Capítulo 11 #2
—¿Vas a mentirme, en serio? Ahórrate las excusas, te delatas solo.
—Se empujó de la pared y yo lo solté porque se acercó demasiado, obligándome a retroceder con cada paso que él daba adelante—.
Quiero lo que él sabe. ¿Qué es? ¿Tu sexualidad?
Si no tiene eso, ya no podrá controlarte.
Y si lo sabemos los dos, vas a tener que poner las amenazas en una balanza.
Tragué saliva con dificultad, mi espalda golpeó el lavabo y Rydell no se detuvo hasta poner sus manos a ambos lados de mi cuerpo, acorralándome. El aire abandonó mis pulmones. Ni todo el alcohol de esa noche me mareaba tanto como su perfume.
—Dame más a mí de lo que tiene él. ¿Cuál es tu tipo? —Se inclinó apenas, su voz rozó mi oído—. ¿Gente como Kyle? Es algo bastante básico, ¿no crees?
—¿Por qué te diría algo como eso? —pregunté, con la voz tontamente temblorosa.
—Me lo debes más que a él —espetó—. Y aún no me has apartado. No es él quien te tiene así. No ahora.
Tenía razón. Y yo sabía que la tenía, pero mis manos solo aferraban los bordes del lavabo como si quisiera fundir la superficie entre mis dedos.
—¿Para qué volviste realmente, Rydell? Ya tienes en tus manos el poder de destruirme desde hace años. ¿Por qué sigues escarbando?
—No es suficiente —replicó, como si esa fuera toda la explicación que el universo requería.
—¿Es por el accidente? —insistí, la voz convertida en un hilo tenso—. ¿Por el choque? ¿Por puro rencor? ¿Por odio?
—Es porque eres tú.
—Esa no es una respuesta.
—Entonces mejora tu pregunta.
Solté un suspiro que pesaba como plomo. Mantener esta conversación en el baño privado de un hotel en Shanghái, a pocos metros del bullicio de una fiesta de escudería, con él acorralándome contra un lavabo, no era precisamente mi plan para un domingo por la noche.
—¿Qué pasó contigo estos dos años? —pregunté, clavando la mirada en la suya. No quería perderme ni un destello, ni un parpadeo. Quería hundirme en su verdad, aunque me ahogara.
—Vas a tener que darme algo a cambio por la respuesta —replicó, con la frialdad de un negociador.
—¿Qué quieres?
—Que respondas una pregunta mía. Con la misma moneda.
Era un arma de doble filo. Todo con Rydell lo era, pero era algo. Y debía sujetarme a eso con desesperación.
—Está bien. Dime qué quieres saber.
—¿Por qué miraste a ese tal Kyle con una mirada de odio mezclado con miedo?
—Porque eso es exactamente lo que siento por él —dije con una simpleza que buscaba ocultar el abismo bajo mis pies—. Ahora tú. ¿Qué pasó contigo estos dos años?
Negó suavemente con la cabeza; no estaba satisfecho.
—Me alejé de la Fórmula 1. Y de las redes, en general.
Me estaba dando una respuesta obvia, porque yo también se la había dado. Bufé, entendiendo las reglas de su juego. No iba a entregar más de lo que yo entregaba. Esta era una danza de equivalencias brutales.
—Kyle tiene conocidos —continué, la frustración afilando mis palabras—, incluso familia, en el mundo del periodismo. Tiene… pruebas. Sólidas. De mi sexualidad. Hablar con él es caminar sobre una cuerda floja sobre un precipicio. Me pone tenso. Eso es todo.
Algo en mis palabras lo alteró. Una sombra cruzó su mirada gris, más intensa que la frustración, cercana a una ira protectora que no me pertenecía.
—¿Te ha amenazado con eso?
—Esa es otra pregunta. Responde bien la anterior.
Bufó, descontento. Se relamió los labios, mirando hacia un costado como si buscara las palabras correctas entre las losetas del suelo, antes de volver a clavarme con su mirada. Sus ojos grises parecían capaces de desnudar cada capa de mentira y cada verdad a medias.
—Rehabilitación física —dijo al fin, sus dedos raspando ligeramente la superficie del lavabo a mi lado—.
La lesión de clavícula fue más grave de lo que mostraron a la prensa.
Fue un infierno, mentalmente. El primer año me mudé a una cabaña en el norte de Italia.
Básicamente, me aislé en un pueblo fantasma.
Éramos yo contra mi propia cabeza, Nicola. Pero eso… Eso ya lo sabes.
Me quedé en silencio, como quien conoce el final de la historia y aún así se deja arrastrar por el sonido de otra voz narrando el dolor.
Por la suya. Sabía que no pudo ser fácil, que su mente siempre fue su primer y más despiadado antagonista.
Parte de mí, la parte cobarde, hubiera preferido creer que esos dos años los había pasado en un yate en Mónaco, entre fiestas y olvido.
Hubiera sido más fácil odiarlo con frustración que cargar con este peso de culpa.
Yo causé eso. Yo empeoré la guerra dentro de su cabeza.
Y ahora él estaba aquí, para devolvérmelo.
Pero la venganza, en sus manos, no se sentía como una amenaza distante.
No sonaba así cuando me acorralaba contra un lavabo para mirarme con rabia, no por destruirme, sino por haberle entregado a otro hombre la llave para hacerlo.
Él lo quería todo. Y yo también. Arreglar y romper. Levantar y derribar. Así era nuestra ecuación perfecta, nuestro ciclo maldito. Y yo era un maldito adicto a su dinámica letal.
Su mano se cerró sobre el papel húmedo que yo aún aferraba, arrancándomelo con suavidad.
Luego, con una calma que era en sí misma una forma de violencia, secó las gotas de sangre en mi labio inferior, donde lo había mordido sin siquiera darme cuenta.
La delicadeza del gesto fue una bofetada.
Cerré los ojos, incapaz de sostener esa mirada que me partía en dos mitades igualmente frágiles.
—Lo siento —murmuré. Por el accidente. Por la culpa. Por todo. Él lo supo.
—No quiero perdonarte —susurró a su vez, apretando el papel ensangrentado entre sus dedos—.
El dolor es mío, pero la culpa es tuya. Y no pides perdón para recuperar a alguien, Nicola.
Lo pides para perder algo, para liberarte de tu propia prisión mental.
Y yo… soy egoísta, ¿recuerdas? No puedo permitirme perder esta parte de ti.
—Tampoco quiero que me perdones —admití, abriendo los ojos solo para ver cómo su máscara de dureza se agrietaba, revelando la lucha feroz en su interior.
Él sonrió. O algo que se parecía a una sonrisa, una curva amarga y torcida en sus labios.
Íbamos a convertir esto en un desastre monumental.
Y cuando los escombros finalmente nos enterraran hasta los hombros, solo nos quedaría esto.
Esta proximidad eléctrica. Este entendimiento silencioso y devastador.
Una confidencia que llevaba años ardiendo en nuestras entrañas, consumiéndonos desde dentro para no alertar al mundo exterior.
Éramos el caos personal del otro, un desorden ya demasiado personal.
Dos parásitos hambrientos, alimentándose mutuamente: la culpa y el rencor, la obsesión y la soledad, el odio… y su gemelo envenenado, el amor.