Capítulo 10 #2
El equipo estaba eufórico. Mecánicos cuyas manos solo conocían el rigor de las herramientas ahora levantaban copas con gestos torpes; ingenieros brindaban una y otra vez, sus voces un coro ronco de alivio.
Los directivos sonreían como si hubieran conquistado un podio, no un modesto séptimo y décimo lugar.
Pero era un triunfo simbólico, un suspiro colectivo después de una sequía de derrotas.
Dos coches en los puntos. Era la primera vez en meses.
Con lo que uno aprende a conformarse…
Me apoyé contra la barra, haciendo girar el vaso entre mis dedos.
El hielo tintineaba, un metrónomo frívolo, mientras mis ojos rastreaban la multitud con displicencia.
Había pilotos de otras escuderías, amigos de paso, influencers con sonrisas de catálogo.
Incluso algunos rostros familiares, aunque no los nuestros.
Sabía que Nicola solo mantenía un vínculo estrecho con su madre, la mujer que había luchado contra viento y marea para verlo triunfar en lo que amaba.
Pero ella tenía ya una edad que los viajes transcontinentales volvían una tortura.
No tenía hermanos. Y su padre… bueno, su padre era ese tipo de hombre que solo aparece cuando el champán ya está servido en el podio.
En cuanto a mi familia… Ellos jamás pondrían un pie en una fiesta así.
No era su mundo. Me pidieron, casi suplicaron, que mantuviera lo personal lejos de las cámaras y lo respeté.
No son figuras públicas, y en el fondo, eso me quitaba un peso.
Lidiar con el escrutinio público es tedioso; no quería devolverles el favor con esa carga.
Aún así, no voy a mentir. Miré el teléfono más de una vez, buscando en vano un mensaje tras volver a la parrilla.
La única felicitación llegó de Calia, mi hermana menor.
Lo esperaba. Mi madre siempre odió la velocidad, el peligro inherente a cada curva, y después del accidente, ese rechazo se solidificó en silencio.
Aprendí a omitir detalles, a mentir por omisión.
Nuestras llamadas se volvieron breves intercambios de frases huecas.
«Estoy bien». «Sí, ya comí». «No te preocupes».
Con el tiempo, dejé de esperar sus llamadas.
Una mano se posó en mi hombro justo cuando vaciaba mi segundo vaso. Mi plan de pasar desapercibido había durado menos de lo previsto.
Al girarme, me encontré con Julián Morezzi, el piloto de Argos.
No pude evitar una mueca al reconocer esa mirada franca.
Habíamos debutado en la misma temporada, junto con Emilio Nores, el mexicano que deslumbró a todos, y Kade Mayer, el canadiense serio condenado a luchar en la parte baja de la grilla.
Julián siempre fue cercano a Nicola; sus personalidades, antaño similares, habían llegado a reflejar un contraste casi cómico.
Eran en momentos como este cuando más notaba cuánto había cambiado Nicola. Cuánto había cambiado yo.
—No tuve la oportunidad de felicitarte antes —dijo, con esa sonrisa genuina que parecía tallada a mano, estrechando mi palma con fuerza—. Es increíble verte de vuelta.
Le devolví el gesto y el apretón. Julián, al menos, no era de los falsos por conveniencia. Era quizás el único en todo el paddock al que Nicola no ahuyentaba con una mirada de hielo. Y si lo intentaba, Julián no era de los que se dejaban espantar.
—Ha sido un tiempo, sí —asentí, con un leve movimiento de cabeza—. No has cambiado nada.
Julián soltó una risa sincera, un sonido cálido que cortó brevemente el ruido de fondo.
—Y tú eres, definitivamente, alguien completamente nuevo.
Se apoyó en la barra a mi lado. Y tal como solía hacer, comenzó a hablar. Durante quince minutos enteros, su voz llenó el espacio entre nosotros, hablando de esos dos años de ausencia. No lo interrumpí. De algún modo, me interesaba.
Divagó sobre cambios de escuderías, accidentes menores, el campeón de la temporada pasada y la lenta mejora de Auronox desde la salida de Viktor, el piloto al que reemplacé. Y entonces, pronunció el nombre de Nicola, y mis dedos dejaron de hacer girar los cubos de hielo.
—Fue algo brusco, ¿sabes? —dijo, negando con la cabeza mientras observaba el líquido ámbar de su vaso; el alcohol le aflojaba la lengua—.
De pronto, un muro. Dejó de hablar con casi todos.
Corría de manera agresiva, desesperada, y luego, de la nada, se frenaba como si le hubieran puesto una barrera invisible.
Era… extraño. Un día era el mejor, al siguiente apenas terminaba.
Entender su cabeza se convirtió en un deporte de alto riesgo.
—¿Y lo logras? —pregunté, manteniendo la voz neutra—. ¿Entiendes su cabeza ahora?
Negó de nuevo, una mueca amarga en los labios.
—A veces se abre. Pero solo cuando lo que carga es demasiado pesado para sostenerlo solo. Últimamente… lo hace más seguido. —Hizo una pausa, bebiendo un trago largo—. No fue el accidente, Rydell.
Solté un suspiro que sabía de memoria. Lo sabía.
—Fue tu silencio. Tu ausencia —continuó, arrastrando las palabras como si pesaran—. Dejaste un fantasma que lo acechó hasta el agotamiento.