La línea que no cruzamos Capítulo 11
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Capítulo 11

«El dolor es mío, pero la culpa es tuya»

NICOLA

Conocí a Kyle el mismo día en que Rydell, tras un año de silencio absoluto, subió a sus redes una fotografía del circuito de karting en las afueras de Imola.

El lugar donde nos conocimos por primera vez.

Doce años después, sin embargo, solo quedaban un corazón roto, sueños esparcidos sobre un podio vacío y el recuerdo torpe de todo lo que la ambición había dejado atrás.

Recuerdo haberme quedado diez minutos inmóvil, contemplando esa publicación.

La forma en que mi pecho se cerró y mis palmas se humedecieron.

Luego, mis pies se movieron por voluntad propia.

Terminé en un bar, bebiendo el menú entero de cócteles.

Y entre trago y trago, con un nudo absurdo en la garganta y una impotencia consumida por las llamas del remordimiento, apareció Kyle.

Para entonces, hacía tiempo que había aceptado mi sexualidad y una bebida invitada por alguien que te sonríe la noche que más necesitas olvidar… Fui una presa fácil. Y él, un depredador entrenado.

Terminamos enrollándonos en los baños, y mientras le arrancaba la ropa, por alguna razón, terminé contándole todo lo que nunca debió salir de mi boca.

Como si hubiera llegado al límite, rebasando el vaso y derramando el secreto que había custodiado con celo durante meses.

Y él estaba allí, justo a tiempo, para beberse cada centímetro cúbico de mi culpa, y luego convertir el fantasma en un arma.

Pensé que no importaría. Yo necesitaba un lugar para desahogarme y él solo quería un cuerpo dispuesto a satisfacerlo.

Era un acuerdo mutuo que duró más de dos meses.

Pero después de ese tiempo, yo comencé a mostrarme más vulnerable y menos interesado en acostarme con él.

No era suficiente. Y él no parecía soportar esa idea.

Cuando quise cortar las cosas, con la resaca amarga del arrepentimiento, me encontré con un mensaje suyo donde pedía que siguiéramos viéndonos, argumentando que podía cambiar lo que yo sentía.

Lo ignoré; no estaba para una relación de ningún tipo.

Y entonces, antes de que pudiera bloquearlo, utilizó su munición.

Bastó con eso: unos encuentros casuales rebosantes de confesiones imprudentes, el lugar equivocado, el momento incorrecto, y me encontré entre la espada y la pared.

Kyle me expuso, a través de mensajes, todo lo que mi cabeza había procesado en secreto, todo lo que yo mismo le había confesado esa primera noche.

Y así, me amenazó con soltarlo a la prensa.

Me paralicé. Una mente débil siempre es fácil de corromper, de manipular; un títere en manos equivocadas.

Y en eso me convertí. Accedí, con el filo de su daga constantemente en mi garganta.

Duró cuatro meses más, durante los cuales solo sentí rechazo e impotencia.

Me desgarró capa tras capa de piel, me hundió aún más en el remordimiento y usó mi propia mente como cebo.

Cuatro meses antes de estallar. Le puse fin porque ya no lo soportaba más. Se lo conté a Neiva; no podía seguir así. Aunque ella intentó comprar su silencio para enterrar el tema sin levantar sospechas, Kyle no lo aceptó. Y, sorprendentemente, no volvió a aparecer.

No hasta hoy, ocho meses después. No hasta que supo, con precisión milimétrica, lo cerca del borde del abismo que estoy.

Él tiene algo con lo que destruirme, yo se lo di.

Y la razón principal por la que un aire helado me recorrió al verlo de nuevo, fue porque Rydell estaba allí, a pocos metros, mirándome de una forma que nunca antes había usado.

Como si supiera la verdad. Como si pudiera leer en la mente de este idiota todo lo que expulsé esa noche.

Todo lo que dije de él. Todo lo que nunca le conté.

Kyle sonrió, hablando sobre la coincidencia de volver a encontrarnos.

Yo apreté los dientes, odiando su perfume y la forma en que me revolvía el estómago.

No recuerdo lo que contesté, ni siquiera creo haberlo hecho, pero lo que sí recuerdo fue la forma en que mi pecho se tensó cuando sentí la mirada de Rydell sobre mí, fija, incisiva, como si intentara desarmarme sin mover un solo músculo.

Y por un segundo —uno solo— me descubrí deseando que fuera él quien hablara cerca de mi oído, por encima de la música estridente.

Porque al menos de Rydell sabía lo que esperar: fuego, guerra, un filo que corta.

Pero de los demás… solo vacío. Uno al que le temo.

Perder ante Rydell era la zona más segura donde caer muerto.

Porque él siempre fue el titiritero principal.

El único que podía sostener el arma, y yo, de pie, con armadura y todo, recibiría la bala porque conocía mis grietas. Él las causó primero.

Me excusé con un gesto desesperado, dejé el vaso en la mesa y avancé hacia el pasillo que conectaba con los baños.

Necesitaba aire. Oxígeno que no oliera a humo ni a recuerdos podridos.

