no muerda mi labio hasta lastimarme, o cómo guarda la caja de cigarrillos de vuelta en su bolsillo cuando lo veo asomarse por la ventana del baño.

Me gusta cómo aprieta la mandíbula cuando se enfurece por algo que hago o digo, y me gusta que esté tan obsesionado con el sonrojo fácil de mis orejas.

Y por toda esa tonta idea que no acepto como correcta, es la razón por la que huyo constantemente.

Las redes sociales se calmaron con el tema de mi sexualidad y eso pareció tranquilizar al equipo también.

El único que no parecía contento con el asunto era Rydell y no hacía falta analizarlo mucho: él realmente lo hacía notar.

Y mentiría si dijera que eso no causaba en mi pecho algo extraño, similar a la adrenalina.

Él quiere poder, pero yo decido cuánto de él obtiene.

—¿Planeas salir del clóset públicamente cuando acabe la temporada? —preguntó Ainara en voz baja, directa como siempre, mientras ajustaba sus lentes de sol y sonreía a las cámaras como si pudiera hacer absolutamente todo al mismo tiempo.

Estábamos entrando al paddock. Esto era una pasarela más para ella. Yo fingí rascarme encima de la boca para ocultar mis labios a los periodistas.

—No eres muy oportuna con las preguntas en lugares públicos, ¿verdad?

—Tu vida y la mía son tan públicas como el baño de una estación de servicio, Nico —respondió, rodando los ojos. No la vi hacerlo, pero estoy seguro—. Dejé los modales en otro bolso, lo siento. Ahora, responde.

Apoyé la tarjeta en el lector y ella hizo lo mismo. Ambos entrando a la boca del lobo.

—¿Por qué es importante eso? No me interesa seguir siendo público cuando esto acabe. No les debo esa parte de mi vida; lo sabrán solo si me descubren. Tampoco planeo hacer un documental sobre cómo es ser… como yo en la Fórmula 1.

—Venderías mucho —murmuró Ainara, encogiéndose de hombros con la delicadeza que solo ella podía imprimir a ese gesto—. Aún así, ¿está tu compañero de equipo enterado de todo esto?

Fruncí el ceño, pero me obligué a borrar ese gesto solo porque había una cámara a pocos metros y tuve que sonreír al saludar. Lo último que necesitaba era quedar como un descortés. No me apetecen más titulares.

—¿Qué tiene que ver Rydell aquí? —pregunté tan bajo y entre dientes que no estuve seguro de que Ainara hubiera entendido.

—Por la forma en que me clava un dardo con su mirada cuando me ve entrar en una habitación, creo que todo.

Le abrí la puerta del motorhome a Ainara para que entrara mientras se quitaba los lentes, y yo saludé a un fanático que señalaba su gorra con mi nombre. Adorable.

—Solo estás exagerando —continué, una vez que ambos estuvimos lejos de las cámaras—. ¿Por qué razón le desagradarías a Rydell?

—Tal vez porque a tu extraño cerebro se le ocurrió no decirle que todo esto es un matrimonio lavanda.

Solté un bufido bajo. Necesitaba un café.

—No somos un matrimonio —dije, ignorando su primer reproche. Ainara me miró con esos ojos ámbar que me hacían querer hundirme en el suelo. Era un poco intimidante—. Nara, él sabe que no es real. Probablemente sea el primero en haberse dado cuenta.

Pareció un poco sorprendida por eso. Y yo sabía que esa curiosidad en sus ojos nada la saciaría. Podía ser bastante chismosa si se lo proponía y lo hacía muy seguido para mi gusto. Aunque servía tenerla al lado en una premiación o evento. Sabía todo de todos. Daba un poco de escalofríos.

—Él… ¿sabe de tus preferencias? —preguntó, de manera pausada, analizando hasta el movimiento de mis manos.

—Sí, lo sabe. Bastante bien —murmuré lo último.

—Y dijiste que sabe sobre nuestro matrimonio lavanda.

—El cual no es un matrimonio. Sí.

—Mencionaste el otro día que llegaste tarde a nuestro encuentro porque él te arrastró a una habitación. Solos.

—Estás metiéndote en un terreno inestable, Nara —le reproché, sintiendo el calor subir a mis mejillas al recordar ese día. Al menos no le di los detalles de lo que ocurrió, aunque su imaginación no era mucho mejor.

—Por Dios, Nico. ¡Por supuesto que quiere matarme! —exclamó, indignada. Su cabello castaño cayó sobre sus mejillas sonrojadas por el calor de Barcelona—. Yo soy una actriz invitada; él es el protagonista.

Solté una risa, desviando la mirada porque realmente tenía que estar delirando.

—Vas a tener que explicarme eso.

—Soy una distracción, Nicola —continuó, suspirando como si fuera un niño tonto que no entiende por qué dos más dos son cuatro—. Y él quiere tu atención. Está celoso, por supuesto.

Otra risa, esta vez más como un bufido. Subí las escaleras, huyendo de ella, de su locura y de la extraña forma en que mi estómago se revolvió.

—¿Celoso de qué, Nara? A veces me preocupa lo lejos que llegas.

Ella me siguió, sin darse por vencida.

—¿Vas a llamarme loca, de verdad? Nicola, lo pensaste. No hablo de sentimientos. Hablo de atracción. Mírame a los ojos y dime que no se te pasó por la cabeza ni una vez cruzar esa línea.

No lo hice. Porque tal vez, y solo tal vez… sí se me pasó por la cabeza. Pero ella no tenía por qué saber que mi pulso se aceleró cuando Rydell me ordenó que dejara de morderme la boca. Había límites de privacidad.

Y yo estaba a un solo suspiro de perder la cabeza por eso. No necesitaba exteriorizarlo y terminar odiándome por siquiera pensarlo.

Ni siquiera éramos amigos a estas alturas. No tenía sentido. Tal vez realmente necesitaba echar un polvo y calmar mi abstinencia. Debía ser eso.

—La que está cruzando una línea eres tú. Tengo prácticas en unas horas, te veo luego —saludé, dándole un rápido beso en la mejilla y simplemente dejándola con las palabras en la boca.

No me hacía falta hablar con Ainara para que ella supiera lo que pensaba.

Ella sabía. No pude ni esforzarme en ocultarlo.