La línea que no cruzamos Capítulo 12
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Capítulo 12

«Tú me diste ese poder. Yo nunca te lo exigí»

RYDELL

Nicola ha vuelto a ignorarme.

Hay muchas razones lógicas por las que podría haberme evitado por dos semanas enteras.

Lo acorralé en medio del baño, le exigí atención, la verdad y su amargo sabor en la boca de quien tiene que soltarla.

Quería su debilidad y él, con alcohol encima y las emociones al borde del abismo al que yo mismo las empujé, aceptó también querer lo mismo.

Y por un instante, me vi hambriento de esa nueva dinámica, un ciclo vicioso que solo empeoraba las cosas.

Hasta que, dos días después, las fotografías inundaron las redes sociales, los comentarios saturaron los foros y el debate viró hacia lo sórdido, lo problemático.

Alguien había capturado una imagen de Nicola con Kyle, y luego, desde las sombras de una cuenta anónima, surgió la afirmación: el piloto principal de Auronox, durante el receso de agosto del año pasado, había frecuentado un bar gay discreto.

El rumor fue pólvora para un público adicto al escándalo. En cuestión de horas, todos hablaban de la sexualidad de Nicola Ravelli como si comentaran el pronóstico del fin de semana.

Y como si el fuego no fuera suficiente, Nicola me envió un mensaje escueto, un latigazo de texto: «Dime que no fuiste tú».

Era absurdo pensar que ese era el primer mensaje que me mandaba en años.

Por un momento, me divirtió pensar que Nicola me creía capaz de desperdiciar una bala de plata de forma tan burda.

Jamás usaría su mayor vulnerabilidad de un modo tan simple, tan estúpido, tan lejos de beneficiarme.

No me servía un Nicola herido cuando ya de por sí correr se había convertido para él en una penitencia.

¿Cómo hundir a quien ya habita, por voluntad propia, en las profundidades?

No lo negaré. Disfruté jugando en esa cuerda floja. Y Nicola se limitó a fingir que yo era un fantasma, salvo para lanzarme esas miradas afiladas que tanto me complacen cuando la obligación del equipo nos fuerza a compartir espacio.

Era culpable de esa demoledora mirada, me hacía cargo. Le hice creer que yo era la causa de sus noches en vela. Y fue satisfactorio, hasta que dejó de serlo.

Lo acorralaron los fanáticos. Las preguntas fueron crudas, despiadadas.

Lo vi en el instante preciso en que alzó la cabeza y en sus ojos hubo un grito ahogado, una súplica silenciosa.

Por más que pidió respeto, por más que suplicó privacidad, nadie cedió.

En cada entrevista, en cada red social, en cada sesión de fotos, Nicola fue bombardeado con esa espina que, poco a poco, se convirtió en la hoja de un puñal clavado a fuego lento.

Y lo peor es que, contra lo que él cree, yo no fui el autor. Fue algún otro idiota que consideró oportuno apuñalar al que ya cojeaba.

No logré hablar con él. El personal médico se lo llevó.

El resto del fin de semana, Nicola evitó permanecer en la misma habitación que yo por más de cinco minutos.

Me esquivó como quien esquiva una maldición.

Ya ni siquiera disfrutaba de sus miradas cortantes, porque dejó de dirigírmelas.

Fue un muro. Un portón sellado. Y que me condene al infierno si piensa que voy a permitir que lo levante de nuevo. No. No otra vez.

Después de que yo terminara décimo y Nicola decimoquinto en Bakú, supe que no podía seguir así. Mi esfuerzo por sacarlo del abismo no iba a terminar en la basura. ¿Con qué derecho ponía esa mirada vacía al quitarse el casco y me daba la espalda incluso cuando mis labios decían su nombre?

A la mierda con el absurdo punto que conseguí. La atención, de todas formas, era toda para él.

Lo esperé en el garaje, como un depredador al acecho en las sombras.

Apenas lo vi escuchando a medias a su ingeniero, alejándose con pasos arrastrados, me abalancé.

Ni siquiera me importó si alguien notaba la brusquedad con que agarré su muñeca.

Nicola intentó zafarse, masculló mi nombre como si fuera una blasfemia, pero lo arrastré con determinación a través de pasillos estrechos, esquivando mecánicos y personal que apenas nos lanzaron miradas cansadas.

Las cámaras se harían un festín con esto.

Lo empujé hacia una puerta lateral del hospitality, una de esas salas de briefing que se usan dos veces y luego quedan en el olvido.

Cerré la puerta a nuestras espaldas con un golpe seco.

El aire dentro era espeso, cargado con el olor a café rancio y humedad, pero lo agradecí: por fin, silencio. Por fin, sin miradas ajenas.

Nicola retrocedió un paso, clavándome sus ojos verdes como dagas. Estaba exhausto, bañado en sudor, con el mono desabrochado hasta el esternón y esa furia muda que parecía ser lo único que lo mantenía en pie.

—No fui yo —espeté, las palabras saliendo duras, mientras mi cuerpo bloqueaba la única salida.

Su ceño se frunció, una grieta de desconcierto en su ira.

—No entiendo de qué hablas.

