Capítulo 10
«Siempre preferirá la culpa antes que el remedio»
RYDELL
Se estaba volviendo peligroso. Este vaivén con Nicola carecía de toda lógica a estas alturas, pero ese no era el problema central. El problema era la obsesión, ese impulso irrefrenable de clavarle una aguja y ver qué fluía.
No lograba descifrar si lo que Nicola anhelaba era disculparse o borrar el pasado como si nunca hubiera existido, si buscaba una frágil amistad o mi destrucción total, como solo un rival visceral puede desear.
No comprendía hacia dónde giraban los pensamientos en su mente, ni siquiera si esos giros tenían algo que ver conmigo.
Yo quería de él ruido, caos, dolor. Quería ser el detonante de todo lo negativo que llevaba dentro.
Y sin embargo, últimamente me encontraba fascinado por sus grietas, por esos instantes de debilidad pura, por esa mirada perdida en sus ojos que me gritaba que ni él mismo entendía por qué su cuerpo se estremecía.
Eso me volvía loco, y a juzgar por su reacción, también empezaba a volverse notorio para él.
En mi búsqueda por descubrir nuevas grietas, por experimentar con armas desconocidas y abrir nuevas heridas, corría el riesgo de descuidar lo que ya conocía de mí mismo.
La parte disciplinada, la máquina perfecta, se resquebrajaba.
Y Nicola, al parecer, también ansiaba sumergirse en ese naufragio personal.
Hundir lo conocido, ahogarnos juntos, quedarnos sin oxígeno y sin tierra a la que aferrarnos.
Él quería algo que yo estaba dispuesto a darle, por mucho que fingiera huir: ser la destrucción mutua.
Crucé la línea de meta. Noveno. Un puesto por debajo de mi salida.
Dos puntos más para Auronox. Ocho en total para mi historial esta temporada.
Y aunque un alivio profundo inundó mis pulmones al soltar el aire que había retenido en la recta final, la victoria real, la que importaba, era otra: haberme metido bajo la piel de Nicola.
Séptimo. Nicola Ravelli había terminado dos puestos por encima de mí y siete por encima de su desastre anterior.
Una carcajada ahogada resonó dentro de mi casco, el sudor pegado como una segunda piel, mientras soltaba una exhalación áspera.
Lo había logrado. No por los puntos, no por el orgullo, ni siquiera por el amor a este deporte que ya nos devora más de lo que nos nutre.
Sino porque le había lanzado un ultimátum que lo obligó a moverse.
«Si hoy no me ganas, le diré a la prensa algo que no podrás enterrar jamás».
Se lo susurré con una sonrisa, como quien cuenta una broma cruel. Pero sabía que funcionaría. Conozco a Nicola demasiado bien. Su silencio es su tesoro más preciado y yo soy el único ladrón que posee la combinación de esa caja fuerte.
Se lo dejé caer como un veneno dulce, justo antes de subir al monoplaza. Las cámaras captarían mi sonrisa y, con suerte, el pánico fugaz en sus ojos. Habría pagado cualquier precio por una fotografía de ese instante.
Había descubierto algo desde mi regreso, y no había posibilidad alguna de que soltara esa ventaja.
Las reglas del juego habían cambiado, y con ellas, mi estrategia.
Él corría impulsado por el miedo, la ansiedad, la culpa.
Yo quería que corriera contra mí, no contra sus fantasmas.
Y hoy lo había hecho. Lo vi en las curvas cerradas, en los tiempos parciales, apretando donde antes solo sobrevivía.
Lo vi en esa última vuelta, estirando el auto hasta el límite, como si estuviera dispuesto a destrozarlo junto a su propia cordura.
Me ganó, sí. Por dos posiciones. Y ahí residía la ironía perfecta: no me importaba. Si de verdad quería hundirlo, primero tenía que sacarlo de ese pozo oscuro en el que se había metido sin que yo pudiera verlo.
Apagué el motor con una sonrisa torcida. En el box se respiraba un alivio contenido; Auronox aún no estaba para podios y yo lo sabía. Pero él… Él había levantado la cabeza y respirado. Aunque solo fuera por un momento.
Al quitarme el casco, nuestras miradas se encontraron mientras bajaba del monoplaza.
En sus ojos vi que me había odiado con cada fibra de su ser durante toda la carrera.
Y sin embargo, había vuelto a ser Nicola Ravelli, el piloto que valía la pena derrotar.
Al que, si tenía que destruir, lo haría de frente.
Nunca a un cadáver que ya funcionaba en piloto automático.
El rugido de los motores se apagó, dejando un vacío extraño, un silencio pesado que apenas lograba opacar el murmullo de los boxes y la ovación lejana de las tribunas.
Apreté la mano de Lorien, quien me felicitó por el ritmo.
Ahí estaban, los dos autos de Auronox, uno al lado del otro como dos bestias exhaustas.
Me quité los guantes con la meticulosidad de un cirujano, y aunque el sudor me recorría la nuca, mi sonrisa seguía allí, fija como una cicatriz que se niega a cerrar.
