La línea que no cruzamos Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—No me buscó —musité, una defensa débil, un eco de los tres mensajes fríos que recibí. Nada más. Ni una disculpa. Ni una explicación. Mi silencio había nacido del suyo.

—Porque a veces el fantasma es un castigo más tolerable que el recuerdo. Y una mente autodestructiva siempre preferirá la culpa antes que el remedio.

Necesitaba un cigarrillo. Un ansia familiar me punzaba en las yemas de los dedos, pero mis pies parecían clavados al suelo. Las palabras de Julián, borrachas pero brutalmente sinceras, me anclaban en su crudeza. En este mundo de shows y beneficios, su franqueza era un raro regalo.

Entonces, su ceño se frunció. Alzó la mirada y se detuvo en un punto a la distancia, y algo en su postura se tensó.

Allí estaba. Nicola.

A unos metros, hablando con un hombre de espaldas a nosotros.

Mis ojos se clavaron en él con intensidad, estudiando la expresión de Nicola.

No era la indiferencia tallada para la prensa, ni la tensión calculada que usaba con otros pilotos.

Era otra cosa: una postura abatida, los hombros ligeramente encorvados, como si el peso de la persona frente a él fuera físico.

Como si fuera alguien a quien no deseaba ver en absoluto.

Nicola podía ser un maestro del disimulo, un arquitecto de paredes impenetrables, pero sus emociones más profundas siempre traicionaban los cimientos. Se filtraban en la línea de su mandíbula, en la tensión alrededor de los ojos. Y ahora, esa máscara se resquebrajaba a gritos.

Me encontré incapaz de apartar la mirada. Una fascinación enfermiza se apoderó de mí, mezclada con una ira sorda y creciente hacia ese desconocido que provocaba tal reacción. Mi pulgar presionaba con fuerza contra la palma de la otra mano, una y otra vez.

Por la rigidez repentina de Julián, supe que había encontrado el blanco.

—¿Quién es? —pregunté, señalando con un leve movimiento de barbilla hacia donde Nicola parecía a punto de partir el cristal de su copa con la fuerza de su puño.

Julián soltó un suspiro cargado de incomodidad.

—Es… alguien del pasado de Nico —murmuró, confundido. Luego, entre dientes, añadió—: Y no tengo ni puta idea de qué hace aquí.

Dio un paso al frente, instinto protector en cada músculo, y yo extendí un brazo para detenerlo, la palma plana contra su pecho. No era suficiente. No hacía más que remover un polvo que ya cubría todo. Y de pronto, una ansiedad aguda me recorrió. Necesitaba saber.

—¿Qué haces? —pregunté, tragándome las cien preguntas que hervían en mi garganta.

—Nicola no sabrá cómo deshacerse de él.

—Nicola es un adulto —repliqué, con una calma que no sentía—. Déjalo. ¿Es un amigo? Sabrá decirle si está incómodo.

Julián negó con vehemencia, pasándose una mano por el rostro.

Un pensamiento cruzó mi mente entonces, fugaz y venenoso, tan claro que sentí el impulso de golpear mi propia cabeza contra la barra de mármol. No. Debo estar alucinando.

—No lo entiendes —se quejó Julián, las palabras pastosas—. Él no…

—¿Él no qué?

Dilo.

Dime quién es ese idiota y yo mismo me encargaré de que desaparezca.

—Es algo… más complicado que un amigo.

Un aire gélido recorrió mi espina dorsal. Julián podía intentar disimular todo lo que quisiera, pero solo necesité el alcohol en su sangre y la verdad escrita en el rostro de Nicola para comprender. Para adivinar el secreto más profundo, más celosamente guardado, de quien una vez fue mi otra mitad.

Y por alguna razón, ese descubrimiento no me trajo regocijo. Al contrario. Una ira fría y densa comenzó a solidificarse en mi estómago.

—¿Un ex? —pregunté, mis dedos encontrando el cilindro frío del encendedor en mi bolsillo.

Julián me miró y en sus ojos vi el destello de la incredulidad, seguido de una resignación borracha.

—Tú…

—Sí, lo sé. Nicola me habló de eso —mentí. Mentí porque era un idiota.

Porque Nicola jamás me confiaría algo así.

Porque yo nunca lo había visto. Porque Julián, al parecer, conocía rincones de él que a mí me estaban vedados.

Y porque, en el fondo, Nicola tenía razón.

Lo que más me quemaba no era haber vuelto y encontrarme a alguien distinto.

Era haberme topado con un perfecto desconocido.

—Mierda, sí —bufó Julián, y mis párpados se cerraron por un instante, sellando la confirmación—. Es… Kyle. El idiota con el que salió el año pasado.

El aire escapó de mis pulmones como si me hubieran golpeado.

La música se convirtió en un zumbido distante, un eco ahogado y sin sentido.

Relamí mis labios, una, dos veces, buscando humedad donde solo había sequedad.

Miré mi vaso vacío. Observé los labios de Julián moverse, formando palabras que ya no registraba. Y luego, volví a mirar a Nicola.

Y él, por alguna razón que detonó algo primitivo en mí, también me estaba mirando.

Un ancla de plomo se hundió en el fondo de mi estómago. Mi corazón omitió un latido, luego aceleró con fuerza bruta.

Estaba en lo cierto. No había sido solo una sombra paranoica, un fantasma del alcohol.

A Nicola Ravelli, el perfecto ícono heterosexual en un mar de fanáticas soñadoras, le gustaban los hombres.