—Lo de la foto —aclaré, aunque sonó más como un gruñido de impaciencia—. No fui yo. Lo del artículo y todo el circo en las redes… Mierda, me molesta siquiera que me lo hayas atribuido. ¿Por qué usaría una carta así ahora? Mírate, estás a un paso de perder la cabeza.

La forma en que me miraba era digna de vivir sin pagar alquiler en mi mente. El muy idiota me fulminaba con la vista mientras su pecho se elevaba y caía con violencia, como si saber que su verdugo no era yo no lo aliviara, sino que lo envenenaba más.

—¿Y no es ese justamente tu objetivo? —replicó, la voz cargada de un rencor. Sus mejillas estaban levemente coloreadas sobre su suave piel oliva—. ¿Verme caer en picada?

—Si, pero por mi mano, no por la de un idiota cualquiera.

Dio un paso hacia mí, su dedo índice alzado como una acusación.

—Estás loco. Eres un narcisista de mierda.

—Ambos sabemos que una parte de ti, igual de dañada, desea exactamente lo mismo.

La culpa lo carcome por dentro. Lo sé.

Guardó silencio, una derrota momentánea que resonó en el espacio reducido. Se dio la vuelta, pasándose las manos por el rostro, y comenzó a caminar de un lado a otro, la ansiedad marcando cada uno de sus pasos.

—Dame el maldito teléfono —ordené, con un tono que no admitía réplica.

—¿Qué?

—Solo dámelo —repetí, extendiendo la mano.

Dudó. Un destello de resistencia cruzó su mirada, pero luego cedió. Sacó el dispositivo de su bolsillo y lo depositó en mi mano. Su obediencia, inesperada y total, hizo que algo se torciera de manera peligrosa dentro de mi pecho.

Me acerqué a él y, sin pedir permiso, sostuve su rostro por la barbilla con una sola mano. Nicola me miró confundido, pero la forma en que se le cortó la respiración casi me arrancó una sonrisa. Apunté el teléfono hacia su rostro y el suave clic del desbloqueo resonó en el silencio entre nosotros.

Lo solté y él retrocedió, aturdido, dos pasos vacilantes.

Me dediqué a borrar de su teléfono las redes sociales más dañinas.

Aquellas que solo sirven para ser devorado por el mundo, para convertirse en el blanco de obsesos que opinan sobre vidas ajenas con la arrogancia de quien cree conocer la verdad.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Nicola, alarmado, viendo cómo lo desconectaba a la fuerza del ruido externo—. No puedes aislarme del mundo.

—Quienes importan tienen tu número —repliqué, alejando el dispositivo de su alcance—.

El resto son voces que deberían ser solo fondo, pero esa cabeza autodestructiva tuya las convierte en un coro ensordecedor.

—Le devolví el celular golpeándolo suavemente contra su pecho.

Él lo atrapó con una expresión de impotencia—.

Escúchame a mí, maldita sea. Lo que digan en las redes no te define.

—Da igual, Rydell —se quejó, pasando la lengua por sus labios antes de morderlos.

Seguí el movimiento de sus dientes, fascinado—.

Los fanáticos pueden decir lo que quieran, pero ¿y los patrocinadores?

¿Mi imagen? ¿Has pensado alguna vez en la homofobia elegante que gobierna este deporte, en el desdén de la gente con dinero?

—Alguien tiene que dar el primer paso para trazar un camino nuevo, Nicola.

Lo vi explotar. Mi calma era el detonante perfecto para su caos.

La paciencia se le agotó y se permitió ser sincero, frustrado y roto, solo porque quien recibía el estallido era yo.

Me tomó bruscamente de la capa interior del mono y me empujó contra la pared.

No me defendí. No tenía intención de detener esa avalancha.

—Necesito que pares, maldición —gruñó contra mi rostro—.

Me estás enloqueciendo. Quieres verme hundido, pero solo tú puedes lograrlo.

Quieres que mejore en la pista, pero solo para vencerme con rivalidad.

Usas mi sexualidad como arma, pero si otro lo hace, la conviertes en escudo. ¿Qué demonios te pasa?

Casi sonrío, pero no lo hice solo porque sabía que perdería la cabeza. No necesitaba eso aún.

—Tú lo dijiste —me burlé, encogiéndome de hombros—. Estoy jodido de la cabeza. Soy un narcisista.

—Eso no te da derecho a joderme a mí también.

—Es curioso que me acuses de eso, cuando no he hecho más que volver.

Apretó con más fuerza. Por un segundo cerré los ojos ante la presión de sus nudillos contra mi esternón. Podía apartarlo. Un solo empujón lo mandaría al otro lado de la habitación, pero no lo haría. Y él también lo sabía.

—Te metes bajo mi piel como un parásito, con tus discursos motivacionales y tus venganzas sin sentido —acusó, entre dientes.

—Tú me diste ese poder. Yo nunca te lo exigí.

—Dime cómo quitártelo —suplicó, su aliento a centímetros de mis labios. Tenía que estirar el cuello para mirarme a los ojos. Desde esta distancia, podía ver el pequeño lunar en su pómulo izquierdo. Siempre me había fascinado ese punto imperfecto en su piel.

—No lo harías incluso si tuviera una respuesta, Nicola.