Los mecánicos me felicitaron con palmadas en la espalda, palabras de aliento que sonaban más a protocolo que a celebración genuina. Dos puntos. Eso no cambiaba nada en el panorama general. Pero yo ya había conseguido mi verdadero trofeo.
Nicola se quitó el casco con la solemnidad de quien preside un funeral, y por primera vez en una eternidad, sus ojos no estaban apagados. Ardiendo en ellos había furia, había vida, y me aseguré de sostener su mirada unos segundos más de lo socialmente permisible.
—Bien hecho —le dije, apoyando una mano en su hombro mientras, por el rabillo del ojo, veía a un par de periodistas rondar como buitres.
Él bajó la vista hacia mi mano, luego volvió a clavarme los ojos, con una intensidad que no supe descifrar del todo. Mentiría si dijera que podía leer su mente.
—No lo hice por ti —murmuró, la respiración aún entrecortada, las mejillas encendidas por el esfuerzo y la ira contenida.
Quizás él sí sabía exactamente qué pasaba por la mía.
—Estás demasiado a la defensiva. Lo digo en serio. Felicidades por los seis puntos.
Nicola soltó una risa breve, incrédula, más parecida a un resoplido de desprecio que a un gesto de alegría.
—¿Cuándo vas a parar con esto? —preguntó, y en su voz había una fatiga profunda, pero también un filo afilado—. En serio, ¿qué quieres lograr? Esto ya ni siquiera se siente como rencor. Te acabo de ganar y estás sonriendo como si fuera tu maldita victoria y no la mía.
—Ya te lo dije —repliqué, bajando la voz y acercándome un poco más—: no es divertido vencer a alguien que no lucha a mi altura.
Sus ojos se estrecharon, buscando en mí una grieta para devolver el golpe con la misma violencia.
—Tu problema es creer que estoy por debajo de ti.
Negué con la cabeza, con una calma que sabía que lo enloquecería.
—No, Nicola. Estás por debajo de lo que eras . Por debajo de ti mismo.
El golpe dio en el blanco. Lo vi en la mandíbula que se tensó como una roca, en el temblor apenas perceptible de su labio inferior.
—Lo recuerdas bien —dijo, afilando cada palabra como una daga. Cuando se trataba del pasado, él caminaba de puntillas sobre hielo fino, y yo me hundía en aguas heladas hasta sangrar.
—Casi como si te conociera desde los doce años.
Un silencio espeso cayó entre nosotros, solo roto por el bullicio distante de la pista.
—Sí —asintió al fin, clavándome los ojos—. Pero ignoras algo. Hay un bache en el medio, Rydell. Dos años enteros. Quizás eso es lo que realmente te carcome.
Quise replicar, buscar una justificación, pero las palabras se ahogaron en mi garganta.
Porque tenía razón. Me carcomía no conocer a la persona en la que se había convertido, me resultaba insuficiente mapear solo un porcentaje de sus debilidades; yo quería el mapa completo.
Me exasperaba haber sido el catalizador de su cambio y no haber estado allí para presenciar la metamorfosis.
Me exasperaba estar en desventaja y ser el único culpable.
Y sabía, por la forma en que se desarrollaba esta danza envenenada, que a él le molestaba exactamente lo mismo. Haber perdido la capacidad de descifrar los secretos que escondíamos bajo la piel.
Lo miré, consciente de que alguna cámara perdida captaría cada microexpresión. Él también lo sabía, y aun así, no apartó la mirada.
Quizás no habíamos perdido la habilidad de leernos el uno al otro. Tal vez el texto que teníamos ante los ojos simplemente había cambiado y ninguno de los dos quería admitir que entendía cada palabra.
Nos llamaron para la foto. La famosa foto con los carteles de los puntos, esa que la prensa devora aunque ninguno de nosotros soporte demasiado posar en ella. Caminamos juntos, hombro con hombro, en un silencio cargado, sosteniendo el cartel con el número blanco sobre fondo negro.
Nos plantamos frente al muro de flashes, que estallaron como descargas eléctricas, congelando un instante falso de camaradería.
Y aunque esa imagen quedaría inmortalizada como un momento de orgullo compartido, yo sabía —y el fulgor en los ojos de Nicola confirmaba que él también lo sabía— que lo que estábamos construyendo entre nosotros era algo muy distinto.
Algo que, cuando finalmente estallara, ardería con un fuego mucho más intenso que el reflejo de cualquier podio.
La sonrisa que forcé para los fotógrafos se torció levemente en la comisura.
Porque detrás de toda esa farsa, en lo más profundo, estaba genuinamente satisfecho con la carrera.
La música retumbaba contra los ventanales del salón, una vibración grave que atravesaba el suelo y trepaba por las costillas como un animal ansioso.
Habían convertido uno de los pisos altos del hotel en un refugio luminoso: luces de neón bañaban las paredes en púrpura y azul eléctrico, y el olor a champán derramado se mezclaba con el dulzón aroma de los perfumes caros.
Shanghai, extendida allá abajo, era solo un collar de luces distante, ajena al bullicio febril que hervía dentro.