La línea que no cruzamos Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Estaba impotente. Había tanto ruido en esa cabeza obstinada que me sentía ignorado mientras él sobrepensaba cada palabra.

Apreté sus muñecas al verlo llevarse los dientes al labio otra vez.

Clavé mis uñas en su piel cuando lo vi abrirse de nuevo la herida, haciendo brotar una gota de sangre carmesí.

—Tienes un hábito de mierda —le gruñí, invirtiendo nuestras posiciones hasta clavarlo a él contra la pared. Podía forcejear todo lo que quisiera; no pensaba soltarlo—. Tu boca parece un campo de batalla. Me está cansando lo fácil que te haces sangrar.

Su pecho estaba pegado al mío. Subiendo, bajando. Todo de manera irregular. Y todo contra mi piel. Se sentía caliente entre los trajes de nomex que usábamos bajo el mono de carreras. Era adictivo. Peligroso. Y malditamente insuficiente.

—Lo dice el fumador —bufó Nicola, su aliento caliente golpeando mi barbilla. Un estremecimiento me recorrió la espalda y un calor peculiar se encendió en mi vientre.

Su mirada, usualmente caída y cansada, ahora brillaba con una intensidad verde y desafiante.

Me di cuenta entonces de cuán equivocado había estado: su enojo no era mi faceta favorita.

No. Esto, Nicola entregado, vulnerable, bajo mi control…

eso era lo que realmente me volvía loco.

Por esto había vuelto. Yo me metía bajo su piel; él me permitía consumirlo.

Él tenía el control sobre mí al dejarme controlarlo. La eterna y perfecta paradoja.

—Cada vez que te vea morderte los labios —murmuré, bajo y filoso, mi aliento rozando su oreja—, me deberás algo. ¿Entendido? Y si yo enciendo un cigarrillo frente a ti, la deuda será mía.

Lo sentí estremecerse cuando mi respiración caliente encontró la curva de su oído.

—Es injusto —replicó, casi sin aliento—, es un gesto involuntario. Tú tienes más autocontrol y razonamiento hasta que prendes el maldito cigarrillo. Yo no; mis dientes simplemente… muerden.

—Nunca dije que sería justo. Contrólate, entonces.

Dejé que mi labio inferior rozara, apenas, su lóbulo.

Sus manos se aferraron instintivamente a mis brazos, apretando como si yo fuera el único ancla en un mar turbulento.

Me gustaría poder decir que sabía lo que estaba haciendo, pero sería una mentira.

Mi cuerpo, en ese momento, solo buscaba esos temblores, esos estremecimientos involuntarios, el rubor sutil que ascendía por sus mejillas.

No había pensamiento, solo el impulso de apretarlo contra la pared en un gesto que rebasaba todos los límites imaginables. Él no me apartó. Yo no me alejé.

Estuve a punto de cometer la locura de inclinarme y clavar los dientes en su cuello cuando unos pasos resonaron en el pasillo, un segundo antes de que la puerta se abriera.

Tiempo justo para que Nicola me apartara con brusquedad y yo me diera la vuelta, pasándome una mano por el rostro en un gesto de frustración y pánico por haber estado a punto de ser descubiertos en algo que ninguno podría haber explicado.

¿Qué mierda fue eso? ¿Y por qué se había sentido tan jodidamente bien?

Neiva estaba visiblemente irritada cuando nos encontró en la sala vacía.

—¿Tengo que recordarles que tienen un compromiso obligatorio con los medios inmediatamente después de la carrera? —preguntó, ajena por completo a cómo Nicola se cubría media cara con la mano, ruborizado. Yo sí lo noté. Era lo único que me importaba en ese instante.

—Lo siento, tuve… un momento —dijo Nicola, con la voz un tono más ronca. Neiva suspiró, atribuyendo probablemente su estado a otra crisis emocional post-carrera.

—Ainara te está esperando, Nico —murmuró Neiva, mirándolo con una compasión que no comprendí del todo—. Necesitas las fotos. Se suponía que la saludarías justo al bajar del auto.

Miré confundido a ambos. ¿Ainara lo esperaba? ¿La misma Ainara Siurana, la modelo española que conoció a Nicola cuando eran apenas adolescentes filmando un comercial juntos?

Nicola asintió, pasando la lengua por sus labios para recomponerse. Lo vi tentado a morderlos de nuevo, pero se detuvo en el último momento. Debía haber recordado mi ultimátum.

—Lo sé, solo que… surgió algo —admitió, sin mencionar que yo lo había arrastrado hasta allí—. Ahora voy.

—¿Puedo saber de qué hablan? ¿Ainara? —pregunté, frunciendo el ceño al ver cómo Nicola evitaba mi mirada y Neiva esperaba que él explicara. El silencio se alargó hasta volverse incómodo—. No se peleen por hablar.

Neiva suspiró, exasperada.

—No es asunto tuyo, Rydell —me reprochó, empujándome suavemente hacia la salida—.

Ahora ve y usa ese sarcasmo tuyo con los periodistas, ya que tanto te gusta.

Nicola, tú vas directo con Egizia, la médica, para un chequeo rápido.

Luego, busca a Ainara. Graba un saludo, sube una foto, lo que sea. Te cubro con la prensa hoy.

Nicola le dedicó una mirada de gratitud y yo solté un gruñido ahogado. Me molestó su hermetismo, pero sabía que, la próxima vez que estuviera a solas con él, le sacaría la verdad sin piedad.

Más tarde, cuando viera las fotos de Nicola con Ainara, quien efectivamente era una vieja amiga de Nicola, a «escondidas» en el paddock, los comentarios de una supuesta relación secreta y la magia de un rumor masticado por la misma gente que, dos días atrás, lo trataba de homosexual reprimido, me descubriría a mi mismo pensando con enojo cuánto debí ceder a mis impulsos y marcarle el cuello allí mismo.

Porque yo sabía cuán falso era todo, pero ese conocimiento no hacía más apacible el enojo que burbujeaba en mi garganta al ver las fotos de ellos dos besándose en un estacionamiento unos días atrás.

Nicola siempre había hecho la vista gorda: le daba igual si la prensa lo pintaba como un insensible por mi accidente, como un narcisista o como un ermitaño. Nunca se dignaba a aclarar.

Pero por algún motivo, con esto, parecía decidido a corregir el rumor.

Y yo no podía permitir que escapara tan fácilmente. Así que solo me quedaba una opción: crear una nueva debilidad en él, lejos de las miradas públicas, y adueñarme de ella. Solo para mí. Para que nunca más pudiera fingir indiferencia o mentir con tanta facilidad.

Este juego de arañar hasta sangrar estaba lejos de terminar. Iba a hundirme hasta donde Nicola me lo permitiera y él no parecía ejercer mucha resistencia tampoco. Solo nos quedaba una última línea por cruzar, y una parte de mí —la más oscura, la más hambrienta— ansiaba traspasarla.

Solo él podía detenerme.

Y en el fondo, esperaba que no lo hiciera.