La cabeza me daba vueltas y nada tenía que ver con el alcohol.

Caminé rápido, pero no lo suficiente como para perder la sensación de que alguien me seguía con los ojos. De que todos lo hacían.

Abrí la puerta del baño y me refugié allí, apoyando las manos en el borde del lavabo.

El espejo me devolvió una imagen cansada: cabello sudado, mirada ausente, un hombre que parecía huir de sí mismo.

Mi pecho subía y bajaba como si acabara de correr una maratón, y mi boca sangraba; en algún momento debí habérmela mordido.

Me mojé la cara con agua fría. La respiración seguía pesada. Y mientras el agua goteaba desde mi mentón hasta la camiseta, me pregunté —por enésima vez— qué demonios hacía todavía corriendo detrás de algo que ni siquiera podía nombrar.

Pero antes de que pudiera responderme, el chirrido de la puerta al golpear contra la pared me arrancó un latido de más. No necesitaba mirar para saber que era él. El aire cambió, como siempre que entraba a un lugar: más denso, más eléctrico, más difícil de respirar.

Rydell cerró la puerta detrás de sí sin decir palabra.

El silencio que nos envolvió no era alivio, sino amenaza.

Podía escuchar mi propia respiración entrecortada, el goteo constante del grifo, y su mirada penetrante que capté a través del espejo, calmado, como si tuviera todo el tiempo del mundo para decidir en qué punto exacto clavar la daga.

De pie detrás de mí, los brazos cruzados, la mandíbula apretada, el cabello rubio le caía sobre esos ojos grises como cuchillas.

En el reflejo parecía un espectro convocado por mis culpas, alguien que había venido a cobrarse todo lo que no me atreví a confesar.

No dije nada, como quien escucha el tictac de una bomba sin temporizador en la pantalla. Sin saber cuándo explotará y qué tanto iba a destruirme esa explosión. El ruido de la traba de la puerta me hizo tensar. Rydell acababa de ponerle cerrojo.

—Lo tomaré como una invitación el hecho de que no hayas echado el pestillo —dijo, metiendo una mano en su bolsillo mientras caminaba hacia el interior de aquel espacio reducido, mi refugio convertido en trampa.

—Ni siquiera sabía que había uno —respondí, desviando la mirada a las gotas que caían desde mi mandíbula.

Oí el sonido del dispensador de papel y luego, su mano se extendió, pasándome unas toallas que tardé unos segundos en tomar para comenzar a secarme el rostro.

—Hoy descubrí algo muy interesante de ti —continuó, apoyándose en el lavabo sin dejar de observarme. Apreté el papel con fuerza.

—No entres en ese terreno, Rydell. No te pertenece.

—Pero él sí está ahí —acusó, y su tono burlón desapareció—. Y por cómo te estás comportando ahora, lo odias.

Tragué saliva. No podía permitirme que temblara mi voz, no frente a él.

—No tienes idea de lo que estás hablando —respondí, sin girarme.

Rydell sonrió, apenas un movimiento en la comisura de sus labios. Una mueca más cruel que cualquier gesto de enojo.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó, insistiendo donde menos quería que insistiera—. ¿Fue algo de un momento a otro? ¿Fue antes o después de que me fuera?

Mi estómago se contrajo de golpe. El espejo me devolvió una imagen rota: ojos abiertos, el gesto crispado, un hombre al que acababan de desnudar sin tocarlo.

—¿Qué estás haciendo Rydell? —logré preguntar, pero mi tono me traicionó: ni acusación, ni defensa. Solo miedo.

—No lo sé. ¿Qué debería hacer con esta información nueva?

Lo vi realmente ponderarlo y mi sangre hirvió. Lo agarré del cuello de la camisa y lo empujé contra la pared más cercana, y él, sorprendentemente, solo me sonrió en respuesta.

—Desde que llegaste has hecho de todo para remover los cimientos de un suelo que hace años dejaste a mi cuidado —gruñí contra su rostro, mis manos aferrando la tela hasta hacer temblar mis dedos—.

Jugando a este toma y dame obsesivo, siendo amable y luego empujándome a la hambrienta boca de la prensa sin piedad alguna.

¿Qué mierda quieres? ¿Vas a amenazarme con esto?

Me miró con una intensidad que me dejaba totalmente vulnerable.

La forma en que esos ojos grises eran lo único que no había cambiado en él.

Parecía disfrutar de mi incomodidad. No, más bien parecía satisfecho con mi explosión, con mis arrebatos.

El muy idiota parecía amar cuando perdía el control.

Como un cazador que no necesita atacar porque la presa ya está atrapada.

Ya no había una sonrisa en sus labios, pero sus ojos brillaban.

—Quiero lo que él sabe —murmuró en un tono tan bajo que apenas logré asimilar sus palabras—. Te tiene en sus manos, ¿verdad? De alguna forma, pareces el títere de ese imbécil. Y lo odio.

Lo miré incrédulo, con el corazón empujando mi pecho como si quisiera huir en su próximo latido.

—Él no…