La línea que no cruzamos Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Y se marchó antes de que pudiera replicar ante esa última e inesperada mención.

El plan sonaba demasiado tranquilo para ser de Neiva, que solía perseguirme por todo el paddock como un halcón tras su presa.

Dejé escapar un suspiro largo y profundo mientras me hundía en el asiento.

Entonces, un peso a mi lado me hizo abrir los ojos con desconcierto.

Por algún motivo al que no quise darle nombre, mi respiración se cortó al ver a Rydell cerrar la puerta tras subir.

Su expresión era la habitual: impasible, tallada en mármol.

—¿Qué haces? —pregunté, incapaz de contenerme.

—Voy al hotel, evidentemente —respondió, encogiéndose de hombros con una naturalidad irritante—. Por mucho que digan que los boxes son nuestra segunda casa, lo que realmente necesito ahora es una cama.

Lo observé acomodarse, abrocharse el cinturón y sacar el teléfono, todo ello en un silencio denso y elocuente, mientras el vehículo por fin arrancaba.

—Creí que ya te habías ido —añadí, sin saber muy bien por qué insistía.

—No. Estaba hablando con Loren, pero estabas demasiado ocupado evitándome, así que es normal que no me vieras.

No me miró al decirlo; sus dedos deslizaban sin prisa por la pantalla del móvil.

Apreté los labios, tratando de descifrarlo.

¿Yo lo evitaba a él? ¿Y por qué esa labia afilada de antes había sido abandonada por la evasión de su mirada?

Antes solía disparar con la boca, pero apuntaba primero con una mirada burlona o afilada. Ahora solo… miraba hacia abajo.

—No te estaba evitando —me defendí, frunciendo el ceño—. No tengo tiempo para ese tipo de comportamiento. Tal vez es solo tu cabeza, perseguida por tus propias actitudes.

Rydell sonrió, muy levemente, pero fue una curva en sus labios al fin.

—Sí. Yo sí te he evitado —admitió, alzando la mirada por fin, aunque solo duró unos segundos antes de volver al teléfono—. Yo sí me hago cargo.

—¿Por qué?

—Porque cuando lo hago —respondió, como si fuera la lógica más elemental del mundo—, es cuando te vuelves más sincero.

Me quedé desconcertado, observándolo fijamente.

Y por alguna razón, mi mente viajó más atrás que dos semanas.

Retrocedió dos años enteros de ausencia.

Dos años de culpa que me persiguió, ahogándome en preguntas repetidas, a gritos, mientras dejaba caer capa tras capa de mi humanidad en el proceso.

Y ahora lo escuchaba decir, sin el menor temblor en la voz, que esa evitación era básicamente su método favorito de manipulación.

—Y ahí está —dijo él, unos segundos después, y solo entonces me di cuenta de que había vuelto a mirarme—. Mi expresión favorita. Tu rostro es un muro de piedra la mayor parte del tiempo, y aún así, guardas algunas expresiones familiares bajo todo ese cemento.

—¿Qué estás haciendo, Rydell? —pregunté, casi sin aliento. Cada vez me costaba más mantener la calma cuando él insistía en clavar sus dagas en la misma herida.

Negó con la cabeza con suavidad.

—Te fuiste muy lejos. No pretendía que trajeras el pasado aquí; supongo que olvidé lo destructiva que se ha vuelto tu mente. Me refería a esto.

Me mostró la pantalla del teléfono, abierta en las tendencias de las redes. Lo tomé con el ceño fruncido, leyendo el primer lugar: mi nombre. Y justo debajo, el suyo. Mi corazón omitió un latido, imaginando ya la razón.

—Vamos, ábrelo —me instó, su voz cerca de mi oído. Se había inclinado sobre el asiento, mirando por encima de mi hombro  y mi cuerpo se tensó de inmediato.

No quería hacerlo. Habría preferido ignorar lo que fuera que hubiera allí, pero toqué la pantalla antes de que él lo hiciera y su proximidad se volviera insoportable.

Lo primero que apareció fue un video que comenzó a reproducirse solo  y mi respiración se agitó aún más, reconociendo desde el primer fotograma lo que estaba viendo.

Me tembló el dedo buscando el botón para apagar la pantalla, porque una parte de mí quería fingir que Rydell no lo había visto ya.

La otra solo ansiaba comprender qué demonios había pasado por mi mente cuando la cámara me captó mirando a Rydell desde el box contiguo con la misma intensidad con la que uno contempla su programa de televisión favorito.

El titular decía que nunca me habían visto con otra expresión en mi rostro que no fuera concentración o seriedad.

Y si no estaba mirándolo con concentración o seriedad… entonces, ¿qué emoción mostraba mi rostro?

—Si lo que buscas es que la gente no especule… —comentó Rydell, ladeando la cabeza mientras me observaba a mí, no a la pantalla—, no te está yendo muy bien, Nico.

Dejé escapar el aire de mis pulmones en una exhalación brusca que sonó a derrota. Aparté la mirada, dejando caer el teléfono de Rydell en el asiento, entre los dos, como si ese objeto frágil pudiera erigir un muro entre nuestros cuerpos. Lo necesitaba desesperadamente últimamente.

Al final, todo esto se volvería más agotador de lo que imaginé.

No se trataba de odiarnos o perdonarnos.

Era peor: era una persecución sin tregua, seguida de un silencio ensordecedor, porque siempre fuimos dos cobardes en una relación inestable, con raíces creciendo en un campo minado.

Cada día, más cerca de detonar una de esas bombas.

Cada palabra, más tensa. Cada mirada, más desesperada.

—Dime —insistió con una lentitud que me supo a veneno puro—. ¿Qué tenías en la cabeza en ese momento? Me muero de curiosidad, no te voy a mentir. ¿Cuántas emociones puedes mostrar? Quiero el arsenal completo.

—No pienso explicarte nada.

Mi voz sonó inestable, y me odié un poco por ello.

—Está bien. Era mucho pedir —aceptó con una calma que me desarmó por completo, encogiéndose de hombros—. Me basta con saber que fue por mí.

El vehículo se detuvo frente al hotel. La cabeza me daba vueltas y sentía que el espacio se había vuelto más reducido de lo que recordaba. Cerré los ojos, respiré hondo y, antes de que Rydell pudiera verme perder del todo el control, abrí la puerta y me bajé sin decir una palabra más.

Escapé. Con el corazón en la garganta y con la pregunta de Rydell golpeando las paredes de mi mente hasta retumbar en forma de eco ensordecedor: «¿Qué tenías en la cabeza en ese momento?»

Ojalá la respuesta nunca se me escape de los labios. No dejaría que las cosas llegaran tan lejos.